Sunday, April 8, 2007
CABALLO DE TROYA 4 (NAZARET) - J. J. BENÍTEZ
EL DIARIO - CUARTA PARTE
Debí suponerlo. Después de casi nueve horas de intenso y accidentado via- je, aquel respiro no era normal. Y al pisar el polvoriento sendero que se empinaba hacia la blanca y próxima Ca ná, el optimismo de los peregrinos se hizo humo, perdiéndose en el borra scoso y amenazante cielo de aquel lunes, 24 de abril del año 30. Y surgió la tragedia. Y quien esto escribe se vio enfrentado a otro amargo trance…
Con toda seguridad, nada de aquello habría acontecido si el confiado
Barto- lomé, en lugar de detener su desigual paso, hubiera proseguido hacia
la ya inminente y ansiada aldea, punto final de su viaje. Pero, ¿quién tiene en su mano modificar los designios de la Providencia?
Días más tarde, al retornar al módulo y someter el minúsculo
disco magné- tico alojado en la sandalia «electrónica » al proceso de lectura y decodifica- ción, Santa Claus, nuestro ordenador central, ratificó con escrupulosa minu- ciosidad el lugar exacto donde se regi stró el lamentable incidente: a 19 ki- lómetros y 500 metros del lago de Tiberíades.
En dicho paraje, a la vista de su ciudad natal, Bartolomé (Natanael), en una muy humana y comprensible explosión de júbilo, detuvo sus cortas e inse- guras zancadas. Alzó los brazos y, al caer sobre los hombros, las amplias mangas de su túnica dejaron al de scubierto unas extremidades tan men- guadas como velludas y musculosas. Y girando sobre los talones nos sor-
prendió con una de sus inconfundibles sonrisas: franca, interminable y en- turbiada por una dentadura negra y ulcerada.
Juan Zebedeo, la Señora y este explorador agradecieron la inesperada pau- sa. Y Bartolomé, encarándose a los cielos, clamó con gran voz:
-Las puertas se revuelven en sus quicios…, así el perezoso en su ca
ma…, y
tú, Caná, sobre la dorada abundancia…, pero te amo.
Conforme fui penetrando en la vida de aquellos hombres -los llamados «ín- timos» de Jesús-, mi sorpresa creció sin medida. Natanael era e
l ejemplo más cercano. Culto, filósofo y con un singular sentido del humor,
acababa de hacer suyo un símil didáctico del lib ro de los Proverbios, redondeándolo sin pudor. Pero no debo desviarme…
Quizá fueran ya las cuatro de la tarde. El caso es que María, la madre de Jesús, aprovechando el breve descanso, fue a depositar el reducido hato de viaje sobre las puntas de sus polvorientas sandalias de cuero de camello
. Y advirtiendo la proximidad de Caná, en un gesto típicamente femenino, pro-
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cedió a ordenar y alisar sus generosos, negros y discretamente nevados ca- bellos. Dejó escapar un largo suspiro y, por casualidad, el verde hierba de sus hermosos ojos almendrados fue a descubrir algo entre el manso y do- rado oleaje de los trigales, a la izquierda de la senda que nos conducí
a. No dudó. Y tampoco preguntó. Aquél era su estilo: decidido y, en ocasiones, peligrosamente irreflexivo. Esta forma de ser de la Señora había constituido un casi permanente manantial de conflic tos. Su Hijo primogénito, entre otros, como espero ir narrando, fue testigo de excepción de cuanto af
irmo.
Al principio, ni el complacido Zebede o ni el eufórico Bartolomé prestaron excesiva atención al súbito alejamiento de María. Pero este explorador, atento siempre, casi en perpetua tensión, fascinado por cada palabra o mo- vimiento de aquellos personajes, la siguió con la mirada, intrigado.
Con su nervioso caminar, la Señora se situó en la linde del trigal. Y durante algunos segundos permaneció absorta en un cimbreante corro de flores, nacido al socaire de las altas y promet edoras espigas de trigo duro. Acto seguido, segura de su descubrimiento, se dejó caer lenta y suavemente, hasta que las rodillas tocaron la roja arcilla. Y con destreza, su mano iz- quierda fue arrancando unos primeros manojos de flores. Los aproximó
al rostro y, entornando los ojos, aspiró profundamente. ¡Cuán ajen
os estába- mos a lo inminente de la tragedia!
Y en un generoso deseo de compartir su hallazgo nos mostró el cuajado ramillete de flores blancas.
-¡Son lirios! -exclamó alborozada.
Su alegría estaba justificada. Este tipo de flor silvestre -shoshan, según los textos bíblicos-, que crece en la Galilea y en el monte Carmelo, simbolizaba la belleza. En aquel tiempo, esta delicada y aromática flor era asociada a la buena suerte y a unas muy especiales cualidades espirituales. El Libro d
e los Reyes (19-26), el Cantar de lo s Cantares (P1-2) e Isaías (ä 1-2), entre otros, la mencionan y enaltecen. El propio Jesús habló de su especial significación. En esta ocasión, sin embargo, el descubrimiento del
lilium candidum no fue presagio de buena fortuna. Todo lo contrario.
Una sonrisa fue la amable respuesta de l Zebedeo al tierno comentario de María. Pero siguió a mi lado. En cuan to a mí, tentado estuve de salvar los tres o cuatro metros que nos separaba n de la Señora y colaborar en la re- cogida de los lirios. Sin embargo, Bartolomé, como si hubiera adivinado mis intenciones, tomó la iniciativa precipitándose hacia el trigal. Se liberó del engorroso manto o chaluk y, feliz como un niño, fue a inclinarse sobre las flores, apresando, no sólo los lirios, sino también las moradas y azules anémonas, así como los abundantes y escarlatas ranúnculos que crecían
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parejos. Ahora tiemblo al imaginar lo que podría haber sucedido si me hubiera adelantado al romántico Natanael…
Me disponía a interrogar al joven Zebedeo en torno al posible destino de tan copiosos ramos cuando, de improviso, Bartolomé profirió un ahogado gemi- do. Se incorporó veloz, soltando el ra millete. Y, ante el desconcierto gene- ral, desenvainó su gladius, lanzando un poderoso mandoble contra el es- condido terreno. Entre los tallos tronchados, una nubecilla de polvo se
elevó fugaz sobre las espigas, moteando la b lanca túnica del discípulo. María, a dos metros escasos, palideció. Juan y yo nos miramos alarmados, sin com- prender.
El golpe, propinado con ambas manos, fue tan violento que el hierro quedó clavado en la arcilla. Sin embargo, en lugar de recuperar el arma, Bartolo- mé dio media vuelta y, tambaleante, se dirigió hacia nosotros. Me asusté. Sus ojos aparecían desorbitados, vidrio sos y su faz, como la de la Señora, se había tornado lechosa. Y aterrorizado extendió las manos hacia
el Zebe-
deo, en una muda petición de auxilio…
Hoy, al rememorar estas escenas y su carga de dramatismo, vuelvo a for- mularme la gran pregunta: «¿Estábamos preparados para un ‘viaje’ de esta naturaleza?» Más aún: ¿es posible h allar a alguien con la sangre fría sufi- ciente como para limitarse a observar , sin ceder a la natural inclinación de ayudar a sus semejantes? Nuestro entrenamiento, de eso no cabe duda, era excelente. Quien esto escribe había sido puesto a prueba durante las amar- gas horas del prendimiento, torturas y ajusticiamiento del rabí de Galilea. Pero, aun así, las tentaciones y las du das brotaban a cada instante. Éste era el problema. Pues bien, a la vista de lo que nos tocó vivir en aquel se- gundo y tercer «salto» en el tiempo, estoy convencido de que, a la larga, si estos «viajes» se repiten, los frutos pueden ser nefastos. Lo ocurrido a poco más de dos kilómetros de Caná y en el resto del viaje fue todo un aviso. Di- cho queda.
Juan, intuyendo el problema, se ab alanzó hacia el descompuesto Natanael. También María acudió en su ayuda. En cuanto a mí, perplejo y sin saber a qué atenerme, permanecí en mitad del camino, aferrado a la «vara de Moi- sés» y, supongo, con una perfecta cara de estúpido…
Pero, ahora que lo pienso, observo con desolación que he vuelto a alterar el orden cronológico de esta nueva aven tura. Es menester que este pobre y apresurado diario refleje los hechos tal y como sucedieron y, muy especial- mente, en el orden estricto en que se manifestaron. Así debe ser, en bene- ficio de la verdad. Solicito, pues, disculpas al hipotético lector de estas con- vulsionadas memorias. Fueron tantos y tan sugestivos los sucesos que nos tocó vivir que, como en esta ocasió n, tengo la imperdonable tendencia a
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trastocarlos. Y aunque lo mío no es escribir, me esforzaré por guardar ese natural e imprescindible orden.
Como venía diciendo, esta utilísima ex ploración fue acometida muy de ma- ñana. El desembarco en la orilla occide ntal del yam, al sur de la ciudad de Migdal, se efectuó con celeridad y suma discreción. Los relojes de la «cuna» debían marcar las 07 horas y 15 minutos…
Y Natanael, tomando la iniciativa, se puso en cabeza de la expedición, adentrándose en la llanura que nos separaba de Hamám. Inspiré con fuerza y, dirigiendo una última mirada al lejano promontorio en el que esperaba mi hermano, me situé inmediatamente detrás de Juan, cerrando la escueta comitiva. Una nueva y excitante aventura acababa de empezar.
Como narré en su momento, tras las dos asombrosas apariciones del Resu- citado a orillas del mar de Tiberíades, sus discípulos divididos a
causa de la fogosidad de Simón Pedro-, terminaron por pactar. Aguardarían al sábado, 29 de ese mes de abril. Si la tercera y discutida presencia del Maestro no se registraba a lo largo del mencionado sabbat, el propio Pedro encabezaría la misión de «proclamar la buena nueva de la resurrección y de la, según ellos, inminente llegada del reino». La jornada anterior -domingo, 23 de abril-, el que muy pronto sería recono cido como «jefe» de un sector del primigenio grupo apostólico, había cometido el atrevimiento de convocar al gentío que se agolpaba a las puertas del caserón de los Zebedeo, en Sai- dan, a una magna asamblea, en aquella misma playa y a la hora nona (las tres de la tarde) del referido sabbat. «Entonces -les anunció- os hablaré con más calma.»
Pobre Simón. Su sorpresa, ese día y en esa multitudinaria reunión, sería épica.
La suerte, por tanto, estaba echada. Y los íntimos, de común acuerdo, opta- ron por aprovechar aquellos días de teórica inactividad para visitar a sus ol- vidadas familias o, sencillamente, repo nerse de los recientes y dolorosos acontecimientos acaecidos en Jerusalén. Esta circunstancia, no prevista por Caballo de Troya, vendría a enriquecer nuestra misión, permitiendo a quien esto escribe un más fácil acceso a la aldea de Nazaret. La magnífica oportu- nidad, a pesar de sus peligros y naturales dificultades, podía abrirnos un in- sospechado campo en el conocimiento de los años ocultos -o supuestamen- te ocultos- de Jesús. Y la Providencia, una vez más, fue generosa con estos esforzados exploradores…
Como creo haber mencionado, Juan de Zebedeo se brindó a velar por la se- guridad de María durante tales jornadas. Y yo acepté encantado la
invita- ción para acompañarles. En cuanto al segundo discípulo, Bartolomé, tal y como referí oportunamente, caminaría a nuestro lado, deteniéndose en su
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ciudad de origen: Caná. A la vuelta, prev ista para el viernes, 28, Natanael esperaría nuestro obligado paso por la población de sus mayores, retornan- do al lago en compañía del Zebedeo y de este «pagano», mitad «adivino», mitad «traficante» en vinos y maderas, mitad «sanador»…
Sobre el papel, mi cometido en Nazaret no presentaba especiales complica- ciones. Con sumo tacto, eso sí, debe ría ingeniármelas para reunir un máxi- mo de información, verificando -hasta donde fuera viable- los datos y do- cumentación obtenidos hasta esos mome ntos. No me importa insistir. No discutiré si los llamados evangelistas acertaron o no en su trabajo. Quien se enfrente a este diario podrá juzgar por sí mismo. De lo que estoy seguro es de que una auténtica aproximación a la vida y al mensaje del Hijo
del Hom- bre requiere, cuando menos, una visión panorámica de toda su existencia. Mutilar su encarnación, ofreciendo tan sólo los tres postreros años de dicha vida, es injusto e irresponsable. Cuanto nos fue dado averiguar sobre su
s
primeros treinta y dos años se halla ta n cuajado de interés que, amén de resultar atractivo por sí mismo, autoriza a creyentes o no creyentes a dibu- jar en sus mentes y corazones una silueta de Jesús de Nazaret infinit
amen- te más precisa, cercana y esperanzadora. Si la filosofía y la forma de ser de cualquier humano adulto dependen en gran medida de su educación y en- torno familiar, ¿por qué hacer una excepción de un Dios que se hizo igual al hombre? ¡Qué singular simpatía nos produjo comprobar que aquel
joven también supo del dolor que se experime nta ante el fallecimiento de un ser querido! ¡Qué emoción al saber de su s estrecheces y penurias económicas! ¡Qué serena dulzura al identificarnos con sus humanas tentaciones, con sus crisis y con su despertar a la vida! ¿P or qué los escritores mal llamados sa- grados han negado a las generaciones esos dramáticos años en los que Je- sús, muy lentamente, fue adquiriendo conciencia de su naturaleza divina? ¿Por qué olvidar u ocultar el transp arente y hermoso amor de Rebeca, la joven de Nazaret, por aquel muchacho?
Esto, y cuanto el Padre Eterno y Misericordioso tuvo a bien revelarnos sobre la «vida oculta» de su Hijo, no empañó ni diezmó nuestra visión del Maes- tro. Al contrario. De ahí mi comprens ible indignación con los evangelistas. Pero es hora ya de entrar en materia.
Bartolomé y Juan aceleraron el paso. Era evidente que deseaban alejarse lo antes posible de la orilla occidental del ya m. El segundo, en particular, in- quieto por los recientes sucesos de Saidan, trataba de evitar cualquier clase de encuentro con las gentes del lugar. Entiendo que aquella esquiva actitud nada tenía que ver con el miedo. En los momentos críticos, el Zebedeo se había destapado como uno de los má s valientes, acompañando al Maestro hasta el final. El problema era otro. Desde un principio, en abierta y ácida
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oposición a Pedro, se inclinó por una actuación más cautelosa. Juntamente con Andrés y Mateo Leví había defendido la opción de la «
espera». Los hechos eran tan extraordinarios, confusos y vertiginosos que, en buena ley, demandaban una profunda y serena reflexión, antes de pronunciarse en un sentido o en otro. Y aunque nadie podía dudar de su inquebrantable fe en la vuelta a la vida de Jesús, esgrimiendo una encomiable sensatez, quiso ajus- tarse primero a las órdenes o indicaciones del rabí. Y éstas, obviamente, no se habían producido. El tiempo le concedería la razón.
Y en silencio, tras cruzar las erosiona das lajas de piedra de la calzada ro- mana que facilitaba las comunicacion es en aquella región del lago, nos adentramos en la fértil llanura que resbalaba desde el desfiladero de las Pa- lomas. Natanael, nuestro guía, viejo conocedor del terreno, nos arrastró du- rante cuatro o cinco minutos a través de un laberinto de senderillos que de- limitaba e intercomunicaba una no me nos compleja red de huertos y cam- pos de labranza, prolongación, en suma , del «jardín de Guinosar», orgullo de la Galilea.
Al poco, con admirable precisión, el discípulo de Caná desembocaba en un camino de unos tres metros de anchura, polvoriento y alfombrado por un
pestilente reguero de excrementos de caballerías y ganado menor. Me de- tuve un instante. Como en las correrías precedentes por las costas de Ca- farnaum y Saidan, la puntual ubicación de referencias geográficas en mi memoria resultaba de esencial interés para un más seguro y eficaz desarro- llo de la misión. Y aquel camino, por lo que pude deducir, conducía al sures- te. Probablemente, a la vía Maris, en las cercanías de las ruinas
de Raqat o de la altiva ciudad de Tiberíades.
Unos diez minutos después nos situábamos a las puertas del wádi o valle de Hamám, conocido también como el desfiladero de las Palomas. Allí, la senda se partía en dos. Un ramal, angost o y descuidado, arrancaba por nuestra derecha, perdiéndose en dirección nore ste. En dicha confluencia, para mi descanso y satisfacción, se erguían dos mojones de brillante basalto negro. Quizá lo que presencié en esos mome ntos no revista mayor importancia, pero me resisto a olvidarlo. En ocasiones, un simple gesto, como aquél, en- cierra más fuerza que todo un discurso… Era curioso. A pesar de su dilata- da asociación con Jesús y de las, excelsas enseñanzas recibidas
, la mayor
parte de los discípulos seguía alimenta ndo un casi genético desprecio por los romanos. Y no, era extraño que lo manifestasen a la menor oportuni- dad.
La cuestión es que, al llegar a la menc ionada bifurcación, Bartolomé, siem- pre en cabeza, aflojó el paso. El Zebedeo y la Señora le imitaron y, tras una rápida inspección de los alrededores, convencidos de que nadie espiaba sus movimientos, el primero de los discípulo s giró el rostro hacia los mojones,
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lanzando un súbito y certero salivazo contra la piedra. En un primer mo- mento, un tanto perplejo, asocié aquel poco edificante gesto con alguno de los hábitos del guía. Mas, al ser test igo de un segundo salivazo, propinado esta vez por el Zebedeo, mi desagrado se transformó en curiosidad. Y, sin más, reanudaron la marcha.
No necesité explicaciones complementarias. Al pasar ante los mojones en- tendí la razón de semejante comportamiento. Cada una de aquellas piedras volcánicas, de un metro de altura, orientaba al caminante en una muy
con- creta dirección. En uno, vaciado en la dura roca, había sido esculpido el nombre de Tiberíades y los estadios que restaban hasta la ciudad: 21
(unos 4,5 kilómetros). El segundo mojón, marcando el ramal que serpenteaba hacia el noreste, advertía de la proximidad de Migdal, situada a cinc
o esta-
dios (alrededor de un kilómetro). Pues bien, aunque los mojones y las per- tinentes señalizaciones podían haber sido trabajados unos setenta
años an- tes -seguramente en la época en la que el rey Herodes el Grande conquistó aquella zona-, debajo de los respectivos «letreros», una mano diestra y, ca- si con seguridad, romana, había grabado la efigie del césar Tiberio, dueño y señor de la levantisca provincia por la que caminaba.
Sonreí para mis adentros y, acomodando a mi espalda el cada vez má
s mo- lesto pellejo del agua, apresuré el paso, reintegrándome al grupo.
Santa Claus, días más. tarde, ajustar ía las mediciones. No obstante, si no erraba en los cálculos, aquella primer a etapa (desde la playa a las puertas del wádi) había sido apurada en cosa de quince minutos. No estaba mal pa- ra una milla. Aquél, naturalmente, no era el camino habitual entre Nahum y Nazaret o viceversa. Al utilizar la v ía marítima, y desembarcar al sur de Migdal, habíamos evitado los ocho kilómetros que separaban la cita
da Nahum (Cafarnaum) de la ciudad de la Magdalena.
Pues bien, al irrumpir en el wádi Hamá m, el caminar se ralentizó, lógica consecuencia de la progresiva elevac ión del terreno. Debemos considerar que el nivel del lago de Tiberíades, en aquel tiempo, se hallaba en la cota «menos 208 metros» y que, en breve, nos situaríamos en el del mar Medi- terráneo, rebasándolo en más de 40 metros en las cercanías de la aldea de Arbel. Y todo ello en cuestión de dos kilómetros y medio.
El escenario que se abrió entonces an te este emocionado explorador fue, sencillamente, sobrecogedor. Las refere ncias obtenidas desde el aire no hacían justicia a tales quebradas. En un centenar de pasos, a partir de la bi- furcación, el paisaje sufrió una dram ática metamorfosis. El vergel que nos recibiera al pisar tierra firme había c laudicado, en beneficio de unos riscos afilados y altivos, de paredes verticales y desnudas, ora violetas, ora
dora- das, que emergían como centinelas. Y a sus pies, hasta donde la Naturaleza había sido capaz de trepar, unos apre tados y verdinegros bosques de tere-
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bintos y robles del Tabor. Y en el fondo de semejante desfiladero, sirvién- donos de milagroso guía, aquel tortura do camino de polvo y tierra, hecho costra con el correr de los años. Un a senda que debía ser abierta y despe- jada regularmente, ante el imparabl e y enmarañado avance de la maleza, regada con generosidad por susurrantes hilos de agua, huidos todos de las alturas. De vez en vez, en los reco dos del camino, bandadas de palomas remontaban el vuelo precipitada y ruidosamente, zarandeando los cañav
e- rales y los macizos de venenosas adel fas. Y perezosamente, con desgana, las charcas en las que habían sido so rprendidas iban recobrando su trans- parencia. El tableteo de las palomas bravías alertaba a otras colonia
s de
aves que, a su vez, en blancos quie bros, despertaban un eco interminable. Y en una deliciosa locura alada, los inquilinos de la garganta -pesados
y ne- gros cuervos, fulminantes vencejos de afiladas colas, azulados y asustadi- zos roqueros solitarios, bisbitas de las montañas, gorriones chillones y emi- grantes escribanos cenicientos- planeaban de cornisa en cornisa o de gruta en gruta, alzándose sin esfuerzo hacia la cima del picacho que gobern
aba el quebrado paraje: el har o monte Arbel, de 389 metros de altitud.
A los veinte minutos de marcha de es ta segunda etapa, en uno de los más pronunciados repechos (con un desnivel superior a los cuarenta grados)
, María, sudorosa y jadeante, lanzó un pequeño grito, llamando la atención del hombre de cabeza. Necesitaba de scansar y recuperar el aliento. Barto- lomé se detuvo entre protestas. Pero el Zebedeo, comprensivo, se deshizo del petate, acudiendo solícito en ayud a de la Señora. Ésta, acomodándose en una de las rocas que menudeaban a lo largo de la senda, agradeció el pañolón que acababa de ofrecerle Juan, enjugando el sudor del rost
ro y cuello. Y adelantándome a sus deseos, extraje el tapón de madera que ce- rraba el mugriento y embreado odre, colmando la escudilla que colgaba del pellejo. Al aproximarle el agua, María dulcificó su mirada, esbozando una de sus cálidas sonrisas. ¡Dios! La recono cí al punto. Aquélla era la sonrisa de su Hijo. Limpia. Acogedora. Irresistible… Y un escalofrío me dejó
sin habla.
Los rudos modales de Natanael, reclam ando su ración de agua, abortaron tan entrañables recuerdos, devolviéndome a la realidad. A pesar de su falta de tacto, aquel discípulo poseía un co razón noble y confiado. Poco a poco iría descubriéndolo.
Ni el Zebedeo ni yo probamos el agua . El primero, supongo, porque no la necesitaba. En cuanto a mí, como ya expliqué, por estrictas razones de se- guridad.
En el fondo, aunque ninguno lo reco nociera abiertamente, todos agradeci- mos la pausa. Y durante algunos minutos , cada cual se hundió en sus per- sonales preocupaciones. Una ligera y fr esca brisa, preludio del primaveral Maarabit, el viento que viaja a diario desde el Mediterráneo hasta el lago,
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hacía oscilar los hisopos sirios y las altas espadañas, provocando el cabeceo de los bosquecillos de laurel y perfumando el desfiladero con el aceite volá- til de sus verdes y correosas hojas.
Alcé los ojos. El cielo, plomizo, navegaba con prisas hacia el este. Y de nue- vo, muy a mi pesar, fui asaltado por aquel familiar sentimiento, mezcla de añoranza y sutil melancolía. ¿Cómo exp licar tan paradójica situación? Éra- mos exploradores. Unos «observadores» de «otro tiempo», con una fría y calculada misión: reunir las piezas de la historia humana de un hombre lla- mado Jesucristo. En su código, Cab allo de Troya prohibía hasta la más ni- mia debilidad de sus «navegantes». Se nos exigía valor, astucia
, una nota- ble reserva de conocimientos de toda índole y, en especial, un corazón de hielo. ¡Cuán vana resulta a veces la inte ligencia! ¿O es que cabe encarcelar los sentimientos? Allí estaba la prueba . Por más que luchase, por muy es- pesa que fuera mi capacidad de olvido, el magnetismo de aquel Hombre es- taba derribando todos los códigos. Al igual que aquellos galileos, yo
tam- bién le echaba de menos… Y por un momento le imaginé avanzando por el wádi, con sus largas e inconfundibles zancadas.
De pronto, «algo» vino a quebrar el cristal de tan apacible descan
so. Fue tan inesperado como grotesco. Pero me ayudó a profundizar en el tempe
- ramento del prácticamente desconocido Bartolomé.
En uno de los relampagueantes vuelos sobre las cabezas de aquellos con- fiados caminantes, una de las especi es rocosas -la collalba rubia- acertó a evacuar sus blancos excrementos sobr e el adormilado Natanael. El fulmi- nante impacto, en pleno hombro izquie rdo, arruinó el impecable manto de lana. En segundos, el grupo pasó de la estupefacción a una inocent
e y con- tagiosa risa. Juan fue el primero en estallar, arrastrando en su algazara a la Señora y a quien esto escribe. Bartolomé, congestionado por la ira, se des- pegó de la roca sobre la que se hab ía recostado y, alzándose, recorrió con la vista las paredes del desfiladero, a la búsqueda de la atrevida collalba. Por un momento, el general e incontenib le regocijo me hizo temer lo peor. Pero el discípulo, aparentemente ajen o a la hilaridad de sus compañeros, continuó blandiendo el puño izquierdo, descalificando a toda criatura que
pudiera volar, con una irreproducible sarta de juramentos y maldiciones. Cuando, finalmente, comprendió lo inútil de su comportamiento, la gruesa y pentagonal cara se dirigió al mancillado chaluk. Y los negros y expre
sivos
ojos se cerraron, al tiempo que pres ionaba las mandíbulas y arrugaba el ceño, en una mueca de repulsión. La s tupidas y largas pestañas oscilaron nerviosamente. Por fin, su atención descendió hasta nosotros. Atónito, ob- servó primero las atropelladas carcajad as de Juan. Acto seguido paseó la mirada por aquel poco caritativo «gri ego» que, -a decir verdad, hacía ím- probos esfuerzos por disimular. Por úl timo, lanzando una inquisidora ojea-
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da a las lágrimas que humedecían los prominentes altos pómulos de la Se- ñora -consecuencia del intenso acceso de risa-, el bueno de Bartolomé ce- dió. Y obedeciendo a sus más íntimos impulsos se unió al regocijo general, soltando una carcajada que atronó el desfiladero, descolocando de nue
vo a sus alados huéspedes. Francamente, me sentí aliviado. Así era N
atanael, uno de los once: franco, indeciso, falto de tacto, indulgente y, por encima de todo, amigo de sus amigos. En los modernos esquemas de la tipologí
a de Ernest Kretschmer, seguramente hubiera encajado en el denominado ti- po «pícnico», con altas dosis de un temperamento «ciclotímico». Con To- más era el más bajo de estatura: alrededor de 1,58 metros. Sufría una cla- ra propensión a la acumulación de gras a. Su vientre avanzado, como el de Simón Pedro, era la viva manifestació n de dicha tendencia. Como buen «pícnico», destacaba por la suavidad de sus líneas, por un esqueleto frágil, unas extremidades cortas y un hirsutismo (cuerpo muy velloso) que le había valido el sobrenombre de «oso». Con el paso del tiempo detectaría en su organismo una notable hipertensión arterial y una hiperfunción suprarre- nal. El rostro, más ancho que alto, semejaba un escudo. De él colg
aba una barba de una cuarta, cana, rizada y abierta en abanico. Una extrema sen- sualidad aleteaba en sus labios, ca rnosos y permanentemente humedeci- dos. Los ojos me llamaron la atención desde el principio. Interminablemente negros y profundos, venían a equilibra r sus mal llevados treinta años. La nariz, en cambio, era el remate a su escaso atractivo físico. Mal formada y redonda como una pelota de golf, pr esentaba unas llamativas «telangiecta- sias» o dilataciones localizadas de los vasos capilares de reducido calibre. Las iniciales sospechas quedarían conf irmadas en la tercera y apasionante aventura: aquel antiestético angioma simple guardaba una estrecha rela- ción con la desmedida veneración de Bartolomé por el vino…
En contraposición a la abundante y extendida vellosidad, una prematur
a calvicie ganaba terreno en la parte su perior del cráneo, dibujando una es- candalosa coronilla. El «oso» de Caná cubría habitualmente su cuerpo con una túnica blanca de lana, siempre inmaculada, y un ropón castaño, con anchas franjas verticales, igualmente blancas. Durante el tiempo que per- manecí a su lado, la pierna izquierda apareció siempre fajada. Una
s bandas de cuero de vaca, seboso y descolorido por el uso, trataban de aliviar un antiguo problema vascular: unas venas va ricosas (varices), tan frecuentes entonces como en la actualidad. (Según nuestros cálculos, al menos un diez o un quince por ciento de la población adulta se veía afectada por esta do- lencia.)
María, servicial y conocedora de la pulcritud de Natanael, puso punto final a las risas y al pequeño incidente de la collalba. Como la mayoría de las hebreas se hallaba familiarizada con las propiedades de muchas de las pl
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tas que crecían en aquellas tierras. Se puso en pie y, tras un rápido examen de la floresta, se dirigió a una mata de arbustos de unos ochenta centíme- tros de .altura, de tallos lampiños y abundantes nudos verdes y carnosos. Arrancó un manojo y, tomando una piedra, se situó frente a la roca
que le había servido de asiento. A una escu eta orden suya, Bartolomé se desem- barazó del manto, extendiéndolo sobre la mencionada roca. Sirviéndose de algunas hojas de adelfa, María procedió primero a una meticulosa limpieza de las heces. Troceó los tallos y, depositándolos sobre la marcha, agarró la piedra con su mano izquierda, golpeándolos sistemática y contundentemen- te, procurando no lastimar el chaluk. Un jugo lechoso brotó al instante, cu- briendo los restos del excremento. Co ncluida la operación de limpieza, el ropón fue devuelto a su propietario. Y la expedición atacó el último tramo del desfiladero. No pude evitarlo. Movido por la curiosidad examiné los res- tos de la planta utilizada por la Señora . Se trataba del salicor blanco, una especie silvestre cuyas cenizas, adecua damente tratadas con aceite de oli- va, proporcionaban el «borit» o «bor »: un sucedáneo del jabón, menciona- do en Jeremías (P22) con el nombre de «nitro».
Aquel último avance por el wádi resultaría de alto interés p
ara este explora- dor y, en definitiva, para los futuros planes de la misión. Como ya dije, mi hermano y yo habíamos decidido fo rzar la suerte, embarcándonos en un tercer y extraoficial «salto» en el ti empo, a fin de acompañar al Maestro a lo largo de sus años de predicación. Pues bien, entre los preparativos para tan ambiciosa y arriesgada odisea figuraba uno de vital importancia: la
elección de un paraje sobre el que de scender y ocultar el módulo. La esca- sez de combustible nos obligaba a un vuelo corto que, en principio, de
acuerdo con los estudios desplegados en las inmediaciones del yam, debe- ría tener como escenario la garganta por la que ahora caminábamos.
Natu- ralmente, la nueva «base madre» debería ser previamente explorada. En su momento ascenderíamos a la cumbre elegida, comprobando in situ las ca
- racterísticas del lugar. Una de nuestras obsesiones era localizar un punto de asentamiento en el. que el paso o la presencia de seres humanos y anima- les fueran prácticamente nulos. Dispon íamos de la invisibilidad, merced a las radiaciones infrarrojas. Sin embargo, a raíz de la embarazosa experien- cia vivida en el monte de las Aceitunas, con el joven Juan Marcos, todas las cautelas eran pocas. Por otro lado, lo dilatado de la exploración nos forzaba a un drástico ahorro del gasto energético de la nave. Ello signifi
caba, entre otras servidumbres, la desconexión de los diferentes escudos protectores, al menos durante nuestras largas ausencias. En síntesis: la seguridad de
la «cuna», la de sus delicados equipos y, en especial, la de sus pilo
tos exigía que la «base madre» fuera inexpugnab le. Si fallábamos, si el módulo - resultaba atacado y destruido, el retorno a «nuestro tiempo» habría sido in-
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viable. Hubiéramos permanecido -trágicamente anclados- en una época que no era la nuestra.
Al efectuar los primeros estudios, el monte Arbel, con sus 181 metros sobre el nivel del lago, se destacó como uno de los firmes candidatos para el refe- rido asentamiento del módulo. En teor ía, sobre los mapas, parecía ofrece- mos unas muy buenas perspectivas: paredes escarpadas en la casi totali- dad de su perímetro; apenas kilóme tro y medio desde la cumbre a las ori- llas del yam; una aceptable equidistancia con las, ciudades de Tiberí
ades y Nahum y, en apariencia, una cima de spoblada, pedregosa e inculta. Pero, conforme fui avanzando hacia el pie de la enorme mole, «algo» que,
ob-
viamente, no figuraba en nuestra cartografía me hizo dudar. Aquella pared, orientada al norte, amén de una veintena de grutas, presentaba otras
tan-
tas y largas cuerdas, que caían desd e la cumbre, muriendo justa y sospe- chosamente en la oscuridad de las me ncionadas cuevas. Alguien, por su- puesto, las utilizaba, o había hecho uso de ellas, para ingresar en dichas oquedades. Aquello no me gustó. Y dispuesto a no desaprovechar la opor- tunidad emparejé mi paso con el de Bartolomé, interrogándole acerca de la sorprendente cordería, mecida ahora por la brisa del oeste. El discí
pulo, como si hubiera mentado a alguno de los espíritus maléficos que, según ellos, acechan al caminante en las ruina s o a la sombra de ciertos árboles, torció el gesto, mascullando un «maldita sea tu madre». Y extrayendo de la bolsa, que colgaba del ceñidor, uno de los «tefilín» (un pequeño estuche de cuero negro, en forma de dado, de apenas tres centímetros de lado o «filac- teria», que se anudaba en el brazo iz quierdo o en la frente durante la ora- ción), procedió a amarrarlo alrededor de la cabeza. Quedé en suspenso, ciertamente dolido por el desaire del galileo. Poco a poco iría acostumbrán- dome a esta manera de ser para con los paganos. En el fondo, mía era la culpa. El grado de superstición de aquel pueblo era tal que uno se ve
ía obli- gado a medir hasta el más liviano de los comentarios. Y Natanael, fie
l a la tradición religiosa de su pueblo, entonó uno de los versículos encerrados en el «tefilín» (el quinto del salmo XCI ): «No tendrás que temer los espantos nocturnos, ni las saetas que vuelan de día.» Una tradición, dicho sea de pa- so, que aún perdura entre los católicos , aunque, lógicamente, con una in- tencionalidad diferente. Si mi agotada memoria no me traiciona, este mis
- mo salmo se reza hoy en «completas»…
Juan, intrigado por el cuchicheo de Bartolomé, se situó a mi lado. Le expuse lo ocurrido y, sonriendo con benevolencia, me aclaró el porqué de la enojo- sa situación. La sola mención de aquellas grutas, infestadas de atalef (mur- ciélagos) y, lo que era peor, de bandidos, podía atraer a estos seres inmun- dos, acarreando a los caminantes toda clase de infortunios. Comprendí en- tonces la irritación de Natanael y, si mulando una total desolación, le rogué
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disculpara a tan ignorante y torpe compañ ero de viaje. El de Caná aceptó mis excusas pero, recalcitrante, cont inuó con sus rezos, forzando- la mar- cha. ¿Bandidos? Aquello sí era intere sante. Y el Zebedeo me puso al co- rriente. A pesar de las severas medidas adoptadas en su tiempo por el rey Herodes el Grande, y posteriormente por el gobierno de Roma, contra los salteadores de caminos, lo accidentado de aquel wádi y la proliferación de cuevas en las desnudas paredes rocosas del desfiladero hacían extremada- mente difícil la erradicación de dichos bandidos. Algunas de estas bandas de sangrientos nómadas o seminómadas, integradas en la mayoría de los casos por esclavos huidos, desheredados de la fortuna y «sicarios» procedentes de las partidas que se levantaban regularmente contra el poder establecido, habían fijado su «cuartel general» en las profundidades de aquellas cavernas, acce- diendo a ellas o abandonándolas -según co nviniera-, con el concurso de las ma- romas que se precipitaban desde la cima y que las conectaban entre sí. Este la- tente peligro, como es de suponer, nos obligaría a olvidar la cumbre del har Arbel, así como el resto de los picachos que daban forma al desfiladero. La futura «base madre» debería ser plan tada en un paraje más seguro. El problema era dónde. La orilla oriental del lago, aunque menos poblada, nos apartaba en demasía de los núcleos humanos en los que había actuado el Maestro. En la reserva figuraba una segunda alternativa: un har de 138 me- tros sobre el nivel del Kennereth -el Ravid-, a unos tres kilómetros al noroeste del wddi Harnam y a poco más de ocho, en línea recta, del promontorio donde descansaba el módulo. Pero dejaré este asunto para más ad
elante…
De acuerdo con la información suministrada por la sandalia «electr
ónica», la salida del desfiladero de las Palomas tuvo lugar hacia las 08 horas y 10 mi- nutos. Es decir, los dos kilómetros y medio de esta segunda etapa fueron cubiertos en cuarenta minutos. El ligero retraso obedeció a lo abrupt
o del
perfil y al breve y «accidentado» descanso.
Al dejar atrás las alturas de Arbel, Ba rtolomé cesó en sus monocordes re- zos. Guardó la filacteria que le oprimía las sienes y, descargando su corazón con un aparatoso suspiro, aproximó a los labios un saquito de cuero que colgaba permanentemente del cuello. Lo besó y, conjurado el peligro de los bandoleros y espíritus maléficos, amin oró el paso. Cuando la confianza fue más estrecha, el íntimo de Jesús me mostraría complacido su pequeño te- soro. Aquel amuleto consistía en una porción desecada de huevos de lan- gosta. Como era obligado, yo le hice partícipe del mío, el que me obsequia- ra Juan Marcos en Jerusalén. Aquel día, al compartir los superstic
iosos te- mores del «oso», terminé por ganarme su amistad.
A nuestros pies se abrió entonces una singular planicie, en forma de punta de flecha y de unos quinientos metros de longitud. Toda ella, a izquierd
a y
derecha del rectilíneo camino que la seccionaba, aparecía cubierta
por un
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monte bajo: unos arbustos de cinc uenta centímetros de altura, muy - ramificados e íntimamente entrelazados . Y al fondo, en la base de aquel triángulo verde y espinoso, la aldea de Arbel.
Natanael intercambió unas frases con el Zebedeo. Pero, dada mi posición, algo retrasada respecto a los discípulo s y a la Señora, no logré captar su significado. A cosa de cuatrocientos metros, casi al término de la senda, se divisaba un grupo de individuos y caballerías. Y deduje que los comentarios podían guardar relación con los person ajes que teníamos a la vista. Allí, torpe de mí, volvería a equivocarme…
Al aproximarnos descubrí una partida de felah, el típico campesino palesti- no, afanada en la extracción y almacenamiento de los arbustos enanos que dominaban la planicie.
Mis compañeros avivaron la marcha. Al llegar a la altura de la media
docena de hombres respondieron entre dientes a los saludos de rigor. Y recelosos y huidizos, sin girar las cabezas, pusier on tierra de por medio, alejándose hacia la aldea. Yo, como digo, caí en una nueva torpeza. Curioso, me entre- tuve frente a la cuadrilla, observando su trajín. Con las túnicas arrolladas a la cintura -«ciñendo los lomos»- y las cabezas cubiertas por se
ndos pañue- los grisáceos, doblados en triángulo y sujetos por cuerdas de lana y pelo de cabra, los parlanchines felah se introducían entre los arbustos con increíble habilidad, arrancándolos -raíces incluida s-, con dos o tres certeros golpes de azadón. Las plantas, de la especie pimpinela espinosa, eran arrojadas al camino y cargadas en unos enormes cest os de hoja de palma, de casi me- tro y medio de diámetro, firmemente su jetos a los costados de tres ceni- cientos asnos de Licaonia, rebeldes y obstinados, pero los más fuertes y apropiados para las grandes distancias. A mis preguntas, el capataz se d
es- hizo en explicaciones. Aquel espino -el Sarcopoterium spinosum-, que había tenido oportunidad de contemplar en algunas de las casas y jardines de los alrededores de la Ciudad Santa, era muy codiciado entre los hebreos. Re- sultaba excelente para cercar una propiedad o como combustible. Sus
hojas, incluso, divididas en varios pares de foliolos dentados, aportaban un exquisito sabor a las comidas. Aquélla, según entendí, constituía una de las fuentes de riqueza de Arbel. La pimpinela era «exportada» a toda la Galilea, la Decápolis y, por supuesto, a Jerusalén. Y deseoso de complacer a tan in- teresado extranjero, el jefe de los felah puso en mis manos un puñado de verdes y olorosas hojas, replicando a mi gratitud con un «la paz te acom- pañe en tu caminar». Pero mi contento duraría poco. Cuando dirigí la vista hacia el camino, el corazón me dio un vu elco. El último centenar de metros aparecía desierto. Mis compañeros de viaje habían desaparecido.
Corrí hacia la aldea. ¿Cómo era posible?… Apenas me había
entretenido…
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A unos metros de las primeras casas frené la incómoda carrera. El
ropón y el maldito odre de agua no hacían ot ra cosa que embarullar mi ya penosa situación. Dudé. ¿Atajaba por el interior de la población? Caminé un par de minutos. Al poco retrocedía desmoralizado. El dédalo de casuchas y callejo- nes resultó tan enrevesado que, en pr evisión de peores males, me incliné por el camino más seguro. Rodearía Arbel.
Aunque mi hermano y yo habíamos prestado una especial atención al estu- dio de la ruta que debía conducirme a Nazaret, en ningún momento sospe- chamos que tuviera que hacerla en so litario. Naturalmente, a pesar de los peligros que ello implicaba, estaba dispuesto a intentarlo. Lo más prudente, sin embargo, era viajar en compañía de los discípulos. Tenía que darles al- cance. Y supuse que, dada su refracta ria actitud a cualquier tipo de roce con los habitantes de la región, lo verosímil es que hubieran elegido aquella misma dirección o la opuesta; es decir, la que bordeaba Arbel por el flanco oeste, distanciándose así de todo compromiso. Según los mapas y los datos espigados por los especialistas de Cab allo de Troya, el camino habitual, desde el wddi Hamám, descendía hacia el sur, hasta fundirse con la ruta principal: la que enlazaba Tiberíades con las regiones más occidentales del país. En total, incluyendo la llanura de la pimpinela, alrededor de tres kiló- metros y medio. En principio -me cons olé- no era lógico que el «oso», nuestro guía, hubiera elegido otro derrotero.
Forcé el paso, distanciándome de las míseras chozas que cerraban la aldea por el este. A diferencia de las sólidas construcciones de Nahum y Sa
idan, lo poco que llevaba visto de Arbel resultó deprimente. Era un milagro que aquellas casas. de enrojecido adobe, con terrados de paja y tierra apisona- da,. pudieran hacer frente a la estación de las lluvias o a los embates de los poderosos vientos estivales. Las fina s columnas de humo negro que se al- zaban por doquier eran humilladas por el puntual Maarabit, precipitándose sobre patios y callejones, atufando a las gruesas matronas que trasteaban a las puertas de las lóbregas viviendas. A las afueras, por el terreno que pi- saba -baldío, pedregoso y erizado de cardos- una chiquillería andr
ajosa, de cabezas afeitadas y conquistadas por piojos y pústulas, correteaba y zahe- ría con palos y pinchos a una pareja de onagros: unos asnos de cuello cur- vo, largas y tiesas orejas y llamativas crines marrones que flotaban y se prolongaban hasta la cola. Con los remos delanteros trabados por sendas
cuerdas, estos vigorosos cuadrúpedos pugnaban por distanciarse de los
pe- queños y chillones diablillos, coceando cada vez que uno de ellos mortifica- ba sus cuartos traseros con los cardos o las irritantes ortigas.
Al alcanzar el límite de la aldea, otro contratiempo vino a empeorar la si- tuación. La vereda que nos había guiado a través de la plantación de pimpi- nela espinosa se presentó nítida, zigzagueando, en efecto, hacia el sur. Pe-
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ro, allí mismo, corriendo en la menciona da dirección sur y también hacia el lago, arrancaba una nutrida colonia de centenarios olivos que entorpecía la observación. Escruté el polvoriento ca mino hasta donde fue posible, con la esperanza de localizar a mis desaparecidos acompañantes. Tuve que desis- tir.
Al pie de uno de aquellos soberbios y ramificados olivos, de casi cinco me- tros de altura, un anciano y varias mu jeres trabajaban sobre un espeso y fétido colchón de estiércol. Me avent uré a interrogarles. El viejo, en cucli- llas, con los pies enterrados en la apes tosa masa, procedía a llenar una se- rie de anchas y poco profundas escudillas de barro. Mezclaba previamente
la materia orgánica con paja, comprimiéndola después en los recipientes. A renglón seguido, las mujeres apilaban los platos, a la espera de su t
otal de-
secación. En cuestión de días, si la climatología acompañaba, el estiércol se transformaba en una «torta» rígida y compacta, muy útil como combusti- ble.
El galileo negó con la cabeza. Ni él ni las hebreas habían sido testigos del paso de aquellos tres caminantes. La circunstancia de que se hallaran al filo de la vereda, prácticamente desde el amanecer, me sumió en una con
fusión total. Tanto si hubieran cruzado por el interior de Arbel como por el ex
tra- rradio, aquellas gentes deberían de haber observado su presencia. Y confu- so y desalentado traté de ordenar mis pensamientos. ¿Qué podí
a hacer?
«Analicemos la situación -me dije a mí mismo-. La Señora y los discípulos se han esfumado. Con un poco de suerte, la treintena de kilómetros que me separa de Nazaret puede estar resuelta en cuatro o cinco horas… »
Recostado sobre un rugoso brazo de uno de los olivos, con Arbel a mis es- paldas y la inquietante incógnita al frente, vacilé peligrosamente. ¿Volvía al lago, junto a Eliseo? ¿Dejaba pasar aquella oportunidad? Mi hermano hubie- ra aprobado la prudente decisión. Curt iss no era partidario de las largas marchas en solitario. Pero no… Y decidi do a ultimar la misión, acaricié el extremo superior de la «vara de Mois és», al encuentro con el dispositivo que accionaba los ultrasonidos. Debía confiar. Mi protección, al m
enos en teoría, se hallaba perfectamente calcu lada. Inspeccioné las «crótalos», me puse en pie y, cargando los pulmones con el fresco perfume de las diminu- tas flores blancas que alegraban el azul verdoso del olivar, lancé una caute- losa mirada al sendero que me aguard aba. No había tiempo que perder… Además, la intuición me decía que, ta rde o temprano, me reuniría con mis amigos. ¿Tarde o temprano? En ese pr eciso instante, a punto de partir hacia lo desconocido, la Providencia tuvo piedad de mí. Y una mano se
des- plomó con fuerza sobre mi hombro iz quierdo. La respuesta fue una encen- dida descarga de adrenalina. Giré la cabeza con lentitud, preparando los
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músculos para una posible contingencia. Pero. el supuesto «agresor
» me recibió con una familiar sonrisa. Y sus ne gros ojos se iluminaron. Era Juan de Zebedeo…
Le contemplé perplejo. A un centenar de pasos distinguí la frág
il silueta de María y el bamboleante paso del «oso». Procedían de Arbel.
-¿Qué ha sucedido? -tartamudeé, tan atónito como complacido.
Mi amigo señaló hacia la Señora y, en un tono displicente, repl
icó:
-Cosas de mujeres. Ninguna pasa por la aldea de las redes sin adquirir un «tul»… Estábamos preocupados. ¿Dónde te has metido?
El incidente quedó despejado cuando María, radiante, obedeciendo a los re- querimientos del Zebedeo, pasó a mostrarme un paquete alargado, de unos treinta y cinco centímetros de longitud. En su interior descubrí una red me- ticulosamente plegada, confeccionada a base de lino. Los hilos tenían la suave tonalidad castaño-amarillenta del lino viejo. La red en cuestión se hallaba ligada con una cuerda trenzada con filamentos de palmera, de unos seis milímetros de espesor. El trabaj o era excelente. Tanto las mallas, de unos cuarenta milímetros entre nudos, como el entrelazado de los hilos (tres principales muy enrollados) deno taban una paciente y experta labor. Este «tul de mujeres», en el lengua je popular, era muy apreciado por las hebreas, que lo destinaban principalm ente a la sujeción del cabello. Arbel, en efecto, con sus escasos mil habita ntes, había adquirido una notable po- pularidad, merced a su próspera industria de cordelería y a la fabricación de toda suerte de redes, incluyendo los necesarios complementos para las fae- nas de pesca de sus vecinos del yam: pesas de piedra y arcilla, boyas de madera y corteza de árbol y agujas de hueso, sicomoro y metal con las que remendar las artes. En este sentido, Nazaret me reservaba una curiosa e impensable sorpresa.
Durante buena parte de aquella, para mí, tercera etapa del viaje, Nat
anael
no dejó de refunfuñar. La media hora aparentemente perdida en Arbel, por un motivo tan fútil, le había exasperado. Hoy, los cristianos tienen una ima- gen muy distorsionada de los llamados apóstoles del Cristo. A decir verdad, esas ideas -que elevan a estos hombres a absurdas cotas de santidad,
comprensión y benevolencia están ciment adas en tradiciones tan posterio- res como falsas. La realidad cotidiana era otra. En aquel tiempo, con las ex- cepciones de los hermanos Zebedeo, que conocían y estimaban a la fami
lia
de Jesús desde antaño, el resto de los doce valoraba y enjuiciaba a las mu- jeres con el mismo rasero que la gene ralidad de la sociedad judía. Creo haberlo explicado: la mujer era una cr iatura de segundo orden, mentirosa por naturaleza y sujeta siempre a la au toridad del varón. Y María, a pesar de su condición de madre terrenal del Maestro, no se veía libre de tan la- mentable servidumbre. También es cier to que, dado su fortísimo tempera-
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mento, los «íntimos» procuraban no contradecirla. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, el talante intransigen te de Bartolomé fue más fuerte, origi- nando una agria y estéril disputa. La Señora, que raramente asumía una recriminación -en especial si la estimaba injusta o fuera de tono-, trató de razonar. Pero el «oso de Caná», con su habitual falta de tacto, continuó empecinado en sus argumentos, tachan do a María de frívola y desconside- rada. Para el Zebedeo, como digo, es tas discusiones carecían de importan- cia. Y ajeno a la pelea, con un más acusado sentido práctico que s
u compa- ñero, aceleró la marcha, tirando del g rupo y tratando de ganar el tiempo perdido. Por fortuna, a medio camino, vimos aproximarse entre los añosos olivos una cansina reata de asnos, cargada con unos abultados fardos que tropezaban a cada momento con el ramaje. Juan. se detuvo, cambiando al- gunas palabras con los tres individuos que arreaban y guardaban a los ani- males. El encuentro fue providencial. Bartolomé, olvidando el enojoso asun- to de la red, se incorporó a la conver sación y María, prudentemente, se mantuvo a un lado. Eran vecinos de Séforis, la capital oficial y administrati- va de la Galilea. Como burreros -una de las profesiones más comunes en aquel país montañoso y accidentado- cumplían el encargo de tran
sportar una sustanciosa carga de lino recién «cavado» a la localidad de
Arbel. Los caminos estrechos y pedregosos de la mayor parte de Israel habían con
ver- tido al burro en el medio ideal de tr ansporte. Muchos campesinos y peque- ños o medianos artesanos, ante la impo sibilidad de trasladar sus respecti- vos géneros a los mercados, alquilaban los servicios de estos burreros que, frecuentemente, se unían entre sí, cons tituyendo florecientes empresas. El desarrollo de este comercio fue tal que, a fin de evitar los lógicos abusos, los rabinos se vieron en la necesidad de legislar hasta los más pequeños de- talles. El costo del transporte variaba según el tipo de terreno, las distan- cias o la naturaleza de la carga. Por supuesto, la peligrosidad del oficio les obligaba a viajar armados. Éste era el caso de los tres galileos con los que habíamos topado. Cada uno portaba en la faja una espada corta -un gla
- dius- y sendos puñales de unos treint a centímetros, con empuñaduras de hueso y labradas al estilo egipcio.
Durante el breve parlamento, discípu los y burreros se interrogaron mutua- mente. Ambas partes deseaban saber si el camino recorrido por unos y otros hasta esos momentos se hallaba libre de contratiempos. Al parecer, la ruta hacia Caná no había ofrecido prob lemas a los de Séforis. El único y desagradable «tropiezo» -advirtieron los burreros lo constituyó una patrulla romana a caballo (una turma). Y los cinco galileos, siguiendo un viejo ritual, escupieron simultáneamente. Debíamos estar prevenidos.
Procurando no perder detalle de la co nversación fui aproximándome a una de las caballerías, con el fin de examinar los apretados paquetes de plantas.
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Se trataba, efectivamente, del linum usitatissimum, una de las doscientas especies del género linum, muy difundida en la baja Galilea y, como tendría ocasión de verificar en su momento, fuente destacada de riqueza para Séfo- ris y su comarca. Su fibra -no tant o la semilla, muy rica en aceite- era aprovechada para la confección de tejidos y cuerdas. La Señora, experta te- jedora, me sorprendería con sus habilid ades a la hora de manipular esta hierba anual de cincuenta centímetros y deliciosas flores azules.
Rematado el intercambio de informació n, cada grupo prosiguió su camino. El nuestro, con los ánimos más sosegados, se dispuso a dejar atrás la milla escasa que nos separaba de la ruta prin cipal. El terreno sobre el que pros- peraba el olivar fue ascendiendo pa ulatinamente, hasta alcanzar la cota «200». Fue allí donde, por primera vez, tuve la oportunidad de
divisar en lontananza -como a unos dos kilómetros - los célebres Cuernos de Hittim, unas mesetas,. más que picos, de 534 metros de altitud. Algunos autores y escrituristas modernos han asociado estos cráteres extintos con dos pasajes de la vida de Jesús. «Aquí -dicen- pudo tener lugar el famoso sermón de la Montaña, así como el milagro de lo s panes y los peces.» En la actualidad, los guías muestran a los viajeros y t uristas la llamada «roca del cristiano», que se supone sirvió de mesa a tan memorable acontecimiento. Y aunque
el
sentido común me dictaba que tales tradiciones no podían gozar de
mucho fundamento, abordé al Zebedeo, intere sándome sobre el particular. Juan me escuchó atónito. Y replicó con un argumento aplastante: «Ese paraje está maldito. A partir de la primaver a, el aire se torna insoportablemente caliente, las fuentes se secan y la tie rra se cuartea. Allí -concluyó-, sólo anidan las serpientes…» Estaba claro. Los referidos episodios de la vida pú- blica. del Maestro habían sido «removidos» de los auténticos enclaves geo- gráficos donde tuvieron lugar. Estos exploradores fueron testigos de excep- ción de ambos sucesos y estamos en condiciones de afirmar que todo el
lo aconteció a orillas del yam. El segundo de estos hechos -la multiplicación de los panes y los peces-, registrado al sur de la ciudad de Betsaida Julias, nos estremeció… Pero, ¿tendré fuerzas y lu z suficientes para narrar tan prodi- gioso suceso?
Minutos después de la hora tercia (las nueve de la mañana) arribamos al fin a la carretera principal: la que enlazaba Tiberíades con el oeste de Israel, comunicando el mar del Kennereth con Megiddó y la llanura de Esdreló
n.
A pesar de su desahogada anchura (uno s cinco metros), la vía en cuestión no era mejor que las veredas precedente s. El intenso tráfico de hombres y caravanas la habían descarnado. El piso, de tierra prensada, presentaba un interminable tinte negruzco, fruto de los orines y evacuaciones de las caba- llerías. Era una lástima que los háb iles constructores romanos hubieran
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despreciado aquella importante arteria. Una «carretera» -procuré no olvi- darlo- por la que había caminado el Maestro en multitud de ocasiones.
No me cansaré de cantar las excele ncias de aquella región. La Galilea de hoy es un demacrado reflejo de la que nos tocó recorrer en aquel tiempo. Incluso el cántico del exagerado Flavio Josefo sobre dicha tierra se
queda corto y empobrecido. Daba igual la di rección que eligiera. Los campos, va- lles o laderas se hallaban mimosa y ex haustivamente cultivados. Al dejar atrás el inmenso olivar surgieron ante mí, a derecha e izquierda de la carre- tera, perdiéndose en la distancia, apretados campos de trigo y de cebada, a punto de sazón el primero y dispuest a para la siega la segunda. Y más allá de los ondulantes trigales, coronand o colinas, nuevos olivares, perfecta- mente alineados, que difuminaban el rojo arcilloso del terreno. Y en el hori- zonte, por encima del nivel de los trescientos metros, las benéficas
masas verdiazuladas de los bosques de robles, algarrobos, terebintos y pinos d
e Alepo. Ésta era una de las claves de la magnificencia de la alta y de la baja Galilea: los innumerables y espesos bosques, entre los que sobresalían tres
especies de robles (dos pertenecientes al común siempre-verde y el gigan- tesco, anciano y venerado roble del Ta bor). El régimen combinado de llu- vias (más abundantes entre octubre-noviembre y marzo-abril) y la fiel y ar- tesana química de las masas forestales propiciaba toda suerte de mana
ntia- les y corrientes subterráneas que los naturales supieron hacer suyos. Las nieves acumuladas en la cadena mont añosa del Hermón (actual Líbano), emplazada a 53 kilómetros de la prim era de las desembocaduras del Jor- dán, en el lago de Tiberíades, constituían un tesoro seguro e impagable del que se beneficiaba toda la región. A diferencia de la Judea, cuya «
piel era el desierto», Galilea difícilmente supo de la sequía y del hambre.
Estas cir- cunstancias -como escribe Josefo- «a traían, incluso, a los menos amantes del trabajo». Las cifras hablan por sí solas. En vida del Maestro, aquella comarca de 111 kilómetros (de norte a sur) por 55 (de este a oeste
) agru- paba un total de quince ciudades fort ificadas y doscientas cuatro aldeas, con una población total que se aproximaba a los ochocientos mil individuos. La bondad de la propia tierra (pesada, de grano fino y con excelente capa- cidad de absorción del agua) y el ingenio de los campesinos hacía
el resto. Éste, en definitiva, fue el escenario en el que creció y desarrolló su activi- dad el Hijo del Hombre: una Galilea dorada, con resguardados valles y di
la- tadas planicies en los que el olivar se emparentaba con el trigo, la cebada, la escanda y el sorgo. Una Galilea verde, donde el cultivo intensivo, los jar- dines y los árboles frutales hicieron exclamar a Jacob: «Aser, su pan es sa- broso: hará las delicias de los reyes. » La dulzura de sus frutos era tal que llegaron a estar prohibidos en Jerusalén durante las tres grandes peregrina- ciones anuales. Y, por último, una Galilea azul, a orillas del yam…
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t. Nada más distante de la realidad…
La envidiable riqueza de la Galilea y su estratégica ubicación geo
gráfica, nudo «gordiano» de los caminos que iban o venían de Mesopotamia a Egip- to y de Filadelfia al Mediterráneo, traerían consigo dos realidades incuestio- nables que no puedo ni debo pasar po r alto. Dos circunstancias que, en mi modesta opinión, incidieron -¡y cómo ! en la personalidad humana y en el estilo de Jesús de Nazaret. Me refiero, en primer lugar, al intenso trasiego de pueblos, culturas y costumbres del que, a todas luces, se benefició la Galilea. En segundo término, casi como una prolongación de lo anterior, a la liberalidad que este río de gentes hizo germinar en los corazones de
los galileos. Insisto: estos factores ma rcaron hondamente el pensamiento «terrenal» de un Hombre que convivió durante casi veintiocho años con caravanas procedentes de los cuatro puntos cardinales. Este incesante tránsito, el correr del dinero y el ca rácter hospitalario y receptivo de los autóctonos, que no dudaban en mezclarse con los «impuros paganos»
, le
valdría a la Galilea el despreciativo sobrenombre de «círculo de los gentiles». Allí trabajaba, se divertía o hacía un alto en el camino toda suerte de razas -tinos, helenos, sidonios, eg ipcios, negros africanos, romanos, babilonios, judíos y una convulsa le gión de nómadas del este-, con sus respectivos dioses, supersticiones, le nguas y hábitos. Al reconstruir las sucesivas etapas -infancia, juventud y madurez- de la existencia del rabí de Galilea fuimos comprendiendo la decisiva influencia de este ambiente
cosmopolita y abierto en su educació n y, sobre todo, en su forma de enjuiciar los pensamientos y el co mportamiento de los seres humanos. ¡Cuán flaco servicio el de los evan gelistas al no mostrar al mundo la diaria realidad en la que creció el Hijo de l Hombre! Los cristianos caen en la tentación de imaginar a un Jesús niño o adolescente, prácticamente enclaustrado y retirado del mundo, sumergido en los estrechos y remotos límites de una aldea llamada Nazare
Pero esta promiscuidad entre israelitas y extranjeros provocaría también un rabioso y general rechazo entre los ju díos del sur (la Judea). Rabinos y hombres de estricta observancia de la Ley mosaica vivían en un permanen- te escándalo respecto a las costumbr es y a la tolerancia de los galileos. Aquellos se vanagloriaban de su purita nismo, calificando a sus vecinos del norte de «impuros, incultos y provinc ianos, incapaces, incluso, de hablar correctamente». La soberbia de los ju díos meridionales era tal que, entre los miembros del Gran Sanedrín, se repetía con frecuencia: «De Galilea nunca se ha levantado profeta.» Estas tensas relaciones fueron, en definiti- va, el terreno abonado para el odio en el que tuvo que moverse el Nazareno y, por supuesto, su grupo.
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Aquel susto fue un providencial aviso. Lo acaecido en la plantación de pim- pinelas no debía repetirse. Así que, al menos hasta el ingreso en Nazaret, me hice el firme propósito de extrem ar la prudencia. Me limitaría a obser- var, sobre la marcha. A fin de cuentas, ése era mi trabajo. Y tenía que eje- cutarlo, evitando toda intromisión en aquel «ahora histórico» que no era el nuestro. Complejo objetivo, a fe mía. Los incidentes en los que me vi en- vuelto colocarían a esta rígida norm a de la operación frente a un espinoso dilema. Pero proseguiré con el relato del accidentado caminar hacia la aldea del Hijo del Hombre.
Según mis estimaciones, Caná se hallaba a poco más de quince kilómetros. Como fue dicho, allí nos abandonaría Ba rtolomé. Y en solitario, cerrando la comitiva, me concentré en la memorización de cuantas referencias pudieran servirnos en futuras exploraciones. Si el proyectado «salto» en el tiempo llegaba a consumarse -como así fue-, esta senda y las mencionadas Can
á y Nazaret se convertirían en habituales escenarios del ir y venir de Jesús y sus discípulos. El conocimiento del terreno que pisaba, por tanto, te
nía que
ser lo más exhaustivo y preciso posible.
Esta cuarta etapa, casi en su totalidad, ofrecía un camino cómodo y encajo- nado entre los crecidos campos de cereal. La campiña corría libre y dorada, rodeando log cuatro montes que vigilaban los siete kilómetros de que cons- taba este nuevo tramo. Estas notables elevaciones -todas superiores a los quinientos metros- guardaban una curi osa simetría. En un capricho de la Naturaleza construían un cuadrado casi perfecto, de dos kilómetros de lado, con la carretera discurriendo justamente por el centro. En la cima de uno de los picachos -el primero por nuestra derecha se distinguía la blancura de un recogido villorrio (Lavi), único asentamiento visible en dicha cuarta etapa. Y aquí y allá, rompiendo el relajante ondear del trigo y de los corros de ceba- da, chozas de paja y adobe, destinadas al depósito de aperos y, con seguri- dad, ocasionales refugios de hombres y animales. Cuadrillas de felah se re- partían a uno y otro lado del camino, encorvadas sobre las manchas de ce- bada. Era el tiempo de la siega del «pan de los pobres». La recogida del tri- go duro llegaría algunas semanas después. Armados de pequeñas hoces de hierro, ligeramente curvas y en ocasiones con las hojas dentadas, los cam- pesinos apresaban los manojos con la mano derecha, guillotinándolos de un certero tajo. Aunque menos abundante que el trigo, aquella cebada era de excelente calidad. Pertenecía a la especie hexastichum (de seis hileras), cu- yas espigas, a diferencia de su hermana distichum (de doble hilera), produ- cen un generoso grano.
Los haces, una vez atados en gavillas , pasaban a manos de las mujeres y de los muchachos, que los transportaban hasta las eras: unos espacios
abiertos en los trigales -generalmente formados por un afloramiento roco-
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so- en los que se propiciaba la trilla y posterior aventado del grano. Algunas partidas de campesinos, con mejores recursos, disponían de asnos y ca
rre- tas con los que aliviar el traslado de las mieses. Cuando la era consistía en un desnudo lecho de tierra arcillosa, la superficie en cuestión aparecía cer- cada en todo su perímetro por decena s de piedras de regular tamaño. Las mujeres, entonces, esparcían los haces, procediendo a la labor de trilla. Pa- ra ello, estas esforzadas galileas go lpeaban la cebada con palos y mazas, tronchando los tallos. Otras, más afortunadas -siempre las menos-, se ser- vían de los burros. Les ajustaban una esportilla o bozal, a fin de que no de- voraran el grano, azuzándoles para que caminaran o trotaran por la era, tri- llando la mies. En algunos casos, los cuadrúpedos eran enganchados a una rectangular y áspera tabla de madera, provista de dientes de pedernal
. La campesina se plantaba sobre el primitivo rastrillo y arreaba a la bestia, libe- rando el grano.
Cada cual, en definitiva, tenía asigna do un cometido. Los niños, por ejem- plo, cumplían con el reparto de ag ua y la vigilancia del grano trillado o aventado. El «enemigo», en este caso , lo constituían las espesas bandadas de tórtolas comunes que, desde el comienzo de la primavera, cruzaban
los cielos de Israel, rumbo al viejo continente. Muchas de ellas incubaban en la Galilea, amenazando las cosechas. Cu ando estas aves o las currucas se aproximaban a las eras, los pequeños vigías agitaban los brazos, palmotea- ban y entonaban chillonas canciones, espantando a las intrusas. La campiña cobraba así un ruidoso pálpito. Los cánticos y la teatralidad de la gente me- nuda dulcificaban en parte la dureza de aquel trabajo. Una recolección que no fue ajena al Hijo del Hombre…
Consumada la trilla, los felah, provistos de horcas de madera de cinco pun- tas, sacudían las cañas en el aire, av entando el grano. Una vez en tierra, las hábiles mujeres lo cribaban con la ayuda de pequeñas y puntiag
udas
piedras. Y el grano de cebada -dieta básica de los menos favorecidos por la fortuna- quedaba listo para el transporte a las aldeas y el definitivo almace- naje en los silos.
Los veinte o treinta primeros minutos de marcha me reconfortaron. Senci- llamente, disfruté de tan magnánima naturaleza. E imaginé al Maestro entre los felah. Según mis informaciones, durante algún tiempo, Él también lo fue. No podía perder de vista que ésta era su gente, su tierra y el mundo que le rodeó durante años. Una cumplida documentación en torno a las cos- tumbres, modo de pensar y problemas de los galileos debería esclarecernos el porqué de muchas de las actitude s y actuaciones de Jesús. Ni los hom- bres, ni las ideas y mucho menos el ritmo social de aquel tiempo y de aquel país guardan relación con la cultura y en tramado vital de los cristianos del siglo xx. Esta circunstancia es olvidada con frecuencia por los que prac
tican
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el Cristianismo. Y ahora que estoy en ello, me permitiré un paréntesis en la narración. Decía que aquel caminar por la fértil y hermosa baja
Galilea me llenó de fuerza. Dios sabe que en nuestro «viaje» no abundaron los mo- mentos de paz. Era natural que, a la menor oportunidad, nos aferrásemos a ellos. El hipotético lector de este d iario no debe olvidar que, tanto mi her- mano como yo, también éramos sere s humanos. Cierto que estábamos en condiciones de «manipular» el tiempo y ello, en teoría, nos colocaba en un plano de superioridad. Sin embargo, la verdad desnuda fue otra. A pesar
del implacable entrenamiento, de los medios técnicos y científicos a nuestro alcance y de las ventajas, de toda índole, que supone una diferencia históri- ca. de casi veinte siglos, estos exploradores se sintieron «perdidos» en infi- nidad de ocasiones. Quien alcance a leer estas experiencias debe compren
- dernos y comprender nuestras debilidades. Sufrimos lo indecible. Caímos en el error y, lo más lamentable, no conseguimos acoplamos por entero a la cotidiana realidad de aquel «otro ahor a». Fueron muchas las jornadas en las que, a causa de tan prolongada «estancia» en un marco histó
rico extra- ño, padecimos un trastorno no catalo gado aún por la medicina y que po- dríamos definir como «resaca psíquica». Explicarlo no es fácil. Aunque el organismo terminó por adaptarse a las necesidades y exigencias del nuevo «medio», no ocurrió lo mismo con nuestras mentes. Freud se hubiera senti- do feliz estudiando esta disociación en tre el consciente y el subconsciente. Mientras el primero reaccionaba con normalidad, el segundo, quizá más sa- bio, se resistía a sobrevivir en un hábitat a todas luces antinatural. Y de vez en vez experimentábamos una especie de bloqueo mental al que acompa- ñaban unas no menos injustificadas reacciones de repulsa hacia cuanto nos rodeaba. Nada grave, supongo, pero lo suficientemente sintomático como para alertarnos de que «algo» no ma rchaba bien. Como médico estoy con- vencido de que tales alteraciones, aunque pasajeras, guardaban una íntima relación con el irreversible proceso degenerativo de las redes neuronales.
Un mal que le ha costado la vida a mi entrañable hermano y que, a no tar- dar, rematará la mía. El cerebro hum ano se halla capacitado para aclima- tarse a las más adversas condiciones, tanto físicas como psíquicas. Sin em- bargo, un «salto» de esta naturaleza, a otro marco temporal, viene
a que-
brar la propia química cerebral. Curtiss y los especialistas de Cabal
lo de Troya fueron puntualmente advertidos. Dios quiera que nuestra experiencia ponga freno a otros proyectos similares. La ciencia está obligada a recapaci- tar y a prever estas delicadas situaciones. Fuimos los primeros, sí, y aunque la Providencia nos asistió en todo mome nto, el precio a pagar ha sido el más alto.
Cerrado el paréntesis, como decía el Maestro, «quien tenga oídos, que oi- ga».
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El encuentro con aquella caravana resu ltaría aciago. A partir de esos mo- mentos, hasta la consumación del tercer «salto» en el tiempo, u
na cadena de inesperados sucesos iría cercándo me, hasta hundirme en una dolorosa marginación. ¡Cuán extraño es el dest ino! Yo, Jasón, el «audaz y valiente griego» que supo estar al lado de Jesús en las más duras prueba
s, termina- ría repudiado por la mayoría de los discípulos.
La Operación había contemplado esta posibilidad. Sin embargo, las normas y directrices -siempre teóricas- no sirvieron de gran cosa. Veamos por qué.
Quizá llevásemos una media hora de ca mino, desde el ingreso en la arteria principal. La cuestión es que, al salir de uno de los recodos y a una distan- cia de medio kilómetro, distinguimos una apretada concentración de
hom- bres y animales. El grupo, inmóvil, ocupaba la totalidad de la senda, obsta- culizando el paso. Bartolomé y el Zebedeo se detuvieron. Y el primero, tras una rápida inspección, acertó en el veredicto. Nos hallábamos ante una ca- ravana. Una de las muchas que atrave saban a diario la Galilea. Lo que no supieron decirme fue el motivo de dicha paralización. El paraje no parecía el idóneo para abrevar a las bestias. Ta mpoco la hora, rozando las diez de la mañana, resultaba lógica para plan tar el obligado campamento nocturno.. Salvo contadas excepciones, caravanas y caminantes evitaban desplazarse durante la noche.
El hecho de tener que abrirse paso entre aquellas gentes desconocidas no complació a mis amigos. Y con el gesto grave, casi malhumorado, reanuda- ron el avance, discutiendo la alternativa de rodearles. Finalmente desistie- ron. A buen seguro, los felah que sega ban en las proximidades no habrían aprobado la desconsiderada opción de pisotear los trigales. Lástima… De haber esquivado la caravana, todos nos hubiéramos ahorrado algunos si
n-
sabores.
El convoy llevaba nuestra dirección. Y a punto de dar alcance a los especta- culares dromedarios que cerraban la ab igarrada y extensa comitiva, la Se- ñora y los discípulos, en un gesto casi mecánico, echaron mano de sus res- pectivos mantos, cubriéndose las cabezas y rostros. Al principio lo i
nterpre- té como un medio para pasar inadve rtidos. Pero, conforme empezamos a sortear a los animales, comprendí la razón del súbito embozo. Aquella va- riedad blanca de dromedarios, los asnos y los parsimoniosos búfalos de cuernos en forma de media luna viajaban «escoltados» por sendas y
zum- badoras nubes de moscas, tan molestas como peligrosas. A pesar de la pro- tección de la «piel de serpiente» me ap resuré a imitarles. La picadura de uno de estos tabánidos, en especial de l Loa loa, podía acarrear enfermeda- des -caso de las filariasis- que debíamos evitar a toda costa.
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Aunque había tenido la oportunidad de contemplar otras caravanas en los alrededores de Jerusalén y en el camino de Betania, ésta era la primera vez que me aventuraba en el mismísimo corazón de uno de estos singulares grupos.
Quedé aturdido. El tufo acre de las be stias; el rebuzno de los asnos; la ne- gra y pertinaz geometría de los dípt eros, inútil y pacientemente acosados por las colas de los cuadrúpedos; el balido de los rebaños de cabras de grandes y caídas orejas; el vocerío de los caravaneros y las órdenes de los «escoltas» -hombres y jovencitos-, manteniendo en línea al medio centenar de dromedarios, dibujaban un cuadro variopinto, fascinante y, para un lego como yo, aparentemente caótico.
La mayoría de los dromedarios transportaba abultadas banastas, que co
l- gaban de sus costados. El agua, elemen to precioso, casi sagrado, era con- ducida a lomos de una decena de pequeños burros de negro y nutrido pela- je. Los odres, sujetos por varas de madera, se hallaban al cuidado de las mujeres.
Sobre la jiba de aquellos dromedarios, conocidos entre los mesopotámicos con la perífrasis de «asnos del mar», se había habilitado igualmente una se- rie de baldaquines o rústicos pabellones en los que viajaban mujeres y ni-
ños. En otros rumiantes, perfectament e enrolladas, se adivinaban las tien- das y el austero ajuar doméstico de los casi doscientos miembros que con- formaban la caravana.
Cada vez con más prisas, los discípulo s y la Señora prosiguieron el zigza- gueante caminar entre carros y animale s, deseando la paz a derecha e iz- quierda. Fueron pocos los hombres y mujeres que respondieron a los salu-
dos. Deduje que, seguramente, no comprendían el arameo galalaico. A juz- gar por su indumentaria cabía la posibilidad de que procedieran de Mesopo- tamia. Los hombres lucían túnicas de lino y lana, prácticamente hasta los pies, y mantos de deslumbrante blancura que, en ocasiones, arrollaban so- bre los melenudos cráneos a manera de turbantes. El vaporoso y desaho- gado atuendo, muy adecuado para el desierto, era redondeado por una an- cha faja o ceñidor, que ayudaba a port ar una arma. En este caso, unas da- gas cortas y curvas, con vainas de madera o tela y empuñaduras de fino ta- llado.
El calzado, a excepción de algunas sandalias que me recordaron los bo
rce-
guíes de Beocia, era extremadamente simple. Consistía en una gruesa base de cuero de vaca o piel de camello o dromedario a la que había sido anclada una cuerda que, pasando junto al pulgar, se anudaba alrededor del tobill
o.
El ropaje de las mujeres, similar al de los varones, se diferenciaba por el luminoso colorido. Si los hombres, como venía diciendo, vestían de un blan- co uniforme, aquéllas gustaban de mo tivos florales y complejos bordados
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en rojo, azul, rosa y negro. El rost ro, descubierto, de tez curtida, lucía enigmáticos tatuajes azulones sobre el mentón y la frente.
Como tendría ocasión de verificar escasos minutos después, nos hallába- mos, en efecto, en mitad de una tribu nómada, oriunda, en parte, de la re- gión septentrional de lo que en la actualidad conocemos como península arábiga. La numerosa reata de bestias , los grandes pendientes, los anillos de nariz, los pesados brazaletes y lo s collares -todo en plata- denunciaban una aceptable posición económica.
Uno de los capítulos que reclamó mi at ención en este inicial y apresurado contacto con la caravana fue la presen cia de cinco corpulentos perros pas- tores, de gran parecido a los «dogos de Burdeos». De cabezas largas, hoci- cos caídos, unos cincuenta kilos de peso y alrededor de ochenta centímetros de altura constituían una inmejorable defensa para el grupo en general y para el ganado en particular. Los había amarillos y mosqueados. Prude
nte- mente, mientras la caravana permaneció inmovilizada, uno de los pastores los retuvo amarrados. Aun así, al llegar a la altura de la jauría, varios de los perros, alertados por la presencia de aquellos cuatro extraños, se incorpo- raron al punto, ladrando furiosa y amenazadoramente. María, asustada,
se
hizo a un lado, buscando la protección de l Zebedeo. El nómada que sujeta- ba las cuerdas con ambas manos sonrió burlón, al tiempo que la emprendía a puntapiés con los más ariscos. Procuré distanciarme. Aquellas
«fieras»,
en una clasificación sobre «10», ostent aban una puntuación de «9» en lo que a defensa territorial y agresión se refiere.
La médula del convoy la formaban unos quince carros. La mayoría de dos ruedas y arrastrados por bueyes. Otros, más pesados y provistos de cuatro ruedas en forma de discos de madera de una sola pieza, eran tirados por parejas de
bos bubalus, los poderosos búfalos utilizados en las llanuras de los ríos Tigris y Éufrates desde la remota dinastía de Akad. Tanto las carre- tas cubiertas como las descubiertas ap arecían repletas de cestas de mim- bre, tinajas y ánforas de diversos c alibres y oscuras y apretadas balas. Los carruajes de cuatro ruedas, con una barandilla que rodeaba la plataforma, eran muy similares a los plaustra maiora, unos carromatos que los romanos habían ido introduciendo con sus legi ones y comercio. Supuse, acertada- mente, que se trataba de la mercadería principal. Estas caravanas, so
bre todo las que partían del norte y del es te, traficaban fundamentalmente con sedas, especias, alfombras, piedras preciosas, frutos, maderas nobles e, in- cluso, animales exóticos.
En varios de los carros descubiertos, sentados o de pie sobre la carga,
mu-
jeres y niños dirigían sus miradas hacia la cabeza de la caravana, discutien- do entre sí. A diferencia de las que acababa de dejar atrás, és
tas sí oculta- ban el rostro con largos y negros velo s. ¿A qué podía obedecer semejante
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discriminación? En la vanguardia del convoy me aguardaba la respuesta a tan intrascendente pensamiento, aunq ue, desde luego, no en la forma en que yo hubiera imaginado y deseado…
La innata y, supongo, inevitable curi osidad femenina vino a precipitar los acontecimientos. El «oso» de Caná suspiró aliviado al dar alcance a la cabe- za de la caravana. Retiró el ropón de su cabeza y se dispuso a cru
zar frente a -un corro de nómadas que se apelotonaba a la derecha del camino. El Ze- bedeo, que seguía muy de cerca a Na tanael, hizo ademán de asomarse al vociferante grupo. Pero, al detectar las prisas de su compañero, renunció a tan comprensible gesto. La Señora, en cambio, sí cayó en la pue
ril tenta- ción. Y embozada aún en su manto ma rrón claro la vi deslizarse entre los caravaneros, intrigada por el alboroto. En un primer momento, ni Juan ni Bartolomé se percataron de la maniobra de María. Y quien esto escribe se acercó igualmente a los diez o doce individuos que formaban la acalorada discusión. La Señora, siempre intrépid a, era una permanente caja de sor- presas.
Absorto en la contemplación de la caravana no había caído en la
cuenta de
que nos hallábamos a escasa distancia del picacho sobre el que se ase
ntaba la aldea de Lavi. Los nómadas en cues tión parlamentaban justamente en la confluencia de la vía principal con el estrecho y pedregoso senderillo que descendía del villorrio. Como era habi tual en las rutas importantes, los habitantes de los poblados próximos aprovechaban estos cruces de caminos para salir al paso de los viajeros y ofrecerles los productos y «especialida- des» del lugar. En esta ocasión, una vecina de Lavi había sentado sus re- ales en una redonda y pequeña era, practicada al pie mismo de la bifu
rca-
ción. Allí, en compañía de dos niños de corta edad, sobre
una humilde este-
rilla de hoja de palmera, presentaba una batería de cuencos de barro
coci- do, colmados de lentejas recién recole ctadas, harina de cebada, ajos y ce- bollas (crudos y cocidos) y una ristra de calabazas vinateras, con la típica forma de botella. Después de extraer la amarga pulpa y las semillas,
esta especie -única en su género- era muy estimada como recipiente, bien para uso doméstico o en los viajes, a manera de nuestras modernas «cant
implo-
ras».
Al principio, más pendiente de María que de la zarabanda protagonizada por los viajeros, no comprendí muy bien lo s motivos de la trifulca. Algunos de los nómadas parecían interrogar a la ve ndedora. Lo hacían en un arameo fluido. Más correcto que el occide ntal o galalaico que manejaban los gali- leos. La palabra repetida una y otra vez por aquellos hombres, visiblemente nerviosos, era «médico». En efecto, trataban de localizar un «sanador». Al- go anormal acontecía en la caravana. Y el instinto me puso en guardia. La
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Señora y los discípulos sabían de mi condición de galeno. Pero, salvo en ca- sos de nula o muy corta trascendencia, Caballo de Troya prohibía a sus ex- ploradores cualquier tipo de interven ción, suministro de medicamentos e, incluso, consejos u orientaciones médicas que pudieran modificar el ritmo natural de las personas o de los grupos. Necesitamos un tiempo para admi- tir nuestro error: aunque en cierto s momentos pudo beneficiarnos, nunca debí reconocer entre aquellas gentes mi especialidad como rofé o médico. Y ahora, en mitad de los nómadas, esta ba a punto de experimentar las des- agradables consecuencias de tan crasa equivocación…
El caso es que, intuyendo el posible conflicto, retrocedí unos pasos, distan- ciándome de los caravaneros. ¿Qué po día hacer? ¿Escapaba y me ocultaba en el laberinto de carros? Si el prob lema, como digo, era grave, yo debería permanecer al margen. Mas, ¿cómo hace rlo? Hoy, al rememorar el critico lance, me arrepiento de no haber obedecido ese impulso inicial. Pero, sofo- cando la sutil advertencia, desistí. Qu izá exageraba. Mi repentina desapari- ción -pensé- hubiera resultado de muy di fícil justificación. Por otra parte, carecía de elementos de juicio como para analizar el asunto con un mínimo de objetividad. Así que, avanzando de nuevo hacia el grupo, dejé correr los acontecimientos.
La galilea, sentada a la turca, parecía ajena al vocerío, más preocupada, en apariencia, de espantar las moscas que se disputaban el género que de
co- laborar con los exaltados viajeros. En un par de ocasiones se dignó levantar los ojos y, con dificultad y lentitud, articuló algunas palabras, al tiempo que señalaba hacia el oeste. Francamente, no alcancé a comprenderla. Al ob- servar su pésima pronunciación empecé a intuir la razón de semejante ga- limatías. La infeliz padecía una «disartria»: una imperfección en la articula- ción de las palabras, como consecue ncia de alguna lesión en los músculos de la fonación. Ello le impedía manife star las ideas con claridad, provocan- do, en suma, la exasperación y el conf usionismo de sus interlocutores. És- tos, al captar la nebulosa indicación , se volvieron hacia un individuo que presenciaba la escena en silencio. Ve stía también de blanco, aunque su- porte, la franja de borlas que remata ba la inmaculada túnica y el arco que sostenía en la mano derecha me hicier on sospechar que podía tratarse del jeque o jefe de la familia de nómadas. El fenotipo era claramente mesopo- támico: nariz aguileña, frente estrecha, bóveda craneal aplastada y oblicua, ojos negros, occipucio plano y una barba larga y cuadrada.
El cambio de impresiones fue breve. El que parecía gobernar la caravana di- rigió la mirada hacia poniente, escrut ando el camino. Acarició la pequeña cabeza de pato de marfil que adornaba uno de los extremos del arco y, con una sombra de tristeza en el rostro, se dirigió a sus hombres, ordenando el avance del convoy. En esos instantes, María, siempre dispuesta, se destacó
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de entre los caravaneros, ofreciendo su ayuda al jeque. Éste, perplejo, la inspeccionó de arriba abajo, sin comprender muy bien sus intenciones ni de dónde demonios había surgido aquella galilea. Todo quedó aclarado cuando Natanael y el Zebedeo, alarmados por nuestra tardanza, deshicieron lo an- dado, incorporándose al grupo. Yo, prudentemente, me mantuve a una cierta distancia, medio camuflado entr e los nómadas. Al poco de iniciar la conversación con la Señora y los discípulos, el jeque, persuadido de la bue- na fe de la hebrea y de sus acompañantes, modificó su orden anteri
or: la caravana seguiría inmóvil. Y quien esto escribe presintió lo peor. De vez en cuando, las miradas de mis amigos y lo s inquisidores ojos del mesopotámi- co me buscaban entre los blancos ropajes de los caravaneros. No había du- da. Hablaban de mí. Y una creciente inquietud fue ahogando mi corazón. Estaba atrapado…
Y el destino, implacable, se arrojó sobre mí, acorralándome. Juan alzó su mano izquierda y, sonriente, reclamó mi presencia. El Zebedeo, tal y como sospechaba, me presentó ante el je que -un tal Murashu- como un «sabio rofé, capaz de grandes prodigios». Aturdido, con la boca seca por el miedo, traté de negar y de restar mérito a los encendidos elogios del discípulo. Pe- ro ninguno de los presentes me tomó en consideración. Murashu, respetuo- so, inclinó la cabeza, suplicándome que aliviara la carga de sus muchos pe- cados. Al parecer, una de sus mujeres había sufrido una caída. El dromeda- rio en el que viajaba, presa de un at aque de «locura», la había derribado y pisoteado a escasa distancia del cruc e en el que nos encontrábamos. En buena lógica, deduje, el percance debía ser lo suficientemente gra
ve como para haber inmovilizado la caravana. Y mis temores arreciaron.
Para los asirio-babilónicos, las enfermedades, accidentes y demás
calami- dades tenían su origen en la ira de los dioses. Cualquier contratiempo o desgracia eran asociados de inmediato a los pecados, incluso hipotéticos, de la víctima o de su parentela. De ahí las lamentaciones del afligido Mu- rashu.
Traté de serenarme. Resultaba estéril invocar al «sanador» de Caná, el más cercano y al que había hecho alusión la vecina de Lavi. La distancia que nos separaba de la aldea de Bartolomé era superior a los doce kilómetr
os. No tenía alternativa…
Y el dueño y señor de la tribu nos condujo hasta una de las carretas cubier- tas: una especie de carpentum de dos ruedas. A pocos metros del carruaje, un par de servidores de la caravana (l os llamados «escoltas», responsables de los dromedarios) atendían a un in quieto animal. El rumiante se hallaba arrodillado e inmovilizado merced a una cuerda que, descendiendo de la ca- beza, había sido anudada a la rodilla iz quierda. Murashu, al pasar junto al
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blanco y nervioso ejemplar, lo maldij o. Se trataba, efectivamente, de la dromedaria causante del percance. Un o de los nómadas, provisto de un odre, se esforzaba en abrevarla. El otro, a su lado, con un haz de plantas entre las manos, iba suministrándole pequeñas raíces y unas cápsulas esfé- ricas que arrancaba de los tallos. Al hablar de un ataque de «locura»
, el je- que no había exagerado. Al igual que el ser humano, el camello y el drome- dario padecen también de podagra o go ta, que afecta a las extremidades, provocando en los cuadrúpedos un dolo r intensísimo. Cuando esto sucede, el animal «enloquece», mostrándose irascible y peligroso en extremo. Esto, ni más ni menos, era lo ocurrido en el seno de la caravana. Quizá, si el inci- dente lo hubiera protagonizado un mach o, Murashu habría ordenado su in- mediato sacrificio. Al tratarse de una hembra, el comportamiento de los nómadas era radicalmente distinto. La leche de dromedaria, de alto conte- nido proteico y un excelente porcentaje salino, constituía un alimento y una bebida básicos en la dieta de aquellas gentes. Y con buen criterio, procura- ban aliviar la «locura» del rumiante, prop orcionándole abundante líquido y las negras semillas contenidas en las cá psulas esféricas. Estos granos acei- tosos no eran otra cosa que el ovario madurado de la adormidera, una plan- ta sobradamente conocida en las re giones mesopotámicas, que contiene hasta veinticinco alcaloides opiáceos. Como analgésico y calmante del dolor resultaba de gran utilidad en estas circunstancias. A este «tratamiento», los nómadas, antiguos conocedores de las propiedades medicinales de las plan- tas (los asirios, por citar un ejemplo, disponían de más de doscientas cin- cuenta especies en su «farmacopea»), añadían las raíces secundarias del «harpagofito», especialmente indicado para el dolor en las articulaciones.
Nuestro anfitrión y mis acompañantes comenzaron a impacientarse. No terminaban de entender mi interés por la dromedaria. A decir verdad, aun- que me hubieran interrogado, tampoco habría sido fácil satisfacer
su curio- sidad. Encorvado sobre las inflamadas extremidades del animal, mi examen no encerraba otro objetivo que el de intentar averiguar el grado de conta- minación por heces. Si el rumiante había pateado a la mujer convenía cer- ciorarse del estado de las pezuñas. «Aun así -cavilé-, si se registra la apari- ción de un tétanos, ¿qué hacer?»
Fue María la que tomó la iniciativa. Y situándose a mi espalda, posó su ma- no sobre mi hombro, reprendiéndome con dulzura y calificando mi acción de «imperdonable despiste».
-Jasón -me advirtió sonriente-, te equi vocas. No es el dromedario el que precisa de tu ciencia…
Lo sabía, pero me excusé. Y siguiend o los pasos del jeque salté al interior del carromato.
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¡Oh, Dios!, ¿qué era aquello? En un asfixiante habitáculo de
tres por dos metros, sobre un cargamento de balas de lana, yacía una mujer con el ros- tro cubierto por un velo negro. Sus gemidos eran ahogados por los rezos
de tina anciana que, en cuclillas y a los pies de la joven doliente, simultaneaba el canturreo de los salmos penitenciales con el lanzamiento sobre el cuerpo de la nómada de una sustancia ocre qu e, en un primer momento, no supe identificar. Bajo el amplio ropaje distinguí un vientre anormalmente hincha- do. Pero el olor putrefacto que llenaba el carruaje me distrajo. ¿A qué obe- decía aquel infecto ambiente? Al arro dillarme junto a la mujer e intentar explorar su pulso lo comprendí. La húmeda y pegajosa sustancia que casi enterraba a la enferma quedó adherida a mis manos. Instintivamente aproximé las yemas de los dedos a mi nariz, buscando la identificación del elemento arrojado por la anciana. Mi estómago se rebeló. De acuerdo con las ancestrales y supersticiosas costumbres de aquellos pueblos, al conside- rar la enfermedad como la venganza de un dios o demonio maléficos, todo cuanto pudiera desagradar a la víctima propiciaba el mismo efecto en la di- vinidad instalada en el cuerpo. Pues bi en, con el fin de obligar al espíritu causante del problema al desalojo del enfermo, la vieja en cuestión había rociado a la mujer con excrementos de animales.
Mi rabia y repugnancia fueron tales que, sin proceder siquiera a una prime- ra y superficial inspección, abandoné el fétido carromato, tratando de poner en orden mis ideas…, y mi estómago.
La Señora, alarmada, me salió al paso , interrogándome. Y otro tanto ocu- rrió con Murashu y los discípulos. Reco mpuesto el ánimo, ante la atónita mirada del jefe de la tribu, le ordené que, para empezar, procediera al in- mediato traslado de la joven a un carrua je sin carga. Acto seguido, con idéntico y enérgico tono, solicité de María que se ocupara de la limpieza de la mujer.
Al punto, una segunda carreta entraba en acción. Y a pesar del riesgo que podía suponer el traslado de un accide ntado de estas características, con posible politraumatismo, minutos después descansaba en la espaciosa pla- taforma de un carro de cuatro ruedas.
La Señora, auxiliada por dos nómadas de rostros igualmente cubiert
os, desnudó a la muchacha, cumpliendo mi s preceptos. Y yo, sin saber muy bien qué hacer, ni por dónde empezar, aproveché la espera para revisar la «farmacia de campaña» que guardaba en el liviano petate de viaje y cam- biar algunas palabras con Murashu. El Zebedeo, testigo de la conversación, se mostró complacido al averiguar que los ancestros del jeque eran preci- samente judíos. Aquellos orientales, al contrario de lo que sucede con los hombres del siglo xx, disfrutaban de una memoria prodigiosa. Podían reci- tar, paso a paso, la totalidad de sus árboles genealógicos. Así supimos que
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los primeros Murashus fueron deportados a Mesopotamia después de la to- ma de Jerusalén por Nabucodonosor (a ño 587 antes de Cristo). La familia prosperó, alcanzando su máximo auge en los reinados de Artajerjes I y Da- río II. Y aunque el asentamiento clav e fue siempre la ciudad de Nippur, al- gunas ramas familiares terminaron por mezclarse con los autóctonos de la región, buscando nuevos horizontes. Este Murashu, y sus nómadas, antepa- sados de los actuales beduinos, residían habitualmente al norte de la penín- sula arábiga (hoy reino de Arabia Saud ita), en un territorio perdido en el desierto del Gran Nefud, tras los montes de Agia y Selma. Desde allí
des- plegaban sus actividades, comerciando hacia el este, norte y oeste, por las rutas de Susa, Jarán, Damasco y Egipto. Pero el apacible coloquio se vería bruscamente interrumpido por un agudo grito de la Señora.
No lo dudé. Abandonando el manto y la «vara de Moisés» en manos de Juan me introduje bajo la lona de la carreta, dispuesto a todo. Pero la esce- na que se abrió ante mis ojos daría al traste con mi celo y buena
fe. Y la
disciplina y ética de la Operación se instalaron en mi cerebro y v
oluntad, cortándome el paso. A partir de esos momentos, una violenta lucha interior se adueñaría de mi ser, destrozándome.
María, arremangada y de rodillas, con los lienzos empleados en la lim
pieza entre las manos, parecía una estatua. Las otras dos mujeres, en cuclillas y a la cabecera de la joven, seguían em papando los paños en una jofaina de barro. La respiración de la enferma, ap enas perceptible en mi primer en- cuentro, se había vuelto agitada.
Supongo que no quise verlo. Pasé por alto el prominente estado del vientre, centrándome en el pulso. Era vertigin oso. Pálida y desencajada, la Señora, a un costado de la muchacha, me siguió con la vista, dejándome hacer. En una precipitada valoración inicial descubrí que, a pesar de las magulladuras y pequeños hematomas -consecuencia de la caída y posible pateo del dro- medario-, la vía aérea no se hallaba comprometida. La palpación tampoco reveló roturas aparentes, excepción hecha de lo que intuí como una fractura transversal en la falangina del segundo dedo del pie derecho. El traumatis- mo había provocado el desprendimiento de la uña de dicho dedo. Ojalá todo el problema se hubiera limitado a esta lesión…
Una vez repuesta de la sorpresa, María, al percatarse de mi aparente inde- cisión, confusa y presionada por las circunstancias, alzó la voz, exigiéndome que actuara. No pude replicar Un alarido desgarrador, seguido de’ otros
cor- tos pero intensos gemidos de la jove n, me paralizaron. Y la Señora, con sus_ bellos ojos cargados de incredulidad, se alzó, al tiempo que gri
taba enfurecida:
-¿Es que estás ciego?
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Mi respuesta a su humana y justificad a indignación fue un sudor frío, per- lando mis sienes. No, no estaba ciego. Y permanecí de rodillas, mudo, a los pies de la mujer que, desde hacía algunos minutos, había empezado a parir un hijo…
-¡Jasón!…
No recuerdo bien la dura amonestación de María. Mis ojos se hallaban fijos en la cabeza de aquel bebé, que había emprendido el lento pero inexorable proceso de liberación.
¡Maldito código! Caballo de Troya pr ohibía terminante y rotundamente nuestra participación en el nacimiento de un ser humano. Y quien esto es- cribe, sin poder evitarlo, se veía enfrentado al parto de una joven n
ómada. Un alumbramiento acelerado -casi con seguridad- por el accidente del dro- medario.
La Señora, nunca lo supe con certeza, debió interpretar mi silencio y parali- zación como el resultado de un terror insuperable. Y con una entereza ad- mirable se hizo cargo de la situación, ordenando a las mujeres que la pro- veyeran de todo lo necesario - agua caliente en abundancia, lienzos limpios, sal, una provisión de aceite,” esencias, esponjas, natrón, etc.
Por lo que pude preciar, aquella no er a la primera vez que María asistía a una parturienta. Como primera medida tomó la cabeza de la joven entre sus manos y, con una ternura que a p unto estuvo de hacerme olvidar las normas, fue susurrándole palabras de alie nto. Después, en cuanto las mu- jeres hicieron acto de presencia en la carreta, la besó en la frente, animán- dola a que empujara con fuerza. Y sin mirarme siquiera, asistida por una de las nómadas, se precipitó sobre el niño. Con una precisión impecable depo- sitó un lienzo humedecido sobre sus manos, ayudando así a la expulsión de la cabeza y protegiendo al bebé de las inevitables secreciones anales. Al arreciar los gritos, la nómada que se había situado a la cabecera de la mu- chacha introdujo un pequeño palo entre los dientes de ésta, sujetándola por las muñecas, a fin de ayudarla en la expulsión.
Con la mano envuelta sobre el área del recto, la improvisada y audaz parte- ra fue ejerciendo una presión posterior y hacia arriba, logrando así una más rápida y eficaz liberación de la cabeza . María, plena de fuerza y de amor, animaba constantemente a la mujer, orientándola en sus respiraciones y esfuerzos. Jamás olvidaré aquella estampa de la Señora, bañada en sudor y en sangre, con toda su humanidad vo lcada en el nacimiento del pequeño nómada.
Cuando la cabeza quedó libre, María pasó sus dedos alrededor de
l cuello del bebé, asegurándose de que aquél apar ecía sin la peligrosa presencia del cordón umbilical. Feliz por el rápido desenlace, la madre de Jesús tomó aliento, limpió el sudor que resbalaba po r sus mejillas e inclinándose hacia
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el enrojecido rostro del pequeño aspi ró el material extraño que llenaba la nariz y la boca, escupiéndolo.
Animada también por el buen parto de la cabeza, la mujer que colabora
ba con la Señora comenzó a entonar uno de aquellos salmos paganos:
«…He sido destruida por el mal del alma y del cuerpo…
…noche y día paso sin tener descanso.
…Estoy hundida en la oscuridad y camino…
María aguardó unos segundos. Tenía los ojos clavados en la recién liberada cabeza del bebé. Pero el esperado giro, casi siempre espontáneo, en el que el niño suele colocarse con los hombros en el plano sagital de la madre, no llegaba. Y la Señora, levantando la voz y la cabeza, instó a la nó
mada para que luchara. La parturienta, agotada, trató de obedecer. Pero aquel nuevo esfuerzo sólo sirvió para que brar el palo que apretaba entre las mandíbu- las. Y la respiración se volvió desordenada.
«…Estoy acabada por el dolor y por el lamento…»
Lo inoportuno del rezo penitencial y la tensión del momento hicieron esta- llar a la partera.
-¡Silencio! -decretó María. Y fulminándome con la mirada me gritó-: ¡Por el buen Dios, Jasón, ayúdame!
Sentí cómo el corazón me golpeaba en el pecho. Y apretando los puños has- ta clavarme las uñas, bajé los ojos, rogando a ese mismo Dios que se apia- dara de este pobre explorador.
Un nuevo gemido sacó a María de aquel violento paréntesis. Y te
mplando sus nervios con una profunda inspirac ión se lanzó sobre el bebé, buscando la rotación de los hombros. Aquella espléndida mujer vino a maravi
llarme,
una vez más. Sujetó la cabeza con am bas manos, aplicándole una tracción suave, pero firme. Esta maniobra, en efecto, facilitó el movimiento del hombro más anterior debajo de la sínfis is del pubis. Al poco, los hábiles ti- rones liberaban el referido hombro. Y la Señora suspiró, batallando por con- tener la hemorragia. La nómada que le acompañaba reanudó sus cánticos, mientras la parturienta parecía estabilizar su frecuencia cardiaca y el ritmo respiratorio.
«…Mi infancia no la recuerdo…
… No sé el pecado que cometí: era niña y pequé…
… He transgredido el límite de mi dios… »
Con una sabiduría envidiable, la Seño ra esperó unos segundos, antes de proceder a la última tracción. Esta br eve pausa, tras la liberación del hom- bro anterior permite que el útero se contraiga, frenando así la posibilidad de una peligrosa hemorragia posparto.
Transcurrido un minuto, María tiró de la cabeza en dirección a la sínfisis, consiguiendo la liberación del segundo hombro. El parto, prácticam
ente, es-
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taba consumado. Y la audaz madre de l Maestro aspiró suave y delicada- mente la orofaringe del recién nacido, arropándolo inmediatamente. Y así lo mantuvo durante algunos minutos, tierna mente apretado contra su pecho, proporcionándole el calor necesario para que el bebé, de forma nat
ural, ini- ciara las respiraciones. A renglón seguido, la nómada que había
su jetado las muñecas procedió al pinzado del cordón umbilical. Una vez e
strangulado en dos puntos (el más próximo a cosa de dos centímetros y medio del ab- domen infantil), se inclinó sobre el cordón, seccionándolo con los dientes. Y el pequeño fue lavado entre el regoci jo de las mujeres y enérgicamente friccionado con sal. Por último, la Se ñora, con una cálida luz en la mirada, lo alzó entre sus manos, colmándole de besos. Y el bebé fue recostado so- bre el vientre de la madre. Diez minut os después, precedida de una mode- rada hemorragia, la placenta era espontáneamente expulsada. María proce- dió entonces a un masaje uterino, a través de la pared abdominal, aliviando así el flujo de sangre. Un emplasto de hierbas -de capsella o bursa-pastoris, de discutible efecto hemostático- hizo el resto. La hemorragia, al me
nos de
momento, había quedado cohibida.
Y las nómadas, seguidas de María, abandonaron la carreta, anunciando ple- tóricas la buena nueva. Yo, impotente y entristecido, permanecí unos minu- tos junto a la joven, sin fuerzas para reunirme con mis amigos. Había cum- plido, sí, el estricto código de Caballo de Troya. Pero, ¿a qué precio? Y en silencio, a manera de pequeña compensación por lo que no había
hecho por aquella desconocida, lavé su pie herido, inmovilizando el dedo fracturado con un férreo vendaje. Y me dispuse al enfrentamiento con la cruda re
ali- dad…
Al verme descender del carromato, Murashu olvidó a los hombres y mujeres que se agolpaban en las proximidades. Y enarbolando los brazos por encima de la cabeza se precipitó hacia este desolado «médico». Imaginé lo peor. Quizá las nómadas, o la Señora, le ha bían puesto al corriente de mi des- afortunada actuación. Era lógico que, llevado de la ira, tratara de castigar al embaucador. Es curioso: por primera vez en la aventura palestina estaba dispuesto a someterme…
Y el jeque cayó sobre mí…, abrazánd ome aparatosamente. Y arrasado en lágrimas se desbordó en una entrecorta da e interminable retahila de agra- decimientos. No supe qué decir. Aq uel hombre, de nobles sentimientos, consiguió contagiarme su emoción. ¿Qué estaba pasando? Y atónito busqué a María con la mirada.
Al parecer, la joven nómada que acababa de dar a luz era su esirtu o
con-
cubina favorita. Murashu viajaba con su legítima esposa y una corte de es-
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clavas-concubinas. Éstas, justamente , se diferenciaban de la primera por llevar el rostro cubierto.
Su alegría por el nacimiento de este varón era tal que no me atreví a sacar- le de su error. Y estrechándome cont ra su costado me arrastró hasta su gente, arreciando en las alabanzas «por mi buen hacer».
Juan de Zebedeo me felicitó con idénti co ardor. Balbuceé un intento de ex- plicación, con escaso éxito.
Al fin, mis ojos se cruzaron con los de la Señora. Se hallaba sentada al bor- de del camino. Me acerqué despacio . Tembloroso. Con un nudo en la gar- ganta. ¿Cómo explicarle?…
No se movió. Sostuvo la mirada y, en un gesto que no olvidaré, me hizo un guiño, sonriendo pícaramente. Mi memoria se estremeció. Yo conocía y re- cordaba aquella seña. Era uno de los entrañables hábitos de su
Hijo.
La generosa y leal actitud de María me desarboló Poco a poco iría conocién- dola. Tenía sus defectos, sí, pero también unas espléndidas cualidades. ¡Qué sorda rabia me consume cuando leo, escucho o asisto a tanto de- sat¡no en torno a la imagen y person alidad de la madre terrenal de Jesús! No fue como los hombres la han di bujado: fue mejor…, más humana…, más valiente. Tiempo habrá de demostrarlo:
¿Cómo podía pagarle? Me arrodillé y tomando sus manos las aproximé a mis labios, besándolas con toda la ternura de que fui capaz. Y los ojos de este abrumado explorador se humedecieron.
Es difícil explicar lo que ocurrió en aquel breve y silencioso «diálogo». Al penetrar en su verde y serena mirada, la intuición me puso en guardia. La Señora -¿cómo hacerme comprender?- sabía algo… Fue una inequívoca sensación. Como si la Providencia hubiera tenido a bien revelarle que aquel Jasón, comerciante de Tesalónica, tan profunda y extrañamente interesado en la vida de su primogénito, era «alg uien» especial. El incidente con el jo- ven Juan Marcos, en el monte de los Olivos, no había pasado desaperci
bido para aquella inteligente e intuitiva mujer. Horas más tarde, las’«circunstancias» me demostrarían que no estaba equivocado..
.
Pero el tiempo apremiaba. El encu entro con la caravana nos había hecho perder alrededor de dos horas. Y Ba rtolomé, impaciente, solicitó de Mu- rashu que nos permitiera reanudar la marcha. El jeque lo comprendió. Y lamentando no poder ofrecernos una más digna hospitalidad, nos emplazó para reunirnos con él y su familia en la Ciudad Santa durante la pró
xima fiesta de Pentecostés. Los discípulos aceptaron por pura cortesía. Ni ellos ni María imaginaban en aquella fresca maña na del lunes, 24 de abril, que, en efecto, una semana después se verían en la agradable obligación de em- prender el camino de la Judea.
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Y a una lacónica orden del jefe, dos de los caravaneros fueron a depo
sitar en mis pecadoras manos un cordero de unas ocho semanas y una cántara de cuatro log (alrededor de dos k ilos), herméticamente sellada con una basta estopa de lino. Yo sabía que rechazar aquellos presentes hubier
a sido una grave falta de cortesía. Así que, tr as los agradecimientos de rigor, en- comendé la misteriosa jarra de barro al «oso» de Caná. Pero, en mi confu- sión, al primer pataleo, el blanco recental se me escurrió a tierra, disparan- do las burlonas risotadas de los nóma das. Recuperado el corderillo, el con- voy, lenta y pesadamente, se puso en movimiento. Y durante un corto tra-
yecto, Murashu y sus hombres nos escoltaron orgullosos y complacidos.
En ese breve recorrido, siguiendo otra an tigua tradición, el jefe de los nó- madas solicitó mi permiso para otorga r al nuevo vástago el nombre de su «salvador»; es decir, «Jasón». Acepté la ocurrencia con una ceremoniosa y teatral complacencia, a sabiendas de que el flamante padre me ocultaba l
a
verdad. Aquél, en realidad, no iba a ser el auténtico nombre del p
equeño, sino el llamado «segundo o falso» nombre. Desde la más remota a
ntigüe- dad, las civilizaciones egipcias y meso potámicas, entre otras, atribuían al verdadero nombre un poder especial, casi mágico. Babilonios y egipcio
s, en
suma, participaban del mismo principio: «el nombre de las cosas, de los animales y de los humanos forma parte de la esencia de los mismos». Pla- tón y la filosofía escolástica no se h allaban muy lejos de esta singular con- cepción. El autor de Cratilo, como le ocurriría a Schopenhauer, fue rotundo en este sentido: «los nombres son la consecuencia de las cosas». Para Mu- rashu, por tanto, si el conocimiento del «verdadero, primero y buen nom- bre» de su hijo podía ejercer un malé fico poder sobre dicha criatura, lo na- tural era que tratara de «camuflarlo » con una segunda designación. De hecho, como decía, los egipcios proc edían así desde antiguo. Recordemos, por ejemplo, una estela de la época ptolemaica en la que se dice lo siguien- te: «se le puso -al hijo del sacerdote- por nombre Imhotep, pero se le llamó Petubast».
Tentado estuve de sugerirle un nombre más hermoso que el mío -Jesús-, pero, al descubrir que lo ignoraban todo sobre el Hijo del Hombre, desistí. Esta circunstancia -el absoluto descono cimiento de la existencia del Maes- tro- guarda también su importancia. El hombre del siglo xx encuentra natu- ral que la totalidad de las naciones sepa de la vida y de las enseñanzas del Galileo. En el año 30, en cambio, las cosas eran muy diferentes. A excep- ción de unos centenares de miles de israelitas y paganos, todos asentados en Palestina y sus inmediaciones, el resto del mundo vivió ajeno a la pre- sencia de este Dios en la Tierra.
Aunque los dromedarios de Murashu podían caminar sus cuarenta kiló
me-
tros por jornada, el ritmo de la carava na resultaba lento para nosotros. Así
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que, a una milla del cruce de Lavi, no s despedimos con un «la paz sea con vosotros». Los caravaneros, a su vez, inclinando las cabezas, replicaron con un cortés «que los dioses acrecienten vuestras riquezas».
Respiré aliviado al distanciarnos. La experiencia con los nómadas había sido poco gratificante. A partir de esos momentos, como creo haber menciona- do, mi suerte cambió. Una cadena de desventuras iría acorralándome hacia lo inevitable.
¿Debo referirme a ello? Entiendo que es mi deber. Si uno abre los Evange- lios encontrará decenas de frases como éstas: «(Jesús) Se marchó de nue- vo al otro lado del Jordán» (Juan 10, 40 ). «Y sucedió que, de camino a Je- rusalén, pasaba por los confines entr e Samaria y Galilea» (Lucas 17, 11). «Y levantándose de allí va a la región de Judea» (Marcos 10, 1). «Recorría Jesús toda Galilea…» (Mateo 4, 23).
Pues bien, una vez más, los llamados «escritores sagrados» han escatimado a la Historia, y a los que se proclaman creyentes, un universo de pequeñas y grandes anécdotas, nacidas justamente en esos recorridos y marchas. De haber sido minuciosos en la narración de las muchas horas consumidas por Jesús y su grupo en los caminos hoy tendríamos una visión má
s ajustada de la vida y personalidad de todos ellos. Según nuestras estimaciones
, de los casi cuatro años que el Maestr o dedicó a la predicación, un tercio, aproximadamente, del tiempo hábil fue invertido en desplazamientos. L
os
números hablan por sí mismos de la trascendencia de cuanto afirmo: de los 1395 días destinados por el Hijo del Ho mbre a lo que se ha calificado como «vida pública», unos 465, como digo, tr anscurrieron en los caminos de Is- rael y de los países y regiones colin dantes. ¿Es que en ese tiempo no ocu- rrió nada lo suficientemente curioso e importante como para transmitirlo a las siguientes generaciones? Este pobre y apresurado relato de nuestro pe- regrinaje desde el lago de Tiberíades a Nazaret constituye una muestra de lo que digo. Cuanto me tocó vivir en esas horas de marcha fue algo casi habitual en los viajes de aquel tiempo. Si unimos a ello la mágica e insusti- tuible presencia del Nazareno, «hacedor de maravillas», todo cuanto acierte a expresar se quedará corto… Durante nuestro prolongado seguimiento, en el tercer «salto», tuvimos oportunidad de confirmarlo. Fue en aquellas den- sas jornadas, viajando sin cesar, cuando más y mejor pudimos penetrar en la personalidad humana del Maestro y de su heterogéneo grupo de discípu- los. Los que aman la Naturaleza, las acampadas, el montañismo o lleva
n en la sangre el maravilloso veneno de la aventura y de los viajes entenderán mis palabras a la perfección. Es precisam ente en esas intensas y dilatadas convivencias donde surge y se aprecia con mayor transparencia el auténtico carácter de los seres humanos.
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aliza.
Hecha esta observación, proseguiré con el siguiente suceso, acaecido a cosa de un par de kilómetros, en el import ante cruce de caminos hacia los mon- tes Tabor, en el sur, y Merón, en el norte.
Aquellos veinte minutos -desde la desp edida de Murashu hasta la referida encrucijada- transcurrieron en silencio y con el único engorro, por mi parte, de tener que cargar sobre los hombros al inquieto corderillo. Mis intenciones acerca del pequeño animal eran claras: desembarazarme de él a la primera oportunidad. Pero, ¿cómo? No me equi voqué en mis reflexiones: el destino decidiría. Respecto a la jarra que cargaba Natanael, sinceramente, la
olvidé. Al poco, su misterioso contenido saldría en auxilio de este explorador. Pero no perdamos el hilo…
El «suceso» al que hacía alusión empe zó a dibujarse en los metros finales de aquella cuarta etapa. Con el cruce de caminos a la vista, Bartolomé co- menzó a cojear ligeramente. Al principio no le concedí demasiada i
mportan-
cia. Sin embargo, poco a poco, el ritmo de sus cortas zancadas se hizo des- igual. La causa del trastorno -pensé- po día radicar en su pierna izquierda, fajada desde el tobillo a la rodilla. Pero el discípulo, habituado a su dolencia, prosiguió el avance sin despegar los labios. La reacción de Juan y de María - aunque sería más propio hablar de la no reacción de ambos- me dio a en- tender que se hallaban familiarizados con el problema del «oso» y que, muy posiblemente, no revestía gravedad alguna.
Y así continuamos hasta que, bien co lmada la hora sexta, dimos alcance al cruce de las importantes arterias. En aquel lugar, a cuatro kilómetros, se- gún mis cálculos, del sendero que descendía de la aldea de Lavi se levanta- ba una típica posada judía, muy frecue ntada por el sinfín de caminantes y caravanas procedentes de los cuatro puntos cardinales. Se trataba, como la mayoría de los albergues de aque l tiempo, de un vetusto edificio cuadrangular, de unos treinta metros de lado y de altos y grisáceos muros, trabajados a base de tosca piedra c
Y el destino quiso que el renqueante Natanael fuera a detenerse frente a
la
fachada principal, a la derecha del camino, y a corta distancia del túnel que hacía las veces de portón. Y sin mediar excusa o comentario algunos se de- jó caer sobre la polvorienta senda, re costando su humanidad contra la pa- red de la posada. Acto seguido procedió a retirar las bandas de cuero de vaca q e envolvían su dolorida pierna. Y deseoso de comprobar 1 mal que le aquejaba, confié el corderillo a la Señora, si dome frente al disc
ípulo.
Por la oscura boca del acceso resona ban las voces y risotadas de los ocu- pantes de la posada. Acostumbrados, al parecer, a estas rutinarias pausas del «oso» de Caná, María y el Zebedeo le dejaron hacer, al tiempo que ocu- paban su atención en un nutrido grup o de caballos, amarrados a una bate- ría de argollas que colgaba del extremo oeste de dicho muro principal. Y ba-
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jando el tono de voz, con evidente temor, Juan vino a confirmar los recelos de la Señora. Las monturas, en efecto, podían pertenecer a la turma roma- na a la que habían hecho alusión los burreros.
La presencia de la patrulla no gustó a mis acompañantes. Y aunque
la trein- tena de soldados que integraba la unidad se hallaba, casi con seguridad, en el interior, el Zebedeo instó a su amigo para que abreviase. El de Caná ni le miró.
Ambas posturas eran justas y comprens ibles. Al generacional desprecio del pueblo judío por el invasor romano había que añadir, en este caso, un hecho particularmente doloroso y ce rcano en el tiempo: la humillante eje- cución de Jesús por los mercenario s de Roma. No podemos olvidar que apenas habían transcurrido diecisiete días desde la crucifixión. Esta abru- madora realidad -hoy tamizada por los siglos- pesaba lo suyo en los ánimos de los íntimos del Hijo del Hombre. A pesar de la misteriosa vuelta a la vida
del Maestro, ni la Señora ni los discípulos habían olvidado a l
os ejecutores. Lamentablemente, como iré narrando, las asombrosas y esperanzadoras apariciones de Jesús no sirvieron de mucho en este sentido. Se equivocan quienes estiman que María perdonó de inmediato a los verdugos de su pri- mogénito. Era humano, en consecuencia, que el Zebedeo y la Señora trata- ran de evitar el contacto con la turma.
En cuanto al «oso», también se veía asistido por la razón. Compartía, por descontado, ese sentimiento de visceral rechazo hacia los romanos. No obs- tante, en esos momentos, su pierna g ozaba de prioridad. Y no le faltaban motivos.
Con mansedumbre, no exenta de cierta prevención, Natanael me autorizó a que examinase aquel cuadro de venas varicosas primarias, que progresaba en sentido descendente en el sistema de la safena interna. Estas varices, aunque no representaban un problema grave, afeaban aún más el ya poco agraciado físico del discípulo, ocasio nándole una molesta sensación de pe- sadez y frecuentes calambres musculares . Por lo que deduje del parco in- terrogatorio al que aceptó someterse, el trastorno era común en su familia. Sentí no poder auxiliarle. Aunque la do lencia, trivial en principio, no se hallaba reñida con el rígido código moral de Caballo de Troya, mi «farmacia de campaña», en esta oportunidad, no contenía medicamento alguno capaz de suavizar su mal. Por fortuna, mi in tervención no fue necesaria. Previsor, Bartolomé viajaba preparado para esta contingencia. Y echando mano de su zurrón extrajo una pequeña jarra de verde y translúcido alabast
ro. La des-
tapó y, cerrando los ojos, ingirió parte del contenido. Carraspeó, dibujó una mueca de repugnancia y, cuando se di sponía a clausurar el recipiente, le rogué que me permitiera examinarlo.
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María, entretanto, había reparado en la cántara de barro, regalo de Mu- rashu, depositada en tierra por Nata nael. Y sin poder sujetar la curiosidad retiró la estopa de lino, ojeando el interior.
Juan, inquieto ante el posible retorno de los soldados, siguió vigilando el tú- nel de entrada al albergue, sin percat arse de la maniobra de la Señora. Tampoco Bartolomé, pendiente de mi dictamen, cayó en la cuenta del con- tenido de la jarra. E incorporándome, mientras olfateaba la minúsc
ula vasi- ja de alabastro, dirigí la mirada hacia la cántara que manipulaba
la Señora. Debo confesarlo: mi curiosidad -aunq ue por otras razones- no le iba a la zaga a la de María…
Por suerte para quien esto escribe, la madre del Maestro no supo identificar el líquido untuoso y pardonegruzco que llenaba el recipiente. Mis sospechas, considerando el origen de la caravana mesopotámica, se verían rati
ficadas minutos después, en el transcurso de otro singular e inesperado lance
…
Y la mujer, encogiéndose de hombros, selló de nuevo la cántara.
Con la ayuda de Natanael, que defini ó el brebaje como una esencia de «hipericón», pude verificar que el lic or ingerido por aquél era un aceite esencial, extraído de una planta -la Hypericum pei foratum- muy común en la Galilea. Sus elementos básicos -hiperina, tanino, hipericina, pectina y co- lina, entre otros- resultan recomendables como anti-inflamatorio, astringen- te, antidepresivo y cicatrizador de heridas. El individuo que acertó a «rece- tarle» el medicamento sabía de medicina. Y estaba de la mano de Dios que, a no tardar, en el transcurso de esa misma jornada, este explorador llegase a conocerle, aunque en circunstancias especialmente dramáticas…
Pero Bartolomé, meticuloso y concienz udo, no se contentó con la ingestión del «hipericón». La distancia a Caná , desde la posada, era todavía de unos ocho kilómetros. Un trayecto demasiado largo para su maltrecha pierna. Así que, con la franqueza que le caracteriz aba, se dirigió al Zebedeo, ordenán- dole que entrara en el albergue, a fin de procurarse un lebrillo y el agua y la sal necesarios para relajar su inflamación. La escena que presencié a conti- nuación hubiera sonrojado a un palafrenero.
El Zebedeo, boquiabierto, le miró de hito en hito. Tan intolerante como su amigo, torció el gesto y, alzando el to no, le recriminó su despotismo. En el fondo -eso creí adivinar en las airadas frases de Juan-, todo el problema venía a resumirse en la palabra «miedo». El Zebedeo, como ya in
diqué, no deseaba cruzarse con la soldadesca romana.
Bartolomé, que no atrancaba, enrojeci ó de cólera, acusan do a su vez al «hijo del trueno» de «engreído e inso portable mimado». Los taciturnos y melancólicos ojos negros del Zebedeo se abrieron de par en par, acusando el golpe. Y avanzando hacia el «oso» se inclinó hasta colocar su rostro a una cuarta del de su compañero, gritándole que «la única y v
erdadera ra-
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zón por la que no entraba él mismo er a la presencia del “tuerto”». Lógica- mente, no comprendí.
Con las arterias del cuello tensas como maromas, Natanael hizo presa en el manto de Juan, exigiéndole que retirara la acusación. Pero el Zebedeo, que no había aprendido aún a doblegar su vanidad, le retó desafiante, añadien- do al fuego de la discusión improperios como «tapón de odre», «bola de se- bo» y otras lindezas que inyectaron en sangre los ojos de su compañero. De no mediar María, sinceramente, no sé cómo hubiera concluido aquel des- agradable enfrentamiento. Poco a poco , como fue dicho, iría acostumbrán- dome a estos periódicos y, en el fondo, muy humanos choques entre los ín- timos del Señor. Los creyentes no debe rían escandalizarse ni sorprenderse ante estas aparentemente extrañas situ aciones.. Como digo, todo ello era lógico y normal en una intensa y dilatada asociación de hombres ta
n dispa- res. Sin embargo, algo tan obvio jamá s fue reseñado por los evangelistas. ¿Por qué? ¿Tuvieron miedo a empañar la imagen de los «embajadores del reino»? En mi opinión, el conocimiento de estas disputas y de los cambios de carácter de los discípulos engrandece la dimensión humana de los hom- bres y mujeres que rodearon a Jesús. En nuestro caso, al conocerles y sa- ber de sus limitaciones apreciamos mejor su innegable entrega al Maestro
.
Afortunadamente, como venía diciendo, cuando el lance empezaba a entur- biarse, la Señora terció en la pelea, indignada por el pueril comportamiento de los discípulos. Y tomando a Juan por la manga derecha de la tún
ica le
arrastró al interior del túnel, en busca de la dichosa vasija. El coraje y sen- tido común de aquella mujer volvían a imponerse.
‘Dudé. ¿Qué dirección tomaba? ¿Segu ía los pasos de la intrépida Mana o aguardaba junto al recalcitrante Bart olomé? Éste, terco como una mula, continuaba con su cantinela de insu ltos y maldiciones. Y con un familiar hormigueo en el vientre -señal inequí voca de una nueva e inminente per- turbación- me decidí por la primera opción.
Al irrumpir en la penumbra del túnel, un tufo inconfundible, desabrida mez- colanza de orines, humedad, caballerías y aceite quemado, me puso en guardia. Aquel tipo de establecimientos daba cobijo a toda suerte de gen
-
tes. Desde buhoneros a pacíficos comerciantes, pasando por huidos de
la justicia, temibles partidas de sicari os, correos, familias de peregrinos y un sinfín de «burritas» o prostitutas, lad rones y, sobre todo, a la escoria del pueblo: los am-ha-arez. Dadas, pues, las circunstancias debía extremar la prudencia.
En general, con el fin de hacer más fá cil el intenso trasiego de hombres y animales, estos accesos carecían de puertas o, simplemente, permanecían abiertos de par en par, incluso dura nte la noche. A derecha e izquierda del
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túnel abovedado, de unos seis metros de fondo por otros cuatro de altura, y en mitad del húmedo pasadizo, se abrían sendas angostas aberturas, a ma- nera de puertas, que conducían a los pisos superiores. La luz amarillenta y parpadeante que brotaba de una lucerna de arcilla, alojada en una hornaci- na, medio dibujaba el perfil de los pe ldaños de piedra, haciendo más tétri- co, si cabe, el ingreso a las habitaciones.
Al término del túnel se abrió ante mí un amplio patio o corral, igualmente cuadrangular, de unos dieciocho metros de lado, y a cielo abierto. Allí, en especial durante los meses secos, tran scurría buena parte de la vida de la posada. En el centro se levantaba un ancho pozo, de unos dos metros de diámetro, con un trípode de madera so bre el brocal. Una elemental polea, con el concurso de cuerdas y «sacos» de cuero, facilitaba la extracción del agua.
Me detuve unos instantes, tratando de localizar a María y al Zebedeo. El minucioso recorrido visual no dio resultado. A mi derecha, sentados sobre el blanco enlosado, se hallaban los sold ados. Formaban un apretado círculo, discutiendo, vociferando y lanzando sonoras risotadas. Al parecer participa- ban en algún tipo de juego. Los cascos de madera y metal, las jabalin
as y los escudos curvos, también de made ra, aparecían diseminados sobre el pavimento, a sus espaldas. Portaban so bre el tronco las típicas cotas de mallas, trenzadas a base de anillas de hierro. Curiosamente, ninguno de aquellos jinetes, a pesar del descans o que disfrutaban, se había desemba- razado de las espadas que colgaban de sus costados derechos. A diferencia de las turmae que había contemplado en la Ciudad Santa, ésta lucí
a bajo la armadura unas «camisas» de manga lar ga y de un apagado color violeta. Los pantalones, en cambio, granates, muy ceñidos y cubriéndoles hasta la espinilla, eran los utilizados habitualmente por la caballería. Al escuchar su jerga deduje que estaba ante una pat rulla de origen sirio. Posiblemente, contratada y perteneciente a una de las cuatro legiones regulares estacio- nadas en Palestina en aquel tiempo. Su asentamiento podía hallarse en la ciudad de Tiberíades o en algún otro núcleo próximo a la costa oeste del yam. Entre los 17 y 27 años, presenta ban un aspecto vigoroso y saludable. Algunos, y esto tampoco lo había obse rvado en Jerusalén, lucían unas tiras de cuero alrededor de las sienes, m uñecas y cinturas. Minutos más tarde entendería la razón y el fundamento de aquellos supuestos adornos.
Una galería porticada rodeando el pa tio completaba aquella parte de la po- sada. En ella, a manera de improvisad as caballerizas, permanecían los ani- males de carga y el ganado, en una caótica mezcolanza con el forraje
y consumidos por las moscas y tabánidos que los escoltaban sin remedio. En el muro situado frente al túnel de acceso se abrían tres puertas. Las dos de las esquinas conducían al piso superior : a las habitaciones de los viajeros.
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Esta segunda planta, con una veintena de pequeñas puertas, aparecí
a pro- tegida por una rústica y ennegrecida barandilla de troncos de conífera de la que colgaban las esteras y edredone s habitualmente empleados para dor- mir. Por la puerta central, más amplia, escapaba el vocerío de otras gentes, posibles huéspedes del albergue. Por ló gica, mis compañeros de viaje tení- an que haber penetrado en aquella estancia. Y hacia ella dirigí mis cautelo- sos pasos.
Poco faltó para que, en mi afán por pa sar desapercibido, volviera a caer en un nuevo y peligroso error. Al cruzar el patio pensé rodear el pozo p
or su cara izquierda, evitando así la proxim idad de la soldadesca. Cuando estaba a punto de efectuar la maniobra, mis ojos fueron a cruzarse con las inqu
isi- doras miradas de algunos de. los jinetes. Rectifiqué a tiempo. Y aparentan- do serenidad elegí el costado derecho de la cisterna, caminando muy c
erca de la patrulla. En efecto, se divertían jugando con unos dados de arcilla, en forma de pirámide de cuatro lados , popularmente conocidos como teeto- tum. Confuso respondí al seguimiento de los soldados con una media so
nri- sa. Y sin atreverme a volver la cabeza me colé de rondón en una amplia es- tancia rectangular, regularmente iluminada por media docena de hachones que colgaban de los muros, crepitando y sofocando el recinto con un humo blanco y resinoso. Necesité unos seg undos para acomodarme a la semios- curidad. Mi presencia no despertó ex cesiva curiosidad. La gran sala, que hacía las veces de taberna, comedor y lugar de reunión, se hallaba
presidi- da por una larga mesa, que ocupaba la casi totalidad del centro de la pieza. El extremo izquierdo del tablero -obs ervado desde mi posición junto a la puerta de entrada- aparecía ocupado por un animado grupo de individuos que parloteaba y reía, bebiendo en me dianas jarras de barro rojizo. Sobre dicha mesa se alineaban tres o cuatro lucernas de aceite y distintos cuencos y platos de arcilla y madera, repletos de un pan moreno, higos y aceitun
as negras. Muy próximo a las lámparas di stinguí un guttus (un recipiente, ge- neralmente de cerámica, con forma de tetera y un afilado «pico», empleado para el llenado de las mencionadas lucernas o lámparas de aceite).
Y anárquicamente distribuidas alrededor de la mesa principal, otras más re- ducidas y cuadradas, acompañadas de sendos bancos de una madera enne- grecida y lustrosa por el continuo uso. Casi todas se hallaban ocupadas por hombres de amplios ropones, bigote s rasurados y cumplidas barbas, que comían o apuraban sin medida el vino negro, espeso y caliente procedente de un hogar practicado en la pared que se alzaba a mi derecha. Varias mu- jeres, con el rostro y brazos tatuados , iban y venían en un incesante traji- nar, reponiendo los caldos y estofados de vegetales que llenaban la vasi
ja
común de cada mesa y en la que los comensales introducían un trozo
de pan, a manera de cuchara. El cuad ro lo redondeaba un curioso «mostra-
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dor», parecido a los que había observado en las tabernas de Nahum. Se le- vantaba junto al muro situado frente a la puerta de acceso y se hallaba
ar- mado por diez campanudas vasijas, de un. metro de altura, alineadas y só- lidamente enterradas en el piso de lad rillo. Sobre las bocas de las ánforas había sido dispuesta una plancha de madera de sicomoro, de unos cinco metros de longitud, con diez orificios, de veinte a treinta centímetros de diámetro, que permitían el llenado de las jarras o de los cucharon
es de lar- gos brazos. El vino, salvo que el clie nte eligiera tomarlo a la temperatura ambiente -algo poco frecuente en aq uel tiempo-, era trasvasado a la mar- mita que colgaba en el hogar y, una vez caliente, servido por las «bu
rritas».
La Señora y el Zebedeo; muy cerca del extremo derecho de este «mostra- dor», parecían esperar. La clientela, cada cual en_ lo suyo, no les había prestado mayor atención, a excepción de los que tomaban asiento en una de las mesas próxima a las tinajas.
Al reunirme con ellos percibí cierto m alhumor en sus rostros. Lo atribuí al obligado paso junto a la soldadesca o, quizá, al apestoso y poco reco
men- dable clima que se respiraba en la taberna. Me equivocaba.
El Zebedeo, nervioso, tenía los ojos fijos en los cinco galileos que
compartí-
an la mencionada mesa y que, en compañía de un sexto individuo, que permanecía de pie y ligeramente reco stado sobre los hombros de unos de los bebedores, cuchicheaban entre sí , lanzando provocativas miradas hacia María y su compañero. No pregunté, pero, a juzgar por la sombra de triste- za que velaba los ojos de la Señora y el fuego que manaba de los de J
uan,
supuse, con acierto, que los felah eran antiguos conocidos y, lo que era peor, enconados enemigos del Maestro y de sus seguidores. Al examinar el rostro del que se encontraba de pi e empecé a comprender la dura acusa- ción propinada por el Zebedeo al «oso » de Caná. El ojo izquierdo del hom- bre aparecía cubierto por un negro parche de metal. Aquél, sin duda, era el tuerto al que Bartolomé no parecía profesar demasiada simpatía. Un sucio y pringoso mandil de cuero y un manojo de llaves colgando del cuello le dela- taban como el tabernero jefe de la posada. Desde ese momento, a efectos de Caballo de Troya, el albergue fue «bautizado» como «el del tuerto».
María,. en un intento de disipar la tens ión, aconsejó a Juan que evitara las miradas de los campesinos. Y empujándole suavemente le condujo hasta
las ánforas. Allí, a media voz, me ex plicó que aguardaban la vasija con el agua y la sal y que, al reconocerles, «e l maldito posadero, como en ocasio- nes precedentes, la había emprendido con ambos, mortificándoles con sus groseras bromas en torno a Jesús y, en especial, al milagro de Caná». Juan, a petición de la Señora, se contuvo pe ro, si la espera se prolongaba, no tendrían otra solución que prescindir del remedio y abandonar el lugar. «Es- ta gente -manifestó la mujer reprimie ndo la rabia- es capaz de todo…» Y
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durante unos minutos permaneció absorta, jugueteando con la rosa labrada en una de las asas de las ánforas. (Firma o marca características de las va- sijas originarias, como aquéllas, de la isla de Rodas.)
Al advertir la aparente indiferencia de mis acompañantes, el tuerto y sus compinches arreciaron en sus maledice ncias y risotadas, haciendo chanzas y juegos de palabras con el «agua» y el «vino», hasta el punto de llamar la atención de los comensales de las me sas inmediatas. Entre los que giraron las cabezas hacia la tertulia que capitaneaba el posadero, y con evident
es muestras de desaprobación, se hallab an seis soldados. Los penachos que sobresalían en sus cascos dorados indicaban que se trataba de los jef
es de la turma. Posiblemente, los tres decuri ones y los optiones. Uno de ellos, más impulsivo, hizo ademán de levantarse, quizá con la intención de acallar a los alborotadores. Pero el más veterano, sujetándole por el brazo, le obli- gó a sentarse de nuevo.
Juan, en el límite de su paciencia, cerró los ojos y, de espaldas a los ácidos, felah, comenzó a golpear con el puño izquierdo la plancha de mader
a que cubría las ánforas. El rítmico golpeteo parecía el presagio de un inminente y temible estallido de ira por parte del dolorido discípulo. Y la Señora, pruden- temente, le suplicó cordura.
Pero algo imprevisto estaba a punto de modificar, cuando menos tempo- ralmente, la agria y comprometida situación en el interior de la posada…
En un primer momento, el vocerío reinante -en la sala nos impidió distinguir lo que estaba sucediendo en el exterior. Fue la presencia de uno de los sol- dados, recortándose en la claridad de la puerta, la que movilizó a los oficia- les de la turma, imponiendo el silenc io entre los comensales. Fue entonces cuando escuchamos aquellos desaforado s gritos, en petición de socorro. Procedían del corral o, quizá, del túnel. Juan y la Señora los identificaron al punto. Yo, honradamente, no supe de quién se trataba. Y el Zebedeo se precipitó hacia el patio, seguido de María y de quien esto escribe. Algunos
de los huéspedes, movidos por la curi osidad, nos imitaron. El corral se hallaba desierto. La patrulla, evidente mente, había acudido en auxilio del autor de los alaridos. Al final del pasadizo me pareció reconocer a varios de los decuriones, confundidos entre los hombres de su unidad. Al salir del tú- nel lo primero que llamó mi atención fue Bartolomé. Se hallaba en pie, asis- tido por Juan y llorando desconsoladam ente. Al verme se echó en mis bra- zos, suplicando perdón. Atónito, traté de comprender. Pero la z
ozobra del
«oso» era tal que no pudo responder a mis preguntas. El Zebedeo,
indi- cándome el grupo de jinetes que corría por el polvoriento camino, en direc- ción a Caná, me resumió el problema:
-Le han robado el cordero…
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En efecto, a una orden de los oficiales, varios de los soldados habían salido en persecución del ladrón. Los inmediat os gritos de Natanael y la rápida movilización de la turma hizo posible qu e el individuo fuera localizado, en plena carrera, a poco más de un centen ar de metros del albergue. Uno de los suboficiales y otros tres jinetes saltaron sobre las monturas, completan- do así la persecución. Pero la destreza del pelotón que corría en cabeza hizo innecesaria la acción de los caballeros. Cuando los más veloces ganaron te- rreno detuvieron la carrera y soltando las tiras de cuero que portaban alre- dedor de las sienes las hicieron girar media docena de veces, lanzando sen- dos proyectiles sobre el fugitivo. Ahí concluyó el problema. Los honderos, con una puntería implacable, habían derribado al ladrón. Olvidando a mis compañeros corrí hacia el lugar. Unos y otros, imagino, justificaron mi acti- tud, pensando que trataba de recupera r el corderillo. Mi intención no era esa. Tan sólo me movió el deseo de comprobar el estado del herido y, al mismo tiempo, ser testigo de la captura. Al abrirme paso entre los soldados y descubrir a la víctima comprendí lo inútil de mi gesto. Uno de los proyecti- les -una especie de «bala» de plomo, en forma de huevo y de unos cinco centímetros de diámetro superior- se hallaba alojada en la región occipital del cráneo. El impacto había ocasionado la fractura de la base, con irrepa- rables daños en hueso y meninges. El ladrón, un joven desaliñado y cubier- to de harapos, falleció prácticamente en el acto.
Uno tras otro, los tres honderos que habían participado en el lanzamiento procedieron a examinar la cabeza del muchacho. El responsable del impe- cable y desgraciado tiro solicitó permis o al optio para recuperar su proyec- til. El suboficial, verificada la muerte del infeliz, hizo un gesto con
la cabeza,
accediendo. Y el individuo desenfundó la espada, introduciendo la afi
lada punta en la herida. Y la «bala» fue catapultada al exterior. Tras
limpiarla
meticulosamente con el paño de lana que cubría sus posaderas la besó y se dispuso a devolverla al zurrón que colgaba de su hombro izquierdo. El resto del pelotón, entretanto, colaboró en el transporte del cadáver, depositándo- lo sobre la grupa de uno de los caballos e iniciando el regreso.
Al observar mi curiosidad, el honder o sonrió maliciosamente, hablando en un dialecto que no comprendí. Me encogí de hombros y, por señas, le indi- qué que me enseñara el proyectil. Extendió la palma de la mano,
mostrán- domelo con satisfacción. Sentí un esc alofrío. Aquellos soldados, como los modernos artilleros, gustaban de grabar en sus «balas» frases alusivas a
sus mujeres o pueblos natales. En es te caso, en latín, podía leerse: «De parte de los sirios.»
Abrumado y entristecido me reincorpor é al grupo de curiosos que se arre- molinaba frente a la posada. La Señora preguntó entonces por el corderillo. No supe darle razón. Hasta ese momento no había caído en la cuenta de su
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desaparición. Lo más probable es que hubiera escapado entre los crecidos trigales. Y la voz del decurión que ostentaba el mando, reclamando la pre- sencia del posadero jefe, nos hizo olvida r la suerte del recental. Al presen- tarse, el oficial le interrogó acerca de la identidad del fallecido. El tuerto, casi sin mirarle, negó conocerle. Pero el veterano jinete, adivinando la tor- cida intención del galileo, le ordenó que se hiciera cargo del cadáver, avi- sando a sus deudos, en el supuesto de que los tuviese. Las protestas del tuerto fueron abortadas sin contemplac iones. Sin mediar palabra, el oficial colocó la punta de su espada en la garganta del posadero. Y éste,
pálido,
cargó sobre sus espaldas el cuerpo del joven, perdiéndose en la penumbra del túnel.
Concluido el lance, la turma desenganchó los caballos. Y dada la estr
echez del camino formó en tres hileras (al es tilo griego), con los decuriones en cabeza y los optio a la izquierda de aquellos. Y al paso les vi alejarse en di- rección a Tiberíades.
Imaginé que tanto sobresalto y la desagr adable experiencia en el interior del albergue habrían hecho cambiar de opinión a mis amigos. Imaginé mal. Natanael, aunque repuesto del susto, continuaba cojeando: Y ante mi sor- presa, esta vez fue el Zebedeo quien se empeñó en atenderle, obligándole a entrar en la posada para recibir el necesario tratamiento. María, complacida por el cambio de actitud de Juan, los siguió en silencio, ayudándome a car- gar los sacos de viaje y la jarra de Murashu. Sonreí para mis adentro
s.
¿Qué había sido de la reciente y envenenada polémica entre l
os discípulos? También me acostumbraría a estos bruscos giros en las relaciones d
e los ín- timos del Maestro. Así, tal y como es taba presenciando en aquella jornada, eran los hombres y mujeres que permanecieron al lado de Jesús: intoleran- tes a veces, egoístas en ocasiones pero, al fin y a la postre, entrañ
ables compañeros. La prueba caminaba ante mí. Con una exquisita ternura, olvi- dando los insultos, el Zebedeo había pa sado el brazo derecho de su amigo sobre sus hombros, auxiliándole en su caminar.
Al entrar en el patio a cielo abierto, mis compañeros se detuvieron. A la de- recha del pozo, justamente en el lugar donde había permanecido la patrulla romana, yacía el cuerpo del ladrón. La totalidad de los huéspedes y comen- sales, reunida de nuevo en la taberna , parecía haberse desentendido del cadáver. Y María, compadecida, se en caminó a las escaleras de piedra que conducían al piso superior. Retiró una de las esteras que colgaba de la ba- randilla, descendiendo con ella hasta el lugar donde reposaba el difunto. Y en un gesto de piedad procedió a cubrirlo. La mala suerte quiso que, en ese instante, una de las «burritas» se as omara al corral. Y encarándose con la Señora le recriminó su acción. María, indignada, no se mordió la lengua, acusando a su vez a la sirvienta y prosti tuta de hipócrita y falta de caridad.
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Aunque hoy pueda parecer extraño, la recién llegada, desde la estricta vi- sión religiosa de la ley mosaica, lleva ba parte de razón. El contacto con un cadáver era estimado como motivo de grave impureza. (La Misná, en
su or- den sexto, dedica decenas de capítulos a esta cuestión.) Si un hombre, por ejemplo, tocaba un cadáver, contraía impureza por un total de siet
e días. Y
si un segundo individuo tocaba al primero, aquél permanecía impuro
hasta la puesta de sol. De la misma forma, un objeto que rozara o entrara en contacto con un cadáver resultaba igu almente impuro. El retorcimiento de los judíos -contra el que batalló Jesú s- llegaba a extremos inconcebibles: «si un hombre tocaba ese objeto (que había permanecido en contact
o con un cadáver), los siguientes objetos qu e pudieran ser manipulados por. el hombre caían igualmente en impureza y por espacio de siete días»
.
La estera utilizada por María era propiedad de la «burrita». De ahí la cólera de la prostituta. Juan intercedió, buscando calmar los ánimos. Pero los ecos del altercado habían llegado al interior de la taberna y el tuerto y
un puña- do de huéspedes no tardaron en hacer acto de presencia, situándose del la- do de la sirvienta. Aunque estas absurdas normas religiosas no eran tenidas muy en cuenta por los tolerantes y lib erales galileos, una de las familias de peregrinos que se alojaba en la po sada y que asistía a la discusión - posiblemente vecinos de la Judea- te rminó enfrentándose al posadero jefe, exigiéndole que se deshiciera del cadáver y que procediera a la pu
rificación del lugar. De lo contrario -amenazaron- abandonarían el albergue sin
abo- nar un solo «as». El tuerto, ante el quebranto económico que podía suponer esta advertencia, hizo responsable del problema al doliente Bartolomé
, que ni siquiera se había movido de mi lado. Estaba claro que aquella venganza tenía «raíces» muy antiguas… Juan prot estó, recordándole las órdenes del decurión. Los razonamientos del Zebedeo vinieron a colmar el vaso de
la indignación general. Y los galileos adoptaron una actitud amenazante, blan- diendo sus bastones. La Señora retroc edió atemorizada, refugiándose tras el «oso». Y el posadero, envalenton ado, acusó a Juan y a sus acompañan- tes de «amigos de los romanos», anim ando a la clientela a lapidarlos. Ins- tintivamente, los discípulos echaron mano de sus respectivos gladius. La si- tuación empeoraba por momentos. A una orden de Natanael, la Señora re- cogió los efectos, abandonando el lugar. Aquel fue otro arduo dilema
para
mí. Ni podía intervenir, ni tampoco permanecer como un mero observador. Al hallarme integrado en el grupo, las amenazas me afectaban tan directa- mente como al resto.
El «oso» aguardó a que su compañero, caminando hacia atrás y sin perder la cara de los excitados clientes, se situara a su altura. Y este explor
ador, más asustado, si cabe, que los discípulo s, no supo qué partido tomar. Sen-
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cillamente, les imité, preparándome para lo que intuía como una batalla campal o una fuga a la desesperada.
La aplastante mayoría de nuestros adversarios y el furor que irradiab
an me hicieron temblar.
Una vez emparejados, Juan y Bartolom é siguieron retrocediendo, con las brillantes espadas apuntando hacia la c husma que encabezaba el tuerto. Durante breves minutos, el filo de lo s gladius, diestramente manejados por los discípulos, hizo titubear a la mayoría. Y a una señal, dando media vuel- ta, Natanael primero y el Zebedeo de spués, emprendieron la carrera hacia el exterior: En cuanto a mí, el cruel destino quiso que, al girar sobre mis ta- lones para emprender la huida, mis torp es pies fueran a topar con la olvi- dada jarra de barro del jeque nómada, rodando cuan largo era sobre el en- losado y perdiendo la «vara de Moisés». Al quebrarse la cántara, parte de los dos litros que almacenaba se derramó en el centro del corral y el líquido negruzco, más ligero que el agua, llenó el recinto de un olor fuerte y tenaz. Mi aparatosa caída y la súbita aparición de aquella untuosa sustancia, prác- ticamente desconocida para los galile os, contuvo momentáneamente la fu- ria y la marcha de los perseguidores, intrigados y confusos. Fue lo peor que podía suceder.
A gatas traté de recuperar la «vara». Pero, al alcanzarla, una apestosa san- dalia se desplomó sobre el báculo, inmov ilizándolo en el suelo. Al levantar la vista me vi rodeado por las desco mpuestas caras de una docena de aquellos energúmenos. Y entre insultos, maldiciones y salivazos la empren- dieron a bastonazos y puntapiés contra quien esto escribe. Creo recordar que mi única obsesión, amén de hacerm e con el cayado, fue cubrir mi ca- beza; una de las escasas zonas no protegidas por la «piel de serpiente». En efecto, varios de los violentos golpes fueron mal contenidos por mis manos y brazos. Si una de aquellas bastonadas hacía blanco en mi cráneo, la suer- te de la operación y de mí mismo podían quedar sentenciadas.
Durante unos segundos, que se me antojaron interminables, la lluvia de pa- los fue tan nutrida como feroz. Estaba claro que, al no haber podido caer sobre mis compañeros de viaje, todo el rencor y la furia del posadero y de sus aliados se derramó sobre mí, con la rotunda y despiadada intención de masacrarme. Pero los Cielos se compadecieron de este aturdido explorador. Y los efectos de la especial protección que cubría mi cuerpo no se
hicieron esperar. Al impactar sobre piernas, riñones, brazos, espalda, etc., varios de los bastones se quebraron, llenando de consternación a sus propietarios. Sin embargo, lo que vino a colmar su confusión fueron los sucesivos destro- zos y roturas en las sandalias y desnud os dedos de los que optaron por las patadas. Varios de ellos, con posibles fracturas, terminaron sobre el enlosa- do, gimiendo y retorciéndose de dolor. Lo insólito de la escena les hizo re-
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troceder, lívidos por el terror. Y aque l «ser», aparentemente invulnerable, se alzó en silencio, sin la menor señ al de daño. La chusma, sin poder dar crédito a lo que presenciaba, retrocedió unos pasos, arrojando al
suelo sus cayados. Y decidido a darles una lecci ón que no olvidasen jamás, adopté una de mis acostumbradas y teatrales posturas. Levanté mis brazos como un iluminado, mostrándoles mi cuerpo. El tuerto cayó de rodillas, imploran- do misericordia. Y entornando los ojos, clamé con fuerza a los cielos, «exi- giendo el castigo divino». Aquélla fu e una excelente ocasión para probar otro de los sistemas de defensa, in corporado a la «vara de Moisés» por los especialistas de Caballo de Troya. Sujetando el báculo por la parte superior, presioné uno de los clavos de cabeza de cobre, activando un láser de gas. Y el invisible haz fue a incidir sobre el charco ocasionado por la rotura de la cántara. Fueron suficientes un par de segundos para que el líquido - conocido entre los mesopotámicos como «aceite de piedra»- se inflamara, ardiendo con avidez. La providencial ja rra, regalo de Murashu, contenía lo que en la actualidad denominamos «pet róleo». Los orientales, aunque des- conocían su refinado, lo utilizaban desde antiguo como una inmejorable fuente de iluminación; de mejor rendim iento que los aceites de oliva o de sésamo. Muy probablemente, el costos o presente del nómada procedía de alguno de los numerosos yacimientos na turales de Baku, en lo que hoy se llama Persia.
La aparatosa pero inofensiva cortina de fuego y humo, de medio metro es- caso de altura, me proporcionó el resu ltado apetecido. El tabernero y su gente escaparon enloquecidos o cayeron de bruces sobre el pavimento, in- terpretando mi acción como un signo ce leste. Y quien esto escribe aprove- chó la confusión para abandonar el corral. Mis penalidades, sin embargo, no habían concluido. Al final del túnel me aguardaba otro encuentro, más em- barazoso que el que acababa de soportar.
Al descubrir la silueta en el centro de l portón la asocié a uno de los perse- guidores. Seguramente retornaba a la posada. La dramática paliza no m
e
permitió constatar, como era lógico, si parte de los huéspedes pudo salir en persecución de mis amigos. ¿Y si los hubieran capturado?
Un reflejo metálico vino a descabalgarme de las vertiginosas reflexiones. El individuo empuñaba un arma. Aminoré el paso, preparándome para un po- sible y nuevo ataque. Inexplicablemente, la figura siguió inmóvil, con los brazos desmayados a lo largo de la t única. Por supuesto, me estaba obser- vando. Y al llegar a un par de metros de la boca del túnel me sobresalté. Era el Zebedeo. ¿Cuánto tiempo lleva ba allí? ¿Había sido testigo del apa- leamiento y de la «milagrosa» recupera ción? ¿Pudo presenciar mi especta- cular «invocación a los cielos»? Tales pensamientos, como un torbellino,
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provocaron en mí un sentimiento más angustioso que el experimentado en el enfrentamiento con los galileos.
Al mirarle a los ojos supe que el discípulo lo había visto todo…
, o casi todo. Sus finas facciones, que restaban gravedad a sus veintiocho años, no refle- jaban temor. Había en ellas una luz tenue; como si la admiración que esca- paba de su mirada hubiera empapado hasta el último de sus poros. No abrió los labios. Y yo, que aguardaba en tensión, agradecí su p
rudente si- lencio. Pestañeó nerviosamente y regalándome la mejor de sus sonrisas se puso en camino. Le dejé avanzar. En esos momentos, más que nunca, ne- cesitaba de la soledad y de la reflexión. ¿Había sucedido lo in
evitable? ¿Es- taba escrito que, antes o después, fu era descubierta mi verdadera identi- dad? Llegado a este crítico extremo, ¿cuál era mi deber? Allí mismo, cami- nando como un autómata tras los pasos del Zebedeo, rumbo a Caná de Ga- lilea, puse en tela de juicio la eficacia de la operación. Para ser exactos, mi propia eficacia. Hoy sé que exageraba en mis juicios. Haberle conocido, haberle seguido y haberle amado constituyeron nuestro gran éxito. Y- aho- ra, por su gracia y expreso deseo, está en mis manos relatar cuanto vi, es- cuché e intuí.
En aquella agitada mañana, sin embargo, las cosas no aparecían tan
níti-
das. Hice balance y el cuadro de mis turbulentos pensamientos se ennegre- ció: ante la Señora había fracasado estrepitosamente. Después, en la posa- da del tuerto, me había visto en la imperiosa necesidad de hacer uso de mis «poderes», siendo descubierto por el Zebedeo. Si éste lo comentaba con María y Natanael, cosa probable, las sospechas de la madre del Maestr
o
quedarían confirmadas. En ese supues to, contemplado también por Curtiss y los jefes de la operación, nuestro retorno debía ser inmediato. Pero la de- licada situación tomaría unos derroteros insospechados…
Por espacio de casi un kilómetro, ni la Señora ni el «oso» dieron señales de vida. Sumido en tan amargas cavilacione s apenas sí reparé en ello. Juan marchaba por delante, a buen paso y con la espada enfundada. De vez en vez volvía la cabeza, confirmando mi pr esencia. Y el sentido común se im- puso: tenía que buscar una salida airosa y lo suficientemente creíble, que desvaneciera las conjeturas del discípulo en relación a mi «naturaleza y ori- gen celestes». Porque, en definitiva, ésa era su idea respecto a mí, alimen- tada’ desde que el joven Juan Marcos propalara la «mágica desaparición de Jasón en una nube, en pleno monte de los Olivos». El problema era cómo. El destino, en breve, me ofrecería la solución. Dolorosa, sí, pero eficaz…
De pronto, el Zebedeo se detuvo. Debían ser, aproximadamente, las tre
s de la tarde (la hora nona). Instintivamente hice lo propio. Y alzando los brazos por encima de su cabeza, los agitó una y otra vez, como si efectuara una señal. Y así era. Por la izquierda del ca mino, entre los trigales, vi surgir la
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rechoncha silueta del «oso» y, a su lado, la grácil figura de María. Y ambos, a la carrera, se dirigieron hacia Juan. Entonces comprendí. El valiente Ze- bedeo, que jamás abandonaba a sus amigos, al comprobar que yo no les seguía, retornó a la posada y, espada en mano, se dispuso a prestarme su ayuda. El resto, al llegar a la boca del túnel, era fácil de imaginar. Y en lo más íntimo -Dios lo sabe- agradecí su noble gesto.
Reaccioné, entendiendo que resultaba vital que me uniera al grupo. Si con- servaba la distancia, caminando en so litario hasta la aldea de Bartolomé, sólo conseguiría multiplicar los recelos de María y de los disc
ípulos, dando pie, con mi ausencia, a todo tipo de pábulos y especulaciones. Era menester arriesgarse. Y con una fingida naturalidad fui a situarme al lado del Ze
be-
deo, al tiempo que Natanael y la mujer saltaban a la polvorienta senda. El «oso», con la respiración agitada por el susto y la reciente ca
rrera, nos in- terrogó nerviosamente. Esta vez tomé la iniciativa y, adelantán
dome a Juan, traté de explicar lo ocurrido, en un vano intento de desmitificar lo que el discípulo había presenciado. Resté importancia a los golpes y, mostrando las rojeces y pequeños hematomas de mis manos, comenté que la fortuna y los dioses del Olimpo me habían protegido. Juan, impasible, guardó silencio.
-Lamentablemente -añadí, dirigiéndome a Bartolomé-, la jarra
de Murashu se perdió en la trifulca… Contenía un extraño líquido, similar al utilizado por mis conciudadanos de Tesalónica para alimentar el fuego sagrado…
El «oso», uno de los más instruidos del grupo, asintió con la cabeza, apun- tando que podía tratarse del célebre y exótico «aceite de piedra», muy coti- zado en la Ciudad Santa y, en efecto, cargamento habitual en las caravan
as procedentes de Oriente.
-Lástima no haber incendiado la posada -masculló el franco Natanael- y a ese tuerto mal nacido con ella…
El agrio comentario inclinó la balanza de la suerte y de la lógica a mi favor. Y aprovechando la inercia de la idea remaché mis propósitos, exponiéndoles que, muy probablemente, en la confusión, alguien había arrojado un
a lu- cerna sobre el negruzco líquido, prov ocando un fuego de poca monta pero suficiente para mantenerles ocupados y facilitar mi huida. El Zebedeo cami- naba en silencio. La sonrisa burlona que colgaba de sus labios fue el más elocuente de los reproches. Y la piados a mentira se agitó en mi seno como un reptil. La Señora y Bartolomé, en cambio, aceptaron mi versió
n.
Y enzarzados en los pormenores de la odisea dejamos atrás un segundo
desvío. En esta oportunidad, el sendero secundario arrancaba igualmente a la derecha de la vía que nos llevaba a Caná, culebreando durante kilómetro y medio hasta otra perdida aldea –Tir ’an-, asentada a unos doscientos me- tros de altitud. Algunos vendedores ocasionales, apostados en la encrucija- da, al filo de los trigales, nos mostraron las canastas de fruta y los cuencos
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de harina de cebada, animándonos con sus gritos a que «aliviáramos su mi- seria». Pero, aleccionados por las duras pruebas soportadas en los cr
uces precedentes, ni uno solo de mis compañeros aminoró la marcha.
Aquellos treinta minutos, invertidos en los tres kilómetros que separaban la posada del tuerto del desvío a Tir’an, fueron el comienzo de otro calvario para quien esto escribe. A pesar del blindaje que me proporcionaba la «piel de serpiente», la brutalidad de la p aliza había sido tal que mis huesos y músculos se resintieron. Y durante interminables horas soporté un dolor generalizado, que empezó a remitir, con la ayuda de los analgésicos camu- flados en mi «farmacia de campaña» , bien entrada la jornada siguiente. Tampoco Bartolomé volvió a lamentars e. Los dos kilómetros y medio que restaban desde el mencionado cruce a Tiran al que debía conducirnos a su ciudad natal los cumplió cojeando, pero sin protestar.
Aquel último y breve trayecto (alrededor de veinticinco minutos) de la quin- ta etapa me proporcionaría un par de interesantes revelaciones, de especial utilidad para nuestros futuros planes. Como ya expliqué, uno de mis t
raba-
jos debía consistir en el almacenamient o de un máximo de información, lo más rigurosa y exacta posible, sobre los arranques de la «vida pú
blica» de Jesús. La precisión en dichos datos era vital a la hora de manipular los swi- vels y proceder al tercer «salto» en el tiempo.
Todo aconteció de forma natural. A una de mis preguntas acerca del odio que había demostrado el posadero jefe por mis acompañantes, Natana
el, haciéndose cargo de mi ignorancia, explicó que la recíproca antipatía se remontaba a varios años atrás. El prob lema, según entendí, apareció en el mes de adar (febrero-marzo) del año 26 . En esas fechas, justamente, tuvo lugar en Caná el nombrado «milagro» del vino. Pues bien, el prodigio, como era de suponer, se difundió de boca en boca por la comarca, llegando a oí- dos del tuerto. El asunto provocaría toda clase de comentarios y juicios. La mayoría -según Bartolomé- más preñad a de incredulidad y mal gusto que de sincera aceptación de la verdad. Aunque no es mi intención adelantar los acontecimientos que nos tocó vivir en el transcurso del referido tercer «sal- to», sí es mi deber aclarar que, ta nto María como los discípulos que me acompañaban en dicho viaje a Nazaret, fueron testigos del mencionado y supuesto milagro de la conversión del agua en vino. La Señora, como ve- remos en su momento, tuvo buena parte de culpa en la consecución de este primer prodigio del Hijo del Hombre. Un prodigio -dicho sea de paso- no de- seado por Jesús y que «sorprendió» a los asistentes a las bodas y al propio Maestro.
-A los pocos días -continuó el «oso»-, cuando el rabí y los seis primeros dis- cípulos nos dirigíamos al lago…
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No tuve más remedio que interrumpirle. ¿Seis discípulos? ¿Y el resto? El bueno de Natanael, cada vez más agot ado a causa de su cojera, evitó la cuestión, dando a entender que, en ef ecto, en aquel tiempo (últimos días de febrero), el incipiente grupo apostólico sólo lo formaban el Maestro, An- drés y Pedro, los también hermanos Ju an y Santiago, Felipe y él mismo. Y no deseando perderse en un tema qu e, obviamente, no venía a cuento, prosiguió con la trama del tuerto.
-En ese viaje hacia Saidam hicimos un alto en la maldita posada que acab
as de conocer…
Natanael cortó el relato. Aquellos recuerdos le resultaban especialmente in- gratos. Pero, condescendiente con el «p agano» que se había unido a ellos, aceptó continuar.
-…llevado de un exceso de confianza cometí la debilidad de anunciar al po- sadero jefe y a cuantos descansaban en la taberna que el Mesías libertador de Israel, autor del prodigio de Caná, mi pueblo, se hallaba a las pu
ertas del albergue. El revuelo fue notable. Y el venenoso tuerto se apresuró a lle- nar de agua una de las tinajas, ordenándome entre chanzas que transmitie- ra a mi Maestro su deseo de verla convertida en vino. «A ser posible
- ironizó con una mueca infernal- del He brón.» Allí mismo le maldije. Desde entonces he procurado evitar esa cueva de ladrones…
Estaba claro. Como suponía, el rese ntimiento del tuerto arrancaba de muy antiguo. No insistí, procurando derivar la conversación hacia otros derrote- ros. A mi nueva pregunta sobre la vera cidad del prodigio, María, molesta por mis dudas, se apresuró a recordarme que, además de los discípulos que nos acompañaban, podía citarme la identidad de los sirvientes que
presen-
ciaron la «maravilla». «Ellos, y yo mism a, estábamos allí, junto a las seis tinajas, cuando mi Hijo hizo lo que hizo…»
Guardé silencio. No tenía derecho a dudar de la palabra de aquella esplén- dida y honrada mujer. Pero, como cien tífico, me resistía a aceptar la «con- versión» de un elemento como el agua en otro tan esencialmente distinto. Yo sabía del extraordinario poder del Galileo. Sin embargo, nunca le vi des- equilibrar o lastimar las leyes naturales. ¿Cómo explicar entonces
la trans-
formación de dos hidrógenos y un oxíg eno en etanol, propanotriol, azúca- res, alcoholes superiores o ácidos m álico y tartárico, entre otros ingredien- tes básicos del vino?
Opté por callar y esperar al tercer «salto». Si la fortuna nos acompañaba en tan ambiciosa aventura, quizá disfrutás emos la posibilidad de asistir a las célebres bodas, despejando la incógnita con la ayuda de la ciencia. ¡Necio! A decir verdad, cuán lejos se hallada ciencia en ocasiones del poder y de los misterios divinos…
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Pero debo controlar mis impulsos. La hora de ese fascinante suceso no ha llegado.
Uno de los datos suministrados por María iba a ser clave en los preparativos del siguiente «viaje» en el tiempo. Al contrario que Juan y Natanael, la ma- dre de Jesús sí recordaba la fecha exacta del «milagro» de Caná: ocurrió el atardecer del miércoles, 27 de febrer o, del mencionado año 26 de nuestra era. Y decidido a sacar partido de la locuacidad de la Señora me arriesgué a interrogarla sobre otro capítulo decisivo para estos exploradores: «¿en qué momento, con exactitud, dio comienzo Jesús a su ministerio público
?» En dicho asunto, los textos evangélicos no son muy precisos. Mateo, por ejem- plo, en su capítulo tercero, no ofrece fecha alguna. El siguiente escritor sa- grado, Marcos (_9-10), dice textualm ente: «Y sucedió que en aquellos dí- as vino Jesús de Nazaret a Galilea y fu e bautizado en el Jordán por Juan.» ¿Qué quiso decir el evangelista con la expresión «en aquellos días»? Algu- nas tradiciones cristianas, incluyendo la versión de los Padres griegos, esti- man que el bautismo de Jesús pudo tene r lugar el 6 de enero. El dato, sin embargo, no ofrece demasiadas garantías. Lucas, el más riguroso, tampoco habla del momento exacto. En su capítulo tercero (*) dice: «En
el año
decimoquinto del reinado de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, tetrarca de Galilea Herode s; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de la Traconítide, Lisania tetrarca de Abilena, en tiempo de los su- mos sacerdotes Anás y Caifás, fue dirigida en el desierto a Juan, hijo de Za- carías, la palabra de Dios. » Dado que Poncio empezó a gobernar
en el 26
de nuestra era y que el «milagro» del vi no se registró en los primeros me- ses de ese mismo año, todo parecía apuntar hacia dicha fecha. Pero necesi- tábamos afinar. Juan, el cuarto evan gelista, tampoco proporciona luz algu- na en su narración. Tras una somera referencia a la predicación de Juan y a la «elección» de los cinco primeros apóstoles (él no se incluye), entra direc- tamente en las bodas de Caná (capítulo segundo).
No sé si hice bien al formular la refe rida pregunta sobre los inicios de la vi- da «pública» del Maestro. Todos dudaro n, discutiendo entre sí acerca del momento exacto. El Zebedeo, rompiendo su mutismo, se unió a la polémi- ca, ofreciendo su personal criterio. Para éste, «la hora del Maestro llegó tras el encarcelamiento de Juan, en el mes de tammuz» (junio). Bartolomé re- chazó la idea de su compañero, alegando que «Jesús se dio a conocer en el bautismo del Jordán, en el sebat» (mes de enero). Para María, influenciada por aquel día de gloria, la consagración de su Hijo como Mesías tuvo lugar en febrero, en las bodas de Caná.
No hubo manera de aunar voluntades. En el fondo, todos llevaban parte de razón.
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Mi propósito, sin embargo, había cu ajado en buena medida. Aunque era imprescindible ahondar en las indagaciones, algo quedó claro: el rabí había sido bautizado por Juan en enero del año 26. Un mes después, en febrero, se registraría el prodigio del vino. Y, al parecer, aunque ninguno lo recorda- ba con precisión, a partir de los últimos días de junio de ese mismo año 26, consumado el arresto de Juan, «el anunciador», Jesús de Nazaret y su gru- po se lanzarían abiertamente a los caminos del país, inaugurando u
n tiempo de predicación y de señales que concluiría con la muerte del Señor, en abril del 30.
Fue entonces cuando, de improviso, el Zebedeo reparó en un «detalle» casi olvidado por este explorador y que, en buena medida, me benefició.
-Casualidad. Tu parecido con aquel Jasón que conocimos es pura casuali- dad.
Y sentenció con sobrada razón.
-Si tú hubieras vivido junto al Maestro, como lo hizo aquel griego, no for- mularías estas preguntas.
Natanael asintió. La Señora, en cambio, quizás tan confusa como yo, guar- dó silencio.
De no haber sido por la cojera del «oso» y los dolores que me aten
azaban,
aquella quinta etapa, a diferencia de las anteriores, hubiera podido calificar- se de auténtico y delicioso paseo. Pero, al término de los cinco kilómetros y medio, los cielos nos reservaban otro sobresalto…
Debí suponerlo. Después de casi nueve horas de intenso y accidentado via- je, aquel respiro no era normal. Y al pisar el polvoriento sendero que se empinaba hacia la blanca y próxima Ca ná, el optimismo de los peregrinos se hizo humo, perdiéndose en el borra scoso y amenazante cielo de aquel lunes, 24 de abril del año 30. Y surgió la tragedia. Y quien esto escribe se vio enfrentado a otro amargo trance…
Con seguridad, nada de aquello habría acontecido si el confiado Bartolomé, en lugar de detener su desigual paso, hubiera proseguido hacia la ya inm
i- nente y ansiada aldea, punto final de su viaje. Pero, ¿quién tiene en su ma- no modificar los designios de la Providencia?
Días más tarde, al retornar al módulo y someter el minúsculo
disco magné-
tico alojado en la sandalia «electrónica » al proceso de lectura y decodifica- ción, Santa Claus, nuestro ordenador central, ratificó con escrupulosa minu- ciosidad el lugar exacto donde se regi stró el lamentable incidente: a dieci- nueve kilómetros y quinientos metros del lago de Tiberíades.
En dicho paraje, a la vista de su ciudad natal, Bartolomé, en una muy
humana y comprensible explosión de jú bilo, detuvo sus cortas e inseguras zancadas. Alzó los brazos y, al caer sobre los hombros, las amplias mangas
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de su túnica dejaron al descubierto unas extremidades tan menguadas co- mo velludas y musculosas. Y girando so bre los talones nos sorprendió con una de sus inconfundibles sonrisas: fr anca, interminable y enturbiada por una dentadura negra y ulcerada.
Y como fue escrito en otras páginas de este modesto diario, los que cami- nábamos con Natanael agradecimos la inesperada pausa.
Es posible que los relojes del módulo marcaran casi las cuatro de la tarde cuando María, aprovechando el breve descanso, fue a depositar su hato de viaje sobre las puntas de sus sandalias. Y en un gesto muy femenino, sabe- dora que Caná se hallaba cerca, procedió a ordenar y alisar sus ca
bellos. Dejó escapar un largo suspiro y, pien so que por casualidad, sus hermosos ojos almendrados fueron a descubrir alg o en el manso y dorado oleaje de los trigales, a la izquierda de la send a que nos conducía. Y con su caracte- rístico estilo -a veces peligrosamente irreflexivo- se encaminó ha
cia la linde.
Al principio, ni el Zebedeo ni el eufórico «oso» prestaron dema
siada aten-
ción al súbito alejamiento de la Señora. Y por espacio de algunos segundos permaneció absorta en un cimbreante co rro de flores, nacido al socaire de las altas y prometedoras espigas de trigo duro. De inmediato, segura de
su hallazgo, se dejó caer de rodillas sobr e la roja arcilla. Y su mano izquierda arrancó unos primeros manojos de flores. Le vi aproximarlos al rostro
y, en- tornando los ojos, aspiró la intensa fragancia. La tragedia estaba a
punto de consumarse…
Y en un espontáneo y generoso deseo de compartir su descubrimiento nos mostró el cuajado ramillete de flores blancas, exclamando alborozada:
-¡Son lirios!
La alegría de la Señora estaba justificad a. Estas flores silvestres, a las que Jesús hizo referencia, gozaban entonces de una excelente reputación, sien- do consideradas como «presagio y sí mbolo de la buena suerte». En esta oportunidad, sin embargo, la sabiduría popular no estuvo acertada.
El Zebedeo replicó con una amable sonrisa. Pero no se movió. En cuanto a
mí, tentado estuve de salvar los tres o cuatro metros que nos separaban de la Señora y colaborar en la recogida de los lilium candidum. Fue Bart
olomé
quien tomó la iniciativa, precipitándose hacia el trigal. Se liberó del engo- rroso chaluk y, feliz como un niño, se inclinó hacia las flores, apresando, no sólo los lirios, sino también las azules y moradas anémonas y los abundan- tes y escarlatas ranúnculos que crecían parejos. Ahora tiemblo al imaginar lo que hubiera podido suceder de haberme adelantado al romántico Nata
-
nael…
Pues bien, me disponía a interrogar al Zebedeo sobre el posible destino de tan copiosos ramos cuando, de improv iso, Bartolomé profirió un ahogado gemido. Se incorporó veloz, soltando el ramillete. Y ante el desconcierto
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general, desenvainó su gladius, lanza ndo un poderoso mandoble contra el oculto terreno. Una nubecilla de polvo y tallos tronchados se elevó fugaz entre las espigas, moteando la blanca túnica del discípulo. María, a dos me- tros escasos, palideció. Juan y yo nos miramos alarmados, sin compren
der.
El golpe, propinado con ambas manos, fue tan violento que el hierro quedó clavado en la arcilla. Sin embargo, en lugar de recuperarlo, el «oso» dio media vuelta y, tambaleante, se dirigió hacia nosotros. Me asusté. Sus ojos se hallaban desorbitados, vidriosos y su faz, como la de la Señora, se había tornado lechosa. Y aterrorizado extend ió las manos hacia el Zebedeo, en una muda petición de auxilio…
Juan saltó materialmente sobre él, ac ogiéndole e interrogándole a gritos. María corrió también hacia la pareja.
Bartolomé, víctima de un fuerte shock, trataba en vano de explicarse, limi- tándose a mostrar su mano izquierda. Un copioso sudor empezó a rodar por las sienes del discípulo. Y entre convulsivas respiraciones susurró una pala- bra que no capté con nitidez. Me pareció hebreo. Algo así como
«sisear»…
Y la Señora, menos aturdida que el Zebedeo y que este atónito expl
orador, tomó entre las suyas la mano del «o so», examinándola. Supongo que, al reparar en aquellas huellas, los tres experimentamos la misma y afilada sensación: un escalofrío que, rasgando las entrañas, vino a secar las gar- gantas. Incrédulo, deseando con toda mi alma que «aquello» no fuera lo que imaginaba, procedí también a un tembloroso examen de la mano del angustiado Natanael. No había duda. En el velludo «triángulo» situado so- bre el músculo interóseo dorsal (entre los metacarpianos de los dedos pul- gar e índice) aparecían dos pequeños orificios, separados entre sí unos diez milímetros y por los que brotaba una ex udación de suero teñido en sangre. Inmediatamente debajo de estas marc as se distinguían sendos círculos sanguinolentos, de unos cuatro milímetros de diámetro cada uno a los que seguían, también en paralelo, cinco o seis incisiones, casi imperceptibles. O mucho me equivocaba o aquellas eran las huellas de la mordedura dejada por los dientes superiores e inferiores de una serpiente… Y lo que era peor: de un reptil venenoso. De haberse trat ado de una serpiente aglifa inofensi- va, el ataque no hubiera dejado en la piel los orificios de los colmillo
s ni las áreas circulares sanguinolentas, corre spondientes a las bolsas del veneno. El punteado paralelo que se dibujaba a continuación de estas sangrantes perforaciones, tal y como tendría ocas ión de comprobar instantes después, eran las marcas de los dientes inferiores, maxilares -no acanalados- y pala- tales, respectivamente.
El Zebedeo y yo cruzamos una mirada. Asentí con la cabeza, confirmand
o
sus temores. Y como un solo hombre, dejando a Natanael en manos de la Señora, nos adentramos en el trigal donde permanecía la espada.
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Ojalá el destino me hubiera ahorrado aquella escena. Pero la suerte -
en es- pecial la mía- estaba echada…
Entre los corros de flores tronchadas vimos agitarse, en los postreros ester- tores, las dos mitades de una impres ionante víbora, de unos sesenta centí- metros de longitud, con la típica cabeza ancha y triangular y dos bla
ndas
protuberancias, a modo de cuernos, sobre la punta del hocico. Y Juan, en un ataque de histeria, comenzó a pisotear la mitad posterior.
Caballo de Troya había dedicado especial atención a nuestro adiestramiento acerca de algunos de los muchos ofidios que infestaban Palestina en aquella época. En un primer momento, sin em bargo, aturdido por la tragedia, no supe discernir con claridad si se trat aba de una vipera xanthina (conocida también como «víbora palestina») o de la cerastes cerastes gasperetti. A decir verdad, poco importaba la sutileza. Ambos vipéridos son calific
ados
como «altamente peligrosos». Y aunque la gravedad de la mordedura
de cualquiera de ellas depende de múltiples factores santidad de veneno inocu- lado, toxicidad del mismo, localización y naturaleza de la embestida, edad, peso, salud de la víctima, etc.- el riesgo de muerte para Bartolomé
, dadas las precarias condiciones médicas en que nos desenvolvíamos, era notable. Los expertos en herpetología saben qu e los venenos de las serpientes son quizá los más complejos de todos los tóxicos animales. Sus efectos, cuando penetran en el sistema sanguíneo o linfático, son devastadores. En este sentido, los estudios de H. A. Reid son categóricos: «Unas quince gotas de veneno de víbora resultarían fatales para un hombre adulto; tres gotas de veneno de cobra podrían ser igualmente letales y una sola gota de veneno de serpiente de mar acabaría con la vi da de cinco hombres». El problema era averiguar cuánto veneno podía haber recibido Natanael y cóm
o atajarlo.
Me arrodillé junto a la cabeza de la víbora, abriendo cuidadosamente sus mandíbulas. Los colmillos se hallaban in tactos. (En ocasiones, bien por ac- cidente, enfermedad o cualquier desarreglo en el aparato mordedor pueden quedar inutilizados o desaparecer total o parcialmente, restando eficaci
a a las acometidas del ofidio.) Las huellas de la mordedura me hicieron pensar que la parduzca víbora -una cerastes cerastes, casi con seguridad- había atacado en una característica acción «de puñalada». Cuando las mandíbulas se hallan completamente abiertas, con un arco máximo de 180 grados, los colmillos, que pueden girar hacia atrá s y hacia adelante, se colocan como un puñal, clavándose en la presa. Ello hacía más comprometido el estado del discípulo. Poco importaba ya pero, lo más probable es que el impulsivo «oso», al arrancar las flores, hubiera molestado al vipérido y éste, sorpren- dido en su hábitat (generalmente se mimetizan enterrándose y deja
ndo al descubierto la cabeza), había replicad o con una embestida. Es frecuente
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que, una vez asestado el golpe, la víbora retroceda y se oculte. Pero Barto- lomé tuvo tiempo de partirla en dos.
Todo fue vertiginoso. La Señora, co n un alarido, reclamó la presencia del Zebedeo. Y éste, una vez desahogada su furia, con el ánimo mejor dispues- to, se reunió con sus compañeros. Natanael, de rodillas en mitad d
e la sen- da, seguía sudando abundantemente. Y a los cinco minutos se presentaron unos síntomas nada tranquilizadores. En el lugar de la mordedura, el ede- ma, de propagación rápida, alcanzó los quince centímetros. Y la mano se hinchó aparatosamente. El dolor, a pesar de las dificultades del «oso» para expresarse, debía ser importante. Y surgieron las náuseas. Verifiqué el pul- so. No se había debilitado excesivame nte. Inspeccioné los ojos. Tampoco aprecié dilatación pupilar. La Señora y el Zebedeo se limitaban a enjugar el sudor de su amigo, observando mis movimientos con inquietud. Fue en una de estas rutinarias exploraciones cuan do, de pronto, mis ojos tropezaron con los de Juan. En décimas de segund o fui consciente de mi situación. Arrastrado por un natural deseo de auxiliar a Bartolomé no me había perca- tado del error en el que estaba incurriendo. Si la mordedura era grave,
co-
mo así parecía, el discípulo podía fallecer. Si alguno de los vasos de la mano había resultado dañado por la acometid a, el veneno podía afectar al meca- nismo de coagulación de la sangre. Un efecto particularmente notorio en el emponzoñamiento viperino. Estas lesiones, por otra parte, dependiendo de la resistencia de la víctima y de otros factores, podían acarrear un fallo car- díaco o respiratorio.
Aquélla fue otra batalla interna. Como médico, mi deber era auxiliar. Como miembro de Caballo de Troya, mi oblig ación estaba perfectamente trazada: observar, absteniéndome de intervenir en los sucesos que pudieran modifi- car el natural devenir de la existenc ia humana o de los grupos sociales de aquel «otro ahora». Aunque sólo fuera a título de hipótesis -los evangelios no son claros en este aspecto-, yo intuía que Bartolomé remontaría la crisis, hallándose presente en los futuros acontecimientos de la llamada «
ascen-
sión» de Jesús, así como en la fiesta de Pentecostés. Aun
así, una vez más, fui fiel a lo establecido. Y retirando mis manos de la extremidad superior del discípulo, cuyo tejido subcutáneo, afectado por el veneno, había empezado a decolorar la piel, tomé la firme y peno sa decisión de no actuar, al menos hasta que no apreciara una evolución favorable.
El Zebedeo, perplejo, me interrogó con la mirada. Natanael seguía
gimien-
do, presa del dolor y, lo que era peor , del miedo. (Se han dado casos de personas atacadas por serpientes venenosas que han fallecido a raíz de un fallo vasomotor, inducido por el terror.) Por toda respuesta me limité a ne- gar con la cabeza. Y Juan, malinterpretando el gesto como un «no hay nada que hacer», estalló, apartándome de un empujón.
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-¡Maldito pagano!… ¡Eres un farsante!
La Señora bajó los ojos, compartiendo -no lo sé muy bien- la justificada in- dignación del Zebedeo. Y yo, herido en lo más profundo, vi cómo se repetía la embarazosa situación vivida en la caravana mesopotámica.
Entre maldiciones, la mayor parte dirigida a este explorador, Juan colocó la mano del «oso» sobre su rodilla izquierd a. Y haciéndose con el gladius es- cupió sobre la punta, limpiándola con el filo de la túnica. Ordenó a la mujer que sujetara la muñeca del compañero y, sin pérdida de tiempo, practicó una incisión lineal sobre las huellas de la mordedura, sobrepasándolas lige- ramente e hiriendo hasta una profundid ad de unos 0,5 centímetros. Barto- lomé, aunque amodorrado, reaccionó y, con claros problemas de dicc
ión, pidió a su compañero que utilizase «la piedra». Y el Zebedeo, cayendo en la cuenta de su error, profirió un nuevo exabrupto, culpándome de su
despis- te. Y mientras María rebuscaba afanosamente en el petate de viaje de
Na- tanael, el «hijo del trueno», ciego de ira, fue a clavar su espada
entre mis sandalias, fulminándome con la mirada.
La aparición de una piedra negra, de unos diez centímetros y de naturaleza volcánica en las temblorosas manos de la Señora cortó, momentáneamen- te, la peligrosa violencia del Zebedeo. Una violencia que, por supuesto,
dis- culpé. Aquel cimbreante gladius, a mis pies, representaría la definitiva rup- tura entre la mayor parte de los «íntimos» y el «griego de T
esalónica»…
Aquellos hombres, que conocían a la pe rfección los peligros de los caminos de Israel, viajaban preparados para éstas y otras contingencias. La m
iste- riosa piedra negra era buena prueba de ello.
Juan la tomó en sus manos y situándo la sobre las marcas de los dientes friccionó con fuerza la zona, escoriando la sangrante piel. Acto seguido, in- clinándose sobre la herida, succionó enérgicamente, escupiendo una mezcla de sangre y de líquido amarillento. En este último reconocí el veneno de la víbora.
Instintivamente pensé en la boca del Ze bedeo. Pero me contuve. En aque- llas circunstancias no hubiera escuchado siquiera mis consejos. Si su lengua o encías, por ejemplo, presentaban alguna lesión abierta, el veneno succio- nado podría ingresar en su organismo, compartiendo los riesgos de su com- pañero. A primera vista no parecía el ca so. (Si el veneno era ingerido invo- luntariamente y pasaba al estómago, aquél resultaba neutralizado.)
Una y otra vez, por espacio de quince o veinte minutos, Juan de Zebedeo repitió la frenética succión bucal. Ignoro si fue consciente de lo decisivo de su acción pero, a juzgar por los resultados, a pesar de los riesgos d
e infec- ción que arrastra siempre este procedimiento, una notable dosis de veneno fue rescatada, reduciendo la toxicidad local y general. No puedo estar segu- ro pero, en mi opinión, Natanael cons ervó la vida gracias a su amigo. El
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problema, en aquellos cruciales momentos, era averiguar cuánto veneno se había difundido hacia el antebrazo y qué vasos -sanguíneos o linfáticos- po- dían verse afectados. Las próximas seis horas resultarían decisivas. Si Bar- tolomé escupía sangre era señal de qu e el veneno había circulado por el cuerpo, arrasando órganos internos, t ales como pulmones, intestino, etc. En ese fatídico supuesto, dado que no estaba autorizado a suministrarle uno de los antivenenos que figuraba obligatoriamente en mi «farmacia de campaña», la evolución del envenenamiento era impredecible.
Cuando el Zebedeo, después de insp eccionar minuciosamente los últimos salivazos, estimó que las succiones sólo arrastraban sangre, se hizo con el pañolón que le servía de «sudario», practicando un rústico torniquete a unos diez centímetros en sentido pr oximal a la mordedura. El aspecto del «oso» era preocupante. A la palidez y las náuseas se unieron frecuentes convulsiones y algunas «petequias» o pequeñas manchas en la piel de la mano, formadas por la efusión de sang re. El Zebedeo le animó a levantar- se. Pero su debilidad y el shock no se lo permitieron. Me ofrecí a ay
udarles. Juan, inflexible, me rechazó, ordenando que le entregara el odre del
agua. Así lo hice, Maria, visiblemente preocupada, susurró algunas palab
ras de aliento al oído de Natanael, restando importancia a lo ocurrido. Su tacto y prudencia eran encomiables. En tale s circunstancias, el proceder más sen- sato era justamente ése, tranquilizan do a la víctima y propiciando que se «olvidase» de la herida. El «oso» be bió abundantemente y, casi a empujo- nes, terminó por ponerse en pie. Y el Zebedeo, pasando el brazo derecho del inseguro y doliente vecino de Ca ná sobre su nuca, cargó con él, em- prendiendo el camino de la aldea. La Señora y yo reunimos los sacos de viaje y, cuando me disponía a desclavar el gladius de Juan, éste,
girando la cabeza, advirtió a María que no olvidara los restos de la serpiente. La Seño- ra palideció, mirándome suplicante. Co mprendí su aversión. Y necesitando sentirme útil, aunque sólo fuera como «recogedor de inmundicias», le aho- rré el sufrimiento. Al «empaquetar» las dos mitades de la víbora entre los abandonados lirios me pregunté qué ut ilidad podía tener aquel traslado. Y tras recuperar la espada me dispuse a seguirles, atacando los escasos dos kilómetros y medio que nos separaban de Caná. Mi ánimo -a qué ocultarlo- se hallaba maltrecho.
Consciente de la importancia de cada minuto, el Zebedeo forzó la marc
ha.
Pero el agresivo camino, en implacable ascenso y la torpeza de Natanael,
constituyeron un freno y un sufrimiento añadidos a sus nervios. Le vi dete- nerse. Tropezar. Recuperar el aliento. Cargar una y otra vez a su debilitado amigo y, finalmente, cuando casi hab íamos arañado la cota de los cuatro- cientos metros, desplomarse. María, ja deante, corrió en auxilio de ambos.
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Pero el peso del «oso» colmaba sus menguadas fuerzas. Juan, derrumbado en mitad del estrecho y pedregoso se ndero, bañado en sudor, respiraba ruidosa y frenéticamente, derrotado por aquel kilómetro y medio de fatigo- sa ascensión. Caná, ajena a nuestro su plicio, se distinguía en lontananza, asentada sobre una colina de una altit ud similar a la que acabábamos de coronar. Según mis estimaciones, entr e aquel punto y el encalado amasijo de casas mediaban aún alrededor de 800 o 900 metros. Un recorrido menos encabritado pero abundante en pequeñ as y regulares cañadas que hacían brincar al camino y sufrir al caminante. A pesar de lo irregular y rocoso del paraje, las tierras aparecían exhaustivamente cultivadas. A la derech
a, en terrazas escalonadas, crecían el trigo y, en menor volumen, la cebada. Y a la izquierda de la senda, alejándose hacia las cimas de dos suaves elevacio- nes, ejércitos de olivos y de higueras dominaban el paisaje, haciendo bue- nas las palabras de Bartolomé acerca de la «dorada abundancia»
de su pueblo natal.
Pero la forzada pausa duraría poco. Natanael, de improviso, rompió a vomi- tar. Y María, asustada, suplicó al Zebedeo un último esfuerzo.
Ella misma, predicando con el ejemplo, tomó al desencajado discípulo por las axilas, bregando por levantarlo. En cuanto a Juan, arruinado física y psíq
uicamen-
te, sólo acertó a gimotear, maldiciend o su mala estrella. La escena me so- brepasó. Y olvidando el estricto código, olvidándolo todo, aparté suave pero firmemente a la mujer, cargando al «oso sobre mi hombro derecho, como si de un fardo se tratara. Y de esta guis a, poco ortodoxa a decir verdad, em- prendí el último tramo, con más decisión que posibilidades. La temperatura
del discípulo parecía fluctuar. No había duda: la infección continuaba propa- gándose. Y apreté el paso, respirando por la boca y, como digo, so
stenido
más por mi férrea voluntad que por el poder de mis piernas. Así, mal que bien me hice con los primeros trescientos o cuatrocientos metros. La Seño- ra, pendiente del maltrecho Zebedeo, me seguía a un tiro de piedra.
Aunque no habíamos intercambiado p alabra alguna supuse que el lógico destino era la aldea. No fue exactamente así.
Y al salir de una de las vaguadas, el camino se enderezó, apuntando direc- tamente a Caná. Y a derecha e izquierda, protegidos por sendos muretes de piedra de un metro de altura, se presentaron ante este agotado explorado
r los famosos huertos de granado com ún que, en aquel tiempo, honraban y hacían célebre a la ciudad. Era ésta, y no el vino, como se cree equivoca- damente, una de las fuentes de riqu eza de la comarca. En Caná jamás prosperó la vid. Centenares, quizá miles, de punicum granatum, menciona- dos en el Números (T 23), de tron cos densamente ramificados y hojas oblongas que no tardarían en poblar se de llamativas flores encarnadas, verdeaban las laderas, ofreciendo cobijo a festivas alondras y a las rezaga-
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das avefrías. En una de mis visitas a Caná, en pleno verano, tendr
ía la oportunidad de contemplar cómo muchos de sus habitantes trabajaban la
corteza de este delicioso fruto, prep arándola para posteriores labores de tinte.
De pronto, a unos trescientos metros de las primeras casas, María nos re- basó, corriendo y gritando un nombre: «Meir.» Y con el manto flotando en el aire la vi alejarse por el callejón que formaban los parapetos de los huer- tos de granados, reclamando a voces al tal «Meir».
Sin aliento, percibiendo cómo las rodillas empezaban a doblarse, luch
é por
ganar aquellos postreros pasos. Dios sabe que lo intenté. Pero, como le ocurriera a Juan, mis fuerzas se eclipsaron y, antes de que acertara a solici- tar ayuda, caí desplomado, arrastra ndo al «oso». Y la pesada humanidad del discípulo me inmovilizó contra las piedras del camino.
Herido en mi amor propio me revolví, luchando por zafarme. Imposible. De bruces, con los ojos y boca cargados de tierra y resoplando como un galeo- te, los débiles intentos para apartar al «oso» sólo consiguieron quemar mis últimas energías. Me sentí ridículo.
Al poco, el concurso de Juan y del ho mbre que vi correr a nuestro encuen- tro salvarían tan grotesca situación. Cuando acerté a ponerme en pie, mi orgullo presentaba peores síntomas qu e mi integridad física.. Había fallado de nuevo…
Escupí el polvo y la rabia que secaban mi lengua. Y esta vez fui yo quien renegó de su pésima estrella.
La Señora, providencialmente, había alertado a un individuo que ahora, con el auxilio del Zebedeo, ayudaba a cami nar a Natanael. Y con el cuerpo y el alma malparados me apresuré a seguirles.
Al dejar atrás los frondosos huertos, lo s tres hombres, precedidos por Ma- ría, giraron bruscamente a la izquierd a, desapareciendo en un caserón de altos muros. Al fondo del sendero, a unos doscientos metros, Caná se esti- raba blanca y silenciosa en un frente de casi un kilómetro. Se tratab
a, sin duda, de una pujante localidad. En esta ocasión, muy a mi pesar, apenas si llegaría a pisarla. Los próximos aconte cimientos iban a desplegarse, funda- mentalmente, en aquella aislada y sin par casona, morada de uno de los galileos más respetados y queridos en toda la región y al que. había hecho alusión la vendedora del cruce de Lavi.
Y a eso de las cinco y media de la tard e, a una hora del crepúsculo, sin sa- ber muy bien lo que hacía, crucé la cancela de madera, procurando no per- der de vista a mis compañeros de v iaje. Un viaje que los imponderables habían convertido en una pesadilla. Quizá debiera ahorrar al hipotético lec- tor de esta íntima confesión el relat o de tan accidentada travesía hacia Na-
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zaret. Pero, obedeciendo al corazón, he creído bueno que compartiera tam- bién las penalidades de este explorador.
¿Los lugares favoritos de Jesús? Hubo muchos. Y aquél fue uno d
e ellos. ¿Quién hubiera imaginado que al otro lado de aquellos gruesos muros de piedras cúbicas y negras se hallaba uno de los rincones preferidos y
habi-
tualmente frecuentado por el rabí de Galilea a su paso por Caná?
Desconcertado, no supe hacia dónde mirar.
Nada más pisar el pulcro embaldosado de yeso, modelado a imitación de la madera, el aire dejó de ser aire, ha ciéndome olvidar dolores y desconsue- los. Ante mí se abrió un tupido jard ín, poblado exclusivamente de rosas. Montañosos macizos escarlatas, blancos, amarillos y rosas desdibujaban los límites de un patio en el que la bíblica «vered», cantada en el Eclesiástico, parecía la única flor permitida. Trep ando por paredes y cañizos, levantán- dose sobre una tierra negra y esponjosa, ancladas en ventrudas vasijas, en humildes cuencos de barro o en cisterna s de basalto de todos los tamaños, florecían espléndidas rosas de Sidonia, del Sinaí, del monte He
rmón, cani- nas, phoenicias y otros ejemplares silvestres que no supe identificar.
Embriagado, casi hipnotizado por el femenino temblor de los colores y po
r
el sosiego de aquella tormentosa fragancia, a punto estuve de perderme en el angosto corredor que, jugando a laberinto, parcelaba el cuidado lugar
.
En la zona oeste del gran solar se levantaba, como digo, un viejo caseró
n,
todo él en piedra, cuya segunda plan ta hacía las veces de parapeto, prote- giendo la delicada plantación de los temibles y abrasivos vientos de ponien- te. Hacia allí encaminé mis pasos, pene trando en una oscura pieza situada en el piso bajo. Cegado por la claridad exterior no reparé en el alto peldaño que daba acceso a la sala y, torpemente , perdiendo el equilibrio, fui a dar con mis huesos contra el pavimento de suelo batido. Por tercera vez en aquella ingrata jornada rodé cuan largo era, con el consiguiente estrépito. Mi «presentación» ante el venerable Meir no pudo ser más cómica y deplo- rable… Aturdido y rojo de vergüenza me alcé a la misma velocidad a la que había caído. Pero, a medio camino, la luz amarillenta de un candil
me salió
al paso. Y una larga y sarmentosa mano, tendida con generosidad, me ayu- dó a incorporarme. Agradecí el gesto, escrutando el semblante del anciano que tenía ante mí. Sus cabellos y barba, casi albinos, enmarcaban un rostro alto y estrecho, ligeramente broncead o y en el que dominaban unos ojos claros y confiados. Sobre la túnica de lana, igualmente blanca, reconocí la «haruta»: la pequeña rama de palmera que distinguía a los médicos -mejor dicho, a los «auxiliadores»- judíos. Su nombre era Meir y resultó un viejo conocido y amigo de Natanael y de la familia del Maestro. Sus más de
se-
senta años habían discurrido, casi en su totalidad, en Caná de
Galilea, en-
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tregado al estudio de la medicina en general y de las rosas en particular. Su eficacia como rofé -aunque él siempre rechazó este título- y
su nobleza de alma le habían granjeado la estima y una fama que nadie osaba discuti
r. Pero esto iría descubriéndolo poco a poco. Primero en esta apresur
ada visi- ta y, más adelante, al acompañar a Jesús en su vida de predicac
ión.
Al percibir mi turbación sonrió tranquilizador, sumando nuevas arr
ugas a los muchos pliegues de su noble rostro . Y sin pronunciar palabra alguna se perdió en las tinieblas de la estancia. Segundos después, la luz que portaba prendía las mechas de otros candiles, estratégicamente colgados de las pa- redes. Y la oscuridad fue retrocediend o, permitiéndome explorar lo que constituía el lugar de trabajo del «aux iliador»: una singular mezcolanza de «laboratorio-biblioteca-hospital», reunidos en una galería sin ventanas, de casi veinte metros de longitud por otros seis u ocho de fondo. Los cuatro al- tos muros, a excepción de la puerta de entrada y de una segunda abertura practicada en una de las esquinas, a la derecha del referido acceso prin
ci-
pal, se hallaban conquistados por una red de estanterías de madera, repleta de ollas, jarras, vasijas y recipientes, muchos de cristal, con, inscripciones en arameo, griego y hebreo, grabadas o pintadas en sus paredes. Y anár- quicamente almacenados entre la cacha rrería, decenas de pergaminos, en cuero y piel, así como polvorientas ta blillas de madera cubiertas de yeso o de una cera negra y dura. (A diferencia de las denominadas «tabula o tabla rasa», en las que era posible volver a escribir raspando o vertiendo una nueva capa de cera sobre la superficie, estas tablillas eran destinadas a ins- cripciones permanentes.)
A mi izquierda, próximo al umbral qu e había traspasado tan «impetuosa- mente», distinguí a Natanael, recostado en una estera de hojas de palma y reconfortado por sus amigos. Sin las id eas muy definidas respecto a lo que debía o podía hacer, permanecí junto a la puerta, espiando los pausados movimientos del «auxiliador». Cuando la mortecina luz, robada al aceite de oliva, fue suficiente para no tropezar, sin prisas, como si el «problema» de Bartolomé no fuera con él, comenzó a trastear en la mesa de mármol negro que presidía la «biblioteca». Vertió una carga de aceite (alrededor de un decilitro: suficiente para unas seis horas y media) en un candil de yeso, alumbrando el tablero y el desorden que sostenía: redomas, lebrillos y pe- queñas ánforas de doble mango con hermosas decoraciones rojas y ne
gras sobre fondos blancos, que adiviné repl etos de bálsamos, brebajes, polvos, emplastos e inhalaciones. Entre los út iles del «boticario» llamó mi atención una urna de vidrio, del mejor estilo herodiano, y varias bandejas de arc
illa. La primera guardaba dos calaveras y otros huesos humanos, pertenecientes a unas extremidades inferiores. Un «sacrilegio» como aquél sólo era posible en Galilea…
Cumplida la alimentación y el encend ido de la lámpara que gobernaba la mesa, Meir, sin perder la sonrisa que le caracterizaba, se arrodilló junto al enfermo. Encomendó a la mujer su pequeño e inseparable candil y, sin más preámbulos, con movimientos calculad os, inspeccionó la mordedura y el edema. Lenta, silenciosa y prudente mente fui acercándome al grupo. No deseaba intervenir. Tan sólo presenciar el quehacer del sanador.
Al tomar el pulso y buscar la temperat ura, la paz de aquellos ojos azules parpadeó fugazmente. Pero, al punto, con una sabiduría innata o aprendida en sus largos años de combate con la enfermedad, se hizo de nuevo con ella, tranquilizando la incisiva mirada de María. La respiración de Bartolomé, quizá al saberse en manos de Meir, recuperó un ritmo aceptable. Y abriendo los párpados exploró las pupilas. La Señora, atenta, aproximó la lucerna al pálido rostro del «oso». Su pulso, tembloroso, no pasó desap
ercibido para el anciano. La midriasis o dilatación de ambas pupilas era normal. Aquél era un buen síntoma. Y Meir, retirando con dulzura la mano que sostenía la luz, preguntó a María:
-Hija, ¿quién es el enfermo?… ¿Él o tú?…
La Señora bajó los ojos, disculpándo se. Y Juan, devorado por la impacien- cia, apremió al «auxiliador» con una insolencia similar a la que yo había so- portado en el lugar del incidente. Meir no se inmutó. Y por toda respuesta, sin perder la compostura, le ordenó que calentara agua. El Zebedeo obede- ció, dirigiéndose a la esquina izquierd a de la estancia. Y quien esto escribe se sintió complacido ante la firmeza y tolerancia de aquel hombre.
El «auxiliador» dirigió sus manos a lo s músculos intercostales y al diafrag- ma del discípulo. Palpó y, satisfecho, bromeó acerca de su glotonería. Su- puse que no había hallado signos de c urarización o paralización en dichos músculos.
La astucia y conocimientos del rofé me entusiasmaron. Las chanzas sobre el abultado vientre, amén de relajar la tensión del momento, guardaban otra solapada intención: verificar los posibl es trastornos en la dicción. Y el de Caná, con ciertas dificultades en la pronunciación, abusando de su
amistad con el anciano, le «envió a los infie rnos». Meir se dio por satisfecho. Y re-
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gresando a la mesa de máittol tomó un pequeño punzón, flameándolo en la llama de la lucerna. Desinfectado y enfriad o, se arrodilló de nuevo ante el enfermo, practicando una serie de meticulosos pinchazos en el edema que
deformaba la mano. Al tocar el área de la mordedura Bartolomé no r
eaccio- nó. La acción neurotóxica del veneno había insensibilizado dicha zona. Afor- tunadamente no sucedió lo mismo con el resto de la hinchazón. Natanael acusó el dolor. Torció el gesto y m aldijo la casta del sanador. Por último, tras inmovilizar la extremidad superior, provocó una minúscula herida incisa en la piel del antebrazo. Unas gotas de sangre, procedentes de los capila- res, amanecieron al momento entre la abundante vellosidad. La hemostasia (coagulación) no se hizo esperar. Y Meir, lanzando un suspiro, se dejó caer, sentándose sobre los talones. Observó a Bartolomé y, dirigiéndose a la mu- jer, formuló una pregunta que, por supuesto, nadie supo clarificar:
-¿Diarreas?
María titubeó. Y el anciano, descubriendo las piernas de Natanael,
exploró el estado de su saq o taparrabo. Negó con la cabeza y, palmeando cariño- samente el rostro del discípulo, comentó divertido:
-Parece que has tenido suerte…, «tapón de cuba».
Los ojos de María se iluminaron. Y Meir, alzándose, se dirigió al rincón en el que permanecía el Zebedeo. La Seño ra, entonces, arrodillándose, situó la cabeza del herido sobre su regazo, ac ariciando sus cabellos e invitándole a descansar. Aunque una taquicardia pa recía descartada por el momento, la quietud resultaba muy aconsejable, en orden, sobre todo, a evitar el au- mento de absorción producida por la vasodilatación. Y comido por l
a curio-
sidad traté de conocer los siguientes movimientos del rofé. En el ángulo parpadeaba rojizo un horno de ladrillo de ocho fuegos. En uno de ellos,
al
cuidado de Juan, bullía una marmita de cobre. El anciano, complacido ante el hervor del agua, indicó al Zebedeo que permaneciera vigilante, evi
tando que se apagaran las llamas. Acto seguido le interrogó sobre los restos de la víbora. Y señalando hacia María, le hizo ver que era ella quien los había re- cogido. La Señora, a su vez, remitió al anciano a este desolado ex
plorador. Y digo bien: desolado porque el manojo de lirios que envolvía al ofidio había desaparecido. Lo más probable es qu e se hubiera desprendido del ceñidor en la caída junto a los huertos de granados. Mis excusas fueron enten
didas
y aceptadas por María y el «auxiliador ». Juan, en cambio, profundamente dolido con aquel «farsante», resucitó su cólera, descargando una cruel into- lerancia para conmigo. Mi aparente mansedumbre terminó de exasperarle, exigiendo a Meir que me arrojara de su casa. Fue la única vez que vi endu- recerse el rostro del anciano. Y recr iminándole tanta violencia lamentó que hubiera olvidado tan rápidamente las sa bias palabras de su «difunto rabí». María y yo nos miramos. El viejo y bondadoso sanador de Caná -que com-
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partía la filosofía del Hijo del Hombre- no parecía informado de los últimos y prodigiosos acontecimientos. Era lógico. Las noticias acerca de la supuesta resurrección del Galileo y de sus aparic iones no habían llegado aún a la re- mota aldea. Y un destello de alegría clareó el verde hierba de los ojos de la Señora. Pero, cuando se disponía a anunciarle la buena nueva, Meir, dando la espalda al confuso Zebedeo, me rogó que disculpara a su fogoso amigo. Asentí sin reservas. Y el rofé, recupe rando la placidez, me interrogó sobre las características de la serpiente. Simulé no recordarlas con exactitud, des- lizando, con toda intención, el det alle de los «cuernos»… Fue suficiente. Identificó la víbora, lamentando la pérd ida. Según dijo, esta clase de ofi- dios, previamente cocinados, daba un excelente resultado como antídoto contra la lepra. Dadas sus notables vi rtudes como sanador quise creer que el auténtico interés por la cerastes cera stes no radicaba exclusivamente en el discutible remedio contra las lepras , sino en las ventajas que, desde un punto de vista médico, podía reportar la identificación y exame
n del animal.
Y olvidando el incidente, supongo que conmovido por mi docilidad ante el
ataque de Juan, tomó la lucerna que había rellenado, indicándome que le acompañara. Se enfrentó a la estantería del fondo de la sala y, paseando la luz arriba y abajo, retiró uno de los rollos. Consultó la inscripción existente en uno de los extremos y, seguro de la elección, regresó a la mesa. El libro, confeccionado en papiro de Sais, más estrecho y económico que el «real o Augusta», se hallaba armado a la mane ra egipcia: con las hojas cosidas unas a otras, formando una larga tira que se arrollaba en dos palos cilíndri- cos. Y a la luz de la lámpara lo fue desenrollando con la mano izquierda, re- visando la apretada grafía griega, al tiempo que, con la derecha, procedía a arrollar lo que iba leyendo y consulta ndo. A los pocos minutos se detenía sobre una serie de columnas. La «págin a» en cuestión presentaba varias ilustraciones, que describían las partes más destacadas de las rosas. Al descubrir cómo me inclinaba por encima de su hombro, tratando de leer, Meir, tan curioso como yo, preguntó si me interesaba la ciencia de Cr
ate-
vas. Me retiré prudentemente, asinti endo con la cabeza. Y depositando el rollo en mis manos me invitó a repasa rlo. Antes de que acertara a agrade- cer su confianza dio la vuelta a la mesa, saliendo al jardín.
El libro, por lo que pude leer, era una copia de los fecundos trabajos des- arrollados por el mencionado Cratevas sobre botánica y, muy especialmen- te, en relación a las supuestas propiedades curativas y medicinales d
e las rosas. En esta fuente se inspirarían otros grandes de la antigüedad, tales como Plinio, Dioscórides, Teofrasto y Galeno, entre otros, así como los her- barios de Grete y Ascham, en 1526 y 1550, respectivamente. Las descrip-
ciones del botánico griego, muy ajustadas a la verdad, se me antojaron de- liciosas. Clasificaba hasta treinta tipos diferentes de drogas, todas ellas de-
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rivadas de las rosas. Como Plinio, las calificaba de «astringentes y refres- cantes». Describía los procedimientos para obtener el jugo benéfico, asegu- rando que eran recomendables para el dolor de oídos, úlceras bucales, gar- garismos, trastornos rectales, de matriz y estomacales, jaquecas por calen- tura, náuseas, insomnio, irritaciones de la entrepierna, inflamación de los ojos, esputos sanguinolentos, menstrua ción dolorosa o irregular, dolor de muelas, diarreas, hemorragias y un «etc.» tan largo que, prácti
camente, llenaba los seis metros de que constaba el «libro». Tras apuntar prolijos consejos sobre las virtudes de estas plantas, horas del día en que era con- veniente su recolección, destilación y macerado de los pétalos, Cratevas consumía decenas de columnas en otros dos singulares capítulos: la cosmé- tica y la gastronomía. El método para obtener la célebre «agua de rosas», uno de los perfumes más solicitados en los tiempos de Jesús, me pareció especialmente interesante. El ingredie nte básico eran los pétalos de «da- masco», una de las rosas, de origen persa, de olor más penetrante. «Se co- locan en agua clara -rezaba el papiro-, en un recipiente de madera, que se deja destapado bajo los rayos del sol durante varios días. Las gotas
de acei-
te que suben a la superficie serán recogidas en almohadillas de lana,
que luego se exprimirán dentro de un frasco, sellando el recipiente… »
Por último, las posibilidades «gastron ómicas» de las rosas -hoy práctica- mente desconocidas- eran enumeradas con minuciosidad, elogiando la ex- quisitez de la miel, postres y bebidas que de ellas podían obtenerse.
En un
futuro, este incomparable rollo result aría de gran utilidad en específicos y muy «especiales» momentos de la operación…
El anciano retornó con una canastilla re bosante de rosas rojas, blancas y otras de un bellísimo color óxido. Cada una -comentó mientras las deshoja- ba- tiene su valor.
-Éstos -sentenció refiriéndose a los pétalos rojos-, los má
s fuertes, ayudan
a contener un vientre «suelto» … Ésos -señaló a los de tonalidad blanca- tienen un efecto…
La voz autoritaria del Zebedeo, anunciando que el agua se hallaba prepar
a- da, vino a interrumpir las cordiales explicaciones del botánico. Y concluyen- do el corte de los peciolos o partes más claras de los pétalos, donde se con- centra el mayor volumen de humedad, mortero en mano se afanó en un rá- pido y hábil triturado de las hojas. El paso siguiente fue el filtrado del jugo, volcando la escudilla de madera sobre un grueso paño de lino. El perfumado licor quedó almacenado en un segundo re cipiente de bronce, listo para el nuevo proceso. Retiró el agua del fo gón y, con gran habilidad, procedió a mezclarla con el «zumo de rosas», hasta que el brebaje adquirió el espesor de la miel. Por último arrojó sobre la pócima trocitos de junco
s olorosos, unos puñados de sales y una generosa ración de etrog (el limón de la fiesta
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de los Tabernáculos), que contribuyó a enfriar el remedio. Y ayudando a Natanael a incorporarse le obligó a ingerirlo hasta la última gota
.
Le tomó el pulso, recomendando a María que, en caso necesario, le enjuga- ra el sudor. Y frotándose las manos con satisfacción acudió al papiro de Cratevas. Esta vez, pendiente de la ev olución del discípulo, me limité a ob- servarle a distancia. La flama que se agitaba en la mesa transmutó en oro sus cabellos y el silencio llenó de pa z el lugar. Terminada la consulta fue derecho a uno de los sombríos ángulo s de la «biblioteca», haciéndose con un panzudo frasco de cristal. Extrajo una porción de pétalos secos y, some- tiéndolos al fuego, los redujo a ceniza. Un segundo viaje a la estantería re- dondeó la manipulación. De una vasija de barro rescató una cucharada de grasa animal, extendiéndola con mimo sobre un pequeño plato de madera. Y las cenizas fueron a mezclarse con la fina y grasienta película. Como era de esperar, la fragancia de los pétalo s se adueñó de la manteca. Y con el candil en su mano izquierda y la escudilla en la derecha acudió al en
cuentro de Bartolomé. Quizá fuera pronto para pronosticar, pero, a mi corto enten- der y parecer, el mal parecía remitir. Ignoro qué efectos llegó a producir el brebaje en el organismo del enfermo De lo que sí estoy seguro, como y
a mencioné, es de que verdadero «salvador» fue el Zebedeo…
Y canturreando una serie de citas bíb licas, ayudándose con los dedos, em- badurnó la herida con el aceitoso y fragante producto.
«Yahvhé curó a Abimélej» (Gen. 20, 17)… «Yo soy la fuerza eterna, Yo soy Yahvhé, tu sanador» (Ex. 15, 26)… « ¡Ruégote, oh Dios, que lo sanes aho- ra!» (Núm. 12, 13)… «Yo hiero, y Yo curo» (Dt. 32, 39)
…
Cubierta la mordedura y el edema, el anciano, cuyo afecto por los hombres y la mujer era tan antiguo como la niev e de sus cabellos, captó la coqueta mirada de la Señora y, convirtiendo en pequeñas bolitas los restos de la perfumada grasa, ofreció el plato a la madre del Maestro. Sus ojos chispea- ron. Y decidida y alegre moldeó con ellas los cabellos de Natanael ‘y, a con- tinuación, su larga mata de pelo negr o. Esta costumbre, muy de moda en aquel tiempo, era compartida por homb res y mujeres, indistintamente. El portador, merced a la fragancia de sus cabellos, hacía más agradable su en- torno.
Al reparar en el Zebedeo y en mí mismo, la Señora se excusó, tendiéndonos la escudilla. Juan, víctima de uno de sus frecuentes cambios de carácter, se desentendió del gentil ofrecimiento. Respecto a mí, no supe qué
hacer. Y animado por la sonrisa de la mujer tomé el plato, palpando la grasa c
on las yemas de los dedos. María, divertida, adivinó mi torpeza. Y ordenando que me inclinara esparció y desmigajó las bolitas entre mis cabellos, frotándolos con ternura. Y mi profunda soledad se vio notablemente aliviada.
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Hacia las 18 horas y 39 minutos, el oc aso, puntual, sumió a Caná en una súbita oscuridad. Y el cielo, inquieto y amenazante durante toda la jornada, se abrió finalmente, precipitándose a tierra en una mansa lluvia. Y la mar- cha a Nazaret quedó aplazada. Bartolomé, más sereno, cayó en un profun- do y reparador sueño. Meir se ausent ó y, por espacio de una media hora, ninguno de los tres y agotados pere grinos intercambió palabra alguna. El Zebedeo, rendido, terminó por acomodarse cerca del fogón, no tardando en dormirse. Y María y este explorador, sentados uno a cada lado del enfermo, disfrutamos del susurrante lamento de la lluvia sobre las flores. En varias ocasiones sus ojos y los míos coincidieron. Y en un diálogo sin palabras nos interrogamos mutuamente. A diferencia del Zebedeo, en su mirada no latía el rencor. Al contrario: gentil, me respondió con una cálida sonrisa. Pero la valerosa mujer, tan destrozada como los demás, se vio atacada por el sue- ño y el cansancio, no pudiendo evit ar alguna que otra cabezada. Sin em- bargo, preocupada por el herido, te rminaba por despabilarse, vigilando los lienzos que humedecían las sienes de Natanael. Poco faltó para que, en tan grato paréntesis, me decidiera a hab lar, confesándole mi verdadera perso- nalidad y propósitos. La sola idea de que mis frustrantes actuaciones en el parto y con la víbora pudieran cerrarme tan vital fuente de información so- bre la llamada «vida oculta» de Jesús me tenía obsesionado. Era mucho lo que restaba por conocer y ella y su familia eran los depositarios del gran te- soro. No podía perder su amistad y, mucho menos, su confianza…
El regreso de Meir hizo inviable esta cada vez más firme decisión.
Pero me juré que, a la primera oportunidad, le abriría mi corazón, explicándole - empeño nada fácil quién era y el porqué de mi «cobarde co
mportamiento».
Casi lo había olvidado. Sin embargo, el hospitalario rofe estaba en todo. Era el sagrado momento de la cena. Verifi có la temperatura de Bartolomé y, tras invitarnos a las obligadas ablucion es, depositó en el piso una bandeja de madera, generosamente surtida. Im ité a María, lavando mis pies y la mano derecha (utilizada habitualmente para comer). Aguardamos respetuo- samente a que el anciano concluyera su rápida bendición y, desfallecidos, dimos buena cuenta del refrigerio: guis antes hervidos en aceite, tortas de trigo recién doradas, higos, dátiles, nueces peladas -uno de mis frutos favo- ritos-, queso rancio que, prudentemente, no degusté y pescado salado y vi- no caliente debidamente aromatizados, cómo no, con esencia de rosas.
Siguiendo la recomendación de María, Juan no fue despertado. Y satisfechas las primeras hambres, la conversación se encauzó hacia el tema predilecto de los allí presentes: el Maestro. A media voz, recreándose en una
olorosa copa de vino, Meir lamentó que «un hombre capaz de obrar un prodig
io como el de Caná no hubiera evitad o una muerte tan injusta y humillante». La Señora y yo nos miramos de nuevo. Y la madre del Nazareno, tomando
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:
las manos del sanador, le preguntó si estaba al corriente de las «últimas noticias». Asintió con gravedad, relacionando dichas novedades con
la cru- cifixión. La mujer negó con la cabeza, informándole atropelladamente de las apariciones registradas en Jerusalén, Betania y de las más recientes, a ori- llas del yam.
Los ojos de Meir, cargados de experiencia, no se conmovieron. ante las en- tusiastas palabras de su amiga. Escuchó con atención. Formuló a
lgunas, muy pocas preguntas acerca de «ese cu erpo resucitado que ninguna de las mujeres reconoció» y, apurando su co pa, resumió su sincero y leal enten- der:
-Hija mía, llevo cincuenta años entr egado al estudio de la medicina y de otros saberes. Sé que el cuerpo hum ano tiene doscientos cuarenta y ocho huesos y que las venas principales son tantas como días tiene un año. He abierto cadáveres y puedo asegurarte que sus restos -el rofé señaló la urna de las calaveras- siguen ahí, conmigo, y ahí continuarán…
María, perpleja, intuyendo las conclusiones de Meir, le interrumpió, protes- tando. El anciano sonrió con benevole ncia. Y acariciando los cabellos de la alterada galilea replicó sin maldad, pero con una contundencia que no admitía discusión
-…Todos le echamos de menos. Y todos, María, desearíamos volver a verle. Pero, que yo sepa, los muertos no regresan… Ni siquiera los profetas.
La postura del «auxiliador» de Caná, ho mbre culto, equilibrado y amigo de la familia, constituía el modelo de pe nsamiento de la mayoría de los hom- bres y mujeres de aquel tiempo en re lación a la resurrección de Jesús. Los creyentes, en base a la lectura evangé lica, pueden pensar que el indudable hecho físico de la vuelta a la vida del Galileo fue algo aceptado por la co- munidad judía. Grave error. Sólo los muy íntimos, y con dificultades, asimi- laron esta ardua realidad. El resto, in cluidos familiares, amigos y personas de toda confianza, fervientes seguidor es, incluso, del Hijo del Hombre, no pudo o no supo aceptarlo. Y los prob lemas de los escasos defensores de la resurrección, lejos de disiparse con las apariciones, se vieron dolorosamen- te complicados. Esta conversación fu e el ejemplo de la permanente lucha que deberían sostener los discípulos y la propia Señora. Una lucha que sólo el difícil ejercicio de la fe podía modificar en victoria. Y si ese hombre, como sucedía con Meir, era, además, un «cient ífico», el autoconvencimiento sólo podía esperarse con hechos comprobados; nunca con palabras o testimo-
nios más o menos interesados.
Bien entrada la noche, el ímpetu de María decayó. Y abatida se rindió al sueño, descansando su cabeza sobre el pecho de Natanael. Meir me sugirió que durmiera unas horas. Pero, intrig ado por la personalidad y el saber de
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tan singular personaje, decliné la pa ternal invitación, incitándole con mis preguntas a entrar en los asuntos qu e me interesaban. Por supuesto que había oído hablar de las «milagrosas curaciones» de Jesús. Allí mismo, al otro lado del pueblo, en la casa de Nathan, varios servidores y María
asegu- raron que el agua de seis tinajas de piedra se había convertido en vi
no.
-Yo, querido y curioso amigo -se sinceró el anciano-, también probé el jugo de la vid. Y puedo asegurarte que era excelente… Pero, aunque reconozco el poder del rabí de Galilea, no logro entender el prodigio. Lo has escuchado de mis labios: sólo creo en lo que veo…, y lo que veo no merece la pena. Es muy posible que, desde el punto de vista de un hombre que observa y estudia la Naturaleza, muchas de esas curaciones sólo fueran producto de la fe de las gentes. Mis métodos y medicamentos son racionales. ¿O es que me consideras tan necio como para tratar de remediar el mal de Bartolomé tal y como señala el libro sagrado? “E so fue desestimado ya en tiempos de Ezequías…
El sanador había hecho una clara y v aliente alusión al Números („ 9) en el que se dice: «Hizo Moisés una serp iente de bronce y la puso en un más- til. Y si una serpiente mordía a un homb re y éste miraba a la serpiente de bronce, quedaba con vida. »
La prudencia y objetividad de Meir, que compartía en buena medida, me animaron a bucear en los conocimientos de la medicina que practicaba y que, a grandes rasgos, representaba la ciencia más seria y avanzada de los sanadores judíos contemporáneos de Jesucristo.
Aunque las influencias mesopotámicas, griegas y egipcias eran innegables, el viejo rofé de Caná, botánico, ciruj ano, sanador e investigador, tenía sus propias y muy personales opiniones, desconfiando, por ejemplo, de la efica- cia de muchas de las reglas sanitarias que se imponían al pueblo en forma de ceremonias religiosas y que se remontaban a los oscuros tiempos de
Moisés. (De los 613 preceptos y prohibiciones de la Biblia, 213 son de natu- raleza higiénico-sanitaria.) Aceptaba, sin embargo, que la sangre podía ser el «vehículo» del alma humana, mostrándose en absoluta concordancia con las doctrinas sumerias.
Con infinito tacto, fingiendo ser un le go ansioso de conocimientos, fui ara- ñando pequeñas y grandes ideas, siem pre útiles en nuestra misión. En el capítulo de la sangre, por ejemplo, se mostró conforme con las rígidas prescripciones del Levítico, prohibiendo su derramamiento y la ingest
ión de cualquier alimento o bebida que pudi era contenerla. (De hecho, al menos en la teoría de la ley, toda carne debía ser sangrada antes de su consumo.) Donde no se mostró tan conforme fue en «esos ridículos principios de los astrólogos de Alejandría y Babilonia que fijan los domingos, miércoles y viernes como los días propicios para las transfusiones de sangre».
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Animado ante mi supuesta perplejidad siguió arremetiendo, mordaz, contra los que así pensaban:
-¿Sabes cómo justifican semejante ne cedad? Porque los lunes y jueves - dicen- los tribunales del cielo y de la Ti erra se hallan ocupados y Satán, en su condición de príncipe de los demonios, permanece activo como acusador.
-¿Y por qué no los martes? -pregunté con un asombro que le comp
lació.
-Ese día, según estos locos, el plan eta Marte se manifiesta especialmente agresivo. Y tienen el descaro de reco mendar el viernes como el día ideal porque las influencias astrológicas, en tal fecha, son mínimas, excepción hecha de la hora sexta…
Meir, al igual que la generalidad de los «médicos» judíos, conocía la «hemo- filia», descubierta, muy probablemente, en el acto de circuncidar a l
os re- cién nacidos. Cuando la enfermedad era detectada, la ley (Yebamot, 60) prohibía nuevas circuncisiones en dich as familias. Y sabían, por supuesto, que era la madre la transmisora hereditaria del problema.
Al interesarme por los huesos humanos que guardaba en la urna de vidrio, sonriendo pícaramente, manifestó que él era un «auxiliador» que trabajaba, tanto en la teoría como en la práctica . Y confesó haber cocido un esqueleto completo, a fin de estudiarlo. Sus co nocimientos anatómicos, sin embargo, dejaban bastante que desear. Llegó a citarme algunas vísceras y ligamentos óseos, pero confundía e identificaba los músculos con «un to
do carnoso». El esperma humano, ante mi sorpresa, entr aba de lleno en el capítulo óseo, siendo calificado de «hueso imperecede ro o de luz». Y aunque gozaban de un notable conocimiento del proceso de gestación, las propiedades del se- men, como vehículo de transmisión de la vida, eran prácticament
e desco-
nocidas. Con gran orgullo llegó a enumerarme más de cuarenta enfermeda- des, bien somáticas o funcionales, incluyendo malformaciones y lo que
ellos entendían por «enfermedades quirúrgic as». Pero donde mostró mayor lo- cuacidad y entusiasmo fue en el re lato de sus ensayos y experimentos. Aquella estancia,- como sospechaba, era su beta de-faisa o «sala de opera- ciones». Allí, según confesó, había lle vado a cabo toda suerte de trepana- ciones, amputaciones y extirpaciones, incluyendo una cesárea. Aturdido, no me atreví a entrar en detalles. Eso sí, tímidamente, solicité su criterio acer- ca de la prioridad en caso de riesgo de muerte. En tal supuesto, ¿quién de- bía ser salvado: la madre o el feto? As tuto, se refugió en la norma, confir- mando lo que ya sabíamos a través del escrito Yebamot: la vida de la ma- dre siempre tenía preferencia. Natur almente, su «botica» encerraba abun- dantes y poderosos narcóticos, tales como las solanáceas belladona, beleño y mandrágora que, merced a su conten ido de alcaloides tropánicos, le per- mitían anestesiar a los pacientes. El audaz rofé había suturado centenares de heridas, «refrescando previamente los bordes». Y tenía noticias, yunque
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no había llegado a semejantes «excesos », de la reciente apertura artificial del ano de un recién nacido. Se había atrevido, eso sí, con la
introducción de sondas de fibra vegetal por la garganta y con la castración de cerdas pa- ra la ceba, deduciendo, a juzgar por lo s resultados en los animales, que la extirpación de la matriz en la mujer -e n contra del pensamiento judío- no era causa de muerte. Según comentó, estos experimentos, como otros mu- chos, habían sido realizados previamen te por médicos y cirujanos de Ale- jandría.
En contra de lo que hoy podamos imaginar, muchos de estos «auxiliado- res», aunque lo ignoraban casi todo sobre la estructura y funciones del ce- rebro, sabían o intuían que el pens amiento y la razón humanos tenían su sede en dicho órgano. Sin embargo, estaban convencidos de que las cefa- leas e infecciones de nariz y oídos te nían su origen en los «malos aires». Creían igualmente que muchas de las enfermedades de pulmón, hígado e intestino se debían a «gusanos». Meir dedicó una larga perorata a la «mal- dad» de la sal y a los trastornos dige stivos, ocasionados -según él por la falta de líquidos. También la retención de la bilis, confirmó el anciano, era causa de ictericia y la detención de la diuresis, de hidropesía. Hablamos del miedo y de las palpitaciones cardíacas y las alteraciones del pulso que pue- de ocasionar.
Y mi asombro no tuvo límite cuando , al hablarme de las «funciones de bombeo» del corazón, algo sobradamente conocido en aquel tiempo, el desconcertante galileo me dio a ente nder que eminentes colegas suyos habían conseguido averiguar el volume n de sangre contenido en el cuerpo humano. No logré que me revelara el mé todo en cuestión pero las cantida- des eran bastante exactas: alrededor de diez log (unos cinco litros) para el hombre adulto y algo más de seis log (unos tres litros) para una mujer de tipo medio. Desafortunadamente, es tos datos quedaban oscurecidos por otra creencia, muy poco científica. Para los «médicos» judíos del siglo 1 el peso del hombre lo integraban, fundamentalmente, el agua y la sangre. «Si el individuo era justo, ambos elemento s aparecían a partes iguales. Si, en cambio, era un pecador, el agua dominaba sobre la sangre, convirtiénd
ole
en un “hidrópico’.. En caso contrario, también a causa de su iniquidad, la persona caía víctima de la lepra. »
En esta caótica red de aciertos y supersticiones, uno de los aspectos
mejor
conocido por los «auxiliadores» de Isra el era la fisiología de la menstrua- ción. Desde muy antiguo, debido a las prohibiciones bíblicas, este tema había sido exhaustivamente investigado aunque, con el paso de los siglos, llegó a convertirse en una pesadilla, al menos para los escrupulosos
de la ley. Baste decir que la menstruante judía era considerada impura por espa- cio de siete días, durante los cuales quedaba prohibido el trato carn
al.
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Hablamos sobre la peligrosidad de las epidemias, transmitidas en ocasiones por las caravanas que cruzaban el país, por los alimentos en mal estado, las moscas y la pésima educación sanitaria de la población, que «
no distinguía entre el agua verde de una charca y la pura y cristalina de un pozo».
-La gran mayoría -exageró- muere a ca usa de sus propios errores y de su desconfianza hacia los «auxiliadores».
Quizá en este último aspecto sí le asistía la razón. Durante mucho tiempo, la profesión de «sanador» figuró entre los «oficios despreciables». Poco a poco, la honradez y eficacia de hombres como el rofé de Caná limaron rece- los y susceptibilidades, hasta el punto que, tal y como señala el San
hedrín, 17 b, en tiempo de Jesús estaba proh ibido vivir en una ciudad, pueblo o comunidad donde no hubiera un «auxiliador». Por supuesto, esta nor
ma
jamás llegó a cumplirse al pie de la letra… Sin embargo, la figura del médi- co fue adquiriendo prestigio y, lo que era más importante, confianza. La ley les asignaba unos honorarios, establ eciendo que «un médico que trataba sin cobrar, no valía nada». Había «auxiliadores» destinad
os a lugares muy concretos, con la exclusiva misión de valorar las indemnizaciones corres- pondientes en caso de accidente. El ejercicio de la profesión se hallaba bas- tante bien regulado. Y aunque la política de «hacer la vista gorda» ya esta- ba inventada, cada rofé necesitaba una autorización especial para ejercer como tal. El caso de los «médicos» extranjeros era aparte. Los judíos más rigoristas clamaban por su persecución y destierro. En el escrito Bab
a ca- ma, 85a puede leerse a este respecto: «Una persona no debe permitir que le trate un médico que atraviese todo el país, proveniente de tierras extra- ñas, pues éste no conoce suficientemente las características de
l medio am- biente y las influencias climatológicas.» No les faltaba razón pero, como en todo, entre los «sanadores» paganos lo s había buenos y malos. Y la gente sencilla hacía caso omiso de la ley, siempre y cuando el extranjero d
emos- trara que conocía el oficio.
Las «consultas» de estos médicos, judí os o gentiles, se hallaban en los lu- gares más insospechados: en las plazas públicas, en los mercados,
en el templo, en las posadas y en el propio domicilio del rofé. Hasta allí acudían los pacientes, formando largas colas y, al igual que ocurre en la actualidad en las clínicas y ambulatorios, coment ando entre sí las respectivas dolen- cias. Algunos «auxiliadores», no todos, tenían la costumbre de «visitar a domicilio», convirtiéndose, con el paso del tiempo, en amigos de la familia. Si la población en que se asentaba un médico era lo suficientement
e impor- tante, la ley le exigía además un certif icado de los vecinos próximos a su «consulta», autorizándole al ejercicio de su profesión en dicho lugar. La ra- zón era obvia: en demasiadas ocasiones, la aglomeración de enfermos a las puertas de la casa del rofé provocab a altercados, ruidos y molestias que
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podían alterar la paz de la vecindad. El índice de enfermedades era tan cre- cido que no tiene nada de particular que las dolientes masas, al tener noti- cias de un rabí «hacedor de maravillas», como califica Josefo al Maestro, le acosaran sin tregua. Conviene tener presente este aspecto puntual de la si- tuación médico-sanitaria de la población judía para comprender, en su justa medida, lo que acontecería en la «vida pública» de Jesús.
Por lo que ya sabíamos y por las inte resantes manifestaciones de mi nuevo amigo, la medicina judía, desde los tiempos del Antiguo Testamento, podía calificarse de eminentemente preventiva. Y aunque estas medidas estaban
cimentadas en normas y principios étic o-religiosos, no cabe duda de que, en infinidad de ocasiones, resultaron de gran eficacia. «La limpieza corporal -rezaba un axioma del Avodá zará, 20b- lleva a la limpieza espiritual.» En efecto, aunque los médicos serios tr abajaban con tratamientos más o me- nos racionales y «científicos» (dietas, compresas calientes y frías, sudora- ción, curas de reposo, baños de sol, cambios de clima, gimnasia, sangrías, masajes, hidroterapia, psicoterapia, etc.), la ley vigilaba muy estrechamen- te el cumplimiento de la pureza, tant o a nivel humano como de animales y cosas. La higiene concernía, incluso, a la construcción de ciudades, estable- ciendo redes de alcantarillado y parajes muy específicos para el suministro de agua o la construcción de cementer ios. En caso de epidemias o enfer- medades contagiosas, las poblacione s eran aisladas y las vestimentas y utensilios fumigados, lavados o incinerados. Los judíos sabían que
, de sur- gir la peste, disentería, etc., debían ev itar las aglomeraciones en las calles estrechas, la utilización de platos, cu biertos, ropas o alimentos que pudie- ran haber permanecido en contacto co n los infectados, procurando no salir de sus viviendas en cuarenta días. Es taba prohibido cavar pozos en las in- mediaciones de los cementerios (Tosefta , Baba batra, lb) y cisternas. El agua debía ser hervida cuando se te nía la menor sospecha dé contamina- ción. La carne, aunque su consumo no era frecuente entre las clases po- bres, tenía que ser cocida hasta que los parásitos quedaran destru
idos (así reza el escrito Sanhedrín, 9a). Desde tiempos inmemoriales, la carne cocida que no hubiera sido consumida al segundo día debía ser quemada. Na
tu-
ralmente, quien disponía de semejante «lujo» y no era un fanático de la ley no tenía muy presente la prohibición bíblica…
Otro de los preceptos, muy difundid o entre los judíos y, que nos llamó la atención a lo largo de toda nuestra pe ripecia en Palestina, hacía alusión a los besos en la boca. La Ley «recomendaba» evitarlos, en previsión de con- tagios. En su lugar estaba bien visto que el hombre besase al hombre en
las mejillas, la frente o el dorso de la mano. El beso en los labios a la mujer, al menos en público, era causa de escándalo y, en ocasiones, de repud
io.
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En este interesante capítulo de la higiene, Meir se dignó ilustrar a este igno- rante explorador con una interminable cadena de máximas, extraídas en su mayoría del saber popular y que, con el tiempo, serían incluidas en los es- critos rabínicos. He aquí algunas de las que más me impactaron: «El lavado matutino de manos y pies es más efic az que todos los colirios del mundo» (Sabat, 8a). «El cambio de una costumbre es el comienzo de una enferme- dad» (Ketubot, lona). «Bebe solamente agua hervida» (Trumot,
8). «El que exagera el ayuno, será considerado pecador» (Ta anit, 1 la). «Puede profa- narse el sábado a causa de las parturi entas, lo quieran éstas o no.» «Es exigible y recomendable una limpieza escrupulosa del cuello uterino dilata- do» (Sabat, 29a).
La intensa y prolija exposición, por parte de mi anfitrión, de las excelencias médicas de la comunidad hebrea no po día concluir sin un obligado canto a las virtudes medicinales de las rosas, su gran especialidad. El esmerado
parlamento, sin embargo, acabaría pronto. Y no porque ése fuera su deseo, sino a causa del agotamiento que terminó por enroscarse en quien esto es- cribe. Aun así, algo llegué a retener en mi diezmado cerebro.
El botánico confesó haber hecho buenos dineros con la cosmética
y perfu-
mería derivadas de la destilación de los pétalos. Una vez incinerados, la ce- niza resultante era muy apreciada para embellecer las cejas.
-El propio Herodes el Grande -insinuó secretamente- tuvo a bien probar mi mercancía… ¡Ah, Jasón, qué sería del mundo sin perfumistas! Todo en la Naturaleza tiende al equilibrio. Nosotros -sentenció-, los perfumistas, somos el regalo de Dios, bendito sea su no mbre. Los curtidores, en cambio, en- sombrecen la Tierra.
Además del «agua de rosas», obtenida fundamentalmente por destilación, Meir confeccionaba y comercializaba otro producto -la «pomada de rosas»-, igualmente estimado por las mujeres y los hombres. Supongo que «anima- do» por el vino, terminó por confesarme el secreto de su fabricaci
ón: «Cua- tro medidas de cera blanca derretidas en una libra de aceite de rosas. A la mezcla se añade la correspondiente medi da de agua y el resultado se ca- lienta a fuego lento hasta que adquiera una naturaleza translúcida. Con ello, ayudado de medio log de agua y vinagre de rosas, se da fin al proceso, resultando un ungüento que rejuvenece el cutis.» La pomada en cuestión, a manera de mascarilla, era consumida po r hombres y mujeres de las clases media y adinerada, preferentemente an tes de acostarse. También el jabón vegetal, de uso común y al que se le añadía ceniza de madera, presentaba una rica dosis de «agua de rosas», pe rfumándolo y haciéndolo más atracti- vo.
Al referirse al método de destilación -un procedimiento que se supone in- ventado en España hacia el siglo X le rogué que me ampliara detalles. Meir
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hizo algo mejor. Con paso tambaleante se aproximó a la mesa de mármol. Le seguí intrigado. Allí me mostró una vasija de bronce. La lle
nó de agua hasta la mitad y, tras vaciar en ella una pequeña ánfora repleta de pétalos, llevó el recipiente al fogón, calentándo lo a fuego lento. Lo cubrió con una tapadera a la que se había fijado un tubo en espiral, también de bronce, de unos treinta centímetros. Al rato, un va por aceitoso comenzó a circular por el rudimentario alambique, siendo recogido, en forma de gotas, en un fras- co que hacía las veces de «condensador». Concluida la destilación, el ancia- no, orgulloso y agradecido por mi paci ente escucha, puso la reducida dosis de «agua de rosas» en mis manos, exclamando:
-Es tuya… Tus mujeres bailarán mañana de alegría.
Y rebosante de felicidad -dudo que algui en le hubiera prestado jamás tanta atención-, inició un lento e instructivo paseo frente a las estanterías. A cada paso señalaba un frasco o una cántar a, anunciando su contenido con so- lemnidad:
«…Hojas secas de rosa para aliviar la inflamación de ojos. »
«…Flores para adormecer y controlar la menstruación… Si se añade vina- gre y agua, tanto mejor.»
«…Un ciato de licor de rosas, con tres de vino, para el dolor de es
tómago.»
«…Semilla de color azafrán. Aún no tiene el año. Ideal par
a las muelas. No conozco un diurético mejor. » «…Inhalación para la nariz. Despeja la cabe- za y las malas ideas. »
«…Coronas de rosas. Controla las diarreas.»
«…Rosas con pan. Santo remedio para la ardentía estomacal.»
«…Pétalos en polvo. Eliminan el sudor.»
«…Agallas de rosas mezcladas con manteca de oso. No conozco sarna q
ue
lo resista.»
«…Savia de rosas. Muy recomendada pa ra el acné juvenil. » «…Otra vez “agua de rosas”. Para heridas y contusiones.» «…Esencia de rosas. El mejor tratamiento para la locura.» «…Una ro sa blanca, con todos sus pétalos de un solo lado. Proporciona un bálsamo que derrota la apoplejía.»
«…Rosas
rojas. Colocadas debajo de la almohada adormecen a los niños inquieto
s. »
«…Aceite de rosas con polvo de acacia. Frotado en el cráneo term
ina con
las cefaleas. »
«…Aceite de rosas con sangre de cocodrilo y miel. Ideal para el dolor de oí- dos. »
«…Contra las enfermedades pulmonares, la tos y el resfriado.»
«…Para el control de la sexualidad, los desórdenes del corazón y las borra- cheras.»
«…Miel, clara de huevo y agua de rosas. Llevo años utilizándo
lo para curar la ronquera y la falta de voz. » «…Esta otra ayuda a conciliar e
l sueño. »
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«…Pétalos secos. Si se mezclan con leche y pan alivian el mal de
amores. »
«… Perfume de rosas. Para los desmemoriados.»
Soy incapaz de recordar la totalidad de los brebajes y pócimas enunciados por Meir. Muchos de ellos, natural mente, de dudosa utilidad.
Y poco antes de la «vigilia del canto del gallo» (hacia las 04 horas), tras comprobar que la calentura de Bartolom é había remitido, mi incansable y parlanchín amigo se retiró a sus ap osentos, deseándome paz y fulminán- dome con un comentario que -a qué ocultarlo- me tenía obsesionado:
-Hijo, tu curiosidad me ha recordad o a otro viejo amigo, también griego, también llamado Jasón y también fiel seguidor del Maestro.
Y este explorador, sentado a la cabece ra del herido, necesitó algún tiempo para conciliar el sueño. El cansancio, las emociones del viaje y el recuerdo de mi hermano se entremezclaron co n tal poder que fue preciso recurrir a una profunda relajación mental y muscular para, al fin, recuperar par
te de las humilladas fuerzas. ¿Qué me deparaba aquella recién estrenada jornada del martes, 25 de abril?
25 DE ABRIL, MARTES
Mi despertar no tuvo nada de plácid o. Estaba a punto de amanecer. Los cronómetros de la «cuna» debían marcar alrededor de las cinco y media de la madrugada. Alguien me zarandeó por los hombros y, sumergido, como
estaba, en los abismos del sueño, no tuve conciencia de dónde ni con quién estaba. Y adormilado, con la «vara de Moisés» entre las manos y engan- chado aún a las escenas de una terribl e pesadilla, en la que el módulo lu- chaba por atravesar una infernal tormenta (reminiscencias, sin duda, de los graves momentos vividos en el vuelo sobre el mar de Tiberíades), pre
gunté -¡en inglés!- «si el Maestro se hallaba a bordo».
Al distinguir el perplejo rostro de María, que trataba de despertarme, caí en la cuenta del nuevo e involuntario error.
-Jasón, ¿qué lengua es ésa?… Vamos, es hora de partir.
La pregunta, gracias a Natanael, qu edó momentáneamente sin respuesta. De pie, con el semblante fresco como la brisa que irrumpía en la estancia, apoyándose ligeramente en los hombros de la arrodillada mujer, terció en la escena con una de sus habituales bromas:
-Es la primera vez que veo a un maldit o griego durmiendo en compañía de un bastón…
Con los ojos fijos en los de la Seño ra, aunque escuchando la ocurrencia del «oso», me excusé con un amago de sonrisa, más propia de un idiota. No había duda. El discípulo, catorce horas después de la embestida de la víbo- ra, se hallaba francamente recuperado. Superada la crisis volvía a ser el de
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siempre: charlatán, bromista, soñador e ingenuo como un niño. Él nunca lo supo pero, al verle restablecido, me ale gré en lo más íntimo. Y esquivando deliberadamente a la pertinaz e intrig ada María me refugié en Bartolomé, examinando su mano izquierda e inte rrogándole acerca de su estado. El edema inicial casi había desaparecido, aunque reconoció que todavía expe- rimentaba pinchazos y dolores en el área de la mordedura. La temperat
ura y el pulso, estabilizados, eran otra saludable señal del retroceso de la infec- ción. Lo mismo podía decirse de su dicción y ritmo respiratorio
. Pero, cuan- do me disponía a examinar las pupilas, Juan de Zebedeo, desde el rincón donde crepitaba el fogón, me gritó «que quitara mis cobardes manos de su compañero». Y la tensión del día anteri or se espesó en la penumbra de la sala. Obedecí a pesar de la atónita mira da de Bartolomé que, lógicamente, no recordaba lo ocurrido al pie del trigal.
La irrupción de Meir, al que seguían ot ros cuatro hombres, alivió el trance. Eran hermanos de Natanael. Prudente mente, con la sabiduría que propor- ciona la experiencia, el anciano «auxiliador» había convenido c
on la Señora y el Zebedeo que, hasta observar la evolución del herido, resultaba más sensato no dar aviso a la familia. Entr e otras razones porque el padre de Natanael, en cama desde hacía meses, había experimentado un preocupan- te empeoramiento. Unas cuatro semanas más tarde, recientes aún los mis- teriosos sucesos de Pentecostés, el discípulo recibiría la triste noticia del fa- llecimiento de su padre.
Feliz, Bartolomé fue besando y abraza ndo a cada uno de sus hermanos, gastando bromas sobre el reptil que le había atacado y que comparó
a «ciertos prebostes de las castas sace rdotales», responsables de la muerte de su Señor. Y haciendo oscilar el mugriento saquito con huevos de langos- ta, que colgaba de su cuello, se burl ó cariñosamente de Meir, recordándole el poder de los amuletos. El anciano guardó silencio, dando por buenas las chanzas de su amigo. Poco importaba qu e así lo creyera. Él y yo sabíamos lo cerca que había rondado la muerte…
El reconfortante desayuno -a base de leche caliente con miel y panecillos de trigo- distendió el ambiente, proporcionándome un nuevo dato sobre la es- casa o nula acción del tóxico inoculado por la cerastes cerastes.
Natanael, hambriento, devoró su colación sin el menor signo de disfagia (deglución di- ficultosa).
Y a las 05.30 horas, los primeros rayo s del sol rompieron el horizonte, ilu- minando el jardín con un halo escarlat a. Las recientes lluvias, respetuosas con el «tesoro» de Meir, habían anim ado los macizos, abriendo decenas de capullos, bendiciendo la tierra y saturando el aire con una sinfonía de olores que, a no tardar, reclamarla a zumbonas partidas de insectos. Y en silencio, sosteniendo la plácida mirada del rofé, me prometí volver.
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El beso de la paz puso punto final a nuestra estancia en la casa de altos muros. Y a las puertas de Caná, rumorosa y naranja al saludo del alba, Bar- tolomé y los suyos se despidieron de María, del Zebedeo y de quien
esto escribe con un optimista «hasta el viernes». En esa fecha, como fu
e dicho, estos peregrinos abandonarían Nazaret y, pasando por la aldea del «
oso», le recogerían, rumbo al lago.
El cielo, abierto en grandes claros, prometía una jornada calurosa. Fue una lástima no entrar en la población. Aquella pequeña ciudad -no hubiera sabi- do explicar por, qué- me atraía intensa y especialmente. Ahora pienso que, en buena medida, la causa se hallaba en mi espíritu científico. Ardía en de- seos de «volver atrás» y enfrentarme al supuesto prodigio del vino. Algo tan aparentemente concreto y susceptib le de análisis no podía escapar a nuestro método.
Juan y la Señora, conocedores del te rreno, ahorraron tiempo, bordeando Caná por su flanco este. Y ágiles, con el espíritu pletórico -en especial Ma- ría-, disfrutando de la fragancia del o livar que nos escoltaba por la izquier- da, salvamos los quinientos metros que nos separaban de uno delos tres senderos que unían la aldea al resto del mundo.
Este camino nacía al sur de la población y, sorteando una enrevesada y fér- til área de huertos, trepaba en direcci ón sureste, bifurcándose a cosa de dos kilómetros. En ese punto, el ramal de la derecha giraba cuarenta y cin- co grados, perdiéndose en dirección sur.
Nada más pisar la estrecha y descuidada vereda, robada a un monte bajo y espinoso, el terreno, accidentado y convulso en los alrededores de Caná, se tomó tormentoso, preñado de barrancas y en continuo ascenso. El Zebe- deo, con razón, forzó la marcha, aprovechando el frescor del amanecer y de las cúpulas verdinegras de los bosques de algarrobos y robles del Tab
or que, con sus majestuosas copas de hast a veinte metros de circunferencia, dibujaban continuos «túneles» en los que anidaban asustadizas cochas per- dices y escandalosas urracas. Y en po cos minutos, con un Juan impenetra- ble a la cabeza, cargando el odre de agua del que no había querido separar- se, una María en el centro, ilusionada por el retorno a casa y este e
xplora- dor cerrando el grupo, atento a las po sibles referencias geográficas, Caná quedó atrás, como un nido blanco entre verdores. Por nuestra derecha, bur- lando vaguadas y desafiando las bo scosas laderas, nos acompañó durante veinte o treinta minutos una canalización de agua a cielo abierto, levantada a base de coraje y de una blanca pi edra caliza resquebrajada, soldada con mortero. La obra, que ascendía hasta una cota de 532 metros, abastecía de agua a las casi 1 800 almas que residían en la ciudad de Natanael y a los huertos y plantaciones próximos; en especial, a los situados en la cara sur.
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Ni que decir tiene que el oportuno acueducto constituyó una inmejorab
le re- ferencia a la hora de caminar en una u otra dirección.
A unos dos kilómetros de la población, como venía diciendo, el camino se partió en dos. Y el Zebedeo, sin duda rlo, sin mirar atrás, dando por hecho que le seguíamos, tomó el de la derecha. El paisaje no varió sustancialmen- te. Los bosques de robles del Tabor, que dominaban las colinas hasta una altitud de quinientos metros, fueron escaseando, en beneficio de las cua
tro especies de terebinto o pistacia propias de la zona.
A los treinta minutos de nuestra salida de Caná, cuando llevábamos recorri- dos más de dos kilómetros y medio, la senda desembocó en una menguada planicie, amurallada por el verde luminoso de una colonia de terebintos de cortezas exudadas, en las que la plat eada y olorosa trementina espejeaba al sol naciente. El calvero se hallaba presidido por un peñascal, enrojecido por el alba, del que brotaba un caudaloso venero. El manantial se precip
ita- ba desde cinco metros de altura, siendo recogido en un estanque semicircu- lar, a manera de depósito, del que arrancaba el mencionado acueducto.
La
cota en cuestión -532 metros- permit ía la rápida y permanente conducción del agua hasta Caná y su entorno, ubic ados a cuatrocientos metros de alti- tud.
Al socaire de la peña, vencida por los años y los vientos, se sost
enía a du- ras penas una cabaña de troncos, co n techumbre de paja y retamas, tan abiertas y desmelenadas que dejaban al descubierto una deteriorada base
de tierra apisonada. A la puerta del refugio, un hombre de mediana edad,
sentado a la turca, seguía nuestros pa sos con recelo. Pero el Zebedeo avanzó seguro, deteniéndose junto al estanque. Saludó entre die
ntes y el
individuo, cortés, replicó con una liger a inclinación de cabeza. Mientras el discípulo se afanaba en el llenado de l pellejo, María, desviándose hacia la choza, deseó la paz a su propietario. A renglón seguido, como si de una vie- ja costumbre se tratara, depositó en sus manos una lepta (un octavo de as: pura calderilla), aguardando en silenc io. Y el hombre, que resultó ser el funcionario guardián del servicio de aguas de Caná, desapareció
en el inter- ior de la cabaña, retornando de inmediato con un diminuto cuenco de barro en su mano izquierda y un candil encendido en la derecha. Se los entregó a María y poco amante, al parecer, de la palabra, volvió a sentarse a la puer- ta del cobertizo, pendiente de los tres forasteros. El Zebedeo, con el odre en bandolera, acudió junto a la Señora y ambos, bajo la atenta mirada del funcionario, cruzaron el calvero en dirección oeste, deteniéndose en el lími- te del bosque. Allí, entre los troncos de los terebintos más avanzados, se alzaba un rústico altar de un metro de altura, construido con lajas de caliza superpuestas. María extendió su brazo izquierdo hacia el ara, abandonando el cuenco sobre la superficie. El recipiente contenía una sustancia amarillen-
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ta, en forma de lágrimas, que, en un primer momento, me recordó el in- cienso de África. No estaba equivocado. Y pasando el candil al Zebedeo, és- te aproximó la llama a las pajizas y semiopacas lágrimas que ardie
ron al punto con una luz blanca. Y una colu mna de humo espeso y nevado, de un penetrante y muy agradable olor se le vantó hacia los sagrados terebintos. Aquél, en efecto, era uno de los árboles míticos del pueblo hebreo y aquélla una ceremonia no menos ancestral, conservada con respeto y amor por los galileos.
Y Juan, alzando los brazos al cielo, entonó un pasaje del Génesis:
-Así dieron a Jacob todos los dioses aj enos que había en poder de ellos, y los zarcillos que estaban en sus orejas… Y Jacob los escondió debajo de un elah que estaba junto a Siquem.
Concluido el breve cántico le tocó el turno a la Señora. Pero, en lugar de re- citar un pasaje bíblico, como era la costumbre, se dejó arrastrar por su in- trépido y sensible corazón, elevando, co n el incienso, una plegaria que, en parte, me resultó familiar:
-…Padre nuestro, que nos has creado , arrancándonos como un destello eterno de tu corazón de oro… Que estás en los cielos… Que está
s en los
cielos limitados de cada dolor y de cada enfermedad… Que estás en la san- gre que se derrama… Que estás en el cielo sin distancias del amor… Santi- ficado sea tu nombre… Santificado y repetido con orgullo, con la satisfac- ción del hijo del poderoso… Venga a no sotros tu reino… Llegue a los hom- bres la sombra de tu sabiduría… Ve nga a nosotros la brisa que impulsa la vela… Venga pronto la señal de tu Hijo, mi añorado Hijo, vengan a nosotros las otras verdades de tu reino… Hágase tu voluntad en la Tierra y e
n los
cielos… Y que el hombre sepa compre nderlo… Que los espíritus conozcan que nada muere o cambia sin tu conocimiento… Que no perdamos el senti- do de tu última palabra: «Amaos»… Hágase tu voluntad, aunq
ue no la en-
tendamos… El pan nuestro de cada d ía, dánosle hoy… Danos el pan de la paciencia y el del reposo… Danos el pan de la alegría de los pequeños mo- mentos… Danos el pan de las promesas… Danos el pan del valor y de la
justicia… Y el fuego y la sal de la co mpañía… Y también el llanto que lim- pia… Danos, Padre, el rostro sin ro stro de tu imagen… Y perdona nuestras deudas… Disculpa nuestros errores como el padre olvida la torpeza del
hijo… Perdona las tinieblas de nuest ro egoísmo… Perdona las heridas abiertas… Perdona los silencios y el trueno de las calumnias… Perdona nuestra pesada carga de desconfianza… Perdona a este mundo que, a fuer- za de soledad, se está quedando so lo… Perdona nuestro pasado y nuestro futuro… Y no nos dejes caer en tentación… Líbranos de la ceguera de cora- zón… No nos dejes caer en la tentación de la riqueza, ni en la miseria y es-
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trechez de espíritu… Líbranos, Padre, de toda certidumbre y seguridad ma- teriales… Líbranos.
Un profundo silencio cerró la oración de María. ¡Qué radical transformación la experimentada por aquella mujer, antaño enfrentada a su primogé
nito…!
Concluido el ritual reanudamos la marcha. La bella y personal «adaptación» del Padrenuestro me animó a intentar el diálogo con mis acompañantes. Y durante un kilómetro tuve cierto éxito. El Zebedeo volvió a distanciarse pe- ro la mujer, a mi lado, me explicó qu e la primitiva plegaria -el mencionado Padrenuestro- había sido escrita por Je sús en su lejana juventud y cuando ella, desgraciadamente, tenía los ojos del espíritu cerrados a la verdadera misión de su Hijo.
De pronto, cuando apenas llevábamo s quince minutos de conversación, Juan se detuvo. El abrupto terreno había descendido ligeramente -quizá nos hallásemos a unos quinientos metros de altitud- y el sendero, a juzgar por el sol, empezaba a enderezarse hacia el oeste. Llegamos a la altura del
dis- cípulo y, antes de que pronunciáramos una palabra, señaló hacia la izquier- da de la vereda, recomendando silencio y precaución. Inspeccioné intrigado el bosque y la alta maleza que nos rodeaba, siguiendo la dirección ap
untada por Juan. Pero no vi nada anormal. Y proseguimos la andadura. Al observar cómo el Zebedeo tomaba a María de la mano me alarmé. ¿Habí
a divisado algún animal salvaje? Estaba avisado de la existencia de osos pardos en los montes de Arbel, algunos de hasta 450 libras de peso, pero no disponí
a de
información sobre la presencia de esta s fieras en las abruptas y solitarias colinas de Caná. A decir verdad, los ricos y cerrados bosques que se
perdí- an en todas direcciones, constituían un hábitat ideal para osos, hienas ra- yadas, chacales, perros salvajes, zorros, numerosos ofidios e, incluso, leo- pardos. Agucé el oído pero sólo obtu ve el habitual ruido de fondo del bos- que. Aquello me tranquilizó relativamente. La proximidad de una osa a
la que hubieran arrebatado su cría -afición muy extendida entre los j
udíos y gentiles de entonces, que comerciaban con los oseznos- habría alertado y puesto en fuga a la mayor parte de los «inquilinos» de la espesura
.
Procuré no distanciarme, acariciando co n mi mano derecha los dispositivos de defensa de la «vara de Moisés».
Después del percance con la víbora no podía descuidarme… El sendero si- guió descendiendo, hasta entrar en una hoz de altas paredes que se pro- longaba alrededor de quinientos metros . El discípulo aceleró el paso obli- gando a la Señora a seguirle casi a la carrera. A derecha e izquierda, en los taludes, descolgados terebintos desafiaban la gravedad, auxiliados por gri- sáceos y no menos audaces matorrales de ezov, el nombrado arbusto bíbli- co, hoy conocido como «hisopo sirio». A los pocos metros, un eco m
e so- bresaltó. El Zebedeo, que debió perc ibirlo antes que yo, dudó. Aminoró la
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marcha pero, al instante, tirando de la mujer, emprendió una rápida huida. Desconcertado giré en redondo, a la búsqueda del origen del cavernoso rui- do. Pero seguí ciego. El instinto me impulsó a imitar a Juan. Y sin meditarlo dos veces, con el miedo hormigueando en las entrañas, me lancé en perse- cución de la pareja. No sabía qué es taba pasando y tampoco sentía dema- siados deseos de averiguarlo. Sin embargo, las cosas no eran, no iban a su- ceder como imaginaba…
Apenas iniciada la frenética carrera, una sombra surgió por la izquierda, en pleno terraplén. Y el eco, al llegar a su altura, se hizo claro, profundo y, en esos momentos, escalofriante.
Sólo Dios sabe por qué me detuve. Medio estrangulado por un terror absur- do e irracional, con las pulsaciones desbocadas, retrocedí hasta situarme frente a la «sombra».
Mis amigos estaban a punto de alcanzar el final del pequeño desfiladero. El eco, efectivamente, resonaba nítido en el fondo de la cueva que tenía ante mí. La hoz ofrecía en aquel lugar una oquedad de un metro de altura por otros dos de ancho, medio cerrada por el ramaje. Y despacio, muy despa- cio, fui agachándome, escrutando la oscuridad del agujero e intentando identificar los sonidos. María y el. di scípulo, a trescientos o cuatrocientos metros, me hacían señales, gritando algo que no entendí. Y cuando me dis- ponía a alejarme, convencido de que podía tratarse de la guarida de alguna alimaña, el eco, más cercano, me eri zó los cabellos. Algo reptaba o arras- traba la tierra a su paso, precipitándo se hacia la salida. Con la voluntad y los nervios en desorden traté de retroc eder. Pero el bastón se me fue de entre los dedos. Al inclinarme para recogerlo, entre los cada vez más cerca- nos gruñidos creí identificar un sonido humano: algo similar a un grito, mi- tad lamento, mitad aviso… Algo parecido a «ame»…
¡Dios de los cielos! En efecto, era una voz humana. Al sonar en la boca de la cueva, aquel «¡ame!», repetido insi stentemente, me hizo comprender lo que tenía ante mí.
Un nuevo «ame» («impuro») precedió a la aparición de unas manos y un rostro, parcialmente fajados con unos lienzos purulentos y destrozados por la miseria. Y los ojos de un anciano, tan asustado como yo, se clavaron
en quien esto escribe. A gatas, desde la entrada, el infeliz volvió a gritar aquel «impuro», en tono amenazante. Y una inmensa piedad vino a reemplazar mis terrores. El lugar, cercano a lo qu e hoy se conoce como Ein Mahil, era el forzado reducto de una partida de leprosos, vecinos en su mayoría de las aldeas y pueblos colindantes. La ley y las costumbres les obligaban a per- manecer aislados y, en caso de proxim idad a caminantes o núcleos habita- dos, a proferir los mencionados gritos de advertencia. Lamentablemente, a
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causa de la ignorancia en materia sanita ria, el término «lepra» se hizo ex- tensivo a enfermedades y dolencias que nada tenían que ver con dicho mal. Como demostró S. W. Baron, bajo es ta designación fueron incluidas tuber- culosis óseas purulentas, contagiosas elefantiasis, dermatosis, «lepras de cabeza» (probables alopecias), quemaduras graves mal curadas y hasta in- ofensivas calvicies en las que surgían manchas rojas o lobanillos. En
el caso que nos ocupa, el anciano sí parec ía presentar una verdadera lepra. Bajo los harapos, unas manchas lechosas corroían los tejidos de las manos y del rostro, desnaturalizando al individuo. Se trataba, seguramente, de una de- jas lepras más generalizada en la Palestina de Jesús: la «mosaica» o «blan- ca», hoy conocida como «anestésica» . Aunque, obviamente, no tuve opor- tunidad de reconocerle, al ponerse en pie y observar las ulceraciones y la parálisis que inutilizaba algunos de los dedos, imaginé que la primera lepra se hallaba asociada a la también infectiva lepra «tuberculoide»
. Nariz y me-
jillas -o lo que quedaba de ellas- pr esentaban unas desiguales nudosidades abolladas, la mayoría reblandecidas, y otras en estado terminal o ulc
eradas.
Su aspecto famélico me hizo pensar tamb ién en graves lesiones viscerales. O mucho me equivocaba o aquel desgraciado no tardaría en morir.
Durante un par de minutos el cadáve r andante me contempló incrédulo. ¿Por qué no huía? Para cualquier judío, incluso para los menos escrupulosos con la ley, la lepra, además de una impureza, era la más flagrante
manifes-
tación del pecado. Todo leproso, por el hecho de serlo, era despreciado y repudiado, no sólo por el, hipotético riesgo de contagio, sino, en especial, por «haber caído en desgracia ante Dios». «Auxiliadores», sacerdotes, ricos y pobres, judíos o gentiles procuraban distanciarse de estos «apes
tados»,
no concediéndoles otro favor que el de, muy de tarde en tarde, arrojar a sus pies alguna que otra hogaza de pan o las ropas usadas. Y aunque espe- ro referirme a ello en su momento, esta dramática situación hizo más en- comiables las audaces aproximaciones del Maestro a los leprosos.
Conmovido ante la insondable tristeza de aquellos ojos negros -quizá
lo
único vivo en semejante despojo- le sonreí e, inclinando la cabeza
, balbu- ceé un saludo. El viejo, al detectar mi acento, comprendió. Y agradecido por el gesto de simple humanidad de aq uel griego correspondió con una frase que no he olvidado:
-Tú no necesitas la paz, amigo: la llevas dentro.
No era el momento de polemizar sobre tan discutible afirmación. Y con una nerviosa despedida me distancié. Pe ro, súbitamente, ganado por uno de mis peligrosos impulsos, di la vuelta, depositando entre los muñones de sus manos el frasco de vidrio, obsequio de Meir. El leproso lo inspeccionó y, sin comprender, levantó los ojos hacia el enigmático caminante. Le ani
mé a destaparlo. Y acercándolo a los desca rnados labios arrancó con los dientes
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la tela de lino que lo sellaba. La fragancia del «agua de rosas» le desconcer- tó. Supongo que intentó sonreír. Al no lo grarlo bajó el rostro y las lágrimas corrieron hacia los corrompidos vend ajes. Jamás volvería a verle …, en aquel «ahora».
Dejé atrás la hoz, impresionado por la triste suerte de aquel hombre y de los que, con seguridad, compartían cueva y enfermedad. Un Zebedeo colé- rico me aguardaba al final de la emboca dura. Su compañera, en contra de la opinión del discípulo, había decidido esperarme. No tuve oportunidad de explicarles… Al verme, Juan estalló tachándome de «necio, inconsciente, lastre inútil y pecador entre los pecado res». Le dejé vaciarse. Y conforme remontábamos un nuevo repecho, en un estéril intento de reconciliación, admití mi debilidad al detenerme frente a la gruta, añadiendo que quizá sus palabras no hubieran merecido la aprobación del Maestro. Fui a herirle en lo más profundo, consiguiendo, justamente, el efecto contrario. Creo haberlo dicho. Juan de Zebedeo era un hombre valiente, rápido de reflejos, imagi- nativo, astuto, fiel, con frecuentes cambios de carácter y con un defecto que, a buen seguro, le acompañó hasta la muerte: una desmedida vanidad. Pues bien, al escuchar en mis pecadores labios la palabra «rabí» se revolvió como un gato. Tartamudeó y, aupánd ose hacia mi metro y ochenta centí- metros, vociferó:
-¿Quién eres tú para mencionar al Santo?… Él me amaba… ¿
Puedes tú, griego cobarde y asustadizo, decir lo mismo? Yo y mis hermanos fuimos or- denados en la montaña de Nahum. Somos sus embajadores. Y cuando Él
regrese arderás en la gehena…, como ese leproso impuro… El que peca contra su Hacedor recibe el castigo de la enfermedad…
María trató de calmarle. Pero, ofuscado, le ordenó que se mantuviera a dis- tancia.
-…Mírame bien, pagano ignorante, porq ue tienes ante ti a un elegido del reino. ¿Puedes hallar en mí defecto o enfermedad que me haga pecad
or?
No sé de dónde saqué la paciencia. Escuché en silencio. Sin mover un mús- culo. Y al entender que había concluid o su feroz discurso me concedí la li- cencia, por primera vez en nuestra av entura, de confundir su soberbia con «algo» que hacía tiempo había descubi erto en sus pies. Y señalando a tie- rra, armado de la más cínica de las sonrisas, le pregunté:
-¿Qué me dices de esas callosidades? ¿No son una flagrante señal de la in- tervención de un espíritu inmundo?
Entre las gentes fanatizadas por las normas religiosas, hasta un simple callo era motivo de vergüenza. «Yavé -proclamaban los rigoristas de la ley- cas- tiga con enfermedades al culpable, ya sea directamente, ya por medio de
los ángeles. » Un cuerpo viciado, en suma, era la señal de un alma viciosa.
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Podía admitirse que el origen de la dolencia no fuese un pecado cometido por el enfermo. En ese caso, él o lo s culpables había que buscarlos en la familia o en sus antepasados. Ésta, ni más ni menos, fue la filosofía que movió a los discípulos a preguntar al ra bí de Galilea cuando, en determina- do momento de su vida pública, le presentaron a un ciego: «¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?»
Mi sarcasmo debilitó la vehemencia del Zebedeo. Pero, a partir de aquel en- frentamiento, Jasón, el griego, hijo de Tesalónica, fue borrado de su cora- zón. Y los cuatro escarpados, verdes y luminosos kilómetros que restaban a la aldea de Jesús fueron los más tensos e interminables de nuestra acciden- tada travesía desde las orillas del lago…
Por mi parte, todo quedó olvidado cuando, a eso de las ocho de la mañ
ana, al coronar una cota de 511 metros, el bosque se abrió y María, goz
osa, gri- tó el nombre tanto tiempo esperado: «Nazaret», la blanca «flor» entre coli- nas… Jadeantes y sudorosos, obedeciendo un impulso común, nos deshici- mos de los sacos de viaje, cautivados por aquel interminable y montañoso verdor. La Nazaret actual y su entorno no guardan el menor parecido con el ondulado vergel que abrazaba entonces a la pequeña aldea en la que creció y vivió Jesús durante veintiséis años. Al descubrir el racimo de casitas, pla- teadas en la distancia, acurrucadas co mo una paloma indefensa al pie de una de las elevaciones y materialmente custodiadas y cercadas por toda suerte de plantaciones, huertos y bosques, mis pulsos se aceleraron. Y una íntima y gratificante emoción -preludio de nuevos y notables descubrimien- tos acerca de la figura del Maestro- colmó el alma de este ansioso explora- dor. En un radio de un kilómetro, tomando como centro el poblado, llegué a sumar hasta quince suaves colinas, todas arboladas o salpicadas de olivos, viñas, terrazas escalonadas con florec ientes y apretados corros de trigo y cebada y decenas de chozas y casas cúbicas, de una sola planta, cuya blan- cura competía con la de los tres caminos que abrazaban la base del Ne
bi Sa’in, el monte de 488 metros en cuya falda oriental se refugiaba Nazaret. Esta elevación, la más airosa, uno de los enclaves predilectos del
Maestro,
al igual que el resto de los montes qu e la circundaban constituían el desva- necimiento de la sierra de la baja G alilea, totalmente extinguida en las lla- nuras próximas de Esdrelón, al sur de Nazaret. Uno de los tres senderos mencionados arrancaba justamente al pie de la aldea, rompiendo los huer- tos en dirección sur, hacia Afula y las referidas y fértiles planicies. A un ki- lómetro del núcleo urbano, este camino se bifurcaba, desviándose hacia el oeste, a la búsqueda de Jafa y de las arterias que conducían a la
costa. La tercera vía importante (sin contar la nuestra, procedente del este) nacía, como la de Afula, a las «puertas» de Nazaret. Y encajonada entre las coli-
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nas penetraba hacia el noroeste, rumbo a Séforis, la capital de la comarca. A primera vista, desde la atalaya en que nos encontrábamos, la población se presentaba perfectamente comunica da con el «exterior». Ciertamente, Nazaret no se hallaba en una ruta tan próspera y frecuentada como la de Tiberíades. Sin embargo, la riqueza de su agricultura, los cuidados caminos que partían de su extremo oriental y su relativa cercanía a ciudades más célebres o populosas la habían conver tido en un lugar habitual y estimado por los comerciantes, caravaneros y «m ayoristas» de productos del campo que, con sus reatas de burros, transp ortaban las cosechas, haciendo de in- termediarios con los mercados y «minoris tas» de la región e, incluso, con áreas tan alejadas como la Decápolis, la Perea o la propia Ciudad Santa. En este aspecto, como fui comprobando, reunía las ventajas de una aldea
re- cóndita y apacible, al margen de los tumultos de Nahum, por citar un ejem- plo, pero, al mismo tiempo, discretam ente «enganchada» a lo que podría- mos considerar el «progreso y la civilización exteriores». ¡Cuán equivocados están aquellos que suponen o imaginan a Jesús, «desterrado»
durante años en un poblacho sin vida y sin relacione s! Y hablando de «equivocaciones», mientras iniciábamos el descenso, ac udieron a mi memoria esas absurdas «dudas» de algunos escrituristas y exeg etas del siglo xx, en relación a la «existencia histórica» de Nazaret. El hecho de que no aparezca mencionada en los libros bíblicos -afirman esto s «sabios con orejeras»hace sospechar que se trata de una «invención evangélica». El argumento, cu
ando se cono- cen los estudios e investigaciones de especialistas como Loffi-eda, Manns, Bagatti, Daoust, Testa, Viaud, Livio, Jablon, Israél, Brunot, Carrez, Brossier y tantos otros, resulta, cuando menos, irritante….
En cuatrocientos o quinientos metros, el camino rodó con docilidad desde la referida cota «511», hasta estabilizarse en la altitud mínima de aquellos pa- rajes: los cuatrocientos metros. A partir de esta cota nos condujo rectilíneo, en su polvorienta blancura calcárea, a la meta final. Y despacio, con una María alborozada, traté de retener cada detalle, cada rincón, de aquella ve- ga de medio kilómetro de longitud, no excesivamente ancha y resguarda
da
en sus cuatro costados por muchas de las quince elevaciones ya menciona- das. A uno y otro lado del sendero, lo s industriosos vecinos habían hecho prosperar un magnífico palmeral, del género Phoenix, seguramente impor- tado de la vecina Fenicia. A los múlt iples beneficios que se derivaban del cultivo del tamar (nombre hebreo de la palmera) y que iban desde la re
co- lección de su vigorizante fruto hasta la elaboración de miel, pasando por la confección de cestos, alfombras, cercas de madera, tejados y balsas,
los habitantes de Nazaret habían sumado , con la implantación de aquellos so- berbios ejemplares de hasta veinte metros de altura y lánguidas y largas
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hojas, la nada despreciable realidad de un «paseo» que poco tení
a que en- vidiar a los de Jerusalén.
Bajo las copas verdiamarillentas de las palmeras datileras, la vega, en for- ma de «minifundio», florecía exuberante, surcada por una tela de araña de espejeantes acequias. Allí verdeaban orondas higueras «femeninas» de cin- co metros de altura, de hojas palmad as y rugosas. Y a la sombra de su prometedora cosecha, la luz (designaci ón aramea del almendro). Toda una nube blanca de «luz», eclipsando las diminutas y verdes flores de los mora- les negros. Y entre empalizadas de cañizos, disputando cada palmo de
tie- rra, un laberinto de hortalizas: bancale s de habas de un metro de altura, con las hojas dispuestas para un inminente estallido de flores blancas y ala- das; garbanzos de peludos y pegajoso s tallos; apretados cuadros de pue- rros, ajos y cebollas; grisáceos macizos de menta, nacidos al filo de las zan- jas y canalizaciones de piedra; enanas rudas de flores doradas y oscuras
semillas medicinales; perezosas y nara njas calabazas de pradera y la pri- mera de las legumbres mencionada en la Biblia: la lens culinaris -la lenteja- , alimento básico en la dieta de toda familia judía.
Y más allá de la vega, escalando laderas , marciales legiones de olivos. Y sobre ellos, recortando sus copas en el azul cristal de la mañana, masas boscosas de algarrobos y nogales. Y en todas partes, acunadas en las va- guadas, asomándose en las terrazas escalonadas o desafiando los espol
o- nes rocosos de las pendientes, la auténtica imagen de la abundancia y de la bendición divina para los judíos: la vi d. Las había a miles, apuntaladas con estacas de madera de un metro de altura, dispuestas así para sostener
y aliviar la futura y, seguramente, granada cosecha.
Mientras cruzábamos el vergel, fuente de vida y de prosperidad de los notz- rim (nazarenos), algunos de los camp esinos más próximos, al reconocer a la Señora, alzaron sus brazos en señal de saludo y bien venida. Otros, de- jando sus azadones y aperos, se apre suraron a correr a su encuentro. Y al pisar el camino, con el rostro grave, comenzaron a batir palmas. El gesto en cuestión nada tenía que ver con lo que hoy, en el siglo veinte, interpreta- mos como «aplausos». No se trataba de un reconocimiento o de una mani- festación de alabanza por el hecho de ser la madre del gran rabí de Galilea. Aquellos hombres, jóvenes y viejos, ap laudían en señal de luto. Era ésta una forma de expresar su condolencia por el reciente fallecimiento de Jesús a cuyo duelo, obviamente, no habían asistido. Y María, emocionada, con los ojos humedecidos, fue abrazando a la mayoría. En Nazaret, como sucedi
era en la vecina Caná, no se hallaban muy al tanto de la resurrección ni de las apariciones del Maestro. Tiempo habría de verificarlo y de asistir a
las po- lémicas que dichas noticias levantarían entre los humildes y escépticos ve- cinos.
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saltada por los tenaces tabánidos.
Y alrededor de las 08 horas y 30 minutos de aquel martes, 25 de abril, m
e encontré, al fin, a las «puertas» de Nazaret. Y entrecomillo la
palabra por- que, a decir verdad, sólo se trata de una figura literaria. Al carecer de murallas, la aldea, consecuentemente, no disponía de un acceso principal, propiamente dicho. Las «puertas» las fo rmaban el final -o el nacimiento, según se mire- del «paseo de las p almeras» (así fue bautizado por quien esto escribe), el cruce y arranque de los caminos allí ubicados y un caño de agua que manaba ruidoso a unos veinte pasos a nuestra derecha. El griterío procedente del manantial llamó la atención de Mana y, sin dudarlo, corrió hacia la fuente. El agua, canalizada desde un venero existente en la car
a norte de la cima del Nebi Sa’in, corría impetuosa desde los casi 480
metros de su alumbramiento, abasteciendo a la población y a las caravanas y transeúntes que, forzosamente, debían pasar frente a ella. Aquélla, como comprobaría más adelante, era la única pila de importancia en Nazaret. Todo un mentidero, lugar de tertulias y de obligada y cotidiana reunión de matronas, campesinos, artesanos y viajeros. Prudentemente permanecí junto al Zebedeo, observando las ri sas, abrazos y la general algazara despertada por la inesperada llegada de la Señora. La gruesa vena de agua brotaba a un metro y medio de altura, atravesando una pared de piedras rectangulares, de naturaleza calcár ea sedimentaria (extraídas de las colinas) y permanentemente invadidas de un musgo verdinegro en el que anidaba una notable colonia de moscas. Una «visera» igualmente de piedra, a manera de arco de medio punto, hacía las veces de voladizo, cubriendo la fuente. El chorro se precipitaba directamente sobre el terreno, formando un «estanque» natural de unos cinco metr os de anchura máxima en el que, con el agua hasta las rodillas, chap oteaba la chiquillería, llenaban sus cántaras y odres las mujeres y felah, bebían los asnos y lavaban las ropas las risueñas y parlanchinas matronas. A corta distancia, sobre los guijarros y la roja arcilla, se alineaba una maloliente colección de sandalias,
violentamente a
No sé si debo utilizar el término «dec epción». En el fondo, por las informa- ciones que obraban en nuestro poder, «aquello» era de esperar. Hoy, gene- raciones enteras imaginan Nazaret como una «ciudad populosa, de bello
s edificios y calles empedradas». Nada más lejos de la realidad. Á
vidamente, en tanto que la Señora daba rienda suelta a su alborozo, recorrí con la vista el puñado de casas, la mayoría de una sola planta, que se empujaban en el acusado desnivel de la falda oriental del mencionado Nebi. En un minucioso estudio posterior, desmintiendo los c álculos efectuados desde la cota «511 », ratificaría aquella primera y apres urada impresión: la «aldeita» la inte- graban entre veinte y treinta casas. Ni una más. Y todas, como digo, estri- badas unas en otras y ocupando una superficie que recordaba un triáng
ulo
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isósceles, con una altura aproximada de 150 metros y 50 o 60 de base. El «vértice» -siguiendo con la comparació n- se situaba a las «puertas», En realidad, el «nudo» del que partían los caminos formaba parte de dicho «vértice». Desde el lugar donde nos en contrábamos, las edificaciones, im- pecablemente encaladas, se asemejaban a una gigantesca escalera o, por utilizar una licencia más acorde con lo s tiempos actuales, a esos aparta- mentos u hoteles «escalonados» que pueden contemplarse en las playas de moda. La orientación no podía ser mejor: encarada al este recibí
a la radia- ción solar desde el alba a prácticament e el ocaso. En cuanto a los vientos de poniente, el propio monte Nebi Sa ‘in hacía de parapeto, resguardándola en su regazo. La empinada ladera sobre la que se asentaba, en algunos puntos de hasta un treinta y un cuarenta por ciento de desnivel, no había sido obstáculo para los emprendedores galileos. Las viviendas quedaban ni- veladas, bien aprovechando el irregular y rocoso subsuelo o merced _a mu- ros y cimentaciones, levantados con las piedras robadas a la colina. Pero la Nazaret de aquel tiempo no era sólo lo que aparecía a la vista. Un
a impor- tantísima e «invisible» área se hallaba justamente bajo tierra. Durante esta y otras visitas tendría la oportunidad de descender a un enmarañad
o labe-
rinto de grutas -algunas naturales y otras excavadas en la roca- que ocupa- ba una superficie mayor que la del pueblo. (Ésta fue estimada en unos 3700 metros cuadrados y la de la «ciudad subterránea» en 5000 metros cuadra- dos.) En tales oquedades -que servían de silos, cisternas y almacenes- dis- curría buena parte de la vida de aque llas sencillas y, en general, amables gentes. Algo que los evangelistas pasaron por alto y que la arqueología mo- derna se ha encargado de resucitar. Pero debo controlar mis impulsos. No
es aún el momento de hablar de estos corredores, cuevas y pasadizos a los que, por descontado, también descendió el joven Jesús… .
Varias de las mujeres, ansiosas por conocer las novedades -de primera ma- no- que portaba la madre del Maestro, la rodearon, asaeteándola a pregun- tas. Pero el tumultuoso interrogatori o sería breve. Juan, abriéndose paso entre las galileas, reclamó a María y, haciendo oídos sordos a las airadas protestas, tiró de ella, prometiendo, eso sí, una próxima, pública y detalla- da narración de los sucesos. Y tozudo y autoritario dejó a la complaciente Señora con la palabra en los labios, adentrándose en la aldea.
Es curioso. Aunque lo comprendí, aunq ue era lógico y natural que María se perdiera en Nazaret, al encuentro de sus seres queridos, este explorador no pudo evitar una amarga sensación de… ¿cómo explicarlo? Quizá de desam- paro. A las «puertas» de la aldea, olvida do por el Zebedeo y por María, me vi asaltado por una punzante tristeza. Si, al menos, la mujer hubiera vu
elto el rostro y…
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Fue cuestión de segundos. Había que actuar. No podía permanecer frente a las casas y la fuente como una estatua. Y decidido a iniciar la siguiente fase de la misión interrogué a la chiquiller ía acerca de algún lugar donde alojar- me.
Al reparar en aquel extranjero largui rucho, varias de las matronas se unie- ron espontáneamente a la rueda de los zagales, brindándose, serviciales y encantadas, a acompañarme hasta la posada. Y entre risas, pícaros comen- tarios y descaradas preguntas sobre mi origen y profesión, las galile
as y los muchachos me dejaron a las puertas del albergue. Mis reiteradas inclinacio- nes de cabeza y sinceros agradecimien tos sólo contribuyeron a multiplicar las risas. Y rojo de vergüenza me aventuré en el túnel que, como en el caso de la «posada del tuerto», servía de a cceso al edificio. Un lugar, como era de esperar, en el que seria testigo de algún que otro «singular la
nce»…
Una de las ventajas de Nazaret, acorde con su configuración y humildes di- mensiones, era precisamente la no existencia de distancias. Desde la fuente a la posada que me sirvió de refugio y «cuartel general», durante los tres días de permanencia en el lugar, no habría más de cuarenta metros. Se lle- gaba a ella por el camino que se abría paso hacia el sur. Unos diez metros antes de alcanzar su esquina este, el sendero, disfrazado de pequeño
puen-
te de piedra, brincaba sobre un torre nte de mediano caudal procedente del flanco oeste del Nebi Sa’in y que, de spreocupado y transparente, saltaba, corría o se deslizaba, fiel a la falda s ur de dicho monte. Desde el puenteci- llo, el arroyo penetraba decidido en plena vega, surtiendo la cuidada red de acequias.
Pero, como iba diciendo, la posada - una de las escasas edificaciones de cierto relieve existente en el «extrarradio» de la aldea- guardaba
una ex- traordinaria semejanza con la que había tenido ocasión de visitar, y pade- cer, en la reciente marcha. Sus dimens iones eran notablemente inferiores, pero, en cuanto a su diseño general, patio a cielo abierto, habitaciones en el piso superior, taberna-comedor, etc., no aprecié diferencias dignas de men- ción. Los muros de piedra resaltaban sobre el resto de las construcciones por su descuidado y ceniciento revest imiento, antaño blanqueado y ahora roído por las lluvias y vientos.
A la hora tercia (las nueve de la mañana ) el corral interior aparecía desier- to. Mejor dicho, casi desierto. Bajo la galería porticada que rodeaba dicho patio, en el costado izquierdo (desde mi situación al final del túnel de acce- so al albergue), trajinaba un niño entre los cuatro troncos de árboles ahue- cados que hacían las veces de pesebr es. ¿Un niño? La impresión fue corre- gida al momento. Aunque la cabeza no sobresalía del perfil de los neg
ros lomos de los asnos allí- amarrados, el personaje no era exactamente un
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muchacho. Al descubrir mi presencia ab andonó el forraje y, sacudiendo las manos contra un embreado mandil que ca si rozaba el pavimento de ladrillo rojo, me salió al encuentro con una confiada sonrisa. Su menguada talla - apenas un metro-, la frente prominente , la nariz en «silla de montar», las piernas torcidas y una acusada lordosis o curvatura lumbar ponían de mani- fiesto en aquel individuo una forma de enanismo de extremidades cortas (posiblemente una acondroplasia: uno de los tipos de trastornos heredit
a- rios en los que anormalidades del crecimiento de hueso y cartílago originan el desarrollo inadecuado del esqueleto y, en definitiva, enanismo). Cami- nando a pequeños y cómicos saltos, no exentos del balanceo a izquierda y derecha, típico en las personas, que sufren esta malformación, fue a reunir- se con este perplejo explorador, id entificándose como «Heqet, posadero- jefe a mi servicio». Su recortado arameo me llamó la atención.
Correspondí
a la presentación, anunciándome como lo que supuestamente era: un co- merciante griego en vinos y maderas, de paso por Nazaret. Y al punto, en- terado de mi origen griego, olvidó el rudo idioma de la Galilea, hablándome en una koiné más inteligible. Y nuest ra primera conversación, como era obligado, se centró en la cuestión doméstica. «Naturalmente que disponía de una habitación para tan ilustre viajero. Pero -apostilló sin rodeos- el pa- go, como la buena educación, va si empre por delante. » Y extendiendo la corta y regordeta mano derecha solicit ó el medio denario (doce ases) de aquella primera noche. Satisfechas sus exigencias, mientras cruzábamos el corral en dirección a la escalera del ángu lo izquierdo, me recordó que, si lo deseaba, podía también alimentarme y alimentar mis caballerías.
-Los precios -mintió- son los más bajos de toda la comarca: pan y una me- dida de vino, un as; carne, dos ases; forraje, otros dos ases y un cargo a convenir por el uso del retrete.
Al ascender la veintena de peldaños recién baldeados me eché a temblar. Las condiciones sanitarias eran deplor ables. Por supuesto que evitaría el excusado o «lugar secreto»…
A pesar del natrón restregado en las escaleras y sobre las desvencijadas tablas que formaban el piso de la gale ría, el tufo procedente de la planta baja se había adueñado de muros y enseres. Y durante mi estancia en la posada, aquella peste a orines y excrem entos de caballerías, a forraje y a local húmedo y deficientemente vent ilado terminaría por adherirse a mis ropas y piel, provocando algún que otro mal gesto entre las gentes co
n las que tuve que relacionarme.
Heqet, que resultó un emigrado egipcio cuyo nombre -«la rana»- le había
sido impuesto por los mordaces lugare ños a causa de su extravagante ca- minar señaló las esteras de paja y los edredones de lana que colgaban en la barandilla, preguntando si deseaba alquilar la «cama». Imaginando -lo peor
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los inspeccioné con detenimiento. El tinte escarlata y violáceo se hallaba devorado por una mugre de difícil iden tificación. En cuanto al relleno -una paja espinosa y corrompida-, mejor no entrar en detalles. Entre los desco- sidos pululaban las más variadas y poco recomendables «cuadrillas» de hemípteros…
Renuncié, naturalmente, alegando que mi ropón bastaba y sobraba pa
ra tan natural necesidad. El posadero no se rindió. Y dispuesto a sacar el máximo provecho del nuevo inquilino fue enumer ándome «otros servicios» propios del albergue, igualmente a disposición de los «honorables .clientes». A sa- ber: «una burrita con la que calentar la cama» (dos ases por noche), «ins- pección y cura de los animales de carg a» (precio a convenir), «servicio de guía y protección armada, si mi trabajo requería viajar por la comarca» (un denario-día para el conductor e idéntica tarifa para cada hombre de la es- colta), «aprovisionamiento» (también a convenir) y, en fin, hasta «mapas de los caminos y parajes de la baja Galile a» (a razón de seis sestercios el ejemplar). Esta última «oferta», por razones que el enano egipcio no podía sospechar, sí fue de mi interés. Y «el rana», complacido, quedó en mos- trarme el valioso «género» en cuanto regresáramos a la planta baja.
Aparentó dudar. Recorrió las siete estrechas y negruzcas puertas q
ue se alineaban en uno de los flancos pero, con su habitual teatralidad, me hizo ver que «aquéllas no eran celdas dignas de un hombre ilustrado». Mis tem- blores arreciaron. ¿En qué clase de «cueva» había acertad
o a caer?
Y brincando sobre las crujientes y de sarmadas traviesas fue a detenerse frente a una habitación situada al oeste del edificio. Buscó bajo el grasiento mandil y con una risita nerviosa me mostró una de aquellas aparatosas lla- ves, en ángulo recto, con pomo esfé rico de madera y cinco largos dientes en el extremo de hierro. El cinismo y falsedad del posadero no conocían lí- mites. Si cada una de las veintiocho habitaciones de la posada se abría con su propia llave, y si el egipcio sólo cargaba en su ceñidor la que ahora me enseñaba, ¿a qué tanta duda y miramiento? Debía permanecer muy atento; en especial. con la bolsa de los dineros…
La cerradura, pintada en ocre por el óx ido, gimió a cada intento. Por fin, con el concurso de un puntapié, la hoja se abrió, rechinando sobre unos goznes ligeramente dormidos. Y dob lándose en una exagerada reverencia me cedió el paso. Dos angostos venta nucos de veinte centímetros y poco más de un metro de altura dejaban pasar la claridad de la mañana,
sufi- ciente para iluminar una apestosa y desconchada celda de dos metros de lado. Creí morir. En las paredes, en tre las junturas de las piedras y en un enlucido mohoso y descascarillado habitaban los auténticos y permanen
tes «huéspedes» de la posada: chinches ro jizos de cuerpos aplastados y elípti- cos, grandes como lentejas. El «m obiliario», acorde con la húmeda estan-
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cia, consistía en una jofaina de ba rro, ahora vacía y animada por una in- quieta familia de cucarachas que, obviamente, veía en peligro sus dom
inios. Un jarrón de bronce -único «lujo» de la «covacha»- completaba el ajuar que, se suponía, debía servirme para el cotidiano aseo. Junto a la puerta, en una hornacina verdosa, descansaba una lucerna de arcilla con el asa en forma de serpiente (la diosa egipcia Meret-Seger, protectora, como la ser- piente de bronce de Moisés, contra toda suerte de ofidios) que prestaba su polvoriento contorno al anclaje de varias y cruzadas telas de araña.
Creí más prudente guardar silencio y no protestar por el estado de la celda. Mi trabajo, a fin de cuentas, demandaba otros escenarios.
Y dando por hecho que la habitación «era de mi agrado», el posadero cerró la puerta, dejándome solo. Y quien esto escribe, con la pesada llave
de treinta centímetros en la mano, sólo acertó a asomar la nariz por las as- fixiantes «troneras», en un dudoso af án de respirar un aire menos viciado y, al mismo tiempo, tratando de ubicar la posición del cuarto respecto al ex- terior y al propio albergue. Ante mí, aparecieron las colinas que cercaban Nazaret por el oeste y, al fondo, la cinta blanca del camino a Jafa. La aldea, a la derecha del ventanuco practicado frente a la puerta, apenas era visible. El «regalo» que me había tocado en suerte ocupaba el ángulo occidental del edificio. A los pies del muro, a unos cinco metros, arrancaba una plantación de olivos.
Y abrumado por la suciedad y estrechez del habitáculo ordené las i
deas con
más prisas que eficacia. Aquella parte de la misión, como establecía el pro- grama, consistía en la recogida, in situ, de un máximo de datos co
n los que armar los «años ocultos» de Jesús. La verdad es que lo ignorábamos casi todo sobre el particular. ¿Cuánto tiem po permaneció el Nazareno en la al- dea? ¿A qué dedicó esos años? ¿Cuále s fueron sus relaciones con los habi- tantes del poblado? ¿En qué momento supo de su naturaleza divina? ¿Llegó a gestar algún plan? ¿Por qué abandonó aquellos parajes? Los interrogantes eran tantos y el tiempo tan menguado que, ganado por la impaciencia, de- cidí actuar de inmediato aunque extr emando la prudencia. El deterioro de las relaciones con el Zebedeo me preocupaba.
Y muy a mi pesar, consciente de que la celda podía ser abierta de una pa- tada, tuve que renunciar a cargar con el saco de viaje. Las sandalias de re- puesto y la docena de fármacos camu flada en sendas ampolletas de arcilla podían resultar apetecibles para cualq uier ladrón. Me encogí de hombros y dejando el asunto en manos de la Providencia me dirigí a la puerta. Al abrir- la reparé en unos graffiti, grabados a cuchillo sobre la madera y que, a buen seguro, eran obra de clientes descontentos. En griego y arameo podía leerse: «Al fuego con el enano», «Cam inante: no te fíes de la morena», «Heqet: andares de rana y corazón de víbora»…
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Lo tendría presente. Y después de tres o cuatro intentos, un chasquido me hizo suponer que la puerta había quedado cerrada. Y sin prisas, husme
ando cada rincón, descendí al solitario corral. Tan sólo el patear de uno de los asnos contra el pavimento quebraba el silencio del lugar. Mi propósito era simple: antes de atacar la investigac ión propiamente dicha -que debía fun- darse en las conversaciones con Mar ía y demás parientes y conocidos del Maestro recorrería Nazaret, familiarizán dome con sus perfiles físicos. Mas, he aquí que cuando cruzaba el rojo enlosado de ladrillo, la voz del posadero me reclamó desde el umbral de una de las puertas. No me dio tiempo a de- clinar la invitación. Para cuando quise excusarme, «el rana» había regresa- do al interior. Contrariado pasé de nue vo por delante del pozo central, de- teniéndome frente a la oscuridad. Me encontraba, como en el albergue del «tuerto», ante la pieza principal del edificio: una taberna-comedor y, según comprobaría esa misma noche, por si las circunstancias así lo pintaban, centro de reunión de cuantos precisaban que se les escribiera una carta, se les «recetara» un remedio para el ganado o se les extrajera una mu
ela.
Heqet, a la derecha de la sala rectangular y parapetado en uno de aquell
os singulares «mostradores» de campanudas ánforas de piedra, señaló uno de los orificios abierto en la plancha de mármol que las cubría, invitándome a probar un néctar llegado desde el mism ísimo delta del Nilo. Ante mi asom- bro, el enano descollaba medio cuerpo por encima de los recipientes. Al
aproximarme descubrí el truco: un banco le aupaba, permitiéndole el acce- so a las altas vasijas. Una pobre ilu minación, consecuencia de la falta de clientes, perfilaba las brillantes y sebosas siluetas de tres largas mesas. El muro a espaldas del «mostrador» pres entaba una docena de nichos, reple- tos de papiros enrollados, cajas de ma dera de múltiples tamaños, espejos de pulidos «cristales» de bronce y una maraña de artículos, confundida en la oscuridad de las hornacinas, que co nstituían parte del negocio del egip- cio. Mojé los labios en el dulce y espeso vino -«cortesía de la casa»- y el in- cansable posadero trepó hasta una de las alacenas, saltando a tierra con un manojo de rollos. Descolgó una de las lámparas de aceite y, abriéndolos, la paseó codicioso a un palmo de los rústicos mapas. Me asomé intrigado,
comprobando que, en efecto, tal y co mo había anunciado el dueño, se tra- taba de una serie de dibujos y anot aciones manuscritas, sin la menor con- cepción de las proporciones y de las escalas, que recordaba -eso sí- la dis- tribución de las principales ciudades y aldeas de la Galilea, así
como las tra- yectorias aproximadas de los caminos, posadas de relieve (incluida la d
el «rana»), pozos o fuentes, gargantas y atajos e, incluso, los parajes peligro- sos, bien por el riesgo de asalto, por la presencia de fieras o por el asenta- miento de colonias de leprosos. Al cotejarlos observé que las diferencias eran mínimas. En realidad, estas «guías» parecían copiadas de un primige-
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nio original, aportando -de acuerdo con la posada donde se expendían-
el nombre, la ubicación y las «excelencias» (precios incluidos) del albergue en cuestión. En uño de estos mapas «turíst icos», para «viajeros con dinero», en trazos infantiles había sido pintada la casa de Heqet (más des
tacada in- cluso que Nazaret), con una anotación a pie de mapa que me puso sobr
e aviso. Rezaba así: «Swnw (médico laico en egipcio), ilustre hijo de Athotis.» El embuste no podía ser más flagrante. El tal Athotis, entre otras cosas, era un soberano de la Primera Dinastía. Eso representaba una antigüeda
d aproximada de 3000 años… De todas fo rmas, como «publicidad», el recla- mo resultaba inmejorable. Aboné los seis sestercios, adquiriendo el rollo en el que se avisaba de la «especialidad» del «rana». Pura diplomacia… Y el posadero, tras contar y verificar con sus dientes la bondad de las monedas, se dio por cumplido. Y emocionado me entregué a la aventura llamada «Na- zaret»…
Fue sencillo. Y también agradable. Y en determinados momentos, decepcio- nante. Pero, por encima de todo, aquella primera gira de inspección resultó emotiva. La frialdad de nuestro entrenamiento no pudo con la imaginación. Recorrer la aldea era «ver, escuchar y sentir» a un Jesús adolescente. A un Jesús artesano. A un Jesús adulto, departiendo en la fuente. A un
Jesús vi- vo y apacible, a las puertas de las casas…
Con una hora fue suficiente.
Poco más o menos a las diez de la maña na cruzaba de nuevo el puentecillo con parapetos de piedra, saliendo al encuentro del vértice del triángulo isósceles que formaba Nazaret. Por allí arrancó mi paseo. La animación en la fuente cubierta había decrecido. J unto a dos o tres campesinos rezaga- dos, más atentos a los chismes que al llenado de los odres, la chiquillería seguía haciendo de las suyas, chapot eando y jugando «a barcos» con las extraviadas sandalias de hierba y paja prensadas de alguno de los adultos. Ninguno habría cumplido más allá de los seis o siete años. V
estían túnicas cortas, oscurecidas por el agua y pegadas a unos cuerpos no demasiado bien nutridos. Como en el resto de las poblaciones que había visitado, las familias tenían buen cuidado de rapar sus cráneos, aliviando así las plagas de piojos y demás parásitos que asolab an a la sociedad judía. Varios pe- queños -más adelante ampliaría esta observación con numerosos adultos- se diferenciaban del resto por sus ca bellos rubios o rojizos, sus ojos celes- tes y una tez blanca que, a pesar de los churretones, clareaba los semblan- tes. Ni ellos mismos conocían el orig en de esta lámina casi «céltica». Muy posiblemente habría que remontarse al tiempo de los amorritas, siglos atrás, para justificar este claro alejamiento del fenotipo hebreo, de cabellos, ojos y piel más próximos a la noche que al día.
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Recordando la eficacia del joven Juan Marcos en la Ciudad Santa, a punto estuve de solicitar el auxilio, como guía, de alguno de los mozalbetes. Pero, no deseando despertar tempranos contratiempos, elegí caminar en solit
ario.
Aquella esquina de Nazaret -en el enc lave más próximo a los caminos- ve- nía a ser, forzando la imagen, el cent ro industrial del poblado. Abriéndose en V y escalando la ladera se alineaban entre ocho y diez talleres, habilita- dos en casas de piedra de una sola planta y encalados con peor gusto que
el resto de la aldea. De muy distintas dimensiones aparecían -según la. cos- tumbre- con las puertas de par en par. Y bien en el umbral, sentados al ti- bio sol de la mañana, o confundidos en la penumbra del interior, carpinte- ros, tejedores, toneleros y entintador es se afanaban en sus menesteres, canturreando los unos, en silencio la mayoría o en interminables parloteos los otros. Sobre la desnuda tierra, al pie de los muros o colgados de las fa- chadas, se exhibían al público las pi ezas ya terminadas: mesas, bancos, camas y arcones de todos los calibres, formas y precios; yugos primorosa- mente curvados y equilibrados; lanzas de tiro y ruedas para los carruajes; aguijones y mangos de arados; puerta s y marcos para ventanas; huchas y artesas para las amas de casa; archivadores para los escribas; sólidas vigas destinadas a la sujeción de las tena zas que coronaban las viviendas y los propios talleres y almacenes; túnicas y mantos de vivos colores, en lana y lino, chorreando aún el azul, el escarlata o el verde de los tintes;
camisas de niño delicadamente tejidas; bolsas de cuero; cestas de mimbre, alfom- bras y esteras trenzadas en espiral; toneles de diferentes bocas y cubas embreadas para el transporte y almacenam iento de vino o frutos y, en fin, una interminable secuencia de platos, escudillas, cucharas y recipientes de madera.
La excepción entre los artesanos, siempre varones, la constituían los opera- rios de los telares. Todos eran mujeres. Las jóvenes, sentadas en el suelo, estiraban la lana, extrayéndola de gran des cestos circulares de mimbre. Otras, igualmente jóvenes, hilaban en pie, valiéndose de ruecas y husos. Sólo las ancianas tenían a su cargo la comprometida labor de tejer en los primitivos telares verticales.
Y aunque ardía en deseos, de entab lar conversación con aquellas gentes comprendí que no debía alterar lo pr ogramado por Caballo de Troya. Así que, adentrándome entre las casas, elegí lo que parecía una «calle» y que, a partir de este recorrido inicial, ser ía bautizada por este explorador como la calle «sur». Nazaret carecía de calzadas propiamente dichas.
Las veinte o
treinta casas que daban cuerpo a la ald ea, como creo haber insinuado, for- maban un caótico laberinto de callejone s y espacios más o menos abiertos que, en la mayoría de los casos, no conducían a ninguna parte. Pues bien, en un alarde de generosidad, podríam os decir que el humilde núcleo urba-
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no, por puro azar, se hallaba atravesa do por dos «vías» o «calles». Una, la que yo había tomado, discurría paralela al lado sur del ya referido «triángu- lo isósceles». La otra, partiendo del vértice, se escalonaba por el norte. Y en medio, el «corazón» del pueblo: un amasijo de casitas blancas, de estructu- ras cuadrangulares o cúbicas, con toscas paredes de piedra calcárea de tres a cinco palmos de espesor y tejados p lanos de madera cubiertos de tierra batida. A dichas azoteas se llegaba me rced a sendas escaleras exteriores, construidas a base de gruesos tronco s o vigas empotrados en los muros. Muchas aparecían protegidas por una rudimentaria barandilla, tambié
n de madera. Desde las «puertas» al límite del poblado, cada palmo era una pe- nosa conquista a la colina. En poco más de 150 metros -longitud máxima de Nazaret-, el perfil de la ladera pasaba de los 400 metros en el lugar de la fuente a los 450. Ello había forzado a los vecinos al levantamiento de conti- nuos terraplenes, parapetos y muros de contención que hacían inú
til cual-
quier intento de trazado urbano. Para colmo, la pavimentación brillaba por su ausencia. Las «calles», patios y callejones se hallaban alfombr
ados de
una incómoda mezcla de tierra, cascotes, restos de vasijas rotas y ladrillos de barro desintegrados. En época de lluvias, semejante desastre tenía que constituir un serio problema para la in tegridad de las viviendas y de los propios habitantes. De hecho, la casi totalidad de las casas presentaba en las puertas un alto peldaño de piedra, dispuesto para evitar que las torren- teras que podían surgir de lo alto del Nebi inundaran los hogares. Tan sólo en las dos «vías» que he dado en calif icar de «importantes» habían sido dispuestas sendas canalizaciones, co nsistentes en una zanja central de quince centímetros de profundidad po r treinta o cuarenta de anchura, se- gún los lugares.
Al principio, en mi proverbial torpeza, perdido una y otra vez entre los es- trechos patios y pasadizos, me vi en la necesidad de retroceder, sorteando los cajones de madera que hacían las veces de improvisados fogones y a las mujeres y ancianos que vigilaban los guisotes. Ninguno protestó por la irre- verente invasión de sus dominios. En realidad, aunque cada propiedad de- bía hallarse perfectamente delimitada, la aldea, como ya mencioné, era un todo sin muros ni barreras. La proximidad de las casas era tal que en infini- dad de lugares, dos hombres tenían dificultades a la hora de pasar uno jun- to al otro. Algunas mujeres, aprovechando el frescor de la mañana, baldea- ban a las puertas de las viviendas, a rrojando el agua con las manos desde grandes tinajas depositadas en tierra. En otros rincones, sin embargo, las basuras y el lodo formaban grandes y apestosos montones, cubiertos de moscas y de asustadizos gatos negros y atigrados.
Con la permanente visión del Nebi co mo referencia fui ascendiendo por las rampas y escalones de ladrillo cocido, espiado por las curiosas miradas de
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las matronas y de los niños. Numero sos callejones se hallaban sombreados por tejadillos de cañizos que volaban de terraza en terraza y, en ocasiones, por los sarmentosos brazos de tupida s parras que daban vida a los ciegos muros, la mayoría sin ventanas. Uno de los aspectos que más gratamente me impresionó de tan humildísima aldea fueron las flores. No había casa que no las tuviera. Alineadas a uno y otro lado de las puertas, llenando
pa- tios o trepando fachadas florecían la me nta, el jazmín, las enredaderas, los rojos tulipanes de montaña, los narcisos de mar y una pulsante «paleta» de blancas, escarlatas, amarillas y violet as anémonas, ranúnculos y rosas. La fragancia y el colorido de aquellos mi núsculos jardines hacían olvidar en parte la suciedad y el abandono de mu chos de los recovecos del poblado. Sólo así, experimentando in situ la pequeñez y la modesta condición del lu- gar, empecé a comprender la fundada frase de Bartolomé: «¿Es que de Na- zaret puede salir algo bueno?» En aque l tiempo, no podemos olvidarlo, Ca- ná, muy próxima a la aldea de Jesús, ostentaba el rango y la condición de «ciudad notable», considerablemente más populosa, rica y «civilizada» que aquel perdido puñado de casas, agaz apadas en una no menos remota coli- na. Si Caná podía reunir alrededor de dos millares de habitantes,
Nazaret,
en cambio, apenas sumaba medio centenar escaso de familias, con un con- tingente aproximado de trescientas a trescientas cincuenta almas. Eso er
a todo. En este marco -con sus ventajas e inconvenientes- creció y despertó a la vida el Hijo del Hombre. Al términ o de su mal llamada «vida oculta», los inconvenientes eclipsaron las ventajas y, como fue apuntado, Jesús se vio en la necesidad de alejarse de aquel entrañable y difícil grupo hu
mano.
En la parte alta del pueblo, aunque míni mas, se apreciaban ciertas diferen- cias respecto a la zona baja. Las casas, igualmente cúbicas y plateadas por la cal, eran en su mayoría de const rucción reciente. Disponían de patios más desahogados, cercados por murete s de piedra de un metro de altura en los que se distinguían enormes án foras, pilas de leña y cupuliformes hornos de ladrillo, alisados en el interi or por una capa de arcilla. Algunos, en plena cocción del pan, flameaban por sus estrechas bocas, arrojando al cielo azul intermitentes bocanadas de humo blanco. Incluso la pavimenta-
ción parecía más cuidada. La tierra de patios y callejones había sido doble- gada con reducidos guijarros de torre ntera, recibidos con un mortero de dudosa calidad. Quizá por su proximidad al campo y al arroyo que se preci- pitaba desde la ladera oeste del Nebi, en dirección al puentecillo ce
rcano a la posada, aquel extremo de Nazaret er a uno de los parajes favoritos de la gente menuda. Cuando una madre o el cabeza de familia precisaban los servicios de alguno de sus hijos lo habitual era buscarlos en la fuente
o en las afueras de la aldea, en la referida zona norte. Dicho «extrarradio», con- quistado también por un mosaico de huertos, reunía además un al
iciente
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especial, que descubriría a lo largo de mi estancia en la aldea y que, duran- te años, excitó la fecunda imaginación del Jesús niño: un pequeño taller de alfarería, a orillas del citado torrente. El anciano propietario, un tal Nathan, ya fallecido, había hecho las delicias de toda una generación de adolescen- tes. Ahora, sus hijos, tan pacientes y bondadosos como el viejo alfarero, seguían facilitando trozos de barro co n los que moldear sueños y jugar a «construir ciudades». Al abrigo de la colina o de los muros, bajo la distante y adormilada vigilancia de engordados gatos, las niñas formaban grupos aparte, jugando chillonas con unas enor mes muñecas de barro o trapo. Al- gunos de estos juguetes presentaban br azos y piernas articulados. Y otros, los más lujosos y codiciados, disponían de agujeros en la cabeza por los que asomaban cordeles conectados con las extremidades, de forma que podían imitar el caminar de los humanos. Aunq ue había visto jugar a los niños de Jerusalén, Betania, Nahum y Saidan, la especial e intensa alegría de la cre- cida prole de Nazaret no tenía igual. No supe de momento malo para ejerci- tar su desbordada fantasía. Los vi correr, saltar y trepar toda suerte de mu- ros, apedreando a la nutrida población de gatos -no sé si más n
umerosa que la de los propios vecinos- o colu mpiándose entre los añosos olivares. Disponían de aros de madera, rústicas peonzas con un clavo en el extremo, caballos de arcilla provistos de ruedas y pelotas de trapo que golpeaban ex- clusivamente con las manos, al estilo de los actuales juegos de «cincos».
Un senderillo atravesaba el cinturón de huertos, alejándose pendiente arri- ba, al encuentro de la cima. El monte, a partir de esta menguada y verde frontera, se mostraba áspero, rocoso y poco amigo de dominaciones. Pensé trepar hasta la cumbre. Pero desistí, limitándome a activar los cu
atro cana- les de filmación simultánea alojados en la «vara de Moisés» y que, como en las visitas a los anteriores núcleos humanos, tenían la misión de regis- trar paisajes, escenas y personajes previamente seleccionados por Caballo de Troya.
Y alrededor de la hora «quinta» (las once de la mañana), siempre con la re- ferencia del Nebi a mi espalda, alcancé el extremo norte de la aldea inician- do el descenso por el lado septentrio nal del «triángulo». Una segunda «ca- lle» -que recibiría el nombre de «norte»- zigzagueaba entre las casas, inte- rrumpida a cada paso por los mencionados taludes y murallones de roca. A corta distancia de las viviendas ubicadas en esta zona, burlando la pend
ien-
te, corría una ancha canalización de piedra, cerrada con ladrillo, que arran- caba en lo alto del flanco norte del monte, transportando el agua potable hasta la fuente situada a las «puertas» del poblado. En total, según mis es- timaciones, alrededor de trescientos metros de acueducto. Todo un prodigio de «ingeniería» para tan «insignificante lugar». (En la Nazaret de hoy cabe la posibilidad de «adivinar» el primitivo recorrido de la torrente
ra y de la
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canalización, siguiendo el trazado de las calles que desembocan en el lugar denominado Mensa Christi y en los zocos, respectivamente.)
Otro detalle que no olvido -del que sería consciente al descender a la «ciu- dad subterránea»- fue la ausencia de entradas a las grutas en las «calles» y callejones. Las bocas de las decenas de silos y cisternas quedaban ocult
as en las viviendas. La única forma de acceder a ellas era a través de las habi- taciones y patios de las casas. Como veremos más adelante, no es cierto que la población de Nazaret viviera ex clusivamente en grutas, como pre- tenden algunos arqueólogos y antropólogos. Las construcciones en superfi- cie, aunque elementales, eran el hábi tat básico. El subsuelo jugaba un pa- pel importante pero complementario, destinado a bodegas y despensas.
La localización del hogar de María resultó sencilla. En un estrechamiento de la «calle norte» fui a coincidir con un asno que cargaba una pesada cuba de agua. El cuadrúpedo, escaso de modales, a punto estuvo de atropellarm
e. Detrás, jadeando a causa de la empinada cuesta y del enorme cesto repleto de hortalizas que soportaba sobre su s espaldas, apareció un anciano tan encorvado que sus blancas barbas casi rozaban las rodillas. Una correa de tela en las sienes hacía más llevadero el transporte del cargament
o. Al in-
terrogarle sobre el paradero de la Seño ra se detuvo unos instantes. Y sin alzar la vista, con el rostro pegado al suelo y malhumorado por la inoportu- na detención, preguntó a su vez:
¿María?…, ¿cuál de ellas?
La observación, correctísima, me dejó perplejo. En Nazaret, como en todo Israel, el nombre de María era común. Al referirme a Jesús, su
hijo, el cam- pesino, como si dialogara con las piedras del camino, insistió con cr
ecida impaciencia:
-Jesús?…, ¿cuál de ellos? - Atónito, necesité unos segundos para encontrar el término adecuado:
-…El Maestro…, el Resucitado.
-Aquí, hijo mío -se burló el galileo mirándome las sandalias-, el único que resucita es el sol… Pero supongo que te refieres a ese loco…, el de María, «la de las palomas». No tiene pérdida. Otros locos como él entorpecen el camino ahí abajo…, a veinte pasos.
Debí sospecharlo. En Nazaret no todos habían entendido al Maestro.
Para muchos, la revolucionaria filosofía de hermandad entre los hombres -hijos de un Dios-Padre y, sobre todo, la cruc ifixión, destino inexorable de asesi- nos, blasfemos y maleantes, habían manchado el buen nombre de la alde
a. Semejante estado de cosas -ignorado también por los textos evangélicos- no me escandalizó. Bastaba con mirar a los íntimos, a los familiares y a la propia madre terrenal del rabí. ¿Quién de ellos tenía las ideas claras respec- to al especialísimo mensaje de Jesús? En consecuencia, ¿por qué extrañarse
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de la negativa reacción de unos convencidos que le habían visto crecer? ¿O es que alguna vez hubo profeta en su tierra?
Uno de los datos deslizados en la conversación con el viejo resultó
nuevo para mí. En Nazaret, María recibía un sobrenombre: «la de las palomas». Pronto averiguaría por qué.
Al salir de la embocadura, la «calle» se ensanchó hasta los cuatro metros. Allí, en efecto, se concentraba una tr eintena de individuos, sentados en la rampa de tierra, en pie o recostados perezosamente contra los muros que cerraban la calzada. En su mayoría, mujeres movidas por la novedad, an- cianos desocupados y niños lloriqueantes y distraídos. Todos tenían la aten- ción puesta en una de las esquinas de la vivienda de mi izquierda. Al aproximarme descubrí al Zebedeo, acomodado en los primeros peldaños de la escalera exterior que conducía al terrado. En una encendida alocución na- rraba a los boquiabiertos vecinos las recientes apariciones del Maestro en Jerusalén. Si me fiaba de la incredulid ad pintada en los rostros de los más viejos, el discurso no parecía discurrir por buen camino…
En lo alto, a unos cuatro metros, sobre el antepecho que cerraba la azot
ea
aleteaban, picoteaban la piedra y se re movían inquietas seis o siete palo- mas duendas y silvestres, de plumaje apizarrado y cuellos verde bronce. Mi corazón se agitó. Aquella casa de la iz quierda tenía que ser el hogar de la Señora…
Como el resto de la aldea, sus muros de piedra, escrupulosamente encala-
dos, carecían de ventanas. Sólo una puerta, más bien baja, abría los sesen- ta centímetros de espesor de la fachada. En una primera estimación deduje que el lugar en el que supuestamente había habitado el Hijo del Hombre se alzaba a cosa de ochenta metros de las «puertas» de Nazaret. Es decir, en el barrio bajo: el más antiguo y descu idado. Y me dispuse para el gran momento.
Confuso, sin saber qué partido tomar, observé a los que escuchaban
. María no se hallaba entre ellos. Las mujere s que le habían acompañado desde la fuente sí permanecían sentadas muy cerca de la puerta.
¿Qué debía hacer? ¿Entraba? ¿Aguardaba a que Juan concluyera? La situa- ción resultaba comprometida. Dadas las tensas relaciones no podía
esperar demasiadas facilidades por parte del «hijo del trueno». Así que
, aun a ries- go de cometer una nueva torpeza, opté por penetrar en la casa. Y silenciosa y cautelosamente, pegado al muro y pr ocurando no desviar la atención de los allí congregados, fui ganando los po cos metros que me separaban de la jamba derecha. Es posible que el Ze bedeo, desde la esquina y entusiasma- do con la proclama, no llegara a verme. Me descalcé y do-’
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mi humanidad asomé la cabeza, entonando un asustado «la paz sea co
n los de esta casa». Sinceramente, no dist inguí gran cosa. Una voz familiar me reclamó desde la penumbra. Volví a dudar. Pero la Señora, que sabía de mi timidez, insistió con seguridad.
Y mis pies salvaron el alto peldaño de piedra de la puerta, posándose sobre la cálida sequedad de una estera. En el centro de la estancia, medianamen- te clareada por la luz del exterior, se agrupaban varias personas, senta
das en las alfombras de paja que cubrían el piso. Necesité unos minuto
s para recomponer las siluetas. Aquella servidumbre de las casas judías -su perpe- tua tenebrosidad- fue algo a lo que no logré hacerme. María, percatándose de mi «ceguera», acudió presta a uno de los rincones. Atrapó una brasa del hogar que chisporroteaba en el ángu lo izquierdo (tomaré siempre como punto de referencia la puerta de entr ada), prendiendo un par de lucernas. La nueva luz vino en mi auxilio. Y este aturdido y nervioso explorador pudo contemplar, por primera vez, lo que, en efecto, había sido comedor, dormi- torio y sala principal del hogar del Maestro desde su más lejana infa
ncia.
María cruzó sonriente ante mí. Y tras colgar una de las lámparas en el muro de la derecha, se unió a los dos hombres y a las tres mujeres que le acom- pañaban, depositando el segundo candil sobre una «mesa» de piedra de un metro de diámetro y veinte centímetro s de altura que, a primera vista, me recordó una muela de molino. De entr e los presentes sólo reconocí a San- tiago, el segundo hijo de María. :Los demás, también jóvenes, parecían pa- rientes. Prudentemente continué de pie, en silencio, respetuoso con la con- versación que llevaban entre manos. Al parecer -manifestó el hombre que se sentaba al lado de Santiago-, el ambi ente en Nazaret se había enrareci- do. No era lugar seguro para los simp atizantes y parientes del Maestro y, mucho menos, para la madre del Resucitado.
¡Torpe de mí! Excitado ante la quizá irrepetible oportunidad de contemplar el hogar del Galileo apenas presté at ención a la premonitoria información del desconocido: un judío, íntimo de Jesús, que vendría a proporcionarme interesantes y muy secretas páginas sobre aquellos lejanos años de la ado- lescencia y de la juventud. Y durante algunos minutos, ajeno a la trama de la charla, me enfrasqué en una minucio sa inspección de cuanto me rodea- ba.
De no haber sido por lo que representaba, la sala en cuestión hubiera pasa- do desapercibida. Su distribución, e scasos enseres, iluminación, todo era similar a lo ya visto en otras humildes viviendas de Palestina. De acuerdo con la costumbre en los pueblos agrícolas, la pieza –de unos cuatro metros de lado- aparecía repartida en dos zonas bien diferenciadas. En la mitad iz- quierda, el nivel del suelo se hallaba elevado algo más de ochenta centíme- tros, formando una plataforma de obra. Esta elevación, como digo, ocupaba
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la mitad del habitáculo y era destinada a cocina y dormitorio. En su
ángulo izquierdo, el albañil -muy probablement e el fallecido José- se había esme- rado en la construcción de un fogón de ladrillo refractario de unos cuarenta centímetros de altura que cerraba la mencionada esquina. Los «fuegos» consistían en una plancha de hierro triangular, sólidamente empotrada en los muros, que descansaba sobre el cierre de fábrica. La leña era introduci- da y avivada por una abertura estrecha y rectangular practicada al pie de la pared de ladrillo. En invierno, la chap a de metal al rojo aliviaba los rigores del frío. Los humos eran expulsados mediante una chimenea, triangular como el fogón, que subía por la conflu encia de las paredes, perforando el techo. Teniendo en cuenta que en la mayoría de los modestos hogares judí- os los gases y humos resultantes de la combustión escapaban por donde podían, el tiro de la casa de María sí podía estimarse como
un «lujo».
En el extremo opuesto descansaba una arca de madera en la que, también según la costumbre, solía guardarse la ropa e, incluso, las provisiones. En esa misma pared, a media altura, se alin eaban cuatro nichos de fondos re- dondeados por la cal, repletos de vasijas, ánforas, platos de arcilla y made- ra y otros útiles de cocina. Y en el muro lateral -entre el fogón y- el arcón- colgaban los edredones que servían de cama. En general, a la hora de dor- mir, los ocupantes de estas casas se tumbaban con los pies en direcció
n al
fuego. Ello explica la cita del evangelista Lucas. Levantarse en plena noche, molestando y pisoteando a la familia no era grato. En cuanto al porqué de la plataforma, la razón era básicamente sanitaria. El nivel inferior solía habilitarse para los animales: cabras, gallinas, asnos, vacas, etc. Era lógico, por tanto, que la mayoría de los campesinos eligiera dormir, cocinar
y ‘ali- mentarse «a cierta distancia» del siempre sucio y maloliente ganad
o.
Al acomodarme a la penumbra las obse rvaciones se afilaron. Las paredes, todas, se hallaban revocadas con yeso y pulcramente blanqueadas. Cuatro escalones, en el centro de la plataforma, aliviaban el acceso en una y o
tra dirección.
En el tabique que cerraba la estanc ia por mi derecha, muy próximo a la puerta principal se abría otro hueco, sin hoja, que conducía, al parecer, a una segunda sala. Pero las tinieblas en dicho lugar eran tan cerradas que no pude apreciar un solo detalle.
Al fondo de este muro, en la esquina derecha, se apretaban tres ánforas de piedra. Una de ellas, de grueso vientre, sólidamente anclada en el pavimen- to y cubierta con una tapa de madera, había protagonizado una célebre his- toria…
La techumbre no podía ser más rudimentaria. Gruesas y «calafateadas» vi- gas de sicomoro (resistente a los gusa nos) volaban del muro de la fachada al opuesto, entrecruzándose en ángulo recto con un maderamen más livia-
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no. Sobre esta base se habían dispuesto capas alternas de hojarasca, tierra y arcilla apisonada. En una de mis visitas al terrado pude examinar el rodillo de piedra de sesenta centímetros que servía para afirmar la superficie des- pués de las lluvias. Durante los invie rnos la fragilidad de los tejados casti- gaba a los moradores a un ingrato y malsano goteo de agua y tierra. El hogar de Jesús, a pesar de las expertas manos de su padre terrenal, con- tratista de obras, no se vio libre de semejante condena.
-Jasón, amigo, acomódate. Y por favor, cálzate. Estas alfombras no son un lujo.
La acogedora invitación de la Señora vino a sacarme de tan prosaicos cálcu- los y cavilaciones. Y como uno más fui a integrarme en torno a la mes
a de
piedra. Una muela, efectivamente, mudo testigo de otro acontecimiento his- tórico: la famosa «anunciación» del ángel a María.
Digamos que, a su manera, Santiago -con quien había sostenido ya larg
as.
conversaciones- me presentó al hombre y a las tres mujeres que compartí- an el animado parlamento. Los rostros de dos de ellas me resultaron fami- liares. Sin embargo, aturdido por el sinf ín de personas que, directa o indi- rectamente, había tenido ocasión de conocer durante el primer y se
gundo «saltos», no terminé de identificarlas hasta que el ahora hijo mayor de Ma- ría se refirió a ellas como «sus herman as». Dos, en efecto, lo eran: Miriam y, Ruth. La tercera -Esta-, a quien conocí en aquellos momentos, era la es- posa de Santiago. Miriam, que lucía los mismos rasgos angulosos y los ojos verde hierba de su madre, había na cido la noche del 11 de julio del año «menos dos». Se hallaba casada con el enigmático hombre que me obser- vaba en silencio: un tal Jacobo, vestido con el tradicional tsitsit de amplias franjas verticales rojas y negras. Su aspecto celta, en especial sus lim
pios ojos azules, me llamaron la atención desde un primer momento. No deja
ba de mirarme. Al principio con un fondo de recelo. Después, al escuchar de labios de su cuñado «mi elogioso proceder en las amargas horas de la cruci- fixión», con gratitud. Aquel personaje, como tantos otros, tenía mucho que decir respecto a los «años ocultos» del Maestro. Hijo de un alb
añil asociado
con José, había nacido en la casa contigua a la de María. Creci
ó y se educó al mismo tiempo que Jesús, compartien do sus juegos, estudios, problemas y, lo que era más atractivo para es te explorador, sus más íntimos pensa- mientos e inquietudes. Jacobo, ligeramente mayor que Jesús, había sido su amigo íntimo. Al menos durante buena parte de los veintiséis añ
os que re- sidió en Nazaret. Sus revelaciones, como es fácil imaginar, resultarían deci- sivas para quien esto escribe.
Ruth, que junto con Miriam y la Señora había formado parte del grupo de mujeres que se desplazó a Jerusalén en las jornadas de la pasión y muerte, era la pequeña de la familia. Hija pó stuma, había llegado al mundo en la
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noche del miércoles, 17 de abril del año nueve de nuestra era. Ten
ía, por tanto, veintiún años recién cumplidos. Podría decirse que, tanto por su ca- rácter como por el rojo de sus cabe llos, constituía una atractiva excepción entre los ocho hermanos. Tímida, de una extremada sensibilidad y dulz
ura, había sido la mimada de la casa. No podemos olvidar que apareció en el hogar de Nazaret recién fallecido José y cuando el primogénito
contaba quince años de edad. De su padre ha bía heredado una profunda y reflexiva mirada. De María, su espontánea hum anidad. Su hermano mayor, con el paso de los años, había sabido dulcificar su natural nerviosismo. Me atreve- ría a escribir que aquella pelirroja de nariz aguileña y cutis transparente, emborronado de pecas, fue una de las personas que más intensamente amó a Jesús y que más padeció con su muerte.
Incómodo por las alabanzas de Santiag o -hombre poco inclinado al elogio gratuito-, sosteniendo la mirada de Jac obo, hice retroceder la conversación al punto álgido: los temores de la familia ante la división suscitada en la al- dea a raíz de la ejecución de Jesús. Siempre imaginé que la tradicional libe- ralidad de los galileos no se vería em pañada por los violentos sucesos pro- tagonizados por el rabí y u grupo. Im aginé mal. El problema de fondo no residía en compartir o rechazar las enseñanzas de Jesús. Muchos de los’ ve- cinos respetaban el estilo del Maestro e, incluso, se habían sentido orgullo- sos de sus prodigios y de su fama. Pero, entre aquellas gentes las había también envidiosas y saturadas por el veneno del rencor. Desde antigu
o, como narraré en breve, estos grupos minoritarios de Nazaret se habían manifestado abiertamente en contra del «rebelde y engreído hijo de
José». Y con el discurrir de los años, a causa de muy determinados sucesos, estos individuos terminarían por intoxicar el clima del poblado, forzando al Galileo a precipitar su salida del mismo. La denigrante ejecución parecía haber da- do la razón a los intrigantes. Y envale ntonados, amén de ensuciar el nom- bre de Jesús, se habían dado buena prisa en repudiar a cuantos pudieran defender «la nefasta imagen del loco carpintero». La nobleza de espíritu de gentes como Jacobo, solicitando paz y tolerancia, sirvió de poco. El
sacerdo-
te que presidía el reducido consejo de gobierno de la aldea y las funciones religiosas, erigido en bandera y cabeza visible de los enemigos del rabí, su- po alimentar la discordia hasta límites insospechados. Muy pronto tendría ocasión de comprobarlo. Curiosamente, el tal Ismael, de la casta de los sa- duceos, había sido uno de los maestros del joven Jesús. Su animosi
dad hacia el Hijo del Hombre -cosa que po cos recordaban- nacía de los tiempos de la escuela, cuando el inconformist a primogénito cometió el «sacrilegio» de dibujarle en el pavimento de la sinagoga. De esto hacía ya más
de veinte
años… La anécdota quizá se hubiera borrado del mezquino corazón del sa- cerdote, de no haber sido por otros acontecimientos protagonizados igual-
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mente por Jesús y que hirieron el patr iotismo de Ismael. Pero lo que soltó los perros de su furia fueron las continuas noticias que describían al antiguo discípulo como «enemigo irreconciliable de sus hermanos en la religión, en la codicia y en la corrupción: fariseos, escribas y saduceos». La «desver- güenza» de Jesús, que se había atrevi do a calificarlos de «víboras y sepul- cros blanqueados», unida a su absurd a teología sobre la «resurrección tras la muerte», arrastraron al caduco saduceo a una ciénaga de odio en
la que caerían otros resentidos y mediocres.
Éste, a grandes pinceladas, fue el cuadro que encontró María a su regreso a Nazaret. Un panorama -no me cansaré de repetirlo- del que no se habla en los Evangelios y que, sin embargo, fu e el detonante que obligó a la madre de Jesús a «autodesterrarse» a orillas del lago, en Saidan.
Todo hay que decirlo. En los primeros escarceos de la conversación, tanto la Señora como Santiago discutieron el parecer de Jacobo, acusándole de «alarmista». María, al menos en aquella radiante mañana del martes, 25 de abril, no contemplaba la idea de aban donar su casa. Allí habían sido sepul- tados José, su esposo, y Amós, el hijo fallecido prematuramente. Allí había sido feliz. Allí estaban sus raíces, su gente, sus palomas…
La vi negar y minimizar las prudentes advertencias de su yerno y de Mi- riam. Y tozuda como una mula se al zó varias veces, mostrándonos la humilde estancia y recordando a los presentes que «aquel lugar habí
a sido bendecido por el ángel de Dios».
Y en ello estábamos cuando, de improv iso, el lejano y prácticamente olvi- dado parlamento del Zebedeo fue a transformarse en un entrecortado y confuso vocerío. Santiago y Jacobo se miraron alarmados. Ruth y Esta pali- decieron, aferrándose al unísono a los brazos de María. La Señora, fría y re- suelta, hizo un gesto a su hija Miriam, indicándole que se asomara. Y la jo- ven, valiente como su madre, se apresuró a obedecer. Jacobo la dejó llegar a la puerta pero, al escuchar algunas secas y dolorosas imprecaciones co- ntra su fallecido amigo, saltó como un leopardo, arrastrando en su cólera a Santiago. Y obligando a su esposa a en trar en la habitación se recortó a un palmo de la entrada, hombro con hombro con su cuñado. Despacio y caute- losamente fui tras ellos, asomándome al exterior. Lo que vi y escuché fue un galimatías de improperios y amenaz as entre dos grupos. A nuestra iz- quierda, arropando a un Juan Zebedeo en pie sobre la escalera y fuera de sí, gritaba una decena de vecinos, mujeres en su mayoría, insultan
do a la veintena restante. Estos últimos, que no iban a la zaga en lo que a maldi- ciones se refiere, blandían sus bastones en el aire, escupiendo sobre la pe- queña franja de tierra que los separa ba. Unos y otros, en un vano empeño de aplastarlas voces de los contrarios a base de elevar el tono y la corrosión de sus insultos, se acusaban de «m alnacidos, esclavos de un borracho sa-
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duceo, amigos de un carpintero al servicio de Roma, traidores a la ley y vi- sionarios», entre otras lindezas…
Quizá lo más triste de aquella–de momento batalla dialéctica fue asistir a la total descomposición de la lámina del Zebedeo. No podía creer lo que esta- ba presenciando. Juan, histérico, co n los ojos desencajados, levantó los brazos al cielo y berreando como un poseso «exigió de la justicia divina que arrasara aquel impío pueblo con el azufre y el fuego que abatió a Sodoma». Y lo que no habían conseguido las sens atas y reiteradas peticiones de paz por parte de Jacobo y de Santiago lo alcanzó aquella loca invocación. Las gargantas, todas, se apagaron, como fulminadas. Santiago y su compañero, conscientes de los gravísimos efectos que podía acarrear tan insensata pro- vocación, se abrieron paso entre los silenciosos y perplejos vecinos. Y sin el menor miramiento echaron mano de la túnica del enloquecido Zebedeo, arrastrándole hasta la puerta de la casa. Una vez allí, Santiago, con el sem- blante descompuesto, se limitó a empu jarle, introduciéndole en la penum- bra de la estancia. Y al punto, dese nvainando la espada, fue a clavarla a sus pies, clamando en los siguientes términos:
-Os ruego que disculpéis la ira de nuestro amigo… No fue ése el espíritu de mi Hermano y Maestro… Pero también os aviso: ésta es nuestra tierra… -Y señalando el gladius que cimbreaba plat eado añadió con firmeza-:…Y si es menester, nos defenderemos de los reptiles que anidan en Nazaret.
El espeso silencio fue roto por el súbito lloriquear de algunos de los niños. Y las madres, asustadas ante el feo desenlace de aquel encuentro, se apresu- raron a tomarlos en brazos. Pero el desafortunado lenguaje del «hijo del trueno», que volvía por sus fueros a la hora de castigar a sus enemigos, despertaría agazapados rencores. Cuando los ánimos parecían más sosega- dos, alguien, a empellones, se abrió paso entre la apretada vecindad, enca- rándose altivo y desafiante a los dos hombres que representaban y simboli- zaban a la familia de Jesús. Lejos de reaccionar ante su despótico
y ultra- jante caminar, los allí reunidos, al verle, retrocedieron con temor.
Y la ma- yoría inclinó la cabeza en señal de respeto y obediencia. Sólo Santiago y Ja- cobo se mantuvieron firmes y en guardia. Los acastañados ojos del primero recorrieron la figura del avellanado viejo sin poder reprimir un rictus de re- pugnancia. El «notable», a quien creí identificar por sus vestiduras sacerdo- tales -túnica blanca de lino apretada a la cintura por tres vueltas de faja y un gorro cónico, de idéntico tejido y co lor- y por lo avanzado de su edad, replicó con un mudo desdén a la signif icativa mirada del hermano del rabí. Y fue más allá que Santiago. Inclinando la cabeza escupió sobre la espada que les separaba, proclamando con voz aguardentosa:
-Y dice Isaías: «La víbora y la serpiente…, si los apretaren,
saldrán víbo-
ras.»
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Quedé tan confuso como mis dos acompa ñantes. La cita del libro profético („ 5) parecía sugerir que la espada -semienterrada en la arena- acabaría transformándose en una víbora. En otras palabras: que el odio y la maldad, debidamente incubados, sólo engendran odio y maldad…
Pero Santiago, buen conocedor de las Escrituras, en las que profundizó gra- cias a su Hermano, vino a replicarle con los versículos inmediatamente si- guientes a los referidos por el torcido Ismael, el saduceo:
-Y tú, corrompido entre los corruptos, ¿te atreves a hablar así
? Escucha ahora lo que dice Isaías: «…Camino de paz no conocen, y derecho no hay en sus pasos. Tuercen sus caminos para provecho propio… Por eso se alejó de nosotros el derecho.»
Algunas risitas de complicidad y aproba ción, a espaldas del sacerdote, sólo contribuyeron a empeorar las cosas. El apergaminado jefe del consejo se mordió los labios, acusando el certero golpe. Al suponer que me hallaba an- te el viejo profesor de Jesús una exci tante curiosidad se apoderó de mi ya revuelto ánimo. Unos inconfundibles signos externos le delataban como ci- rrótico: una ginecomastia o anormal volumen de sus mamas, que oscilaban bajo la túnica a cada movimiento o respiración agitada; una fuerte
dema-
cración o consunción muscular,, el enrojecimiento o eritema palmar; la casi total calvicie y una ascitis o acumulación de líquido en la cavida
d abdomi- nal. Pero, sobre todo, el «sello» de su más que probable enfermedad hepá- tica crónica aparecía en los nevos «e n araña» dibujados en manos y meji- llas (vasos dilatados que se disponen en forma radial, como las patas’ de los arácnidos).
Y lanzando un hedor hepático sobre el rostro de Santiago vociferó, al tiem- po que hacía retroceder su brazo izquierdo, apuntando a las gentes allí con- gregadas:
-…Nazaret jamás fue cuna de reptiles. Tú y los tuyos, con ese Jesús a la cabeza, sí habéis traído la inquietud y la división… Uno y
a ha sido castiga- do. Ahora os toca a vosotros, impíos , que no sabéis desnudar vuestros hombros y que, vencidos y humillados, habéis sido capaces de propalar
la
mentira de la resurrección de ese carpintero que se creyó el hijo del Divino, bendito sea su nombre…
Jacobo, menos templado que su cuñado , hizo ademán de inclinarse para desenterrar el gladius y castigar las duras palabras del saduceo. Pero S
an- tiago, irradiando parte de la serenidad que tanto admiré en el Maestro, sin dejar de sostener la mirada de Ismael, interpuso su brazo derecho entre
la
espada y su amigo-hermano, renunciando así a toda violencia. Instintiva- mente, algunos de los vecinos se echaron atrás. Y antes de que Santiago acertara a replicar la maledicencia del sacerdote, éste, ensoberbecido, le desafió con una pregunta que sólo podía conducir a la catást
rofe:
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-¿O es que te atreves a negarlo?… Dino s: ¿reconoces en Jesús al Hijo del Dios vivo?
Por un instante creí que Santiago re nunciaba. Sus largos cabellos destella- ron levemente. Pero aquel lento y maje stuoso giro de su cabeza a derecha e izquierda no significaba rendición. Se limitó a observar a los expectantes vecinos. Y con voz grave, alto y fuerte para que todos pudieran oírle, sen- tenció:
-Tú lo has dicho. Le reconozco como tal.
Y estupefacto asistí a una familiar y no muy lejana escena. Ismael re
troce- dió un par de pasos y convulso y babeante, con una teatralidad muy propia de aquel sacerdocio hipócrita, se volvió hacia la vecindad. Levant
ó los bra-
zos. Cerró los puños y en tono cansino, falsamente agotado por el
peso de lo que acababa de escuchar, gimió:
-Todos sois testigos… ¡Ha blasfemado!… ¡Reo es de muerte!…
Un presentimiento -todo parecía repe tirse absurdamente- me hizo reaccio- nar a gran velocidad. Extraje los «crótalos» y, pegado al muro, los ajusté a mis ojos, preparándome así para una hipotética defensa personal. Y mis dedos se deslizaron hacia el dispositiv o que activaba los ultrasonidos. Esta vez la fortuna fue mi aliada…
Los colores -que no los sentimientos- «interpretados» por mi cerebro cam-
biaron drásticamente. Los blancos, en especial la túnica del saduceo, esta- llaron en un plata fulgurante, mientras las franjas rojas de los mantos cam- biaban a un negro fantasmal. Y los ve rdes de las flores y enredaderas próximas se unieron al dramatismo de l momento, sangrando en rojo y na- ranja.
Un bronco griterío rubricó la sentenc ia de Ismael. Santiago, precavido, re- cuperó la espada y su cuñado, destilando un sudor azul verdoso, co
nse- cuencia del miedo, retrocedió hasta el umbral de la puerta. Hice bien
en prepararme. Y girando sobre sus talone s, el sacerdote nos dio nuevamente la cara. Congestionado por la ira, las manchas en forma «araña» de su ros- tro temblaron en un negro diabólico. La suerte parecía echada. Y tal y como imaginaba, de acuerdo a la costumbre, sus crispadas manos hicieron presa en el lino de la túnica, rasgándola en un seco y poderoso tirón. Y la caverna verdosa de su boca se abrió como un espanto, chillando como una coma- dreja:
¡Muerte!
Algunos de los ancianos y mujeres, at errorizados, escaparon calle abajo. Pero la veintena de fanatizados vecinos, aullando como lobos, se dobló a un tiempo sobre el terreno, a la búsqueda de piedras. Ismael, sin dejar
de en- tonar su sentencia, se mezcló con el grupo, topando con unos y con otros en la embarullada recogida de rocas. Y sin más, en uno de los más violen-
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tos ataques que jamás hubiera llegado a imaginar, una lluvia de piedras, arrojadas desde cuatro, ocho y diez metros, comenzó a golpear los cuerpos Jacobo y de Santiago, así como el muro de la casa y, por supuesto, a quien esto escribe. Y la palabra «muerte», coreada por los jadeantes ene
rgúme- nos, se mezcló con el ruido los impactos sobre la fachada y los irremedia- bles gemidos de dolor de los dos homb res. La crítica situación apenas se prolongaría treinta segundos. El hermano de Jesús, protegiéndose la cabeza con los brazos, ordenó a su cuñado que entrara en la casa. Acto seguido, de un salto, él mismo desapareció de la e scena. Y ante mi desolación, la ceni- cienta puerta fue cerrada y atrancada. Y durante breves instantes, las pie- dras siguieron cayendo sobre la hoja, acumulándose negras en el umbral. Dios quiso que este asustado explor ador supiera y pudiera reaccionar a tiempo. Y el odio de aquella partida se volvió hacia mí. Y sin saber, sin pre- guntar, unos rostros y manos verdiazules reclamaron mi vida. En realidad, yo era «uno de ellos». Así lo interp retaron y, consecuentemente, la fallida lapidación -más violenta si cabe- me tomó como víctima propi
ciatoria.
Pero antes de que acertaran a inclin arse de nuevo sobre la calzada, una primera descarga de 21 000 Herz entraba en la calva color bronce del sad
u- ceo, alterando su aparato «vestibular». En centésimas de segundo, su oído interno sufrió la invasión de los ultras onidos, bloqueando el conducto semi- circular membranoso, con la fulminante pérdida de la posición de l
a cabeza
y del cuerpo en el espacio. Y con los ojos desorbitados y la lengua colgando se desplomó redondo. La inmovilización estaba garantizada durante
algunos
minutos. El inesperado derrumbamiento del sacerdote provocó un silenc
io sepulcral. Y aprovechando la ventaja de la confusión pulsé de nuev
o el cla- vo. Y otro «hilo» infrarrojo penetró im placable en la frente de uno de los ancianos que se había apresurado a auxiliar a Ismael. El segundo desm
ayo fue decisivo. La tropa, descompuesta, soltó las piedras y, movida por
un pánico supersticioso, dirigió los rostros al azul marino del cielo. Y recordé la maldición del Zebedeo. Y. en un ay ear vergonzoso, atropellándose mutua- mente, desaparecieron entre los pati os y callejones colindantes. Afortuna- damente, ninguno de los esbirros me asoció con el desplome del saduceo y de su compinche. Entre los comadreos que pude escuchar en las intensas horas y jornadas siguientes, algunos, a media voz, atribuían el «mal» que les había «dejado sin pálpito» a una manifestación de la
«cólera divina». Otros, en cambio, se burlaban de los atemorizados testigos, recordando que aquélla no era la primera vez que Ismael perdía el sentido…, «a causa del vino de palma». Los más se encogían de hombros, convencidos de
la inepti- tud y de la falta de valor de los atacan tes. Lo cierto es que el incidente marcaría el destino de la familia de Jesú s. En especial, el de la Señora. Ni unos ni otros estaban dispuestos a perdonar…
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Y en la solitaria calle planeó un silenc io agrio, mal barruntador, apenas in- comodado por el retorno a la azotea de las asustadizas palomas y el desd
i- bujado relámpago horizontal de los gatos. Y con los yacentes cuerpos
a mi espalda me situé frente a la puerta. Antes de llamar me pregunté qué debía hacer o responder ante los presumibles y lógicos interrogantes de los
mo-
radores. Quizá había llegado el momento de abrir mi atormentado espíritu - aunque sólo fuera mínimamente- y sofocar así los recelos de María. El cielo tenía la palabra. Y presa de la vanidad -no pude remediarlo- me sentí orgu- lloso del «trabajo» con los ultrasonidos.
No tuve que golpear la hoja. El repentino y anormal silencio no había pasa- do desapercibido en la vivienda. Y un susurro cayó desde el terrado.
Al le- vantar los ojos distinguí la cabeza de Jacobo, escondida entre las palomas. Me pidió que aguardase. Y la incertidumbre, como un cuervo, fue a posarse sobre mi corazón. «¿Cuánto tiempo llevaba el amigo de Jesús en la azotea? ¿Había presenciado el desplome de los viejos?» Y con la zozobra
navegando en mi mente percibí el nervioso desatranque de la madera. Y la hoja s
e ábrió cuatro dedos. Y unos ojos lloroso s -los de Ruth parpadearon, heridos por la claridad.
Me colé raudo en la estancia, al tiempo que las hijas de la Señora se preci- pitaban sobre la puerta, apuntalándola con una tranca.
Y acurrucada junto a la mesa de piedra , arrasada en llanto, descubrí a una María nueva para mí. Y antes de que acertara a mover un músculo, aquella mujer, derrotada por la angustia y el miedo, se lanzó en mis brazos,
estre-
chándome entre sollozos y temblores. Y emocionado sólo supe corresponder a su infortunio acariciando sus fragantes y sedosos cabellos negros.
El destello de una espada en la osc uridad de la sala contigua me puso en guardia. Respiré aliviado al identificar a su portador. Santiago, con las fac- ciones endurecidas, avanzó hacia nosotros. Al reconocerme devolvió el gla- dius a la faja. Detrás, procedente también de la misteriosa estancia, se pre- sentó el Zebedeo. Le observé sin disimulo. La espada le temblaba en la ma- no izquierda. Sudaba copiosamente y, con la mirada perdida, parecía hablar consigo mismo. Experimenté la necesidad de auxiliarle. Con toda probabili- dad era víctima de un shock. Aparté cariñosamente a María pero, cuando me disponía a llegar hasta el impulsiv o y malparado «hijo del trueno», el ahora «cabeza de familia» se interp uso y colocando sus manos sobre mis hombros me suplicó perdón. Me estr emecí al recordar aquel gesto… Era uno de los entrañables hábitos del Maes tro. Pero Santiago no pudo percibir el escalofrío que me recorrió las entrañas. Y negando con la ca
beza resté importancia a lo ocurrido. Acto seguid o me formuló una pregunta que, en buena medida, me tranquilizó:
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-¿Qué ha ocurrido ahí afuera?
Eso significaba que Jacobo, ahora vigilante en el terrado, no había sido tes- tigo del último suceso.
Improvisé una respuesta, cumpliendo -en parte- con la verdad.
-Sin causa aparente -manifesté-, do s de los individuos han caído como muertos… -Pero…
Las dudas de Santiago murieron en la penumbra. El Zebedeo no le permitió terminar. Adelantándose, sin dejar de blandir la espada, comenzó a reír nerviosamente, balbuceando un monocorde «Dios es justo». Santiago,
sin inmutarse ante el ataque de histeria de Juan, hizo una señal a su madre. Y María, tragándose las lágrimas, se dirigió al rincón de l
as ánforas.
-Dios es justo…
El signo de complicidad me hizo pensar que aquella psiconeurosis, con pé
r- dida del control sobre los actos y emociones, no era una novedad para el
grupo.
Y en un momento de descuido, el he rmano del Maestro hizo presa en la mano que empuñaba el arma. Y con una delicada pero decidida contunden- cia le arrebató el afilado hierro. El di scípulo, ajeno a lo que le rodeaba, no opuso resistencia. Y con los ojos vidriosos cambió de la risa al llan
to. Y cla- vándose de rodillas sobre las esteras prosiguió con su obsesiva re
tahíla:
-Dios es justo y ha humillado al impuro… Dios es justo.
Auxiliada por Ruth, la Señora abrió la boca del Zebedeo, obligándole a inge- rir un vino negro y espeso.
La irrupción de Jacobo, anunciando que la calle continuaba despejada,
ace-
leró los planes de Santiago. Y encomendando a su cuñado la custodia de los suyos obligó a Juan a incorporarse. Y tomándole por un brazo cargó
con él, desapareciendo en la negrura de la pieza contigua. Esta, su mujer, con u
na templanza admirable, besó a María, susurrándole que regresarían de inme- diato. Poco después averiguaría que, en previsión de males mayores, la fa- milia había optado por esconder al Zebedeo en la casa de Santiago, al oeste de la aldea, muy próxima al taller del fallecido alfarero.
Y Jacobo, depositando en mí su confianza, anunció que retornaba al
terra- do, advirtiendo que, bajo ningún co ncepto, franqueáramos la puerta. Las mujeres asintieron, arropando a su ma dre. Y en un gesto de hospitalidad - no sé si tratando de compensarme por el involuntario descuido de sus hijos al dejarme a merced de los vecinos.-, María, secas las mejillas y controlado el temple, me rogó que tuviera a bien tomar posesión de su humilde casa. Le sonreí, honrado por lo que aquella in vitación significaba para mí y feliz por su pronta recuperación. Y de buen grado acepté el tazón de vino que la temblorosa y doliente Ruth tuvo a bien ofrecerme.
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No sé por qué lo hice. Pero, dejándome llevar por un íntimo y cristalino sen- timiento, acaricié las largas y finas manos de la muchacha, expresándole con una firmeza impropia de este siempre vacilante pecador:
-No temas. Yo os protegeré…, hasta el regreso de tu hermano.
Quizá me arrepentí un segundo después. Quizá no. Poco importa. Lo único que recuerdo con claridad es que, ol vidando las normas, quien esto escribe hubiera dado su vida por salvaguardar las de aquellas indefensas y atemo- rizadas mujeres.
Y la Señora, al percibir la sinceridad de mis palabras, me invadió con la mi- rada. Fue la misma que cruzáramos en la caravana de Murashu. Y supe que había llegado el momento. Y ella, quizá antes que yo, también l
o supo. Y con sus almendrados ojos verdes fijos en mí ordenó a sus hijas que
«vigila- ran la puerta de atrás».
-Jasón, amigo -manifestó nada más de saparecer Miriam y Ruth-, eres un hombre extraño. En verdad que ninguno de nosotros acierta a entender
tu
singular hacer… Además, ¿por qué te ngo la sensación de conocerte? ¿Por qué me resultas tan familiar?
La dejé hablar. Su voz gruesa, zancadilleada a ratos por cortos suspi
ros - lógicos coletazos del reciente llanto-, fue abriendo la escotilla de mis senti- mientos. Y así, merced a su intuición, todo fue más fácil.
-…Yo sé que ningún comerciante se comporta como tú.
Sonrió pícaramente, mostrando a la femenina llama que nos separaba
aquel marfil alineado y envidiable. Pero yo, con las neuronas en máxima alerta, continué hierático: gélido en mi exterior y ardiendo en lo má
s profundo.
-…Ningún pagano hace lo que tú. Ning ún gentil hubiera arriesgado su vida al pie de la cruz. Sólo Juan, mi querido y a veces infantil Juan, supo tener lo que tiene un hombre…
El lenguaje rudo de María no me e scandalizó. Aquella brava mujer, víctima de todo y de todos, en especial de sí misma, manifestaba lo que pensaba. Y la admiré por ello.
-…¿Crees que no supe del profundo amor de mi hijo por ti?
Esta vez sí repliqué:
-El Maestro -le corregí- ama todo lo creado y lo increado.
Las finas cejas se arquearon levemente, acusando la cariñosa enmienda
.
…¿Ama, dices? ¿Eres tú de los que creen que no ha muerto?
-Sí ha muerto -añadí, arriesgando el todo por el todo-,.pero también es cierto que ha resucitado…, para vosotros y para nosotros.
La Señora, a sus cuarenta y nueve años, conservaba unos reflejos mentales que para mí hubiera querido.
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-…¿No es hora ya, Jasón, que destap es tu corazón? ¿Por qué «vosotros y nosotros»? ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué tengo la seguridad de conocerte de años atrás?
Y suplicándole que aquella conversación fuera guardada en secreto procuré hacerme comprender.
-El Maestro, mi querida y admirada Señora -era la primera vez que la lla- maba así-, lo anunció una vez…
Entornó levemente los ojos, como tratando de recordar.
-Lo siento -se rindió con una sombra de tristeza-, en aquel tiempo ap
enas supe de las andanzas de mi Hijo… Yo vivía para otra idea.
-…Jesús lo expresó con claridad -pro seguí-. «En el reino de mi Padre hay otras moradas. »
Me miró sin comprender.
-Yo y millones de hombres y mujeres como yo pertenecemos a una de esas «moradas»… La realidad que tú observas y tocas no es la ún
ica…
-Comprendo -me interrumpió. Y sus labio s se entreabrieron, dejando esca- par un miedo recién nacido-. Hace treinta y seis años, en esta misma mesa de piedra, justo donde tú te sientas ahora, «alguien» que no era de aquí me habló y anunció que el «Hijo de la Promesa» estaba por llega
r…
La comparación no era correcta. Pero la acepté. Y mis ojos le sonrieron, aprobando sus palabras.
-Pero, entonces…
Y aquel escondido miedo creció como una columna de humo, afilando sus ojeras.
-…Tú, Jasón, eres un ángel…
Me apresuré a negar, aunque no sé si fui muy convincente:
-…Si «ángel» significa «mensajero» …, puede. El Gabriel al que tú has hecho mención sí es un verdadero ánge l. Yo, querida Miriam, no soy digno ni de proyectar mi sombra sobre él. Es toy aquí para dar testimonio de tu Hijo. Un testimonio que deberán cono cer «otros pueblos»… Gentes de un mundo, de una morada muy lejana… Y el Padre, en su infinita bondad, me ha conferido algunos «poderes» (muy pocos) que tú, quizá,
has intuido. Y al
igual que lo fue el Maestro, yo ta mbién debo ser respetuoso con «voso- tros». Mi misión es intentar aproximarme a la verdad que rodeó
a Jesús…
-¿Por qué? -preguntó con una ingenuida d conmovedora, fruto de su lógica falta de perspectiva histórica. Tengo que insistir en ello. Hoy, los creyentes han deformado la estampa de la Señora. En aquellos momentos, ni ella
ni
ninguno de los seguidores del Nazareno podían intuir siquiera las «conse- cuencias» de la encarnación del Maestro-. Tú lo has visto: mi hijo ha termi- nado como un delincuente… ¿A quién puede interesar su vida y sus
pala-
bras? Mañana sólo será recordado por sus amigos.
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Guardé unos segundos de premeditad o silencio. Saltaba a la vista que la Señora, por mucho que se esforzase, no estaba en condiciones de asumir la grandiosidad y divina trascendencia del Ser que había llevado en su vientre. Ni yo era quien para violar las limitadas fronteras de su inteligencia…
-Sí -repliqué con una seguridad que la desconcertó-, llevas razón…, en par- te. Será recordado por sus amigos. Pe ro esos «amigos» se multiplicarán como las flores en primavera…
Aquel verde hierba de sus ojos, generalmente manso, se agitó como un tri- gal mecido por el viento. Y el color se instaló de nuevo en su bronceada tez. Y emocionada pidió detalles.
-…No es fácil que lo comprendas, pero yo soy la prueba de cuanto digo. Yo vengo de un «mundo» remoto para ti. A llí, las gentes también han recibido la noticia de un Jesús de Nazaret. Y muchos le han abierto sus corazo
nes. Otros, en cambio, le ignoran o le rechazan. Yo vengo a «saber» par
a luego «transmitir». Y lo hago para todos, Miriam. Tu Hijo lo sabía…
-¡Oh, Jasón! Entonces, su muerte no será en vano…
Sonreí de nuevo, no sé si complacido o conmovido.
-Permíteme… Su vida no será en vano. La muerte, la de todos, nunca es en vano. -Y alzando entre mis dedos el cuenco de vino añadí-: Observa este li- cor. Antes fue el fruto de la vid. Así, como Él profetizó, su c
uerpo y existen- cia terrenales han sido triturados para obtener la esencia: su espíritu, su palabra, su mensaje, su amor… Y la fr agancia de ese «vino» ha llegado hasta mi lejano «mundo». Pero nuestra «sed» es tan grande, q
uerida Seño- ra, que mis conciudadanos me han «enviado» para transportar el «vino» de su vida y poder degustarlo. Por ello tú y los tuyos debéis ayudar a este «comerciante en vinos»…
Un llanto sereno chispeó a la luz de la lucerna. Y María, agradecida, me aceptó desde la lejana proximidad de su noble alma, ahora asomada a unos ojos humedecidos por la felicidad. Y Dios lo sabe: aquel abrazo invisibl
e me compensó para siempre.
-¿Qué debo hacer, mi querido «comerciante en vinos»? –bromeó apartando las lágrimas.
-Déjalo en las manos del Padre… Y guarda mi secreto.
Y la Señora, impulsiva como siempre, se alzó y rodeando la mesa tomó mi cabeza entre sus manos, estampándome un sonoro y prolongado beso en la frente.
-Dios te bendiga, Jasón, aunque no ha s contestado a mi última pregunta: ¿por qué tengo la certeza de conocerte de años atrás?
Aproximadamente las 13 horas. (Entre la sexta y la nona.)
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Nuestra conversación, que de acuerdo con lo convenido empezaba a disc
u- rrir en torno a los supuestos «secretos años» de Jesús en Nazaret, fue inte- rrumpida por un confuso y entrecortado ir y venir de pasos. Parecían pro- venir de la azotea. María, alarmada, tomó la lámpara de aceite
y, decidida, se aproximó a la puerta de entrada. Pegó el oído a la madera pero, al pare- cer, en el exterior seguía reinando el silencio. Levantó los ojos hacia la te- chumbre y, al notar que el nervioso tableteo sobre la arcilla se había trasla- dado a la parte posterior de la casa, se precipitó al oscuro hueco en el que yo no había penetrado aún. Recelosa, se detuvo en el umbral. Volvió la ca- beza y, al saber que me hallaba a su espalda, se aventuró tensa y de punti- llas en las tinieblas. Procuré no distan ciarme, entre otras razones para no perder la esquiva luz que nos abría camino. Aquella segunda pieza, ne
gra como boca de lobo, fue una sorpresa . En sus tres metros de lado dormía empolvado y en desorden todo lo necesario para ejercer la profesión de carpintero… En el muro opuesto a la puerta sin hoja por la que acabábamos de cruzar descansaba un banco de unos ochenta centímetros de altura, apuntalado por dos pies en «v» invertida. Y sobre el grueso madero
escua- drado que daba forma a la superficie del mismo, un cepillo de doble asa y un tablón a medio labrar. La Señora, sigilosamente, alcanzó la destartalada puerta situada en la pared que se alzab a enfrente de la fachada. Y aproxi- mó la mejilla izquierda a la sucia hoja. En dicho tabique, como en los res- tantes, colgaban decenas de herramientas, sujetas por listones de madera: sierras, cinceles, compases de bronce y de madera, cizallas, pinzas, clavos de treinta y cuarenta centímetros, p unzones, hojas de hacha, cabezas de martillos (con o sin mango), gubias, cuchillas y varios taladros de ar
co. El suelo, alfombrado de serrín y de rizadas virutas, crujió reseco bajo las san- dalias. Era extraño. Los mangos para azadas, los mayales para caballerías y para la trilla y algunos sencillos arados de poco peso -todo a medio ter
mi-
nar y esparcido por los rincones- su gerían un trabajo bruscamente inte- rrumpido. Pero, a juzgar por las telarañ as que hilaban niebla en las esqui- nas, esa interrupción tenía que haber acontecido tiempo atrás. Por otra par- te, aquel cerrado cuartucho, sin acceso directo a la calle, no encajaba
en la
fórmula tradicional judía. La mayoría de los talleres de carpintería se con- centraban en un lugar o barrio concreto de la aldea o de la ciudad, forman- do un gremio artesanal e, insisto, si empre abiertos al exterior, al cliente. Por último, si la sala contigua presentaba un aspecto pulcro y ordenado, ¿a qué obedecía aquel lamentable abandono? La Señora, única res
ponsable del
supuesto «pecado», tenía sus razones…
El cuchicheo al otro lado del muro se hizo más cercano. Y en un movimiento reflejo me asenté con fuerza sobre el blando pavimento, listo para interve- nir. De improviso, alguien empujó la puerta y poco faltó para que el impac-
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to derribara a María. Y la claridad nos cegó a ambos. Y la silueta de un hombre atlético, de envergadura próx ima a la de Jesús, con destellos de plata en sus largos y canosos cabellos se recortó majestuosa en la luz de la mañana. No quiero ocultarlo. Por un instante me sobresalté. ¿Es
taba so- ñando? ¿Tenía ante mí al Resucitado? Y perplejo vi cómo l
a mujer se arro- jaba hacia el desconocido, abrazándole. Respiré aliviado. El supuesto «resu- citado» no era otro que Santiago. De trás, con los semblantes igualmente graves, aparecieron Jacobo y las mujeres.
La puerta del taller fue apuntalada y, con prisas, el hermano del rabí
fue a sentarse en el filo de la plataforma de la estancia-dormitorio. Y toda la fa- milia, a excepción del Zebedeo, se sent ó sobre las esteras, dispuesta a es- cucharle. El dudoso ánimo de Juan había hecho aconsejable que permane- ciera recluido en la casa de Santiago y de Esta. En el fondo, él había sido el detonante de la situación.
Al reparar en el siempre equilibrado rostro del ahora hijo mayor de la Seño- ra y descubrir la macilenta palidez del miedo comprendí que las cosas
habí-
an empeorado. Yo había visto ya ese terror mal contenido. Lo había vivido en el prolongado encierro de los íntimos en el cenáculo de Jerusal
én.
Santiago, enroscando su padecer en lo más profundo, procuró disimular. Lo consiguió a medias. Para su madre aquel distraído acariciarse la b
arba con la mano izquierda no era buen presagio . Y sin rodeos abordó el problema. Las cosas estaban como estaban y no convenía cerrar los ojos a la dura realidad. Tenían que abandonar la aldea . El intento de lapidación de esa mañana era un peso difícil de llevar. ¿Quién podía pronosticar qué sucedería esa misma noche o al día siguiente?
-…Debemos obrar con prudencia -con tinuó, dirigiéndose a María-. Con nuestro Hermano y Maestro vivo, el respeto de estas gentes estaba garanti- zado. Ahora, con su muerte, nos hallamos a merced de los que le odiaron.
Y muy atinadamente recordó a los sile nciosos familiares la secreta reunión celebrada por Caifás y sus «ratas» en la noche del domingo, 9 d
e abril. Jo- sé, el de Arimatea, miembro del Cons ejo del Sanedrín, al informarles de la mencionada y urgente asamblea fue mu y claro: en vista de la constelación de noticias y rumores que empezaba a circular por la Ciudad Santa acerca
de la tumba vacía y de las apariciones del Resucitado, el sumo sacerdote, su suegro, los saduceos, escribas y demás fanáticos que habían propiciado la muerte de Jesús decidieron actuar sin contemplaciones. Y adoptaron dos medidas, especialmente meditadas para el aplastamiento del «desarrapa
do grupo de galileos que aún creía en el Nazareno».
Por si alguno de los presentes las había olvidado, las recitó al p
ie de la le- tra, subrayando algunas de las frases:
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-Primera: to-do a-quel que ha-ble o co-men-te (en público o privado) los asuntos del sepulcro o de la resurrección del Maestro se-rá ex-pul-sa-do de las sinagogas.
»Segunda: el que pro-cla-me que ha vis-to o ha-bla-do con el Re-su-ci
-ta- do… será condenado… a muer-te.
Las contenidas respiraciones le sirvieron para enterrar en los ánimos -hasta la empuñadura- las dos últimas palabras:
-¡A muerte!
Los incontenibles sollozos de Ruth desarmaron los nervios de Miriam, su
hermana. Y airada recordó a Santiago y a los suyos que la segunda. dispo- sición de las «ratas de Jerusalén» no pudo prosperar y que, según el de Arimatea, no llegó a votarse. Y acto seguido acusó a su hermano de «co- barde». Éste, impasible, comprendiendo la rabia y desolación de
Miriam, no abrió la boca, limitándose a peinar la rubia barba con sus dedos.
Pero Esta, indignada ante las injustas acusaciones de su cuñada y la irritante pasividad de su marido, se puso en pie, acusan do a Miriam de irresponsable y egoís- ta. Jacobo, a su vez, trató de calmar a las exasperadas mujeres. Pero, en el fuego cruzado de los gritos e improperios que habían empezado a lanza
rse
Miriam y Esta, sólo obtuvo un violento empujón por parte de su airada es- posa. Y el llanto de Ruth, duplicado ante la confusa y lamentable trifulca familiar, vino a desatar el bravo carácter de la Señora. Era la pr
imera vez,
si no recuerdo mal, que la veía alzar la voz. Se plantó entre Miriam y su hija política y con los brazos en jarras orde nó silencio. Jacobo, entristecido, se retiró junto a Santiago. Y Esta, perfecta conocedora del firme temperamen- to de su suegra, guardó silencio, acudiendo en auxilio de Ruth. Pero Miriam, primaria como su madre, se cebó en la Señora, gritando por encima de los gritos de ésta. Fue una escena triste y comprensible. La hija mayor,
fuera de sí, recordó a María que «aquél er a su hogar y que ningún malnacido le arrancaría de él». La Señora, por enésima vez, la mandó
callar. Pero el fu-
ror y la desesperación de la hija se h allaban fuera de control. Así que, ago- tada la paciencia y entiendo que como un mal necesario, María, de pronto, le propinó una sonora bofetada. Santo remedio. Miriam acusó el golpe y el incipiente histerismo se esfumó, dando paso a las lágrimas. Y en segundos, sin rencores ni reproches, madre e hija se abrazaron, en una emotiva y mu- tua petición de perdón.
Santiago, conmovido como los demás, se lanzó hacia ellas, uniéndose en si- lencio al abrazo. Y Ruth y Esta, arrec iando en sus gimoteos -ahora traicio- nados por esporádicas risas- se precip itaron igualmente sobre el trío, for- mando la más hermosa piña humana qu e me fue dado contemplar hasta esos momentos en nuestra aventura. Con un nudo en la garganta desvié la mirada hacia Jacobo. Una solitaria lágri ma se deslizaba hacia la «céltica»
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barba. Al verse descubierto bajó la ca beza, pero no se movió del borde de la plataforma. Y quien esto escribe, contagiado por el torbellino de bes
os, caricias y dulces y tranquilizadoras p alabras de los cinco, no pudo evitar que sus ojos parpadearan con frenesí, en una pelea a brazo partido con unas lágrimas casi desconocidas para es te solitario entre los solitarios. Y apretando las mandíbulas fui a descargar la tensión en la «vara de Moisés». Con tan mala fortuna que, al crispar lo s dedos sobre el cayado, pulsé invo- luntariamente el dispositivo del láser de alta energía, que se proyectó a dos cuartas de las sandalias de Jacobo. Y un humillo enano y blanquecino me dio la pista del impacto. Maldiciendo mi torpeza salté hacia el abstraído es- poso de Miriam, pisando y ocultando el pequeño círculo de un milímetro es- caso de diámetro que había aparecid o en la estera. Jacobo, al encontrarse tan inexplicable y violentamente encarado al larguirucho griego, volvió en sí y, mirándome atónito, buscó una razón. La estúpida mueca
que leyó en mi rostro le confundió del todo. Creo qu e reaccioné, sonriendo. Y la necedad, esta vez, se propagó a mis ojos y lengua.
-¡Aleluya! -grité, soltando lo primero que acudió a mi cerebro.
La expresión de júbilo -un tanto fuera de lugar- enarcó las cejas del cada vez más perplejo judío. Y cuando, su pongo, se disponía a responderme, un hilo de humo y un parejo y desabrido tufo a espadaña quemada afloraron traidores bajo el calzado.
Jacobo, sin dejar de mirarme, olfateó confuso. Creí desmayarme. La poten- cia del láser de gas -capaz de taladra r una plancha de acero de trece milí- metros en cuatro segundos- había destrozado aquella zona de la alfomb
ra.
Lívido, retrocedí. ¿Qué podía hacer? Y el bueno de Jacobo
, al descubrir a
sus pies el humillo y el negro cerco, se apretó contra el muro de obra. Y al- zando los ojos, buscó el origen del fuego en las oscuras vigas de la techum- bre. Al no hallarlo giró la cabeza a uno y otro lado con idéntico éxito. Y en- treabriendo los labios fue a posar sus desorbitados ojos en los míos, aullan- do:
-¡Fuego!
Allí concluyó el abrazo familiar. María y el resto se precipitaron sobre la por- ción de estera que este inútil, en un nuevo y desesperado intento, trataba de sofocar. Y el cielo quiso que, al fi n, el chamuscado cediese. No así la peste. Santiago y las mujeres, inclin ados alrededor de la quemadura, no terminaban de entender lo sucedido. Pero María, tras un minucioso examen del orificio, me buscó con la mirada. P alidecí. Y del susto y la perplejidad, mi «cómplice» varió a una radiante paz. No preguntó el po
rqué. Y guiñán-
dome un ojo sonrió feliz, segura de que mi «poder y presencia»
eran la me-
jor de las protecciones para ella y los suyos. Tampoco repliqué ni me aven- turé en excusa o comentario algunos. Era mejor así. Y batiendo palmas re-
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clamó la atención general. Y retomando el hilo de la exposición iniciada por su hijo se expresó en los siguientes términos:
-Os diré algo…
Me eché a temblar. ¿Es que había olvidado nuestro secreto?
-…Es posible que nos hayamos precipitado. Jesús se esforzó en enseñarnos algo que, ahora, llevados por el miedo y la rabia, hemos estado a punto de olvidar: dejemos que se cumpla la volunt ad del Padre de los Cielos. -Y to- mando el brazo de Santiago, añadió co ndescendiente-: Es cierto que debe- mos permanecer alerta, pero, sobre to do, confiemos… El espíritu de mi Hijo, vuestro Hermano, está con nosotros. Él y sus ángeles -y la serena mi- rada de la mujer se fundió con la mía- nos acompañan y protegen
.
Todos, al unísono, aprobaron sus justas palabras. Y de mutuo acuerdo, con el beneplácito del hermano del Maestro, trazaron un sencillo plan: esperarí- an. Y lo harían en silencio, sin nuevas manifestaciones, ni públic
as ni priva- das, acerca de la resurrección o de las visiones. Viejos conocedores de la voluble idiosincrasia de la aldea, confiab an en que, a no tardar, las aguas volvieran a su cauce y cada cual pudier a reanudar su vida y su trabajo. Unos y otros, a excepción de Santiago, trataron de convencerse mutuamen- te de la «bondad y buena ley de sus vecinos». Sólo tenían que ceder y mos- trarse prudentes. En modo alguno debían incumplir las medidas adoptad
as por el sumo sacerdote y sus secuaces.
Esta postura era lógica y comprensible…, en aquellos momentos. Entr
e otras razones, porque ignoraban lo qu e iba a suceder pocas horas después y, en especial, en la mañana del sábado, 29. Exceptuando la aparic
ión a Santiago, en Betania, en la que el Re sucitado le comunicó «algo» muy es- pecífico y que el hermano no deseaba desvelar, en las restantes «visiones» conocidas, Jesús se había limitado a desear la paz, constatar su nuevo y prodigioso «estado» e impartir una serie de consejos, más o menos abs- tractos y difusos. A decir verdad, casi nadie en el grupo sabía a qué atener- se. Sólo el fogoso Pedro había hech o un fallido intento de lanzarse a los caminos a proclamar la buena nueva de la resurrección. ¿Quién d
e los allí reunidos podía sospechar que un plazo de veintitrés días, durante la tradi- cional fiesta de Pentecostés, el Maestr o volvería a hablarles y que, a partir de entonces, nada sería igual? Pero la información, por el momento, era de mi exclusiva propiedad. Para María y su gente tales acontecimientos no existían. Sólo contaba el presente. Para muchos creyentes de hoy semejan- te actitud de la mal llamada «sagrada familia» resulta poco creíble o irreve- rente. En ese caso olvidan que aquellos hombres y mujeres eran, sobre to- do, humanos y sujetos a las presiones de una vida que «seguía, a pesar de todo». La historia -no siempre- disf ruta de la ventaja que proporciona el tiempo. Lo malo es cuando esa historia no contempla y contabiliza «todo el
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tiempo». Y aquellos días de finales de abril del año treinta tampoco apare- cen en la mediocre «historia» de los Evangelios…
Y volviendo a ese mediodía, recuerdo que, mientras la Señora y sus hijos dibujaban ilusionados «sus» planes de paz, el silencioso Santiago,
inexpli- cablemente, se negó a participar en la última fase de las conversaciones. Fue a retirarse al filo de la plataforma y allí permaneció, cabizbajo y atento a los bienintencionados pero utópicos deseos de su familia. No sé razonarlo pero «algo» -¿la intuición quizá?- me gritó que el hermano «sabía lo que estaba a punto de acontecer». ¿Le había avanzado Jesús la inminente suer- te de su madre? ¿Era éste el contenido de la misteriosa «revelación» recibi- da en la aparición de Betania? Aquél era otro asunto que escocía mi curiosi- dad. Tenía que ingeniármelas para sonsacarle…
Y poco antes de las tres de la tarde (h ora nona), perfilado el plan a seguir en las jornadas inmediatas, Santiago y su esposa abandonaron la casa por la puerta principal. Ismael y el ancian o habían desaparecido. El lugar, de- sierto, continuaba anormalmente privad o de las gentes que, se suponía, debían frecuentarlo.
Desenvainó la espada y, tras escrutar ambos extremos de la rampa, pasó su brazo derecho sobre los hombros de Esta, tomando la dirección del ba- rrio alto. Su misión era controlar a Ju an de Zebedeo y hacerle partícipe de las resoluciones adoptadas en el cons ejo familiar. Satisfecho el encargo se reincorporarían al hogar de María, a se r posible con el discípulo. Pero las cosas no iban a discurrir tan sencillamente.
Jacobo, cumpliendo las severas órdene s de su cuñado, regresó al terrado. Al menor signo de amenaza, la totalid ad de la familia debería huir por el flanco posterior de la casa y, si fuera viable, refugiarse en la de Santiago. Y María y sus hijas, inquietas al principio, fueron recobrando una cierta calma cuando, al tomar asiento junto a ellas y colocar la «vara» sobre mi regazo, les sonreí complacido, animando a la Se ñora a que prosiguiera con nuestro interrumpido relato sobre los años jóve nes de su Hijo. Ruth y Miriam, que ya habían presenciado algunas de mis largas tertulias en la hacienda de Marta, acogieron aquel repaso a la le jana historia de su Hermano como un bendito y relajante bálsamo, que les ha ría olvidar, aunque sólo fuera tem- poralmente, las recientes amarguras.
Y cuando la Señora, tras acomodarse a mi izquierda, se disponía a hablar, la curiosa e imprevisible Ruth descans ó sus manos sobre la roca circular que servía de mesa, preguntando a bocajarro:
-Y tú, Jasón, ¿por qué nunca llevas espada?
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Quedé descolocado. La sutil observación -raro era el comerciante u hombre de negocios que no portaba algún tipo de arma- demandaba una respuesta no menos estudiada. María y yo nos miramos. Y fue ella quien salió
al paso:
-Hija, este hombre… -dudó un segundo. Me observó de soslayo y feliz con su «secreto» prosiguió- también va armado.
La benjamín, incrédula, inclinó el cuerpo, examinando con descaro mi cintu- rón y el cayado. Y negando con la cabeza rectificó a su madre:
-Sólo veo un bastón…
La Señora sonrió benévola.
-Las armas de Jasón, querida, son las más poderosas, eficaces y se
guras…
Ruth abrió al máximo el verde de su mirada. Su madre jamás mentía. Y quien esto escribe, desconcertado ante la magnífica definición de la natura- leza de los sistemas defensivos de la «vara de Moisés», aguardó el final de la frase con idéntica expectación.
-…porque no matan, hieren o lastiman. Sólo proporcionan confianza…
Ni Ruth ni yo la entendimos del todo.
-…Jasón, mi pequeña ardilla, como tu Hermano, lleva al cinto el «arma» de la confianza en el Padre.
A punto estuve de negar. ¡Ojalá este pobre explorador disfrutara de seme- jante «arma»!…
-Entonces -refrendó la muchacha, a quie n todos en Nazaret conocían como la «pequeña ardilla»- tú también eres un hombre de paz…
En eso sí estaba de acuerdo. Y hacien do mía una frase de Byron en el Don Juan plasmé mi idea de las guerras y de la violencia:
-La sangre, hija mía, sirve solamente para lavar las manos de la ambi
ción.
Y aprovechando la coincidencia, partiendo del ejemplo de los «íntimos» del Maestro -casi todos armados-, pregunté a la Señora si Jesús, alguna vez, había empuñado un arma.
Hoy, o en cualquier momento de la hi storia de los últimos dos mil años, la pregunta seria causa de escándalo. María, en cambio, acostumbrada
a los gladius -incluso en las fajas de sus hijos-, no replicó con repugnancia o pasmo.
-Hubo un tiempo -rememoró con tristeza- en que sí le fue ofrecida
la espa- da. Y yo, necia, le animé a empuñarla…
Algo sabía de ese interesante pasaje de la juventud de Jesús pero, en bene- ficio del orden cronológico, y del mío propio, di por zanjado el asunto, supli- cando a mi informante que abriera las puertas de la memoria y nos trasla- dásemos a una de las fechas claves en la vida del Hijo del Hombre: el 25 de septiembre del año 8, un mes y cuatro días después de su catorce cum- pleaños…
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Como fue escrito en este diario, a part ir de aquel martes, la nave de la jo- ven y prometedora vida de Jesús se vio azotada por nuevos y racheados vientos. Sepultado su padre, con cato rce años recién estrenados, no tuvo opción. Todos los proyectos -los suyos, los de su madre y los de la esperan- zada aldea- fueron inhumados con el cadáver de José. Y la Providencia, siempre sabia, le forzó a «barloventar contra sí mismo». Sus cada día más lúcidas ideas para «revelar a los ho mbres la maravillosa realidad de un Pa- dre celestial» terminaron arrinconadas -que no muertas- en lo más íntimo de su ser. Y Jesús se vio al frente de una familia numerosa a la que había que alimentar, educar y sacar adelante.
Cambiando impresiones con María y los suyos sobre este trascendental
giro fui cayendo en la cuenta de algo que me emocionó y que, al ser ignorado por los evangelistas, no ha podido ser apreciado en dos mil años. La mayo- ría de los creyentes y no creyentes supone o imagina a un Jesús pe
rfecta- mente arropado en su infancia y juventud por unos padres que, a su mane- ra, dulcificaron la existencia del Hijo del Hombre. Y «llegada su hora» - siguen reflexionándolos hombres y mujeres que no le conocieron- se despi- dió de Nazaret, lanzándose a la predic ación que, peor que bien, ha sido transmitida. Craso error. Jesús de Naza ret apenas si tuvo adolescencia. Si uno de los cometidos de su encarnaci ón fue «experimentar por sí mismo la vida de sus criaturas», a fe mía que, a partir del referido 25 de septiembre, lo alcanzó con creces. Esa misteriosa Pr ovidencia «torció» incluso los «sue- ños» de un Dios, que no sabía que lo era, en beneficio del enriquecimiento moral de un hombre Y como millones de humanos tuvo que doblegarse a la disciplina de la miseria, de la soledad y del miedo. Bien puede hablarse de un Jesús «anterior» a la muerte de su padre y de «otro», forzosamente dis- tinto, que amanecería sobre los restos de José.
Y como sucede con los valientes, repuesto de la sorpresa, lejos de humillar- se, asumió su nuevo papel, tomando riendas del entristecido y desolado hogar. Y en la aldea nadie acarició la posibilidad de verle convertid
o en «ra- bino de Jerusalén». Estaba escrito: Jesús no sería discíp
ulo de nadie.
-El golpe fue tan inesperado -prosiguió la Señora con la serenidad que des- tila el tiempo- que necesitamos meses pa ra despabilar los cuerpos. José se había ido sin hablarnos. Sin darnos su bendición. Las heridas, mortales, le arrebataron la vida antes de que yo en trara en Séforis. Y a pesar del con- suelo de las gentes de esta aldea, la casa ya no fue la misma.
Al preguntar el lugar donde reposaban los restos de su marido respondió con un impreciso y mecánico movimiento de cabeza. Deduje que se refería a la colina. En mi «agenda» figuraba también una gira de inspección por las faldas y cumbre del Nebi. Y me propuse localizar la tumba.
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-…¿Comprendes, amigo Jasón, por qué mi familia sigue confiand
o en los vecinos de Nazaret?
No supe muy bien a qué se refería.
-…En tan dramáticos momentos, muchos de ellos nos abrieron las puertas de lo poco que tenían, regalándonos consuelo y amistad. Eso no se
olvida.
-Pero -presioné señalando hacia la calle-, esta mañana…
Aun reconociendo que me asistía la razón la noble María insisti
ó:
-Ésos, unos pocos, se alegraron entonces de la muerte de José y ahora con la de Jesús… -Y dirigiéndose a sus hijas añadió rotunda-: Conocemos sus nombres y el porqué de su mezquino comportamiento. Pero no todos son así.
Miriam y Ruth asintieron. Y quien esto escribe se quedó con las ganas de in- terrogarles acerca de ambos asuntos: la identidad de los agresores y las ra- zones de su cólera. Mas, no deseando interrumpir el hilo principal de la na- rración, elegí esperar e ir comprobándolo por mí mismo.
-Los lazos entre el pueblo y nuestra familia se anudaron de tal forma que, durante aquel invierno, rara era la noche que la casa no se veía inva
dida
por gentes que acudían a hacernos co mpañía, a escuchar a Jesús en sus habituales lecturas de las Escrituras o, sencillamente, a disfrutar de su mú- sica.
En efecto. En aquellos difíciles días, el joven Jesús combatió su natural amargura, refugiándose en los suyos y en su arpa. Yo tenía conocimiento de la existencia de este pequeño instrumento musical -probablemente u
n kinnor-, a raíz de mis conversaciones en Betania. Y a decir verdad, no sé explicar por qué, desde el primer momento me sentí atraído hacia él. Tenía que averiguar dónde se hallaba, qué ha bía sido del entrañable «compañe- ro» del Maestro… Esta obsesiva búsque da del «arpa» me conduciría, a no tardar, a una de las situaciones más pe nosas en las que me vi envuelto en toda la aventura palestina… Pero vayamos por partes. Al escuchar la pa
la- bra «música» interrumpí a mi confiden te, interesándome por el paradero del viejo instrumento. María, comparti endo mi curiosidad, se encogió de hombros. Ni ella ni sus hijas lo habían vuelto a ver. Cuando la falta de re- cursos económicos les acorraló el pr opio Jesús se desprendió del kinnor, «vendiéndolo por la mísera cantidad de un par de denarios de pl
ata».
-De eso, querido y curioso amigo -sentenció la Señora, dando por perdido el asunto-, hace ya muchos años…
La fugaz alusión al dinero me dio pie a preguntar sobre otro capítulo, aun- que prosaico, no menos importante: ¿en qué situación les había dejado Jo- sé?
-Buena, Jasón… Mi marido había ahorra do una sustanciosa cantidad. Y de eso fuimos viviendo. Mi Hijo se dest apó como un prudente administrador.
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Era generoso, pero ahorrativo. Además, tal y como establece la ley, imagi- namos que el gobernador de Séforis fijaría una importante suma en concep- to de indemnización…
La Señora esbozó una irónica sonrisa. Tal indemnización, rec
lamada algún tiempo después por Jesús al tetrarca de Galilea, el tristemente célebre Herodes Antipas (el «viejo zorro»), no llegó jamás. Este nuevo «golpe» pre- cipitaría «otros acontecimientos».
-…Al no contar con esos dineros, que nos correspondían en justicia, todo se desmoronó. Antes de un año, los fondos acumulados por mi esposo se ago- taron. Y no tuvimos otra opción que sacar a la venta una de las casas pro- piedad de José y del padre de Jacobo. Ello nos permitió un respiro. Pero nuestro destino estaba escrito con la tinta de la pobreza…
Certeras palabras las de María. Si la existencia de Jesús y la de los suyos podía calificarse, hasta esas fechas, de «medianamente acomodada», al en- trar en su quince cumpleaños se hundiría en el pozo de la miseria. Los cre- yentes que «visten» a Jesús de Naza ret de pobreza no saben hasta qué punto aciertan. El Maestro, así, experimentó también el géli
do aliento de la estrechez y, quizá, algo peor: la impo tencia ante la estrechez de los que dependían de Él.
He pasado mucho tiempo meditando sobre esos angustiosos meses del Hijo del Hombre. ¡Necios evangelistas! ¿Puede haber una estampa más
próxima,
humana y aleccionadora en la vida del joven Jesús? ¿Es que esa etapa de su existencia terrenal no merecía unas lín eas? ¿Cuál fue el panorama en el que tuvo que moverse el Galileo en los arranques de aquel año nueve? Sólo de imaginarlo me estremezco: una madre abatida y embarazada, siete hermanos que alimentar y, por todo bagaje, ¡catorce años!
En la noche del 17 de abril llegaría al mundo la hija póstuma de José: la «pequeña ardilla». Al rememorar el ac ontecimiento, María se fundió con Ruth en una cálida melancolía. Durante algunos segundos habló el silencio. Y creí descifrarlo. Aquella temerosa criatura, que no conoció a su padre, tu- vo la fortuna y la desgracia de aparecer en el hogar de Nazaret en mitad del más encrespado oleaje. «Desgracia», por lo ya mencionado. «Fortuna» por- que, en ausencia de José, encontraría en su Hermano el más dulce, pacien- te y amoroso de los «padres».
Al interrogar a la pelirroja sobre sus re cuerdos, las manos de madre e hija fueron a encontrarse en el centro de la mesa de piedra. Y se entrelazaro
n mudas y elocuentes. Pero Ruth, hacien do caso omiso de mis requerimien- tos, se negó a contestar. Lo comprend í. Era su «tesoro». Y María, hacién- dome un guiño, me pidió paciencia. La certera intuición de la madre no se
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equivocó. Y aliviando mi fallido intento desvió la conversación
hacia un te- ma que provocaría la hilaridad de las hijas.
-Fue el juguete de la casa, Jasón. Dios, bendito sea su nombre, quiso
sua-
vizar nuestra tristeza y envió a Ruth. Fue un terremoto. Todo lo remo
vía y mordisqueaba. Su rincón favorito era el taller de Jesús. Cada vez que me daba la vuelta escapaba gateando y se ponla perdida con el serrín…
Al referir las diabluras de la «pequeña ardilla» giró la cabeza hacia el des- cuidado cuartucho situado a mi espalda. Empecé a comprender.
-Entonces -la interrumpí con la voz pellizcada por la emoción-, ese sucio lu- gar…
La Señora encajó mal el apunte.
-¿Sucio?…
A destiempo, como siempre, quise rectificar. Pero María, dolida en su orgu- llo de dueña, no me lo permitió.
-Te diré algo que tampoco sabes, Jasón.
El tono, recio e inmisericorde, me hizo presagiar una secreta revelació
n.
…Cuando mi Hijo abandonó definitivamente Nazaret, «su» taller de carpin- tería (ése que has visto) quedó tal cu al…, por expreso deseo de María, «la de las palomas». Y así seguirá. Tú no puedes saber con qué coraje, con qué tenacidad, con qué sudor trabajó Jesús en ese «sucio cuartuc
ho»…
Enrojecí de vergüenza.
-…para sacar adelante a sus hermanos. Mientras los otros jóvenes de
la al- dea disfrutaban de su tiempo libre, él se quedaba ciego sobre el banc
o. ¡Benditas telarañas! No quiero olvidar el pasado, Jasón…
Despegué los labios, buscando disculparme. No me fue concedido. Y la Se- ñora, abierta la caja de su temperamento, se vació. Y yo, en el fo
ndo, agra- decí la involuntaria indiscreción.
-…Con quince años en puertas madrug aba como yo. Y se encerraba en el «sucio taller» -su mordacidad era de temer- hasta más allá del ocaso. Al principio entraba y le reprendía. Tuve que rendirme. Desde entonces, cada vez que le importunaba, era para ofre cerle un cuenco de leche o animarle con un beso. Y tanto esfuerzo, ¿para qué?… ¿Sabes cuál fue su salario has- ta que cumplió los dieciséis años? A ve ces no llegaba a veinticuatro ases al día…
Hice cálculos mentales. Teniendo en cuenta que una libra de carne oscilaba alrededor de los dos ases y que el número de bocas a satisfacer era de diez, el margen no era muy tranquilizador.
-…¡Qué angustia, Jasón! Antes de que finalizase el año tuvimos que recurrir a la dolorosa venta de las palomas que cuidaba Santiago. ¡Mis queridas pa- lomas! Pero Jesús era emprendedor. Y en mitad de nuestra miseria, en co-
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ntra de mi voluntad, se empeñó en adquirir una vaca. Era audaz y obstina- do como su padre…
-Y como su madre -terció Miriam con excelente tino.
María sonrió, encajando la justa ocurrencia de su hija mayor.
-Nunca supe cómo se las arregló para ir pagándola. El caso es que, al poco, tuve que reconocer su acierto. Y Miriam, cada mañana, con frío, calor, agua o hielo, se encargaba de la venta de la leche. Aun así, las cosas no mejora- ron. El pago de los impuestos, al año siguiente, nos hundió definitivamente. Medio siclo para la escuela-sinagoga, otro medio para el templo… En fin, el desastre. Y para colmo, esa víbora…
Mi perplejidad no pasó desapercibida para la Señora.
-Has escuchado bien: víbora. Al pan, pan… Ese saduceo hipócrita que ha rasgado sus vestiduras, en tiempos maestro de Jesús, amenazó con embar- garnos si no pagábamos las tasas. Y rencoroso, con el único afán de herir a mi Hijo, mencionó el arpa…
El «rompecabezas», con las palabras «odio» e «Ismael», empezaba a enca- jar lentamente.
-¿Sabes cómo replicó Jesús a los desmanes de esa serpiente?
Cómo podía saberlo.
-…El día de su quince cumpleaños se presentó en la sinagoga e hizo dona- ción de su querido ejemplar de la traducción griega de las Escrituras. Cuan- do, indignada, le pregunté por qué lo había hecho, respondió
guiñándome un ojo: «Madre, ceder a tiempo es vencer.»
Y aunque las necesidades del hogar se vieron drásticamente recortadas du- rante meses, el esfuerzo colectivo -las ventas de leche de Miriam; los espo- rádicos trabajos de Santiago en el alm acén de aprovisionamiento de cara- vanas, ahora propiedad de un hermano de José; la ropa hilada y confeccio- nada por María y el jornal del joven carpintero terminó por dar sus frutos. Y la familia, mal que bien, inició una lenta recuperación. Por mediación de sus familiares Jesús consiguió que le cedies en una parcela de tierra en la falda norte del Nebi. E ilusionado la dividió en pequeños huertos, encomendando su cuidado al resto de los hermanos. Y el convenio de aparcería les p
ropor- cionó, si no dinero, al menos un complemento a la dieta diaria.
-La fantasía juvenil de mi Hijo -aclar ó la Señora-, dormida en parte por las estrecheces, volvió a brillar fugazmente. Al ver trabajar a sus hermanos en- tre legumbres y hortalizas me confesó que le gustaría disponer algún día de una granja propia. Ya ves, el destino le reservaba otros planes…
¡Ah, Jesús, consuelo de los idealistas decepcionados!
-…Y quizá lo hubiera logrado, Jasón.
-¿Jesús agricultor?
María afirmó con la cabeza. Y me prop orcionó una nueva prueba del enig- mático y encadenado «hilar» de la Providencia.
-¿Adivina quién lanzó por tierra las fundadas ilusiones de mi H
ijo?
No era fácil. Pensé en el saduceo. ¿O fue la propia María?
-…El «zorro». Ese malnacido…
-¿Quién? -pregunté sin reflejos.
-Herodes Antipas…
Y la mujer, que no atrancaba cuando le sobraba la razón, me relató
el inte- resante y decisivo encuentro entre el hijo de Herodes el Grande, a la sazón dueño y señor de aquellas tierras, y el joven muchacho de Nazaret. Al pare- cer, a la muerte del contratista de obra s, el tesorero del consejo de Séforis -capital de la baja Galilea- adeudaba a José una serie de salarios. Estos di- neros, unidos a la indemnización por fallecimiento en «accidente laboral», hubieran permitido a la familia la compra de la referida granja. Pero el fun- cionario en cuestión ofreció una cantidad ridícula que, por supuesto, recha- zaron. Y los hermanos de José ape laron al mismísimo tetrarca. Cuando, al fin, Herodes recibió a Jesús y a sus fa miliares en el palacio de Séforis, la sentencia arruinó los sueños del carpin tero. «Que venga el muerto -rió el corrupto Antipas- y que reclame. » Y el primogénito regresó a la aldea con la ansiedad que contagia la injusticia. A partir de entonces retiró su confian- za en Herodes. Y la Providencia, como digo, le obligó a «soñar» en otra di- rección.
-A los pocos días -añadió con orgullo-, Jesús había olvidado a Antipas. Y despacio, midiendo cada lepta, consig uió lo que yo no hubiera logrado en años. Sus labores de carpintero gustaban; en especial los yugos. Y los cam- pesinos y caravanas se los disputaban. De esta forma, al cumplir los dieci- siete años, había reunido tres vacas, cuatro carneros, un burro, un buen puñado de gallinas y un perro.
-¿Un perro?
La noticia, tan inesperada como insó lita, nos condujo a un terreno que no agradó a Ruth.
-¿Le gustaban los animales?
-Desde siempre -avanzó María. Y tras recordarme la pasión del Jesús niño por una de las ocas de la granja de su hermano, animó a la «pequeña ardi- lla» a que me hablara de Zal Al oír este nombre, la muchacha, sobresalta- da, bajó los ojos, rompiendo a llorar. Quedé en suspenso. ¿Quién era Zal? Y antes de que la Señora acertara a consolarla se retiró de la mesa, refugián- dose en el oscuro taller. Miriam intentó levantarse para acudir en su ayuda. Pero María, conociendo la extrema se nsibilidad de Ruth, le recomendó que la dejara a solas.
Zal -aclaró Miriam- fue uno de los mejores amigos de Ruth…, y de Je
sús.
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Me interesé vivamente por este nuevo personaje. Y al requerir mayor in- formación, la -Señora, intuitiva, se apresuró a descabalgarme de lo que, sin duda, llevaba camino de convertirse en una lamentable equivocación.
-Jasón: no te precipites… Zal no era un ser humano, aunque, en ocasiones, demostró mayor nobleza, lealtad e in teligencia que muchos que se dicen hombres. ¿Jesús no te habló de él?
-Lo recordaría…
Zal fue un hermoso perro, inseparable compañero de mi Hijo en sus últimos años.
Parpadeé atónito. Ni remotamente hub iera imaginado al Maestro, acompa- ñado por un perro… Es más: por lo qu e llevaba visto y por la información acumulada en nuestro banco de datos, el perro, en general, no era bien vis- to por la sociedad judía. Se los consideraba carroñeros, desprecia
bles y pe- ligrosos. Y aunque la mayor parte de las veces no se trataba del canis fami- liaris, sino de chacales, lobos, perro s asilvestrados o un cruce de unos con otros, la verdad es que, según la ley, «sólo los cachorros eran
admitidos en las casas de los hebreos». Una norma, claro está, que respetaban los muy ortodoxos… El pueblo, en especial los que vivían en el campo, sabía apro- vechar las muchas cualidades de esto s animales. Una vez más, aquel jo- vencito .había predicado con el ejemplo, colocándose del lado de la Natura- leza. Pero el instinto me llevó a cort ar en seco la historia de ZaL Ahora me alegro. Este personaje, ignorado por los textos «sagrados», llegó a conmo- vernos. De haber entrado en detalles en aquellos momentos, de seguro que hubiera destinado menos tiempo al fund amento de la misión en Nazaret. Y antes de avanzar en ese crucial año 9 les expuse un par de cuestiones que no aparecían claras en mi ansioso cora zón. En primer término, si las arcas domésticas se hallaban tan exhaustas como aseguraba la Señora, ¿
cómo
entender que la familia pudiera adquirir «tres vacas, cuatro carneros y un asno»?
María, que disfrutaba con la sinceridad, aceptó de buen grado mi o
bjeción.
-Quizá me he explicado mal. En un pr imer momento no fueron comprados, sino alquilados. El burro, a razón de tres denarios-plata por mes. La
s vacas, algo menos…
La segunda duda, menos embarazosa, fue resuelta con idéntica sencille
z.
-No, Jasón, mi Hijo no perdió su interés por las novedades que
siempre por-
tan los viajeros y las caravanas. Pero, como comprenderás, su trabajo en el taller no le permitía acudir al almacén de aprovisionamiento o a la posada. Y se las ingenió para aprovechar los continuos viajes de Santiago a ambos lugares y las numerosas visitas de sus clientes, informándose así de cuanto acontecía en el exterior.
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-¿No hubiera sido más cómodo y rentable montar la carpinterí
a en el barrio de los artesanos?
La Señora parecía estar esperando la pregunta.
-La familia de José se lo insinuó en di ferentes ocasiones. Siempre se negó. De esta forma (decía) podía velar en todo momento por la seguridad de sus hermanos y por mis propias necesidades.
Era curioso. ¿Quién hubiera sospechado que el sencillo carpintero se sintie- ra tan intensamente magnetizado por las noticias y acontecimientos del mundo? El Hijo del Hombre fue, es y seguirá siendo una inagotable y f
asci- nante fuente de sorpresas para quien esto escribe…
Y puesto que menciono el título de «Hijo del Hombre», bueno será que no olvide que, justamente en aquel año, se produciría el «descubrimiento» de tan acertada denominación. Más de una vez me lo había preguntado: ¿de dónde arrancaba?, ¿cómo y por qué surgió la designació
n de «Hijo del
Hombre o de los Hombres»? ¿Fue otro acierto personal del Maestro? ¿Se debió quizá a una luminosa revelación de alguno de sus discí
pulos?
Santiago, en Betania, se encargó de sacarme de dudas. Y ahora, Miriam y su madre lo ratificaron. Fue en el transcurso de dicho año 9 cuando, en una de sus periódicas visitas a la biblio teca de la sinagoga, «tropezó» con un texto que le impresionó vivamente. Pero, con el fin de aproximarnos al máximo al íntimo valor de semejant e hallazgo, conviene dedicar primero unas reflexiones al complejo entramado que bullía en aquel entonces en la mente humana del adolescente de Nazaret. Por un lado -no podemos olvi-
darlo-, su madre se había encargado de recordarle que «era el hijo de la Promesa». En otras palabras, el futuro Mesías o Libertador de Israel. Al mismo tiempo, aunque muy gradualmente, la inteligencia del muchacho iba «despertando» o «tomando conciencia» de «otra realidad», que nada tenía que ver con las muy humanas pretension es de María. Para colmo, Jesús creció en una Palestina conmociona da como nunca por la creencia de una inminente llegada del Mesías. Sin embargo, casi de forma natural, el
joven
carpintero había ido forjando un plan que no guardaba parentesco con los sueños nacionalistas y patrióticos de la Señora, ni tampoco con el común denominador de las creencias populares. Durante varios años, fruto de este ambiente, Jesús, confuso, dudó. Su hermano Santiago y el propio Jacobo, que vivieron de cerca la brumosa controversia en el corazón del joven, fue- ron los encargados de mostrarme las claves. María, en honor a la verdad, no estaba muy al tanto. Sus enfrentami entos dialécticos con su Hijo termi- narían por sellar los labios de Jesús. El futuro rabí de Galilea estudió a fon- do las Escrituras y cuantas profecías guardaban relación con el Mesías. Con- cluida la «investigación», el muchacho estaba prácticamente convencido de que «aquél no era su destino». La «llamada interior» que le alimentaba y
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sostenía no «hablaba de conducir ejér citos o rescatar el trono del rey Da- vid». Él era un libertador, sí, pero de otra naturaleza. Estaba llamado a «educar», pero lejos del silbido de las flechas. Él, quizá, era el «anti- mesías»…
Las cosas, no obstante, no resultaron tan sencillas como hoy, privados de estas sutiles informaciones, imaginamos. Este proceso, insisto, no fue es- pontáneo. Llevó su tiempo. Y, sobre todo, no debe ser confundido con «otro paso», infinitamente más grandioso: la adquisición por parte del Jesús hombre de la plena conciencia de su divinidad. Esto tendría lugar añ
os des-
pués…
No podemos ni debemos engañarnos: la influencia de su madre en el cap
í-
tulo mesiánico fue importante, apagan do durante un tiempo los flashes in- teriores del adolescente. Él lo repitió muchas veces: «debo ocuparme de los asuntos de mi Padre». Sin embargo, la Señora -que guardaba en su a
lma la
promesa de Gabriel- confundió los térm inos y a su Hijo. Ni Santiago ni Ja- cobo se atrevieron a confesarlo pero estoy seguro que, durante los primeros años, Jesús, movido por el entusiasmo de María, pudo llegar a creer que, en efecto, era el Ungido. Los argumentos de la Señora, en base a lo que le había sido revelado junto a aquella mesa de piedra y a las minuciosas
pre- cisiones que hacían las Escrituras acer ca del Mesías, se hallaban cargados de razón. El Libertador -rezaban esos textos proféticos- nacería de la estir- pe de David. Ella lo era. Isaías lo dice en su capítulo XI, al hablar del futuro rey). Otros anunciaban que sería «hijo de José». Jesús lo era. «Y será lla- mado “Emmanuel” o “Yavé sidqenu”» («Yesua» o «Dios con n
osotros»), se-
gún Isaías o Jeremías, respectivamente. Ése era Jesús… Ante tanta coinci- dencia, ¿qué podía pensar Miriam, « la de las palomas»? Y el corazón de aquella brava y patriótica galilea se id entificó plenamente con uno de los salmos apócrifos de Salomón (el XVII), en el que se retrata al Mesías: «Ese rey, hijo de David, suscitado por Dios para purificar de paganos a Jerusalén, puro de todo pecado, rico de toda sabiduría, depositario de la Omnipoten- cia, quebraría el orgullo de los pecadores como cacharros de alfarerí
a, en tanto que reunirla al pueblo santo y lo conducirla con justicia, paz e i
gual- dad…»
Recuerdo que aquella tarde, al sincerarme con la Señora sobre estos delica- dos capítulos de la juventud de Jesús, bajó los ojos dolida consigo misma, declarando «su torpeza». „
-Ahora comprendo -susurró estremecid a por el peso de una «culpa» que soportaría hasta la muerte- el porqué de sus solitarios paseos por el monte y su negativa a dialogar conmigo sobre estas cuestiones… -Suspiró,
lamen- tándose-…Mi tozudez y «aires de grandeza» (¡imagínate, Jasón: yo, la ma- dre del Libertador!) le forzaron a un mutismo casi total. Durante mucho
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tiempo no conseguí arrancarle una sola opinión sobre el mundo, sob
re mi pueblo o sobre la cantada venida del Mesías. Me miraba en silencio, con cierta tristeza en sus ojos, y se perdía en ese «sucio taller».
.» Yo sabía de sus inquietudes, de sus blasfemos deseos de hablar cara a cara con «s
u Pa- dre» y supongo que, para no hacerme daño, eligió lo más difí
cil: cargar él solo con su pesada lucha interior. En la aldea, esta poco habitual forma de ser de Jesús no pasó desapercibida. Y muchos de sus amigos y conocidos le acusaron de «trivial».
-Pero -me atreví a hurgar-, ¿no hab ía nadie a quien pudiera confiar sus pensamientos y tribulaciones?
Miriam y su madre se miraron, intercambiando una ruidosa tristeza.
-Suponemos que no… ¡Era un adolescente, Jasón!
Y de nuevo caí en la precipitación.
-¿Qué me decís de Jacobo o de Santiago?
Los ojos de María se encendieron. Y recibí lo que merecía:
-No preguntes lo que ya sabes… En es te, y en otros asuntos, tú, ángel de los demonios, sabes más que nosotras.
Miriam recogió el cariñoso y certero «venablo». Y tras repasar mi atuendo como sólo saben hacerlo las mujeres pi dió explicaciones a su madre. Pero ésta, sin inmutarse, dobló la peligrosa curiosidad de la muchacha, desve- lándole algo que era rigurosamente ci erto: «aquel griego anónimo había sabido conquistar el corazón de Jesú s, sosteniendo con Él largas conversa- ciones. Y que, en consecuencia, sabía cosas que ellas ignoraban. »
-Entonces -me sorprendió Miriam es cierto que deseas escribir la historia de mi Hermano…
Nunca supe de dónde había sacado tan peregrina idea. Pero, al «regresar a mi mundo», la misteriosa y providencial aseveración de la joven fue decisi- va a la hora de iniciar cuanto llevo entre manos.
Asentí, guiado en buena medida por el interés. Y arrimando el agua de tan favorables circunstancias a mi molino, les recordé que para llevar a buen puerto mi misión precisaba de todos sus secretos y recuerdos. Y de esta guisa retorné al punto del gran hallazgo del título de «Hijo del Hombre». Y esto fue lo que supe:
En ese año 9, como había empezado a relatar, la Providencia condujo al to- davía confuso carpintero hasta uno de los rollos almacenados en la sinago- ga: el libro de Enoc. Y aunque era público y notorio que el mencionado ma- nuscrito podía tener un carácter apócrifo , Jesús lo leyó y releyó, impresio- nado por uno de los pasajes. En él aparecía la expresión «Hijo del Hom- bre». El autor hablaba con precisión, retratando a un Hombre que, antes de descender al mundo para iluminarlo con su palabra, había cruzado los
um- brales de la gloria celestial, en compañía del Padre Universal, «su» Padre. Y
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decía también que el «Hijo del Hombre» había renunciado a
su majestad y grandeza, en beneficio de los infelices y perdidos mortales a quienes ofrece- ría la revelación de la filiación divina. Y el corazón del adolescente vibró como pocas veces lo había hecho. De entre las profecías y referencias me- siánicas, aquélla era la que más se aproximaba a sus íntimas
inquietudes. Y a sus catorce años Jesús de Nazaret se hizo la firme y secreta promesa de adoptar para sí tan hermoso título. Ci ertamente, y yo fui testigo de excep- ción, el Maestro tenía la facultad inf alible y envidiable de reconocer la ver- dad, allí donde estuviera y vistiera el ropaje que vistiera…
Y llegó el 21 de agosto…
Como dije, el rompecabezas del odio y de la envidia seguía encajando. Al cumplir los quince años, el entonces jefe de la sinagoga de Nazaret`-Ismael el saduceo- se apresuró a ordenar una nueva pieza en el tablero de su co- razón de hiena. Veamos cómo ocurrió.
En esa señalada fecha Jesús fue autorizado a dirigir el oficio del sábado. (A partir de los doce-trece años, la ley permitía a los varones libres de Israel la lectura de la sagrada Torá -el Pentateu co- en las sinagogas.) Y aunque el adolescente ya había leído las Escritura s en otras oportunidades, en aquel momento, al sabbat siguiente a su cumpleaños, al ser requerido oficialmen- te por el consejo, el acto guardaba una solemne significación. La aldea en- tera se hallaba reunida en la beth- ha keneseth. Y el joven, vistiendo su blanca túnica de lino, regalo de María, se dirigió a los asistentes, leyendo un pasaje especialmente escogido por su simbología:
-El espíritu del Señor Dios está en mí, ya que Él me ha ungido y enviado para llevar a los bondadosos la buena nueva, para curar a aquellos que su- fren, para anunciar la libertad a los cautivos y abrir las cárceles a los prisio- neros. Para proclamar el año en favor del Eterno y un día de venganza para nuestro Dios. Para consolar a los afligidos y darles el aceite de la ale
gría en lugar del luto y un canto de alabanzas en vez de un espíritu abatido, con el fin de que sean llamados árboles de re ctitud, plantados por el Señor y des- tinados a glorificarle…
»Buscad el bien y no el mal, para que viváis y el Señor,
el Eterno de los Ejércitos, sea con vosotros. Odiad el mal, amad el bien. Es- tableced el juicio justo en las asambleas de la puerta. Tal vez el Señor Dios usará de su gracia con los restos de José.
»Lavaos y purificaos. Quitad la maldad en vuestras acciones ante mis ojos. Cesad de hacer el mal y aprended a hacer el bien. Buscad la justicia, aliviad al oprimido. Defended al que ya no ti ene padre y proteged la causa de la viuda.
»¿Cómo me presentaré ante el Señor? ¿Cómo me inclinaré delante del Dios de toda la tierra? ¿Tendré que ir ante Él con holocaustos, con bueyes de un
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año? ¿El Señor gozará con miles de moruecos, con decenas de miles de carneros o con ríos de aceite? ¿Daría a mi primogénito por mi trasgresión o el fruto de mi cuerpo por el pecado de mi alma? No, porque el Señor nos ha enseñado lo que es bueno. ¿Qué os pi de el Señor? Únicamente, ser justos, amar la misericordia y caminar humildemente hacia Él.
»¿Con quién comparáis al Dios que domi na toda la órbita de la tierra? Le- vantad los ojos y ved quién ha creado estos mundos que producen legiones y las llama por su nombre. Hace todas estas cosas gracias a la grandeza
de su poder. Y dada la fuerza de su pode r, nadie se equivoca. Da vigor a los débiles y aumenta la fuerza a los que están cansados. No temáis, pues es- toy con vosotros ya que soy vuestro Dios. Os ayudaré. En efecto os sosten- dré con la mano derecha de la justicia, pues soy el Señor vuestro Dios. Os daré mi mano, diciendo: “No temáis, ya que os ayudaré.”
»Tú eres mi testigo, dijo el Señor y el servidor que he escogido con el fin de que todos me conozcan y me crean, al tiempo que sepan que soy el Eterno. Yo, sí yo, soy el Señor…, y fuera de mí no hay Salvador.
Miriam, que idolatraba a su Hermano, dio cumplida cuenta de la reacción del pueblo:
-Regresaron a sus casas impresionados. La lectura de Jesús, solemne, dul- ce, varonil, rotunda, les llenó de paz y de esperanza…
-Y de odio -medió la Señora, aportando un dato que ya flotaba en m
i men- te-. Odio entre los de siempre… Odio en los corazones de los que asociaron aquella lectura con mis sueños mesián icos. El saduceo, sobre todo, que siempre menospreció nuestras creencias en el Mesías, interpretó las últimas frases de mi Hijo como una blasfem ia solapada. Él sabía que Jesús era con- siderado «el niño de la Promesa». La noticia, inevitablemente, terminó por correr de boca en boca. Y el atrevimien to de Jesús le pareció intolerable. «¿Quién se cree este engreído carpin tero? (llegó a murmurar). Suponiendo que el Ungido aparezca, ¿es que no sabe que primero será designado
sumo sacerdote?»
»Querido Jasón: ¿entiendes ahora cuán viejas y profundas son las raíces del odio en esa víbora?»
Me hacía cargo. Y una nueva inquietud parpadeó en mi ánimo. La circuns- tancia de haber sido maestro del Jesús niño me obligaba a interrogarle. Pe- ro, dada mi condición de «amigo de la familia», ¿aceptaría recibirme? De momento opté por congelar la cuestión. Tiempo al tiempo…
-Imagino que Jesús sabía de estos odios…
-Sobradamente -puntualizó su madre-. Pero había «algo» en é
l que descon-
certaba. Desde muy niño le repugnaba la violencia. Y no era un proble
ma de falta de valor o de vigor físico. To dos le vimos cargar maderos de dos y tres «efa». -Considerando que un «efa» equivalía a unos 4
3 kilos, la expre-
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sión de la madre se me antojó un tanto exagerada. Pero todo era posible en aquel soberbio ejemplar humano-. Nadie le vio retroceder ante una amena- za o arrugarse como una mujer en la oscuridad. Era bravo y valeroso…, pe- ro lo demostraba con sencillez, sin alardes. Y cuando llegaban a sus oídos las maledicencias o calumnias de los de siempre, sonreía o acudía a su fra- se favorita: «nada se mueve si no es por la voluntad de mi Padre. Incluso la lengua del áspid».
-Hasta tal punto es cierto lo que di ce mi madre -subrayó Miriam- que esa misma tarde, haciendo oídos sordos al venenoso comadreo del saduceo, eu- fórico como hacía tiempo que no le veíamos, tomó a Santiago y se dedicó a pasear por la colina. A la vuelta nos sorprendió a todos. Antes y después de la cena no dejó de cantar, al tiempo que escribía los diez mandamientos sobre dos planchas de madera pulida…
-Correcto -exclamó la Señora, que parecía haber olvidado la pequeña anéc- dota-. Por cierto, ¿qué fue de las maderas?
La hija refrescó de nuevo la memoria de su madre, proporcionándome, de paso, una información que, en esos momentos, no alcancé a entender.
-¡Mamá María!…. ¿es que ya no te acuerdas? Marta les dio color y tú misma las colgaste en el taller…
La Señora, en silencio, fue corroborando las explicaciones de la muchacha.
-¿Y qué fue de los «mandamientos»? -intervine, felicitándome ante la fasci- nante posibilidad de acoger entre mi s manos una «obra» escrita por el Maestro.
Miriam se encogió de hombros y, resignada, me fulminó:
-Mi Hermano, años más tarde, se encargaría de destruirlo…
Creí no haber captado bien la última palabra. E insistí:
-¿Destruyó los «mandamientos»?
-No, Jasón: destruirlo…, todo.
¿Qué era «todo»? Confuso y contrariado solicité una expli
cación.
-Todo lo que había escrito, dibujado o pintado. ¡Todo! Incluso la tabla de cedro, con su primera oración…
-¿Por qué? -susurré sin poder dar crédito a lo que me anunciaban. Ninguna supo responder. Sencillamente: era un enigma. A pesar de la obstinada oposición de María y de sus hermanos, el primogénito, de la noche a la ma- ñana, incendió cuanto llevaba escrito o creado. Mis posteriores indagaciones cerca de Santiago y de Jacobo no arrojaron mejores resultados. Recordaban el incidente pero no sabían la razón o razones. Este explorador tuvo que aguardar al «tercer salto» para descubrir las motivaciones del Mae
stro. Unas «motivaciones» plenamente justificadas -cómo no-, «desd
e su punto
de vista»…, que no del mío. Pero no adelantemos ni un átomo de la fasci- nante aventura que supuso acompañarle durante su «vida de predicac
ión».
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-…Incluso la tabla de cedro, con su primera oración.
La confesión de Miriam, deslizada sin querer, me proporcionó un nu
evo y emotivo «hallazgo». En ese mes de octubre, a sus flamantes quince
años, aquel joven singular, movido por unas circunstancias muy concretas, tuvo la genial ocurrencia de poner por escrit o la que sería una de las plegarias más recitadas y certeras del orbe cristiano: el lebre «Padrenuestro». Nunca, hasta ese instante, me había detenido a reflexionar sobre dicha oración. Es más -dado su contenido-, imaginé qu e era una «obra» de madurez. De hecho, si la memoria no me traiciona, los evangelistas la mencionan en ple- na vida pública. Pues no. El Maestro seguía desconcertándome.
-Suponemos -terció María- que la idea del «Padrenuestro» nació a causa de nuestra escasa imaginación…
-No entiendo.
-Es fácil -aclaró, impacientándose ante mi impaciencia-. Desde siempre, mi pueblo y mi familia se habían limitad o a recitar de memoria las oraciones que marca la ley y la tradición. Pero Jesús, empeñado en que compartiéra- mos sus locas pretensiones de «hablar directamente con Dios», bendito sea su nombre, insistía en que «era buen o improvisar y comunicar al Padre to- das nuestras inquietudes y problemas». ¿Te imaginas, Jasón? ¿Cómo podía ser eso? Por mucho menos habían lapidado a otros. ¿Hablar, de tú
a tú, con
el Divino?… Las amonestaciones de José, cuando vivía, y las mías, en todos esos años, fueron como zumbidos de moscas en sus oídos. Mis hijos, que le adoraban, lo intentaron. Pero, temero sos ante «el qué dirán» o amarrados a la fuerza de la costumbre, acababan en la recitación memorística
. Y un
buen día…
-Una noche, mamá María… -corrigió Miriam.
-Una noche, tienes razón, cansado de solicitar espontaneidad, fue a sentar- se aquí mismo y tomando una de las maderas sobrantes del «sucio ta- ller»… -Esta vez acompañó la indirecta con una pícara sonrisa-..: .se puso a pintar…
-A escribir, mamá María… -rectificó la hija.
-El cielo me valga, Jasón… Ya no hay respeto en este mundo…
Agradecí la precisión. Como era lógico y natural, la Señora no podía com- prender lo importante que era para mí la exactitud, la «milimétrica exacti- tud», en todo lo concerniente a su Hi jo. Y aunque el hecho de equivocar la palabra «escribir» por la de «pintar» pueda ser estimado como vanal, no quiero pasarlo por alto. La razón no es tan vanal… Nos hallábamos en abril del 30. Habían transcurrido veintiún años desde la creación
del Padrenues-
tro. Si una de las protagonistas del importante suceso no retenía con nitidez los pormenores del mismo, ¿qué podía esperarse de los llamados «evange-
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esa «maravilla»…
listas», que se aventuraron a redactar sus recuerdos y los de tercera
s per- sonas bastantes años después?
-…Muy bien, se puso a escribir… Esta deslenguada y yo trasteábamos junto al hogar, preparando la cena. Y los más pequeños, si no recuerdo mal, ju- gaban fuera o quizá en el terrado, con las cajas de arena…
María, suspicaz, arqueó las cejas y abriendo las manos interrogó
a su hija con la mirada. Pero Miriam, maliciosamente, le hizo ver que su memoria n
o llegaba tan lejos.
-Y de pronto, Ruth, que apenas contaba seis meses, rompió a llorar. Alcé la vista y vi cómo Jesús arrimaba la c una a la mesa. Me sonrió y, canturrean- do, prosiguió con su escritura, al tiempo que balanceaba a la «peq
ueña ardilla». Era matemático. En cuanto alguien la acunaba, la muy pájara cesaba en sus lloros… Y así, inc linado sobre esta muela, haciendo traquetear la cuna con su mano dere cha, entre el vocerío de la gente menuda y el trasteo de platos y vasijas, le dio cuerpo a
Un punto de silencio arropó la certera calificación. Y los tres nos abandona- mos en brazos de aquella escena. ¡Cuán sencilla es a veces la gestación de las grandes obras!
-Terminada la cena reclamó la atención general y, amoroso, nos leyó la plegaria. Los más pequeños -Judas, Amos y Ruth- se. durmieron en los bra- zos de sus hermanos. Y en paz, a la parpadeante luz de una lucerna como ésta, mi Hijo fue leyendo, comentando y respondiendo a as dudas de todos nosotros…
La Señora titubeó. Y sus labios temblaron, vencidos por una melanc
ólica tristeza.
-Fue hermoso, Jasón -le relevó Mir iam, mientras escondía entre las suyas las largas y crepusculares manos de su madre-. Hermoso aunque no le comprendiéramos…
-¿Por qué? -interviene sin reflexionar.
-Él hablaba y decía cosas extrañas, casi prohibidas por la ley.
..
-Por Dios -le animé-, hazme partícipe de sus «pecados».
La muchacha sonrió, gozosa ante alguien que tampoco cedía con faci
lidad.
-Fue recitando lo escrito y…, pero mejor será que lo escuches.
Y entornando los ojos fue recordando.
-Padre nuestro…
»Y recorriendo nuestros asombrados ojos aclaró: »Porque Él nos ha creado en verdad, como la ola que, sin desprenderse, se desprende del mar…
»Que estás en los cielos…
»Y guiñándonos un ojo señaló al pecho de Santiago. Y dijo
:
»En los cielos del corazón.
»Santificado sea tu nombre…
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»Y todos asentimos. Pero él, sin de jar de sonreír, negó con la cabeza. Y aclaró:
. »Santificado, no sólo porque lo or dene la ley. Santificado porque nunca duerme. Santificado porque nunca hiere. Santificado porque ahora, segu- ramente, se sonríe ante los problemas de mamá María y de este pobre car- pintero…
La Señora, me traspasó con la mirada. Aquel verde hierba hubiera sido sufi- ciente para iluminar la estancia. -Venga a nosotros tu reino… »Y Santiago le interrumpió: ¿Es que Dios es rey?
»Y mi Hermano, señalando hacia el patio, alzó la voz. Y dijo:
»El único, oídme bien, capaz de armar el rojo de una rosa. ¿Podrías tú, Santiago, o tú, Miriam, o tú, José, fabricar la geometría de
las estrellas?
»Nadie replicó. Y con una seguridad que daba miedo sentenció:
»Pues ése es el reino de nuestro Padre: el de la belleza visible e
invisible.
»¿Belleza invisible?, saltó Simón, que a sus siete años e
ra tan irritantemen- te curioso como Jesús.
»Sí, pequeño: la que se adivina debajo de la justicia; la que s
ostiene un be-
so de amor; la de los hombres que jamás reclaman; la que regala al mundo sus cosechas; la que concede antes de que se abran los labios para rogar. Ése es nuestro reino…
»Y hágase tu voluntad en la tierra y en los cielos… »Esperó un momento. Y en plena expectación anunció lo que menos imaginábamos:
»Ya sé que, a veces, el Padre de los Cielos parece como si se hubiera ido de viaje… No temáis: es el único que jamás viaja…
»¿Nunca?, terció Marta con los ojos abiertos como espuertas. Es
o no es verdad… ¿Y qué me dices de Moisés? ¿No viajó con él
por el desierto?
»Atrapado, Jesús se rindió a la candidez de mi hermana.
»Lo que quiero decir, niña intrigante , es que nuestra voluntad no siempre coincide con la suya. Pero Él, como ma má María, sabe bien lo que te con- viene. Hacer la voluntad del Padre -siempre, a cada instante, aunque no
la
comprendamos- es el pequeño-gran secreto para vivir en paz.
»Y mi Hermano continuó:
»El pan nuestro de cada día, dánosle hoy…
»Pero, ¿quién nos lo da: mamá María, tú o Dios?
»El responsable y racional Santiago nunca tuvo pelos en la lengua.
»Mamá María y yo, por supuesto…, porque Él nos lo ha dado
primero.
»El razonamiento, a sus once años, no le satisfizo.
»Y mi Hermano añadió solícito:
»El Padre es sabio. Conoce a cada uno de sus hijos por su nombre. Y d
ispo- ne todo lo necesario para que, en forma de trabajo, de suerte o de casuali- dad, ni una sola de sus criaturas quede desamparada. La codicia, la ambi
-
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ción y la usura, queridos, no son sólo pecados contra los hombres.
Son es- tupideces, muy propias de los que ha n olvidado o nunca supieron que tie- nen un Padre…, inmensamente rico.
»Y perdona nuestras deudas.
»Y Jesús dijo:
»Sobre todo, las que nadie conoce.
»Y tú -me atreví a preguntarle, aclaró Miriam-, ¿también tienes deudas con el Padre?
»Se puso serio. Y me asusté.
»Tantas como virutas en mi taller…
»Pero nadie le creyó porque esas virutas estaban rizadas por el sudor de su frente. Y es difícil hallar la maldad en alguien que lo antepone todo a su in- terés.
»Y no nos dejes caer en la tentación.
»Y bajando el tono de voz nos hizo partícipes de otro secreto:
»…No en la tentación de violar el sába do o las casi siempre interesadas le- yes de los hombres. Decid mejor: «no nos dejes caer en la tentación» de olvidarte, Padre de los cielos. Si el peor de los pecados es menospreciar o ignorar a los que nos han dado la vida terrenal, ¿qué clase de afrenta será renunciar al Padre de los padres?
Tras conocer este «olvidado» pasaje de su vida me reafirmé en la idea de que Jesús, desde muy temprana edad y en contra de la imagen ofrecida por la historia, se manifestó como un «reb elde». Algo así como un «anarquista de los conceptos». Sus «revolucionar ias» doctrinas del período de predica- ción escalaron las techumbres de las leyes e instituciones judías. Pero, co- mo las enredaderas de los muros de su casa de Nazaret, habían arrancado y echado raíces mucho tiempo antes. He aquí una justificación más que so- brada para haber exigido a los evangelistas el relato completo de su vid
a.
Y desconfiado, como si no hubiera oído a Miriam, pregunté de nuevo por el paradero de la famosa plancha de cedr o, con el Padrenuestro original. Y la intuición, como un perro guardián, se puso en pie, con las orejas «ennorta- das». Aquel relampagueante ir y venir de los ojos de las mujeres me dio que pensar. ¿En verdad había sido quemado por el Maestro?
-No sabemos… Todo fue destruido -ratificó la hija mayor en un tono menos convincente-. Al menos, nadie ha vuelto a verlo…
Interesante. Muy interesante.
El final de aquel año y el siguiente podrían considerarse como el definitivo y siempre conflictivo «salto» de la adol escencia a la juventud. Merced a las minuciosas explicaciones de los que co mpartieron su techo y corazón pude hilvanar ese retazo de su vida de acuerdo con el siguiente esquema:
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Conforme fue consumiendo los quince años, el sufrido carpintero entendió y aceptó que, a pesar de su «llamada interior», debía soportar primero la du- ra carga de la supervivencia de los suyos. Ésa, sin duda, era la voluntad de su Padre de los cielos.
Al mismo tiempo, en el natural desper tar a la virilidad, el joven se vio za- randeado por nuevos vientos. Estaba alejándose de la orilla de la pubertad para desembarcar en el escabroso acantilado de los adultos. Y exactamente igual que los jóvenes de hoy, y de siempre, se sintió solo, desamparado, in- comprendido, soñador, inseguro y especialmente sensible. Y como ellos
, durante meses, hizo del silencio y .de la soledad del Nebi su verdadero re- fugio. Y como tantos otros «hombres en proyecto» esquivó los bieninten- cionados acosos de su madre, «que no le entendía».
-Nunca supe del porqué de aquellos largos paseos por la colina -confesó María con idéntica desolación a la de las madres que hoy puedan recurrir a un psicólogo-. Para mí sólo era un niño… Deseaba protegerle, mimarle… Pero él, arisco, me evitaba. Y lo que era peor, raramente me abría su cora- zón. Muchas veces me pregunté si la ne cesidad de aportar dinero al hogar, arruinando así sus acariciados proyectos de estudiar en Jerusalén, puso ser la causa de su mutismo…
Obviamente se equivocaba. Como en la actualidad, el corazón de aquel jo- ven era más cristalino y generoso de lo que los adultos, intoxicados por la experiencia, solemos pensar. Sencillamente, ése era el proceso a seguir: el «descubrimiento» de la vida, como el hierro en la forja, es generalmente penoso. Y raro es el hierro que, en plena incandescencia, manifiesta su do- lor vociferando contra el herrero. Je sús, por puro instinto humano, fue aprendiendo que sólo los éxitos parc iales y el contentarse constituyen las llaves de horizontes más prometedores. María, como digo, se equivocaba. Su Hijo la amaba profundamente. Quiz á con más intensidad que nunca. En los jóvenes de nobles sentimientos, aunque no lleguen a exteriorizarlo, una tragedia o un revés familiar purifica su s afectos. Pero también sería justo comprender su lucha y desasosiego interiores. Como todo hombre de quin- ce o dieciséis años, Jesús tenía proyectos. Uno de ellos, en
especial, le con-
sumía. Y tal y como vemos en la socied ad del siglo veinte, tuvo que apren- der la lección. de la paciencia. Es cierto que, al contrario de lo que hoy se repite con demasiada frecuencia, aquel muchacho no vio mermado «su de- recho» a cargar con sus prosas responsabilidades. Y María, aunque
forzada por las circunstancias, se vio libre, como digo, de ese error en el que suelen incurrir los padres de hoy: apartar a los hijos de toda suerte de responsabi- lidades. Jesús, afortunadamente para Él, recibió y encajó la
responsabilidad
de una familia. Una obligación, si se me permite, excesiva para sus cortos años. Su fuerza moral -ni mayor ni menor que la de cualquier joven- hizo el
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resto. ¡Cuán despistados estamos resp ecto al poder espiritual de los «nue- vos hombres»! ¡Y cómo se desperdicia ese «tesoro», innato en todos los jó- venes, por el miedo de los «viejos hombres», que ya no recuerdan sus eta- pas de juventud!
Así entró el Hijo del Hombre en el añ o 10, el de su dieciséis cumpleaños: inquieto, responsable y confiado. Intuyendo que la fiera salvaje y agaza
pa- da de la vida sólo puede ser evitada con un suave y tranquilo caminar. Re- plicando sin replicar. Dejando hacer, sin dejar de hacer. Sonriendo cuando nadie sonríe. Hoy diríamos: «caminan do con las manos en los bolsillos». Sólo así cabe esperar la gracia del pensamiento creador.
Si los Evangelios, aunque deformados e irritantemente parcos, reflejan la imagen de un Hombre sometido a duras pruebas, su juventud no le fue a la zaga. Y aunque lo repitió hasta cansarse -«el Hijo del Hombre no debe ser tomado como ejemplo»-, quien esto escribe, desobedeciendo su consejo, se atreve a recordar a los jóvenes insa tisfechos o heridos que «hubo una vez otro joven que no le hizo ascos a la sabia aunque incomprensible “violencia” del destino». Y cargó con una responsabilidad que hoy haría pal
idecer a muchos.
Cuando me interesé por la aparente friv olidad de su aspecto físico, su her- mana Miriam tomó la iniciativa, ante la complacida mirada de su madre
:
-¡Guapo, Jasón!… ¡Guapísimo!…
Comprendí su exagerado fervor, aunque es justo reconocer que el Galileo, desde un prisma netamente estético , era un ejemplar muy próximo a la perfección.
-…Ese año se hizo hombre…, en todos los sentidos. ¿Me comprend
es?
María, encendida como una anémona, negó con la cabeza. Fue una nega- ción tan sutil que casi se me escapa de las manos. E interrumpiendo a Mi- riam la interrogué con un levísimo movimiento de mis dedos. Sólo logré ru- borizarla hasta las cejas.
-Fue antes… -replicó, casi para sí.
Quedó claro. Y la hija prosiguió con su particular «retrato» de Jesús. Un di- bujo que no se apartó excesivamente de la verdad:
-…Era viril. Musculoso. Muy alto para su edad. Con el vello dorando la bar- ba y los brazos. Y los ojos, Jasón…, siempre dulces pero traspasando como espadas. A la luz del día se aclaraban como la miel. Una sonrisa suya era como el calor en el invierno. Pero lo que volvía locas a las jovencitas eran sus pestañas…
-Y no olvides su voz -terció María.
-Sí, por aquel entonces cambió. En casa le tomamos el pelo…
-¿Por qué?
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Miriam sonrió, convencida de que, en el fondo, todos los hombres son deli- ciosamente ingenuos.
-Al principio parecía salir de una crip ta. Después se asentó, grave y musi- cal. Pasaba por la aldea como la bris a fresca, despertando cariño, admira- ción…
-Y envidia -redondeó la Señora con una sinceridad muy de agradecer
.
-¿Fue un joven sano?
La pregunta ofendió a las mujeres.
-Duro como el granito -me arrojó la madre en pleno rostro-…, a pesar de los pesares. -No entiendo…
-¡Ay, hijo, a veces pareces tonto!
Y recuperando la sonrisa me hizo ver qu e la escasez de dinero no les auto- rizaba a grandes lujos en la dieta diaria.
-Carne, Una vez por semana y no siem pre. Leche en abundancia. Pan de trigo o cebada, según… Legumbres, ho rtalizas y frutos de acuerdo con las épocas y mis postres: la debilidad de Jesús.
-¿Y pescado?
-Menos de lo aconsejable. El transporte desde el yam lo hacía casi prohibiti- vo. Sólo cuando Él empezó a frecuentar el lago en compañí
a de uno de mis hermanos disfrutamos de un suministro más regularizado.
Debo aclarar que mi afán por desmenuzar la dieta del joven Jesús no ence- rraba únicamente un interés document al. Una información pormenorizada de los alimentos que ingería regular y habitualmente podía proporcionar a Caballo de Troya un cuadro ilustrativo de las posibles deficiencias nutr
icio-
nales y metabólicas del Hijo del Hombre, si es que las tuvo. En los análisis efectuados con motivo de la pasión y muerte, las noticias en este sentido habían sido muy tranquilizadoras. Pero, aun así, convenía cerciorarse en la medida de lo posible. Pues bien, en base a los datos obtenidos, consideran- do su edad (Xaños), peso aproximado (pa 66 kilos), estatura (alrededor de 1,76 metros) y actividad desplegada en dichas fechas (intensa), los re- sultados no pudieron ser mejores: ni sombra de desnutrición y un más que aceptable funcionamiento metabólico. Tanto en vitaminas liposolubles como hidrosolubles y minerales, la dieta era correcta. No voy a silenciarlo. Para los especialistas de la operación y para quien esto escribe, la excelente sa- lud del Maestro -siempre desde un punto de vista dietético- fue algo
incom- prensible. Me explico: entre las clas es sociales judías no acomodadas, es decir, la inmensa mayoría, la dieta diaria pecaba de insuficiente y desequili- brada. El raquitismo, deficiencias di gestivas, circulatorias, problemas ner- viosos, renales, retrasos en el crecimie nto, etc., tenían su origen, en gran medida, en la ausencia de vitaminas y minerales. La carne y el pescado, por ejemplo, salvo en determinadas áreas, se consumían muy de tarde en tar-
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de. Y la familia de Nazaret, cuyos rec ursos económicos experimentaron no- tables altibajos, no fue una excepción. En buena lógica, reflexion
ando desde un ángulo estrictamente humano y científico, el satisfactorio desarrollo físi- co de Jesús (que alcanzaría 1,81 metr os de estatura) fue algo anormal e «ilógico». Mientras la leche, productos derivados de la misma (queso, man- tequilla, etc.), verduras y frutas, cere ales y huevos fueron repartidos a lo largo de su infancia y juventud en una proporción y frecuencia aceptables, no puede decirse lo mismo de las carnes y del pescado. En ambos casos, un plan dietético diario básico señala el consumo, para un adolescente, de una o dos raciones, con una medida de no venta gramos por ración. Jesús de Nazaret, según todos los indicios, al ig ual que el resto de la comunidad en la que le tocó crecer, pudo ingerir de l orden de una a dos raciones por se- mana (a veces, ni eso). Pues bien, esa alarmante carencia de carnes y pes- cado -los expertos lo saben bien- tend ría que haberle provocado, a su vez, un deficiente ingreso de vitamina A, D, tiamina, riboflavina, niacina, vitami- na B6, B 12, biotina, sodio, calcio, fósforo, hierro, yodo y cobre. E
n otras
palabras: una merma tan gigantesca co mo peligrosa que, de acuerdo con las leyes de la medicina, podría haber configurado un Jesús diferente al que todos hemos imaginado y al que en verdad fue.
Ante semejante excepcionalidad caben dos posibles explicaciones. Una: que el resto de su dieta y la propia Natur aleza equilibrasen el evidente desajus- te. Dos: que su organismo se hallase «salvaguardado» de forma extraordi- naria… Incluso, cabría una tercera: una sabia simbiosis de ambas. La pri- mera es racional y científica. La segund a y la última, en cambio, no lo son. Pero, ¿es que podía sorprenderme a estas alturas? ¿En qué lugar había quedado mi «espíritu científico» ante la realidad de la tumba vacía o de las reiteradas apariciones? ¿Qué podía de cir la ciencia ante su «cuerpo glorio- so»?
Pues bien, nuestras sorpresas apenas sí habían empezado…
A los dos años de la muerte de su padre, el carpintero de Nazaret emp
ezó a destacar en su oficio. Pocos yugos, arados, aperos de labranza y enseres de madera en toda la comarca guardaba n la finura que sabía imprimir aquel Jesús de dieciséis años. Amén de cu mplir con su obligación, sacando ade- lante a tan numerosa prole, el joven artesano disfrutaba con su trabajo. Santiago, su hermano, que pasaría muchas horas a su lado, ayudándo
le,
era uno de los que más y mejor le cono ció en este interesante capítulo de su mal llamada «vida oculta». Un capítulo en el que, a poco que se profun- dice, aparece ya el Jesús del futuro. La nula información de los Evangelios en este sentido ha privado a la human idad creyente de algunas pinceladas dignas de mención. La historia ha imaginado al Jesús carpintero como un
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obrero más o menos rutinario, obligad o por el mayorazgo a desenvolverse en un oficio oscuro y aburrido. Lamentable error. Aunque es cierto que d
es- de los cinco años empezó a trastear a la sombra de su padre, entre vigas, herramientas, virutas y maderas de mu y diversa índole, Jesús tenía la ca- pacidad innata de identificarse y «h acerse uno» con lo que llevaba entre manos. En este sentido, la madera -supongo que no por casualidad- consti- tuyó durante años un íntimo y gratificante modo de expresarse y de expre- sar lo que latía en su sensible corazón. Jesús encontró en cada paso de este bello oficio -desde la simple tala ha sta el más pulcro acabado-. un reto hacia sí mismo. Fue y no fue un arte sano que trabajaba por encargo. Cum- plía los pedidos pero, lo que muy pocos supieron es que, en cada banco, en cada arca, en cada yugo, en cada pu erta o mango de azada que remataba se había «ido» un jirón de su alma. El Jesús ebanista y el Jesús fabricante de pesadas vigas para terrados acariciaba la madera, respiraba al ritmo
de
la sierra y de la garlopa, espiraba al tiempo de cortar y escuchaba el ronro- neo de las gubias. Sabía que la madera tiene corazón y, en consecuencia, le hablaba. Quizá pueda parecer una figura retórica. Yo no lo creo. Aquel car- pintero, poco a poco, llegó a «descubrir» en el duro e impermeable roble la naturaleza de muchos seres humanos: gr anítica en su exterior y de fibras largas, rectas y flexibles, fáciles de manejar. Y del nogal aprendió también que, a pesar de su resistencia al hach a, su corazón era como una malla de oro. Y como sucede con otros hombres, «vio» en el avellano una madera flexible, semidura, tenaz…, pero de escasa duración. Aquel «cora
zón» ni daba fuego ni ceniza… Y quizá asoció el olivo con esos humanos q
ue, retor- cidos por el dolor y las miserias, pr ecisan de un «secado» especialmente delicado…
¡Lástima que los evangelistas no nos ha yan recreado con aquel carpintero que hizo de la verticalidad de la madera un esperanzado y horizontal cam
i- no!
No, Jesús no fue un aburrido artesano. Como sucedería con los oficios que iría desempeñando, fue humilde en el aprendizaje y alegre en la madurez. Y equilibró la dureza de los mismos co n un permanente descubrir. Cada nue- vo encargo era un no saber, un enigma, un desafío…
Merced a la magia de su pensamiento, el luto de hierro de la familia de Na- zaret fue a sublimarse en un cálido recuerdo. Y a pesar de las estrecheces y de su aparentemente frustrado «gran plan», el sosiego terminó p
or acomo- darse en el hogar de la Señora como uno más.
Y fue en aquel año 10 cuando -según confesión de Santiago- tomó una de _sus primeras e importantes decisiones. Una determinación que afectaba a su futuro y al de los suyos. Una reso lución que no compartió con su madre porque, entre otras razones, difícilmen te le hubiera comprendido. Jesús,
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consciente de su grave responsabilid ad para con la familia de la que era «padre» y principal soporte, decidió esperar…
-Lo había meditado largamente -explicó su hermano-. Aguardaría a que to- dos estuviésemos en condiciones de valernos por nosotros mismos. Enton- ces, sólo entonces, emprendería su ministerio como educador de la verdad.
-¿Qué verdad? -pregunté simulando un total escepticismo.
-La suya -replicó certeramente-. A su s dieciséis años, aunque su pensa- miento se hallaba todavía confuso, tenía muy clara la idea de «su Padre Ce- lestial». No me preguntes cómo pero ese asunto había echado unas profun- das raíces en su inteligencia. Y nadie pudo con Él: ni maestros, ni sacerdo- tes, ni amigos, ni siquiera María… ¡Pobre mamá María! ¡
Cuánto padeció con sus silencios!… Y ése, Jasón, fue el sueño y el ideal que le sostuvo durante años: liberarse de los compromisos familiares para anunciar al mundo que hay un Padre que nada tiene que ver con el Yavé de nuestros mayores.
Dicho así, contemplado en la distancia de dos mil años, el asunto
puede desdibujarse. Y corremos el riesgo de minimizar lo ocurrido en el corazó
n de aquel Hombre. Jesús controló, frenó y congeló su más bello proyecto du- rante más de doce años. Si uno se pa ra a pensar lo que son y lo que pue- den significar doce largos años de trabajo, y en una aldea como Nazaret, no puede por menos que reconocer que su voluntad, paciencia y salud mental eran dignas de un coloso. A decir ve rdad, acabo de cometer un semierror. No fueron doce los años de espera, sino catorce. Cerrados esos 4380 días (doce años), una vez que sus hermanos contrajeron matrimonio y encauza- ron sus respectivas existencias, el Maestro abandonó la Galilea…, p
ara via- jar. Y lo hizo durante dos años. En tot al, por tanto, la «puesta a punto» de su misión exigió más de cinco mil días. Evidentemente, la ap
arición en pú- blico del Hijo del Hombre no fue algo re pentino, ni fruto de una «súbita ilu- minación», como pueden creer algunos. En el desarrollo de nuestro «tercer salto» iríamos descubriendo el apasio nante prolegómeno que constituyó el fundamento de su gira de predicación.
¡Qué demoledora lección para los impacientes!
Y durante ese dilatado periodo, salvo Santiago y su amigo íntimo, Jacobo, nadie supo de su «sueño». Es más, envuelta en la rutina del hogar, la Se- ñora llegó a dudar del carácter mesián ico de su Hijo. Si exploramos la si- tuación con frialdad y detenimiento, la postura de la madre no es descabe- llada. Doce años, insisto, son demasiad os para cualquiera, incluyendo a la patriótica Señora. Doce años en los que Jesús se negó, sistemáticamente, a compartir los ideales nacionalistas de María. Doce años en los que
jamás habló como profeta. Doce años sin re alizar un solo prodigio. Doce años de silencio, de aparente monotonía en su taller… ¿Qué podía pensar la desola- da mujer?
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Y sin embargo, en ese tiempo, como iré desmenuzando, Jesús experim
enta- ría «su» gran metamorfosis. El Jesús hombre, en mitad de una terrorífica lucha interior, descubriría que, además de humano, era parte y todo de esa divinidad. «Algo» que removería sus cimientos. «Algo» que
, por supuesto, la Señora no supo hasta la Resurrección …, y no con excesiva claridad. No era de extrañar, por tanto, que el Hijo del Hombre se refugiara en el silen- cio. Ni siquiera sus más íntimos pod ían comprenderle y comprender a lo que estaba llamado. Si ha habido alguna vez un hombre SOLO, ése fue J
e- sús de Nazaret…
Y conviene observar que, aun sabiendo que no era el Mesías, a partir de aquellos años de juventud, Jesús elig ió la postura del no enfrentamiento con su pertinaz madre. La dejó so ñar. Respetó su errónea creencia y aguardó. ¿De qué habían servido sus desmentidos anteriores? Sólo para avivar la discordia y, en suma, para at ormentar a María y a los escasos fa- miliares que creyeron la aparentemente fantástica historia del ángel, inclu- yendo a los seis hermanos de mayo r edad. Porque, si los choques más agrios fueron con su madre, con ésto s también se vio forzado a razonar y discutir. Era lógico. Desde niños, la Señora les hizo partícipes del «gran se- creto familiar»: el hermano mayor era el «Hijo de la Promesa». Y crecieron en ese ambiente, convencidos de que Jesús «portaría la enseña_ del trono de David y arrojaría al mar a los invaso res». Su confusión no tuvo límite al comprobar que el primogénito rechaz aba las armas y la violencia. ¿Cómo era posible que no se sintiera orgullo so ante el prometido mesianismo? Te- nía que estar loco para negar que fuer a el Mesías. Por ello, cumplidos los dieciséis años, tras adoptar la ya refe rida gran decisión de «aguardar su hora», el carpintero selló sus labios. Sólo los mencionados Jacobo y Santia- go supieron de sus avances e inquietudes. Pero tampoco le comprendieron.
Ese año 10 fue también el del ingreso de Simón en la escuela. Y en el hogar se planteó un nuevo problema: la educac ión de las hermanas. ¿Qué hacían con Miriam y Marta? La primera había cumplido once años. La segund
a har- ta los siete en septiembre. La Señora y Jesús lo discutieron…
-Desde el principio coincidimos -ap untó María sin disimular su complacen- cia-. También las niñas tenían derecho a estudiar y a conocer la ley. El pro- blema era cómo hacerlo.
No tuvo que explicarme el porqué. En aquella sociedad, como creo haber in- formado, las mujeres eran «ciudadanos de segundo orden». Se las educaba para el matrimonio, el trabajo y la su misión. Debía a su marido fidelidad absoluta, aunque no podía exigir lo mismo del esposo. Uno de los manda- mientos de Yavé había sido manipulad o por los doctores y exegetas, de forma que pudiera satisfacer «el gusto de los varones». Decía así: «No de- searás la casa de tu prójimo, ni la muje r de tu prójimo, ni su siervo, ni su
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sierva, ni su asno, ni su buey, ni nada de cuanto le pertenece.» (Ex., XX, 17 y Deut., V, 21.) Pues bien, los astutos judíos, a raíz de esta prescripción del Yavé bíblico, estimaron que la mujer les «pertenecía», al igual que un asno, una viña o unas sandalias. Tan cierto era que, cuando se efectuaba la venta de un esclavo, la mujer de éste iba incl uida en la operación, tal y como se- ñala el Éxodo (XXI, 3). En uno de los escritos rabínicos Menakhoth, XLIII, b.- se proclamaba con el peor de los descaros que «todo hombre debía agradecer diariamente a Dios que no le hubiera hecho mujer, pagano o pro- letario».
Desde un punto de vista legal, la muje r recibía la consideración de «menor de edad»; es decir, «irresponsable». En consecuencia, cualquier acuerdo, convenio o negocio que pudiera efectu ar o pactar podía ser reprobado por el marido. En ese caso, la «parte acep tante» no tenía derecho a .reclamar. Eran calificadas de «mentirosas por na turaleza», careciendo del derecho a heredar ni por parte del padre ni ta mpoco del esposo. En buena medida, esta degradante situación se hallaba ju stificada por los sagrados textos bí- blicos: lamentable antología de la miso ginia. Raro era el profeta que no había lanzado sus dardos contra las hembras… Isaías las llama «voluptuo- sas, perversas y ridículamente vanido sas». Amós las califica de «crueles». En cuanto a Jeremías y Ezequiel, por no alargar tan lamentable lista, las es- timan «llenas de duplicidad». Alguno s rabíes aseguraban que «entre los hombres que no verían la Gehena (el infierno) se hallaban los que hubieran tenido en la tierra una mujer mala: ha brían cumplido su castigo por antici- pado…».
Este desprecio por la mujer repercutía, lógicamente, en el capítulo religioso y de la enseñanza que, a decir verdad , se confundían en un todo único. En relación a los preceptos de la Torá, la siguiente regla resume la situación: «Los hombres están obligados a todas las leyes vinculadas a un determina- do tiempo; las mujeres, por el contrario, están liberadas de ellas» (Qid., 17 y Sota, II, 8). En otras palabras: no estaban sujetas a recitar el Sche
ma, ni tampoco a ir en peregrinación a Jerus alén durante las fiestas de la Pascua, Pentecostés o los Tabernáculos. Se hallaban libres de asistir a la lectura de la ley, habitar en las tiendas y agitar el lúlab durante la mencionada fiesta de los Tabernáculos, hacer sonar el sopar el día de Año Nuevo, leer la megi- llah (el libro de Ester) en la fiesta de los Purim, portar las filacterias o lucir las franjas verticales en los vestidos.
Su «estatuto» en la legislación religiosa aparece perfectamente configurado en una fórmula que los sacerdotes se encargaban de repetir sin cesar: «Mu- jeres, esclavos (paganos) y niños (menores); la mujer, igual que el esclavo no judío y el niño menor, tiene_ sobre ella a un hombre como dueño. Es por
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ello que, desde el punto de vista relig ioso, se halla en inferioridad ante el hombre» (Ber., III, 3 y Sukka, II, 8).
Sus derechos religiosos, en efecto, hab ían sido violenta e injustamente re- cortados. Podían entrar en el gran templo de Jerusalén, sí, pero sólo al atrio de los gentiles, entre los paganos, ca mbistas, traficantes de mil pelajes y prostitutas y al llamado «de las mujeres». Durante la purificació
n mensual tenían terminantemente prohibido el acceso al templo: por espacio de cua- renta días después del nacimiento de un varón u ochenta si se trataba de una niña. Tampoco el ritual de la inmolación era usual entre las h
embras de
Israel. Y si alguna vez recibían autorización para «sacudir las
porciones en los sacrificios o imponer las manos so bre las cabezas de las víctimas» era única y exclusivamente «para calmarlas». (Hag., 16 b). Y menos mal que el Deuteronomio (Ä 12) expresaba con claridad que las «mujeres y los ni- ños» debían congregarse, al igual que los hombres, frente a Yavé, para es- cuchar su palabra. Esto supuso la posi bilidad de que entraran a las sinago- gas aunque, eso sí, separadas por un enrejado o una barrera… Incluso se llegó a construir una tribuna especial para ellas, provista de una entrada particular. Ni que decir tiene quehacer uso de la palabra en dichas sinago- gas era algo «inconcebible». ¿Una mujer leyendo la palabra de Dios? Hubie- ra sido como imaginar a un perro profetizando…
Sobre sus espaldas, en cambio, recaía todo el peso del trabajo en el hogar, amén de hilar, tejer o atender multitud de faenas agrícolas. Ellas eran las responsables de la diaria fabricación del pan. Debían triturar el grano en los molinos caseros, transportar la artesa con la masa fermentada y proceder a la cocción. Una labor dura que exigía una considerable fuerza y resistencia físicas. Y eran las mujeres las que, habitualmente, tenían a su cargo el coti- diano transporte de agua, cargando toda suerte de tinajas. Ellas, en fin, la- vaban, cocinaban, amamantaban, vest ían y aseaban a los hijos, zurcían, atendían la limpieza general de la casa, vigilaban la sagrada llama q
ue de-
bía arder todo el sábado, servían la mesa y el vino al marido e
, incluso, es- taban obligadas a lavar sus pies. La suer te de las niñas judías, en general, estaba trazada desde su nacimiento: er an educadas para servir al macho. En una primera etapa, al padre y herman os. Después, a partir de los doce años y medio, al marido. Y como cantaban las mordaces galileas, «nunca se sabía qué era peor». Y hablando de las galileas, aunque estas s
everas e in-
sultantes leyes y tradiciones rezaban ig ual para la totalidad del país, en la «patria chica» de Jesús no todo era tan tenebroso para las fé
minas. En la
práctica -de puertas adentro-, tanto el hombre como la mujer se dejab
an guiar por el sentido común y, naturalm ente, por el amor. Sólo los muy or- todoxos mantenían esas diferencias, con el consiguiente rechazo y las
justi- ficadas chanzas del resto de la población. A la hora de la cotidiana e impla-
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cable realidad, la mujer -como siempre-, bien por su intuición, experiencia o buen hacer, era la que aconsejaba y acertaba. En algunas de las vivien- das que llegué a visitar observé en las paredes, a manera de nuestros cua- dros, tablas policromadas con inscripciones como éstas: «Dichoso el marido de una mujer buena: el número de sus días será doblado.» «
La mujer de valer alegra a su marido, cuyos años llegarán en paz a la plenitud.» «La mujer de valer es una fortuna. Los que temen al Señor la tendrán. Y sea ri- co, sea pobre, su corazón será feliz.» «La gracia de la mujer es el gozo del marido. Su saber le vigoriza los huesos.» «Un don de Dios es la mu
jer ca- llada, y no tiene precio la discreta. Y no tiene precio la mujer casta.»
«Sol que sale por las alturas del Señor es la belleza de la mujer buena en
una casa en orden.» «Mujer buena es buena herencia.» «No des salida al agua, ni a mujer mala libertad de hablar. »
La Señora, por la educación recibida en su infancia y juventud, po
r su arrai-
gado respeto a la libertad de ideas y creencias y por las relativamente có- modas circunstancias de haber vivido en una Galilea tolerante y liberal,
era
un avanzado ejemplo de lo que hoy se conoce como «feminista». Jamás la vi salir a la calle con el rostro cubierto, tal y como fijaba la ley, o ruborizar- se porque un vecino o un extraño pudieran dirigirle la palabra. Cumplía con lo establecido a la hora de acudir a los servicios de la sinagoga pero, por supuesto, no estaba conforme con el «sistema». Y se sintió feliz y recom- pensada cuando su Hijo, contra todo pronóstico y norma, admitió a su lado a un grupo de mujeres que, como los di scípulos, le acompañó toda su vida de predicación. Por ello, al plantearse el difícil problema de la educación de sus hijas Miriam y Marta, no lo dudó un segundo: «serían instruidas en la Torá…, pública o secretamente».
Ni siquiera a la abierta Galilea había llegado aún la «perversa
costumbre griega y romana» de admitir en las escuelas a las hembras. E intrigado, me interesé por el sentido de la palabra «pública». ¿Qué había querido decir la impulsiva María con «instruir a sus hijas de forma pública»?
-Exactamente lo que estás pensando -impugnó la Señora-: intentar que fueran admitidas en la sinagoga…
Miriam siguió sus palabras con indulgencia.
-Lo hablé con Jesús y, a pesar de sus sensatos argumentos, caí en una de esas crisis de tozudez. ¿Por qué no dar el paso?
Los argumentos del joven «cabeza de familia» no podían ser otros que los de la triste realidad: «no era lo acostumbrado». Pero la mujer, in
tuyendo que la justicia le asistía, fue animando a su Hijo. Y un buen día se presenta- ron ante el hazán, el jefe de la escuela-sinagoga.
No quise interrumpirla. Sin duda se trataba del saduceo.
-Dialogamos, discutimos y, claro está, reñimos. Esa víbora…
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Había acertado. Y María se removió inquieta sobre la estera.
-…Esa culebra se dobló de risa al saber nuestras pretensiones. «Antes muerto (sentenció) que violar la ley de Moisés.» ¿Violarla ley? ¡Menudo sin- vergüenza! Si este pueblo hablara… Era el momento esperado. Al mentar la ley, yo misma se la recordé. Y le solt é en su cara lo que reza la mismísima Torá. Escucha y dime sino llevaba razón…
María era imprevisible. Así que fui todo oídos.
-…Y Moisés puso la ley por escrito y se la dio a los sacerdotes… Y les dio esta orden: «Cada siete años, tiempo fi jado para el año de la Remisión, en la fiesta de las Tiendas, cuando todo Israel acuda, para ver el rostro de Ya- vé tu Dios, al lugar elegido por él, leer ás esta ley a oídos de todo Israel. Congrega al pueblo, hombres, mujeres y niños, y al forastero que vive
en tus ciudades, para que oigan, aprendan a temer a Yavé vuestro Dios, y cui- den de poner en práctica todas las palabras de esta ley. Y sus hijos, que to- davía no la conocen, la oirán y aprenderán a temer a Yavé nuestro Dios to- dos los días que viváis en el suelo qu e vais a tomar en posesión al pasar el Jordán.»
Más que el contenido de aquel pasaje del Deuteronomio lo que me impactó fue el hecho de que conociera la Torá. Quizá, como otras mujeres, había si- do «secretamente» instruida en su hogar.
-Y ahora dime: ¿guardaban justicia mis palabras?
Asentí, claro.
-Pues bien, conforme recitaba la letra santa, el muy bribón, a quien Dios confunda, fue cambiando de color. Y de l blanco pasó al rojo y luego al ver- de. Algo tramaba. Y mi Hijo, conoci endo sus maquinaciones, me hizo un gesto para que cesara el discurso. Pero María, «la de las palomas», no es mujer a la que se le pueda imponer un injusto silencio. Aquel saduceo me escucharía hasta el final. Y al concluir, dirigiéndose a Jesús,
con la lengua atropellada por la ira, balbuceó: «¡Tú y tus irreverentes ideas…! ¡Más val- dría que buscaras marido para esta viuda deslenguada! »
»A partir de ese momento, el muy vene noso ni siquiera me miró. Mis posi- bles culpas cayeron sobre las espaldas de Jesús. E invocando la palabra del Divino acometió de nuevo: “¡Muchos han caído a filo de espada, mas no tantos como los caídos por la lengua! Yugo mal sujeto es la mujer mal
a…”
»Y Jesús, una vez que el hazán hubo va ciado su ponzoña, le replicó con la sabiduría del Eclesiástico: “Tres clases de gente odia mi alma, y su vida de indignación me llena: pobre altanero, ri co mentiroso y viejo adúltero, falto de inteligencia.”
»¡Dios bendito!, el saduceo (altanero, mentiroso y adúltero) se puso lívido. Y arrojando hiel y fuego por los ojos arremetió contra mi Hijo: “¿Quién le ha enseñado la ley? ¿Quién ha cometido el sacrilegio de abrir la santidad de la
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Torá. a esta pecadora? ¿Has sido tú, Mesías de madera? ¿Sabes que podría expulsarte de la sinagoga?”
»Pero Jesús, sonriendo valientemente, le dijo algo que entonces, con el se- ñuelo del Mesías Libertador en mi corazón, interpreté de forma equivocada: “Mide bien tus palabras, Ismael. Tambié n yo, el último, me he desvelado, como quien racima tras los viñadores. Por la bendición del Señor me he adelantado, y como viñador he llenado el lagar. Mira que no para mí sólo me afano, sino para todos los que buscan la instrucción. Deja a esta
viuda con la pena de su viudez y no olvide s lo que reza la ley que tanto defien- des: el corazón obstinado se carga de fatigas. Y hay quien se agota y apre- sura en beneficio de la santidad de un libro, llegando tarde a la suya propia. Si por buscar el ingreso de la justicia en la sinagoga pretendes mi expulsión de la asamblea, ¿no será que estás condenando al justo?”
» “¿Justo? ¿Te atreves a proclamarte Justo?”
»El saduceo, fuera de sí, le hubiera abrasado en su mirada. Y cuando Jesús se disponía a responder estalló entre hipócritas lamentos: “¡Halaga a tu hijo y te dará sorpresas! ¡Juega con él y te traerá pesares! ¿Por qué tuve que instruirte? ¿Has olvidado quién te enseñó? ¿Eres tú má
s justo que el que imparte la justicia?”
»Esta vez, mi Hijo no permitió que le sellara los labios. “No lo he olvidado. Pero no habría estado en tu mano, de no ser por expreso deseo de mi P
a- dre…”
»Ismael -aclaró María innecesariamente - confundió las palabras. “José, tu padre, era un hombre sin doblez, pero blando. Te consintió en exceso y és- te es el fruto: un hijo libertino.”
»”Está escrito: el que instruye a su hi jo (rechazó Jesús) pondrá celoso a su enemigo. Y ante sus amigos se sentir á gozoso.” En cuanto a mis pecados, no olvides que los vástagos de los im píos no tienen muchas ramas… Y di- me: ¿acaso las ves en este Mesías de madera?”
»”¿Cómo te atreves a llamarme impío?(vomitó el sacerdote). Yo soy el cus- todio de la ley…”
»”El que guarda la ley (le desarmó Jesús) controla sus ideas.
“
»”Mis ideas, desagradecido y presuntuoso jovencito (clamó el hazá
n atrope- lladamente) nacen de la ley. Las tuyas, para tu perdición, mueren en la ley. Siempre te expresaste como un necio y sólo a los necios consolarás. Mas, no te confundas: yo no soy tal.” »”Ismael (manifestó Jesús con una paciencia y dulzura que me s
acaron de quicio), tú, ahora, tienes el corazón en la boca. Y yo, algún día, enseñaré lo contrario: que el corazón sea la boca de los sabios.”
»”¿Algún día?… Primero tendrás que aprender la humildad
. Y aun así,
¿quién escuchará a un desarrapado carpintero?”
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»Jasón, tuve que contenerme. Le hubiera sacado los ojos…
»Pero aquel Hijo del Hombre en proyecto empezaba a brillar con luz propia. Y tuvo la respuesta justa: “Quien es estimado en la pobreza, ¡cuánto más en la riqueza!”
»”¡Ah!, ¿pero tú serás rico?”, se burló el saduceo.
»Y mi Hijo volvió a sonreírle. Y señalan do con el dedo a los cielos trató de aclararle su idea de la “riqueza”. Pero la víbora era ciega.
»”Mi riqueza, Ismael, es hacer la voluntad del Padre. Cuanto mayor es mi fe en Él, más grande mi crédito en la tierra… Y en cuanto a aprender la humildad, ésa, amigo mío, no se aprende: se nace o no se nace con
ella.”
»”Dice la Escritura: ensálzate con moderación.”
»El reproche del sacerdote no hizo mella en Jesús. “Y dice también (le repli- có al punto) estímate en lo que vales. Porque, al que peca contra sí mismo, ¿quién le justificará? ¿Quién apreciará al que desprec
ia su vida?”
»`Y tú, infeliz, ¿en qué puedes estimarte?”
»Cargada como una tormenta no pude contenerme. Y fui yo quien le dio cumplida réplica: “Es estimado en el amor que guarda y que otorga. ¿Pue- des tú decir lo mismo, que sólo has ganado la amistad de los sin a
mor?”
»Jesús trató de apaciguarme. Pero, furi osa, le restregué por la cara lo que todos pensaban y muy pocos se atrevían a declarar. “Tu boca amarga, lejos de multiplicar amigos, sólo sabe mengua rlos. Tu poder es el del miedo. Te sientas a las mesas de las gentes de esta aldea, pero jamás has abierto tu bolsa ante la adversidad de los demás. Sólo tú te estimas, confundiendo el brillo del lujo con el beneplácito divino. ¿Es que no sabes que el
corazón modela el rostro del hombre? Pues bien, mírate y juzga…”
»Mis palabras, lo reconozco, fueron despiadadas. Y Jesús, tirando de mí, me obligó a regresar a casa. Desde aquella di sputa, Ismael el saduceo no dejó de intrigar para perdemos. Y mis hija s tuvieron que ser instruidas secreta- mente. Santiago, y en ocasiones Jesús, cuando su trabajo se lo permitía, fueron los maestros.
«Jesús de Nazaret maestro. » Como es natural no resistí la tentación y pre- gunté sobre las características y el est ilo de tan singular «profesor». Hubo unanimidad. El viejo y extendido lema de los hazanes judíos -«odia
a su hijo el que da paz a la vara»- fue fu lminantemente reprobado por el primo- génito.
-La vara de avellano -repetía a los qu e no compartían su «método pedagó- gico»- puede empuñarla cualquiera. La de la paciencia, sólo los auténticos maestros.
Sus enseñanzas a Miriam y Marta, y por extensión a todos sus hermanos, tuvieron cemento común: las Escrituras. Así estaba fijado por la tradición y Jesús, siempre respetuoso, no quiso apartarse de ellas. Y aunque la s
abidu-
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ría era la propia Torá, el joven maestr o procuraba alternar las repetitivas y memorísticas recitaciones de los libros sagrados con incursiones a las cien- cias de la geografía, las matemáticas, la astronomía o la historia, por citar algunos modelos. Unas disciplinas que en aquel tiempo se hallaban abier- tamente reñidas con la investigación. Al menos para los rigoristas de la ley. El Talmud lo recoge con precisión: «No hagas objeto de tus investigaciones lo que es demasiado difícil. No sondees lo que está oculto.» Jesús, como fue dicho, no era de este parecer. Sus continuas e inquietantes preguntas le re- velaron como un curioso o, si se pref iere, como un investigador nato. Y lle- gado a este extremo, bueno es dejar constancia de algo que, en mi opinión, entraña un gran interés. Las enseñanzas del futuro Hijo del Hombre a sus hermanas y hermanos ponen de manifiesto que a sus dieciséis años no era consciente de su naturaleza divina. De lo contrario, ¿por qué estimar la Bi- blia como la fuente de toda sabiduría? ¿Por qué enseñarles que «sería me- nester vivir quinientos años para re correr la distancia de la tierra al cielo que está inmediatamente por encima de nosotros»? ¿Por qué decirles que «ese mismo intervalo separa ese cielo del siguiente y que ésa es la distan- cia entre las extremidades de todo ciel o, cruzado en su espesor»? Si Jesús hubiera «dispuesto» de su «memoria divina» -las palabras sig
uen limitán- dome-, ¿a qué venía enseñarles que el número de cielos es de siete? La ra- zón es obvia. Su combate interior no había concluido. Él pensaba como hombre. Y como tal había aprendido qu e hay siete cielos: el Pentateuco - decían los rabíes- utiliza siete palabras diferentes para referirs
e al cielo. En consecuencia -enseñaban los hazanes- el número de cielos es de siete. (Pa- blo de Tarso hace una alusión a ese «séptimo cielo».)
Si aquel maestro llamado Jesús hubiera sido consciente de su origen divino, ¿por qué iba a afirmar que la tierra , por la misma razón, estaba formada por siete capas superpuestas? (Hoy sabemos que los antiguos eruditos de
Israel no se hallaban tan descaminados en sus apreciaciones.
Incluso, algunos cabalistas dividen los tres elementos en SI-AL-SI-MA-NI- FE.)
-Él nos enseñó lo que reza la tradició n en torno a la creación del mundo. Pero tenía sus dudas…
Miriam fue sincera. Ésa tradición, recogida en el escrito rabínico Yoma, LIV, 6, dice que en el templo de Jerusalé n se veía la piedra que Yavé echó al mar primigenio, con el fin de que la tierra fuera formándose a su alrededor.
-…Él nos dijo que ésa era la creencia más extendida y que debíamos consi- derarla y conocerla, aunque sospecha ba que podía haber otra explicación más lógica.
-¿Y llegó a expresarla? -le interrogué con gran curiosidad.
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-No. Mi Hermano no era como los otros maestros. Cuando no sabía una co- sa lo confesaba abiertamente. Y eso no tenía respuesta para Él.
También les habló de la, «misteriosa línea que rodea el Univ
erso».
-En efecto -prosiguió la hermana mayo r-, la que separa la luz de las tinie- blas. De ella habla el profeta Isaías cuando dice: «Echará Yavé sobre ella las cuerdas de la confusión y el nivel del vacío.» (Is., XXXIV
, 11.)
En el capítulo de la geografía Jesú s llegó hasta donde pudo. Los conoci- mientos de la sociedad judía eran más románticos y nacionalistas que cien- tíficos. Los «expertos» creían que el mundo era un plano circular. (Creencia basada también en la Biblia: Isaías, XL, 22.) Y que todo él se
hallaba ro- deado de agua. (Eroub, XXII, b.) «Y Di os, como atestigua el Libro de. los Proverbios (VIII, 26), se sienta sobre ese círculo, trazado por é
l mismo.»
Lógicamente, Israel ocupaba el cent ro. Y muchos rabíes llamaban al resto del mundo conocido como «los países del mar».
-Él nos transmitió entonces lo que to dos creían: que nuestra nación estaba bañada por siete mares: el Grande (el Mediterráneo), el yam (ac
tual mar de Tiberíades), la Samoconita (el lago Hu le), el Salado o mar de Sodoma, el mar de Aco (golfo de Acaba), el Schelyath y el Apameo. (Muy probablem
en- te se refería a dos pequeños lagos, ya desaparecidos, ubicados en tierras de Idumea y a los que hace alusión Diodoro de Sicilia.)
Y tomando como referencia los textos bí blicos y lo que había aprendido de las caravanas y viajeros, Jesús se atre vió a pronosticarles que la tierra era mucho más grande de lo que oficialmen te se creía. Y que el número de montes, ríos, lagos y animales iba más allá de lo que enumera la Escritura. Pero también les aconsejó que fueran prudentes a la hora de hablar de es- tas cosas con sus amigos y compañeros de Nazaret. La credibilidad del car- pintero entre las «fuerzas vivas» de la aldea no se hallaba muy cr
ecida…
-Al estudiar el mundo de los animales -apuntó Miriam con nostalgia-, nues- tro querido Hermano se hizo lenguas, elogiando la sabiduría de su Padre de los cielos. Y casi en secreto nos com unicó que Él no creía demasiado en la división sagrada de «animales puros e impuros». Y dijo que, por ejemplo, la langosta y otras criaturas con patas que habitan en el mar y que el libro llama «impuras» no podían ser tales. En todo caso, manifestó, dependerá del tiempo que medie entre la captura y su consumo. (Acertadísimo vere- dicto del joven maestro de Nazaret. En un lugar como el desierto del Sinaí, con temperaturas que podían rebasar lo s cuarenta grados centígrados, la conservación del marisco resultaba dudosa en extremo, pudiendo perjud
icar la salud del pueblo elegido. De ahí qu e, con una astuta «visión sanitaria», Yavé los incluyera entre los animales que no debían ser destinados al con- sumo.)
-…Y nos contaba cuentos.
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Al rogarle que hiciera memoria Miriam miró a su madre. Y la Señora, sin dudarlo, le recordó el del asno.
-Cada vez que lo incluía en sus lecci ones -añadió María con regocijo- los más pequeños terminaban escapando a la calle, a la búsqueda de
un burro.
La fábula en cuestión era la siguiente: «Un día, el asno acudió a la presen- cia de Dios y presentó sus quejas . “No trabajaré para el hombre - manifestó- si no recibo una justa co mpensación.” Y amenazó con propagar su especie si el Divino no recompensaba su dura labor con un salario justo. Y Dios le dijo que satisfaría sus dese os “cuando su orina formara una co- rriente capaz de mover un molino y su s excrementos tuvieran la fragancia de las flores”. De ahí que, desde en tonces, el burro tenga la costumbre de oler sus heces y orinar a continuación.»
-Y regresaban -subrayó la madre- con los ojos en cendidos, admirados de la «precisión» de Jesús. Y mi Hijo disfrutaba mucho más que
sus hermanos.
-Cuando se refería a los perros -recordó Miriam-, mi Hermano se enfadaba. Él tenía uno en la huerta y lo quería. Por eso no aceptaba que se fabricaran amuletos con sus ojos, dientes y lengua. Se ponía frenético…
El enojo de aquel gran amante de los animales estaba justificado. Entre los supersticiosos judíos existía una cr eencia generalizada que aseguraba que «colocándose la lengua de un perro debajo del dedo gordo del pie, en el in- terior del calzado, podía evitarse qu e los perros ladrasen». Otros, con este mismo fin, confeccionaban amuletos con los ojos de un perro negro y vivo. Incluso, si alguien obtenía los dientes de un perro rabioso que hubiera mor- dido a un hombre o a una mujer y, una vez atados con cuero, los colgaba de su hombro, «podía pasearse con toda paz entre una manada de per
ros rabiosos». Naturalmente, no todos eran tan incautos…
Como profesor de matemáticas, Jesú s no fue más allá de lo estrictamente necesario. Tampoco se precisaban grandes conocimientos para el cotidiano
rodar de la vida en una aldea como Nazaret: números, operaciones rutina- rias y elementales, pesos y medidas y algo de geometría, básicamente en- focada a la agrimensura o medida de las tierras.
-Era curioso -manifestó Miriam, hablando casi para sí-. Recuerdo muy bien los ojos de Jesús cuando tocábamos el mundo de los números. Se ilumina- ban. Flotaba en ellos el amarillo de la llama… Todos sabíamos que le entu- siasmaban. Pero nunca quiso entrar en honduras. Los llamaba la «secreta correspondencia de su Padre de los cielos». ¿Qué podía quere
r decir?
Guardé silencio, simulando que lo igno raba. Pero quien esto escribe intuía ya por aquel entonces que el Maestro lo era también en el prodigioso uni- verso de la Kábala. Posiblemente, en aq uellos años de juventud, le fueron desvelados los primeros misterios. Y con el discurrir del tiempo, esa secreta
afición del Hijo del Hombre llegaría a convertirse en una «pasión y fuente
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de sublimes conocimientos esotéricos». Fue una pena -lo he lamentado siempre- no haber conocido e interro gado al enigmático «profesor de ma- temáticas procedente de Damasco» qu e recaló un buen día en la aldea… Pero, a fin de cuentas, lo que import aba eran los resultados. Y «ésos» - lozanos y sugerentes- serían descubiertos en el «tercer salto».
.
Jesús se preocuparía igualmente de otro capítulo, vital para el futuro buen desenvolvimiento de los suyos: los idiomas. El trato con los caravaneros in- fluyó en esta encomiable y universal visión del Galileo. Como en decenas de costumbres del cerrado círculo social ju dío, el joven Jesús no compartía la regresiva obsesión de los «sabios» de Israel por levantar obstáculos al pro- greso. En este caso, esa «modernidad» tenía un nombre concreto: el grie- go. «El que lo enseña a su hijo -se di ce en Sota, IX, 14 y en Antigüedades Judías (XX, 11), de Josefo- es maldit o, al igual que el que come cerdo.» El hebreo o leshon ha kodesh, la «lengu a de los sabios» y «de la santidad» desde que las Escrituras fueran redact adas en dicha lengua, terminó por utilizarse fundamentalmente en los oficios religiosos, en las plegarias, en las enseñanzas de los doctores de la ley y en las citas de naturaleza bíblica que podían venir a cuento en el lenguaje diario y coloquial. Algo así como el la- tín escolástico o litúrgico en la Edad Media y en la actualidad, respectiva-
mente y que, a decir verdad, sólo em plean los eruditos. La inmensa mayo- ría del pueblo judío hablaba el arameo . De hecho, en las sinagogas existía casi siempre un targoman o «traductor», encargado de hacer comprender el hebreo de las Escrituras a las gentes que no lo entendían o que lo domina- ban con dificultad. El galalaico occidental -arameo hablado por Jesús
y los suyos- era más recio y oscuro que el comúnmente hablado en el sur de Is- rael. Aunque la comparación no sea exac ta, algo así como el inglés de Ox- ford (Judea) y el de Texas (Galilea).
Para el carpintero de Nazaret era obvio que un hombre que no dominara la lengua «internacional» de su tiempo , el griego, era un ser «limitado»; la- mentable y absurdamente «limitado». Y puso especial énfasis en que sus hermanos lo conocieran. Éste, sin duda, fue otro de los grandes triunfos de aquel maestro de dieciséis años. Lo había visto en José, su padre en la tie- rra: sus negocios y viajes le exigieron aprenderlo. Lo percibió desde
el pri-
mer instante en los viajeros que lle gaban a la Ciudad Santa y a la propia Nazaret. Lo tenía presente en María, su madre. Y a pesar del obstruccio- nismo de los ciegos rabíes, preclaros doctores de la ley se habían visto obli- gados a acudir a la lengua de Alejandro Magno. Raro era el comerciante que no lo hablaba. Las «importaciones y exportaciones», los viajes y el continuo trasvase cultural habían hecho de él una ayuda imprescindible en un mundo dominado por Roma y Grecia. Era, eso sí, un griego simplificad0, a ve
ces «portuario», con altos índices de cont aminación lingüística, procedente de
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los cuatro puntos cardinales. Con uno s cientos de vocablos, la eliminación de términos difíciles y dejando a un lado las particularidades de las declina- ciones y conjugaciones era posible entenderse con un funcionario egipcio
, un notario de Chipre, un sanador de Mesopotamia, un comerciante en vinos y maderas de Tesalónica, un poeta de Roma, un vendedor de papiros mági- cos de Éfeso o un conductor de caravanas de la meseta de Anatolia.
Jesús no hablaba el griego de Platón o de los inmortales trágicos. Tampoco lo necesitaba. El que manejaba era su ficiente para que su palabra llegara limpia y sin errores a oídos del go bernador romano, del centurión de Nahum que solicitó la curación de uno de sus siervos o de los muchos grie- gos y paganos que tuvieron la fortuna de cruzarse en su camino. Hoy resul- ta paradójico que determinados exeget as y escrituristas nieguen el bilin- güismo del Maestro y, sin embargo, les parezca natural que su supuesto re- presentante en la tierra se dirija a las masas en diferentes idiomas. ¡Cuán equivocados están respecto a la figura y a la inteligencia de aquel H
ombre!
Pero, en tan animada e instructiva conversación con las mujeres, algo
había quedado en el aire. Algo que en « nuestro tiempo» podría parecer absurdo e, incluso, irrespetuoso. Sin embargo, en aquellas circunstancias, en una
sociedad que bendecía y primaba a la familia como un bien nacido del
cielo y, sobre todo, teniendo en cuenta que la realidad del Jesús de hoy no podía ser intuida siquiera por su madre, hubiera sido normal y, como había
ex- presado el saduceo, hasta deseable. Me refiero, claro está, a la posibilidad de que la Señora pudiera haber contraído segundas nupcias. Insisto con to- do el respeto de que soy capaz: hoy, sabiendo lo que sabemos, y con una
estampa tan deformada de María, la hipótesis puede sonar blasfema.
No obstante, al exponerle la idea, «la de las palomas», con su habitual sinceri- dad, manifestó algo preñado de sentido común:
-¿Volver a casarme?… -Y rió con gana s-. No te mentiré, Jasón. Hubo un tiempo, cuando éstos eran pequeños, que lo medité. Nunca me asustó el trabajo. Pero los hombres (y supe de más de uno que me miraba con bue- nos ojos), ¡pobrecitos míos!, son asustadizos como palomas. El peso de una familia tan numerosa fue decisivo. ¿Quién hubiera tenido el valor de aportar su dote a una casa así? No, amigo, es a posibilidad estaba en las manos de Dios, bendito sea su nombre, y ya ves…
Los razonamientos eran correctos. María enviudó cuando contaba veintiocho años de edad. Al margen del proble ma económico -fundamental en aquella y en todas las épocas-, aunque su belleza no se había extinguido,
era ya
una mujer «vieja». No olvidemos que la expectativa media de vida hace dos mil años, en Palestina, oscilaba alrededor de los cuarenta años para el va- rón y poco más para la mujer. Y aunque ella no lo mencionó -existía otro obstáculo. Un «impedimento» que, en general, los hombres suelen
valorar
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en extremo. La Señora, despierta por naturaleza, de una inteligencia que se derramaba en cada mirada, educada mu y por encima de lo habitual entre las hebreas, hubiera necesitado a su lado a un hombre de idénticas o pare- cidas características. Y la verdad es que en Nazaret no abundaban. José había sido una excepción. Yo diría que una «providencial» excepción. Esa pulcritud de alma, su liberal concepción de la vida y el fortísimo
tempera- mento la singularizaban de tal forma que la mayoría de los presuntos pre- tendientes hubiera quedado eclipsada. Por último, y no menos importante: se había casado enamorada. Y ese am or no resultaba fácil de enterrar… Habría sido muy distinto si la Providen cia -situación que, obviamente, no entraba en los planes divinos- no le s hubiera concedido descendencia. La llamada ley del matrimonio yibbum o del levirato, de la palabra «levir»: cu- ñado, establecía que, en este supues to, la viuda debía casarse con el her- mano del difunto. En primera instancia, con el mayor y, en segundo lugar, con el inmediato en la cadena de edad . El hermano en quien recayese esta sagrada obligación tenía que haber sido engendrado por el mismo padre y haber vivido, al menos un período, co ntemporáneamente al fallecido. Si la viuda, caso de María, tenía sucesión , esta clase de matrimonio estaba prohibido por la ley.
Conforme fui conociendo al Hombre -si es que existe alguien capaz de llegar al santuario de un alma-, y a los que le rodearon, más cercana me pareció la mano de la Providencia. Todo en aquella familia se hallaba trazado y es- crito con los sutiles pero diamantinos hilos de una Inteligencia que mi juicio de científico no puede poner en duda . Jesús nace en primer lugar. Como primogénito hereda el oficio del padre. Y como tal debe sostener a su fami- lia. Si su nacimiento hubiera ocurrido en segundo, tercer o cualquier otro puesto, la responsabilidad como «nuevo padre» habría quedado invalidada. Incluso, si el Maestro—como pretenden muchos- hubiera sido hijo único, la posibilidad de un nuevo matrimonio de su madre podría haber cobrado es- pecial fuerza. ¿Y qué decir de la abrumadora experiencia cosechada en esos doce años, desde la muerte de José? Es a Inteligencia fue a colocarle en el «ojo del huracán» de las dificultades y estrecheces económicas. Y tuvo que saber del trabajo y del angustioso «viv ir al día» y de la educación, de los sueños y de las miserias ajenos. Y todo ello, quiero creer, con una finalidad justa y escrupulosamente medida: se r hombre, hasta sus últimas conse- cuencias. Y en ese estudiado laberinto qu e fue su vida en la tierra, todo le fue conduciendo -a veces sin piedad, a veces gratificantemente a su dest
i- no. Como Hijo de un Dios imaginó y ju gó como un niño, sufrió y se reveló como un adolescente, trabajó y se angu stió como un obrero sin fortuna y, finalmente, aceptó valiente el papel de «revelador de su Padre». ¿Quién puede dudar de la experiencia humana del Hijo del Hombre? Pero estas co-
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sas no fueron desveladas por los evan gelistas. Y la humanidad, así, perdió cuatro y medio de los cinco ciclos que formaron sus treinta y seis años de vida… Unos períodos, como seguiré narrando, cada vez más apas
ionantes.
Y cuando me disponía a abordar el turbulento año 11, una no menos desor- denada entrada de Santiago en la estancia nos dejó perplejos. Le segu
ían Ruth y Jacobo. María y Miriam se alzaron de inmediato. Y yo, prudentemen- te, permanecí en una de las esquinas, junto a las ánforas. Los acastañados ojos del hijo mayor brillaban inquieto s en la penumbra. Antes de hablar, como si necesitara tiempo para refl exionar, subió a la plataforma, se hizo con un cuenco de madera y, descendiendo al nivel en el que nos encontrá
-
bamos, se encaminó al ángulo donde, casualmente, había ido a situarme. Destapó la gran vasija y se sirvió una ración de vino. Al llevarlo a los labios su mirada tropezó con la mía. Supong o que no fui el único que detectó la gravedad de su semblante. Al reparar en mi presencia, carraspeó nervio- samente. Algo había sucedido. Algo qu e yo no debía escuchar. Así, al me- nos, lo interpreté. Y en silencio me dirigí a la apuntalada puerta
principal. Pero la Señora, ágil y atenta como un leopardo, me salió al paso y rete- niéndome por el brazo rompió el embarazoso suspense:
-¿Qué ha ocurrido? -La pregunta, dirigida a Santiago, no obtuvo respuesta. Y presionando mi antebrazo con sus dedos reclamó mi atención-: Jasón, ¿qué pasa? ¿Por qué te marchas?…
No hubiera sabido responderle. Pe ro tampoco me dio oportunidad. Y aproximándose a su hijo le exigió una explicación. Le vi dudar. Aquello me extrañó en Santiago. Su confianza en mí era irreprochable. Bajó los ojos y, al punto, alzándolos de nuevo, fijó en mí su penetrante mirada.
Después lo comprendería. Aquel noble corazón trataba de evitarm
e un dis- gusto. Pero, presionado por su madre, introdujo la mano izquierda en la fa- ja que ceñía la túnica, rescatando un pequeño trozo de cerámica: una os- traka. Y en silencio se la entregó a María. Ésta la aproximó a la lucerna que presidía la mesa de piedra y tras ex aminar la breve inscripción garrapatea- da en la arcilla me miró incrédula. Y negando con la cabeza se la devolvió a su hijo.
-No lo creo… -fue su comentario.
Intrigado y perplejo asistí entonces a un lacónico e indescifrable diálogo en- tre ambos:
-¿Quién ha podido escribir una cosa así? -clamó furiosa.
-Es su letra… -replicó el galileo.
-Eso no basta. ¿Es que no sabes que le aborrece?
Y María, abortando la tensa situación, le arrebató la ostraka, cediéndomela. Durante algunos segundos, todas las mi radas fueron a posarse sobre este
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confuso explorador. A Dios gracias, mi pulso no tembló. Leído el mensaje, sin perder la calma, se lo devolví a Maria. Y supongo que mis ojos hablaron con mayor precisión que mi garganta. Y los de la mujer se iluminaron, ra- diantes ante la muda confirmación. Pero, al escuchar mis palabras, su júbilo se marchitó.
-Es cierto -declaré sin rodeos-. Soy amigo de Poncio…
Y antes de que estallasen adelanté lo que entendí que debía manifestar: la verdad. Las precipitadas frases en el trozo de cerámica decían textualmen- te: «Jasón es un traidor. Lleva un salvoconducto del asesino. »
-Nunca miento -manifesté sosteniendo la atónita mirada de Santiago-. Le he visitado en Jerusalén. Lo sabéis porque en una de las entrevistas fui gentilmente acompañado por José, el de Arimatea. Él puede dar cumplida cuenta de lo que allí se habló… Y en cuanto al salvoconducto… -Y procedí a sacarlo de la bolsa de hule que colgaba del ceñidor-. También es c
ierto.
Un murmullo de desaprobación escapó de los labios de Miriam y de Ruth. Pero mi inmediata intervención vino a tranquilizarles…, relativamente.
-Fue solicitado -les dije sin titubeos- con el fin de cumplir mi misión sin im- pedimentos. En mis planes figura entrevistarme con el centurión que solici- tó de Jesús la curación de su siervo… -La firmeza de mis palabras no deja- ba lugar a dudas. Y añadí-: Y por el amor de Dios, os ruego que no me pre- guntéis por esa misión. -Y descansando en la confianza de la Señora, sub- rayé-: Sólo vuestra madre la conoce. Confiad en mí, como lo hizo Jesús.
La rotunda e intencionada alusión al Ma estro fue decisiva. Y María, con los ojos humedecidos, me abrazó feliz, susurrándome al oído:
-¡Gracias, amigo!… Y perdona nuestra torpeza.
Jacobo, con su proverbial sentido de la oportunidad, formuló la pregunta clave:
-¿Quieres decir de una vez qué demonios ha sucedido?
Y Santiago, satisfecho con mis explicaciones, le enseñó la misteriosa ostra- ka, aclarando los hechos:
-Juan Zebedeo ha desaparecido.
La noticia causó mayor impacto que el injurioso escrito.
-…Cuando Esta y yo regresamos a la ca sa no había rastro de él. Mejor di- cho -rectificó con desagrado-, sí dejó un rastro: esa leyenda.
En aquellos momentos, desbordado por los acontecimientos, no fui capaz de desentrañar el misterio. ¿Cómo sab ía el discípulo que portaba el salvo- conducto? ¿Pudo informarse a través de José, el de Arimatea? Sea como fuere, lo cierto es que el odio del Zebedeo hacia mi persona había colmado todas las previsiones… Y el triste hecho me sumió en amargas reflex
iones.
-No comprendo… -terció María, traduciendo nuestros pensamientos.
-Ni tú, mamá María, ni nadie -confirmó Santiago.
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-¿Y dónde puede estar?
La pregunta de Miriam quedó sin resp uesta. El hijo mayor -según manifes- tó- había recorrido la aldea, pero nadie supo darle razón.
-¿Y qué me dices de la víbora?
La Señora, con su aguda intuición, había acertado. Pero ninguno de los pre- sentes concedió crédito a la aparente mente absurda sugerencia. ¿Por qué razón iba a visitar a Ismael, el saduceo?
Y durante un buen rato, con las opiniones encontradas, se limitaron a discu- tir las posibles alternativas seguidas por el impulsivo y extraño Jua
n.
-Quizá haya vuelto al yam.
María rechazó la hipótesis de Jacobo. ¿Qué motivo había para hacerlo y mu- cho menos sin informarles previamente?
-¿Y si hubiera sufrido un accidente o un ataque de esos desalmados?
Santiago se opuso a la tesis de su ma dre. De haber ocurrido algo así, al- guien en el pueblo le habría dado cuenta. Además, sus órdenes habían sido rotundas: «esperar en la casa».
-Podría haberse trasladado a Séforis.
La idea de Ruth fue igualmente desestimada. No tenía sentido. Pero, en vis- ta de la excitación que padecía el «hij o del trueno», ¿qué era lo sensato? Podía haber tomado cualquier rumbo o la más loca de las decisiones. Haber desobedecido a Santiago era todo un síntoma.
Y enfrascados en el enigma, los prim eros golpes pasaron desapercibidos. Fue Ruth la que reclamó silencio. En efecto, en la parte posterior de la casa sonaron unos impactos, como si algui en aporreara una puerta con un bas- tón.
La Señora, a la pregunta de su hijo, se encogió de hombros. Y los «aldabo- nazos» se repitieron lejanos pero clar os, siguiendo una secuencia de tres golpes y silencio. Aquello parecía una contraseña. Y Santiago, más tranqui- lo, pidió calma. Y con paso cauteloso lo vi dirigirse al taller. Me fui tras él. Alivió la hoja del madero que la apuntalaba y entró en la claridad. Hasta ese momento no había tenido ocasión de pisar la tercera y última dependencia del hogar de Nazaret.
El galileo, extremando las precauciones, fue a detenerse en mitad del patio rectangular que cerraba la vivienda por el flanco norte. Y espada en mano esperó una nueva secuencia de golpes. Casi frente por frente a la puerta que acabábamos de dejar atrás se ab ría una modesta cancela de tablas, que cerraba con un cordel semipodrido. Resultaba un tanto absurdo -pensé
- atrancar los accesos principal y del taller cuando, de una patada, hubiera sido viable el ingreso por el patio. Como en la mayoría de las casas rurales aquella pieza constituía una especie de desahogo: en una superficie de siete por cinco metros, a cielo abierto, se amontonaba toda suerte de enseres y
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cachivaches que, por conveniencia, hab ían sido desterrados del hogar. Un muro de piedra sin encalar, con la ro ca anclada por un mortero anciano y erosionado por la climatología, cerraba la totalidad del corral, elev
ándose algo más de dos metros. En la pared de mi derecha (siempre en relación a la puerta exterior del taller de carpin tería) se alineaban un telar vertical de 1,80 metros de altura (ahora en claro desuso), un mortero de negro basalto y, formando cuerpo con la esquina, un horno de ladrillo rojizo de un metro de altura y del tipo cupuliforme. El mortero o «molino» casero, seguramen- te adquirido en la alta y volcánica Galile a, era sencillo en extremo. La ver- dad es que los había visto más «lujosos». La losa rectangula
r, de unos se- senta por cuarenta centímetros, que hacía de base, aparecía desgastada por el ininterrumpido y dilatado uso. Sobre ella descansaba la segunda y
complementaria pieza: un pesado cubo de treinta centímetros de lado que servía para moler el grano. La cara superior de dicho prisma presentaba un orificio, en forma de embudo, por el que se introducía el cereal. Par
a des- plazarlo, labor nada cómoda a juzgar por el peso de la mole basáltica, había sido dispuesto un delgado pero sólido palo cilíndrico de roble, de medio me- tro de longitud, perfectamente ajusta do en dos hendiduras practicadas en los extremos de la mencionada cara superior del cubo. Para la obtenció
n de
la harina, por tanto, era menester arra strar el prisma arriba y abajo, fro- tando ambas piezas. ¿Cuántas veces habría contemplado Jesús la enojosa pero necesaria operación? Quizá él mi smo lo hubiera manejado en muchos amaneceres… Y no pude evitar una dulce y relampagueante emoción.
El horno, con claros signos de no habe r sido encendido en días o semanas, me recordó una colmena de piedra, an taño primorosamente blanqueado y ahora devorado por estrechas lengua s de hollín que escapaban como una negra estrella por la boca situada al pie.
A mi izquierda, adosada al muro más corto, descubrí una curiosa co
nstruc- ción en madera. Los cinco por dos metros habían sido aprovechados para la ubicación de un palomar. El «albergu e» se hallaba dispuesto en tres «pi- sos», meticulosamente cerrados con ta blas y un trenzado de junquillos y divididos, a su vez, en cuatro depa rtamentos o celdas por planta, con las correspondientes puertecillas o «gateras». María, «la de las palomas»… Allí estaba la explicación al sobrenombre qu e distinguía a la Señora. En lo alto del palomar y en su interior dormitaban o zureaban algunas de sus queridas aves. No demasiadas, a decir verdad.
El resto del patio, pavimentado a base de una tierra sucia y batida, presen- taba la misma y lamentable cara de abandono. Junto a la pared en la que
se abría la cancela reposaban un abre vadero de piedra y un pesebre de madera, con pies en forma de «tijera». Y frente a ellos, separado por un es- trecho corredor que llevaba al palomar, un paño de tierra de tres metros
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escasos de lado que, tiempo atrás, pudo ser un huerto y que ahora, sem- brado de tinajas, cestos y algunos ap eros de labranza encendidos por la herrumbre, se había convertido casi en un estercolero, ajusticiado por el negro zigzagueo de las moscas. La re ciente tragedia, como una muda re- presalia de lo inanimado, podía adivinarse incluso en el triste desorden del lugar. Aquél, por supuesto, no era el «estilo» de la Señora.
..
Y la esperada secuencia de golpes -tres exactamente- se repitió al otro lado de la desvencijada portezuela, «ametrallada» en sus nudos por la v
ejez.
¿Quién va?
El imperativo grito de Santiago no obtuvo respuesta. Y decidido salvó los tres pasos que le separaban de la canc ela, espiando por uno de los descar- nados nudos. Y un cansino golpeteo hi zo temblar de nuevo el maderamen. Pero, al segundo bastonazo, la puerta se entreabrió, crujiendo como un co- chinillo. Y el hermano del Maestro, seguro de la identidad y de las honradas intenciones del visitante, le indicó que entrara. Era un anciano de barbas deshilachadas que colgaban como un sauce, casi hasta la cintura. Al verme aproximó los labios al oído de Santiago, susurrándole algo que, naturalmen- te, no alcancé a escuchar. El hijo de la Señora fue asintiendo con la cabeza y, terminado el cuchicheo, formuló una sola pregunta:
-¿Cuándo?
Pero el viejo, sordo como la tapia qu e le contemplaba, necesitó de un se- gundo y de un tercer intento.
-Que digo que cuándo… -vociferó el desesperado Santiago, metiendo la bo- ca entre las greñas del tal Jairo.
Y el amigo de la familia, porque su a rriesgada acción bien merecía la licen- cia, le rogó de nuevo que se inclinara, musitándole una frase que sí capté:
-Vencida la nona. (Rebasadas las tres de la tarde.)
Santiago le besó en ambas mejillas y, ac to seguido, le vi desaparecer. Un minuto después daba a conocer la noticia que acababa de suministrarle
el
anciano vecino:
-Parece que esa víbora intenta llegar hasta el final. Un miembro del consejo ha partido hacia Séforis, vencida la nona, con el fin de solicitar in
strucciones al tribunal…
Las recias palabras de Santiago cayero n como plomo fundido. Sólo la «pe- queña ardilla», en su candidez, se atrevió a intervenir:
-¿Instrucciones? ¿Sobre qué?
María acarició sus cabellos, aconsejándole que guardara silenci
o.
-… Al parecer, la fallida lapidación de esta mañana le ha humillado y exige que seamos castigados.
No hubo preguntas. Todos suponían que el castigo podía ser colecti
vo.
-¿Y quién ha sido el emisario?
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La cuestión suscitada por Jacobo guardaba más importancia de lo que pue- da, parecer. Dependiendo de quién y có mo se expusiera el pleito, la deci- sión del tribunal podía variar sensibleme nte. En este caso, Séforis, capital de la baja Galilea, disfrutaba de una de las cuatro cortes de veintitrés jue- ces en que había sido dividido el país desde los tiempos del legad
o Gabino. Casi todas las poblaciones menores caso de Nazaret- disponían también de un «pequeño sanedrín», integrado por si ete, tres o, incluso, un solo juez. Pero estos consejos o tribunales locales se limitaban a despachar causas
de escasa importancia. Cuando, como en el caso de la «blasfemia» cometida por Santiago, el asunto entrañaba una mediana gravedad era transferido a la corte inmediatamente superior, llegando en muchos casos al Gran Sane- drín de la Ciudad Santa.
-Jairo ha mencionado a Judá.
La aclaración de Santiago fue acogid a con un espontáneo «malnacido!», que escapó de los labios de Miriam.
El tal Judá, miembro del consejo local, era una especie de alguacil y verdu- go, encargado de las flagelaciones y mano derecha del saduceo. Un perso- naje, en definitiva, malencarado y tan rastrero como su «jefe». (La deno- minación de estos funcionarios de las cortes de justicia -hazzam- tenía su equivalente en los hiperetas o «remeros de segunda», como los desi
gnaban los griegos con justa ironía.)
-Pero, ¿de qué se nos acusa? -terció Ma ría que, en el fondo, sabía o podía intuir la respuesta.
Nadie se atrevió a pronunciarse. ¿Blasfemia? ¿Desobediencia al Gran Sane- drín al violar las normas especiales acordadas en la noche del domingo, 9 de abril? En cualquier caso, el castigo por dichos delitos se hallaba pe
rfec-
tamente tipificado. Con mucha suerte, si el tribunal se mostraba indulgente, Santiago, «cabeza visible» de la familia y responsable directo de la injuria al Todopoderoso, podía ser expulsado de la sinagoga con carácter temp
oral o perpetuo -«excomunión» que encerraba un halo vergonzante-, azotado, en- cadenado o desterrado, con la consiguiente pérdida de sus bienes y pr
opie-
dades. Si, por el contrario, los jueces aplicaban la ley con rigor, la sentencia era de muerte. El «ejemplo» del Herm ano mayor, tan reciente, no dejaba lugar a dudas… De ahí que la familia, in quieta, se deshiciera en un océano de especulaciones. Y el pesimismo fu e desgastando el perfil de las. voces hasta que, vencidos, cayeron en un oscuro mutismo. Todos confiaban en
Santiago y hacia él volvieron las miradas y los corazones. El tribuna
l de Sé- foris no se reuniría en sesión oficial hasta el jueves. Tenían, pues, un mar- gen para deliberar y adoptar la resolución que estimasen correcta. La
pre- sencia del odioso Judá ante el «Consejo de los 23» no era un buen augurio. Pero, aun así, siempre cabía la espera nza de una defensa y de unos jueces
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imparciales. Ante la alocada propuesta de Jacobo de huir de la aldea, la Se- ñora y Santiago se negaron rotundamente . No tenían nada que ocultar. Al menos, a los ojos de los justos… Y el hermano mayor, después de acariciar su barba, se pronunció en el sentido de extremar la cautela. Como primera medida -informó a los suyos debían conocer las acusaciones de que eran objeto. Para ello, de momento, se imponía la necesidad de acudir ante
Is- mael. Miriam y su marido protestaron. Pero la Señora, haciendo de tripas corazón, otorgó la razón a su hijo. Consumado este forzoso y de
sagradable paso, tiempo habría de trasladarse vo luntariamente a Séforis y enfrentarse al problema. Jacobo y María se ofrecieron para acompañar a Santiago. Pero, con buen criterio, no deseando crispar los ya castigados ánimos y rec
elando del tempestuoso carácter de su madre, declinó los ofrecimientos. Iría solo. «Y todos -remachó sin paliativos- esperarán mi regreso en la casa.» En la orden quedó flotando un nombre: Juan de Zebedeo. La opinión generalizada apuntaba a que la inexplicable fuga del discípulo sólo acarrearía nuevas complicaciones. No se equivocaban…
Y faltando una media hora para el ocaso, el voluntarioso Santiago nos abandonó por segunda vez. Y quien esto escribe se vio envuelto en una at- mósfera nuevamente enrarecida por las circunstancias. Jacobo, desanima- do, ni siquiera hizo mención de volver a su puesto de observación en la te- rraza. Y permaneció sentado en el filo de la plataforma, observando a
las mujeres y atrapado en un mar de procelosas reflexiones. Pero la poco re-
comendable atmósfera se extinguir ía en minutos, merced -cómo no- a la acerada voluntad de aquella mujer, la Señora, que no estaba dispuesta
a
ser devorada por el desaliento y, mu cho menos, a permanecer impasible ante la desolación de los suyos.
Primero la vi subir al nivel y trastear con los enseres de la cocina. Pero, al reparar en la triste escena, soltó los platos y cuencos de madera con estré- pito. Todos volvimos las cabezas, asustados. Y secándose las manos con los bajos de la túnica salvó los peldaños , acomodándose junto a la mesa de piedra. Y haciéndome tuna señal, exclamó:
-Jasón, prosigamos…
La miré atónito. Al poco comprendí. La conversación con aquel curioso, in- cansable y a veces torpe y divertido griego era el mejor remedio para di
s-
traer la tristeza. Y la secundé encantado.
Al principio de esta nueva tanda de co nversaciones, ni las hijas ni Jacobo demostraron un especial interés por la narración de la Señora. A lo largo de aquel año once, al igual que en el prec edente, Jesús, el carpintero, prosi- guió con su agotador trabajo en el t aller. Cuidaba de sus hermanos, de su educación y velaba por la seguridad de «mamá María». En el fondo, los
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desacuerdos con la madre se veían equilibrados por el intenso amor qu
e se profesaban.
-Una cosa eran sus ideas y las mías respecto al Mesías -dejó claro la mujer- y otra muy distinta nuestro mutuo amor.
Ese afecto, sin embargo, iba a cruzar un nuevo desierto en este período: el de su diecisiete cumpleaños. La Seño ra, que ya me había hablado del inci- dente con los zelotas, no le concedió la importancia que realmente tenía. Su postura era muy humana y disculpable. ¿A qué entrar en profundidades en un lance tan enojoso?
-Mejor será que lo olvidemos.
Me vi atrapado. El trato con ella y con el resto debía ser exquisitamente dis- creto. No era aconsejable forzar el repaso a la historia de la mal llamada «vida oculta» del Maestro. Y a punto de resignarme, Miriam salió en mi ayuda.
-Si este hombre intenta averiguar la verdad sobre nuestro Hermano - declaró con frialdad- conviene que también le ofrezcamos nuestros errores.
-Mi error -rectificó María, asumiendo la totalidad de la culpa.
-No. En todo caso, el tuyo, el de Sant iago y el de los varones, que hicieron causa común con tus manías… -¿Manías?
La Señora le miró de hito en hito, irritada.
-Disculpa. No es ésa la expresión adecuada… -y atacándola sin piedad aña- dió-: ¡Delirios de grandeza! ¡Absurdos alardes de gloria!
Y la mujer, que sabía encajar la verdad, no tuvo más remedio que r
econo- cerlo con humildad.
-Empecemos por el principio -medié en un afán por engrasar el áspero co- rreaje de la conversación. Y Jacobo, enrolado en el tema desde el principio, se hizo con la palabra.
-Sí, contemos los hechos tal y como ocurrieron y no como nos hubiera gus- tado que fueran…
Fue así como supe lo que ya constaba en el banco de datos de Santa Claus. La historia proporciona interesantes y prolijos datos acerca del cada día más floreciente movimiento de insurrección judía contra el invasor romano. Jerusalén y la Judea fueron los primeros escenarios de esa corriente políti- co-religiosa que empezaba a soplar co n fuerza hacia todo Israel. Tiempo atrás, de la secta de los fariseos, que no dudaban en proclamarse como los «santos y separados», los verdaderos nacionalistas y depositarios del aplas- tado patriotismo, se desgajarla lo que hoy podríamos llamar un «partido de extrema izquierda» -los zelotas-, fanatizados, radicales y violentos. Una es- pecie de «brazo armado» del fariseísmo. Algo que hoy, aunque co
n otras motivaciones, resulta harto y tristemente conocido por la sociedad de Eu
ro- pa, que padece un terrorismo esencialm ente «gemelo» al de los zelotas.
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Pues bien, no admitiendo sino a Dios como único dueño y señor, pretendían la expulsión y aplastamiento de los paganos por la fuerza. La diplomacia, el diálogo, la negociación y la paciencia no figuraban en su vocabulario. Y cuando digo «paganos» incluyo a todos los gentiles, aunque, claro
está, Roma y sus representantes ocupaban una especial preferencia en sus obje- tivos. En el seis de nuestra era, cu ando Jesús contaba doce años, ya se había producido un grave intento de sublevación. Un galileo llamado Judas de Gamala y un fariseo de nombre Sadu c lograron lo que parecía un impo- sible: arrastrar a miles de judíos cont ra las legiones romanas. Lógicamente fracasaron. Pero la semilla estaba semb rada. Y desde entonces, los zelotas -cuya traducción era equivalente a «c elosos» por la ley-, con el apoyo de buena parte de la población, que los ocultaba, alimentaba y pagaba un se- creto «impuesto revolucionario» para la adquisición de equipos
y de armas, actuaron en guerrillas, acosando a lo s ejércitos y funcionarios romanos y cometiendo toda suerte de crímenes y vilezas, «en nombre de la causa». Eran conocidos también como «sicarios», a causa del «sica», un puñal corto y temible que escondían bajo el ropaje y con el que daban cuenta de los que juzgaban traidores, infieles o co laboracionistas. Lo malo, como siem- pre, es que, amparándose en supuestas traiciones al pueblo y al Dios de Is- rael, estos zelotas satisfacían sus ve nganzas personales o las de aquellos que decían simpatizar con ellos. Y el hombre de bien, en definitiva, se vio envuelto en una atmósfera de miedo y de permanente desconfianza. Pues bien, este amenazante oleaje de alzamiento nacional contra el usurpador de la Tierra Prometida fue encrespándose con los años. Y a no tardar, en el 70, desembocaría en la gran rebelión qu e movilizaría a Roma, con las conse- cuencias de todos sabidas. La Galile a, por sus especiales características geográfico-estratégicas y por su reconocida liberalidad social y r
eligiosa fue
siempre un reducto muy apreciado por los zelotas o «bandoleros», como también se les motejaba. Y aunque en vida de Jesús no llegaban a alcanzar la virulencia de los años inmediatamente anteriores al cerco de Jerus
alén por Tito, era innegable que su fuerza y presencia constituían una realidad para los ciudadanos. Inquietante para muchos, esperanzadora para otros y
peligrosa para todos. Entre sus ínti mos -algún día tendré que referirme a ello-, el Maestro acogió a Simón, apod ado el Zelota. No lo olvidemos. En la Galilea, además, se daba otro factor que sólo conocen los historiadores. Al- go que contribuyó extraordinariamente al irreversible fenómeno del creci- miento zelota. Me refiero a la fiebre de compra de terrenos y propiedades por parte de los extranjeros. Media G alilea, incluyendo las ciudades heleni- zadas, se hallaba en manos de los co merciantes griegos, fenicios, romanos y egipcios. Esta «vergüenza nacional» estimuló aún más la ferocidad de los guerrilleros.
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Y ocurrió que en dicho año once, de acuerdo a las tácticas naci
das en Jeru- salén y la Judea, algunos de los «representantes» del «brazo armado» en la Galilea comenzaron a «peinar» la región, a la búsqueda de nuevos simpati- zantes y afiliados con los que poder fo rmalizar y construir «comandos» de refresco. Y, naturalmente, Nazaret no fue una excepción.
Es curioso. Y entiendo que no debo ignorarlo. A través de las informaciones que me proporcionó la familia, y casi por sentido común, supe que
antes de
que los zelotas arribaran a la aldea, «ya sabían quién era el joven carpinte- ro y hasta dónde llegaba su influencia entre la juventud del pueblo». Algo muy normal, por otra parte, si consideramos que los «servicios de informa- ción» de dicho movimiento patriótico se ramificaban hasta los rincones más apartados. Al parecer, la campaña de los «celosos» en la Galile
a había sido
un rotundo éxito. La juventud, masivame nte, se había puesto de su lado. Pero, al entrar en Nazaret…
-Todo su engreimiento se desmoronó.
Jacobo, ante el respetuoso y significativo silencio de María, continuó sin ro- deos ni medias tintas. Nunca podré agradecer suficientemente su amor a la verdad.
-Se entrevistaron con Jesús. Le expusi eron sus ideales, sus planes, su fer- vor patriótico. Y el joven carpintero, mi amigo, supo escucharles hasta el fi- nal. La verdad es, que aquella venta del producto era innecesaria. Todos sabíamos quiénes eran y lo que pretendían.
-¿Y por qué eligieron a Jesús -pregunt é, simulando no conocer la razón-. Supongo que no era el único hábil y despierto…
-Hablas con verdad. El Maestro no era el único. Pero sí alguien qu
e, a fuer- za de trabajar, de reflexionar, de es tudiar y de escuchar a los demás había sabido ganarse las simpatías de buena parte de los jóvenes. Su palabra y consejo eran apreciados por todos…
-Además -terció Ruth, que no perdía detalle-, era el más fue
rte y el más guapo…
-Bueno -le recriminó Jacobo-, hablemos con seriedad. Aquella gentuza.
..
La Señora desvió la mirada hacia su yerno, reprochándole el epí
teto:
-¿Gentuza?… ¿Porque deseaban la libertad para nuestro pueblo?
Jacobo, no demasiado convencido pero deseando la paz, rectificó a regaña- dientes:
-Aquella gente sabía desde un primer momento que si Jesús y los otros «je- fes» entraban en el partido, otros muchos les imitarían. Y la operación se habría consumado con un evidente ahorro de tiempo y de esfuerzo. Pero se equivocaron. Jesús les hizo muchas preguntas y, finalmente, se negó en re- dondo a ingresar en sus filas.
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Observé a María. Sus facciones, salpicadas por los recuerdos, se h
abían en- durecido. Pero, de momento, siguió muda.
-¿Por qué? ¿Cuál fue su razón?
-Ahora, amigo Jasón, resulta fácil ente nder y aceptar. Al menos para los que hemos creído en su palabra. Entonces, hace diecinueve años, como po- drás imaginar, la cara de la moneda era otra.
Y Jacobo, llegados a este punto, invitó a su suegra a que tomara el timón de la conversación. No aceptó.
-No es una situación dócil para mí -c onfesó el hombre en un gesto que le honraba y que tuve muy presente. Debo contártelo tal y como ocurrió, con la pesada losa del conocimiento de ho y. Él, como te decía, «declinó el honor» -ésas fueron sus palabras-, refugiándose en la verdad: «sus obliga- ciones familiares estaban por encima de cualquier otro compromiso».
No fui capaz de contenerme.
-¿Un honor servir entre los zelotas?
Y quien esto escribe también fue blan co del negro y mudo reproche de la Señora.
Jacobo sonrió irónico. Y su mujer, Miriam, recogió el expresivo gesto, haciéndolo suyo con las siguientes palabras:
-Mi Hermano no era tonto… Sabía del poder, de las venganzas y de la
crueldad de tales partidas. Una negativa áspera podría haber sido fatal para toda la familia. ¿Comprendes?
Perfectamente. Y en mi fuero interno elogié la hábil diplomacia del carpinte- ro.
-Y el pueblo comprendió sus razones. La familia, tú lo sabes, es s
agrada.
Miriam le interrumpió. -¿Estás seguro?
Jacobo, como yo, no captó la intenció n de su esposa. -¿Estás seguro - insistió- de que «todo el pueblo» lo entendió y respetó?
Una fugaz mirada a la Señora traicionó a Jacobo.
-En fin -titubeó-, digamos que la mayoría…
-¿La mayoría? -atacó de nuevo la reticente Miriam.
Y el galileo, atrapado, terminó por re conocer que «la mitad de la juventud fue a situarse del lado de Jesús; el resto, junto a los zelotas».
Aquel relativamente importante «desliz» del amigo íntimo del Maestro -que acababa de expresar su voluntad de narrar toda la verdad- merece un leve
apunte: ¿cuántos de los escritores sa grados no se dejarían llevar en sus evangelios por esa misma y comprensible inercia de suavizar lo que no re- sultaba grato?
A decir verdad, Jesús no había mentido. Su madre y hermanos justificaban su actitud, desde todos los puntos de vista. Pero imagino -esto no lo supie- ron aclarar mis interlocutores- que, además, el tímido e incipiente Dios que
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seguía germinando en su interior borró de su voluntad la posibilidad de em- puñar las armas para defender a su pueblo. Sin embargo, como digo, la ex- cusa de la familia fue perfecta. Lo que no podía sospechar el honrado
car- pintero era que su decisión llegara a levantar semejante polvareda en Naza- ret.
-Ya puedes suponer -prosiguió Jacobo- quién arremetió con mayor
encono contra el Maestro…
-¿La víbora?
Todos rieron mi espontánea y certera respuesta-pregunta. Mejor dicho, to- dos menos María.
-Durante algunos días -añadió el galileo con los ojos cargados
de sorpresa-
fue la locura. Los unos discutían con los otros. Entraban y salían de esta ca- sa y del taller, vociferando, clamando a todos los cielos y negando y afir- mando sin ton ni son. Y el saduceo, claro está, pasando por alto su n
atural
repugnancia hacia todo lo que fuera co ntra Roma, se sumó al bando de los zelotas por puro odio hacia Jesús. E scuchamos de todo, Jasón. Lo más be- névolo fue «cobarde» y «renegado». Y mi Amigo, que se negaba a discutir en público, sufrió lo que nadie puede imaginar…
En aquel relato, fiel a la verdad, falt aba «algo». Yo lo sabía. Todos los allí presentes lo sabíamos. La palabra clave era «María». Y antes de proseguir, obedeceré al impulso que me domina. Haré un paréntesis. Y lo ha
ré porque,
si es la voluntad de Dios que este diario llegue algún día al mundo, debo advertir a los pusilánimes que la imagen de la Señora que me dispo
ngo a
reflejar está encontrada con la que la tradición ha ido fomentando
, en base a un ideal digno de elogio, pero irreal. Descansado mi corazón, prose
guiré.
María, en efecto, tenía mucho que decir en este turbulento pasaje de la vida de su Hijo. Pero, ¿cómo conseguir qu e interviniera? Y aprovechando una breve pausa, en la que Ruth sirvió ag ua a su cuñado, le solté a quemarro- pa:
-En «mi mundo» tenemos sed de Jesús. No te avergüences porque, en su día, fuiste fiel a ti misma… ¿O es que crees que tu Hijo no supo compren- derlo?
La «pequeña ardilla», que no captó mis palabras en su integridad, se apre- suró a tenderme la vasija con el agua, exclamando voluntariosa:
-¿En tu mundo tenéis sed? Toma…, bebe. Mi madre jamás ha nega
do un cuenco al sediento.
El delicioso error de Ruth tuvo más fuerza que mil discursos. Y la Señora, enternecida ante la transparencia de su hija, habló así:
-Supongo que, muerto mi Hijo, poco im porta lo que yo hiciera o dejara de hacer…
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Tuve sumo cuidado en dejar que pens ara lo que estimara conveniente. Hubiera sido arduo y laborioso sacarle de su tremenda equivocación.
-…Tú lo sabes, Jasón, porque alguna vez lo hemos comentado. En aquel tiempo, mis ideas sobre el Mesías Libe rtador eran claras y rotundas. Tenía que venir y sacar a mi pueblo de la e sclavitud. El Ungido del Señor -dice la Escritura- surgirá el día de misericordia y bendición y utilizará su cetro para infundir el temor del Señor a los homb res y encaminarlos a obras de justi- cia…
Excelente buceadora en los textos bí blicos que cantaban la esperanza me- siánica nos recordó el capítulo once de Isaías.
-…A raíz de la presencia del ángel -pro siguió con cierta tristeza- esos sen- timientos cristalizaron en mi corazón. Jesús era el Hijo de la Promesa.
La interrumpí. No podía dejar pasar la interesante alusión a Ga
briel:
-¿En qué momento se refirió el ángel a un Mesías Libertad
or?
Me miró confusa. Y rememorando el anuncio -grabado a martillo y cince
l en su memoria- enumeró las expresiones que, según ella, habían alimentado sus ilusiones:
-..:«Tu concepción ha sido ordenada por el cielo»… «Le llamarás Yavé sal- va… E inaugurará el reino de los ci elos sobre la tierra y entre los hom- bres…» «Isabel prepara el camino para el mensaje de liberación que tu hijo proclamará con fuerza y profunda conv icción a los hombres»… «Esta casa ha sido escogida como morada terrestre de este niño del destino.»
Y sus ojos, violetas ahora por la pesa dumbre, esperaron alguna aclaración. Y quien esto escribe se atrevió a proporcionársela. Para ello entoné’ primero otra no menos célebre súplica de nat uraleza mesiánica, contenida en las Escrituras:
-Escucha, oh Señor, pon sobre ellos a su rey, el hijo de David…
»Y cíñele de fuerza, que pueda destruir a los jefes injustos…
»Que con vara de hierro los aniquile…
»Que destruya a las naciones impías con el aliento de su boca…
»Y que reúna un pueblo santo…
»Y ponga las naciones paganas bajo su yugo… »Será rey justo, instruido por Dios…
»Y en sus días no habrá iniquidad en su reino… »Pues todo
será santo y su
rey el Ungido del Señor. Acto seguido pregunté:
-¿Es que Jesús fue un destructor de jefes injustos?
¿Aniquiló con vara de hierro? ¿Destruyó naciones? ¿Es que no hubo iniqui- dad durante su vida? ¿Fue todo santo? ¿Qué relación guarda e
sto con la buena nueva del ángel? Miriam, sorprendida por mis «conocimientos
bíbli- cos»,
hizo de defensora de su madre:
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-Gabriel habló de un mensaje de liberación para los hombres…
Asentí, complacido por la oportunidad de su comentario. Y puesto que el Maestro se había cansado de insistir en ello, les recordé algo que no interfe- ría en «su ahora»:
-Ese mensaje, hija, que muy pocos han comprendido, nada tiene que ver con un Mesías Libertador. No es fuego, ni armas, ni guerra, ni esplendor humano o político lo que ha traído tu Hermano a la tierra. Es algo así como un correo especial, directamente de los cielos…
La Señora tomó mis manos y, besándolas, exclamó radiante:
-¡Dios te bendiga!
Las retiré al momento. Y confuso concluí como pude:
-…Un correo que, más o menos, le recuerda a la humanidad que hay un Padre en los cielos…
El gesto de María me descompuso. Y no supe terminar.
-Pero entonces -reemprendió la conver sación con renovados bríos-, como ha dicho Jacobo, las cosas no eran así. Al conocer la negativa de mi Hijo pasé de la sorpresa a la vergüenza y a la indignación. ¿Jesú
s un traidor? Nada de eso. Le hablé, le expuse las excelencias de aquel movimiento pa- triótico, me deshice en argumentos para que comprendiera… Inútil. De acuerdo a su natural docilidad me escuchó hasta el final. Pero, tozudo como una mula, se negó. Y lloré amargament e. Llegué, incluso, a recordarle la promesa hecha a su padre y a mí mism a, a la vuelta de Jerusalén, cuando tenía doce años. Nos había jurado acatamiento total y, en consecuencia, es- ta postura (rechazando la causa naci onalista) era una grave insubordina- ción. Y así se lo hice saber.
-¿Qué respondió?
-Sus ojos, tú lo sabes, hablaban por Él. Me miró sin pestañear. Y un calor muy extraño me sofocó. Entonces se limitó a decir: «Madre, ¿cómo puedes pensar eso?»
»Ahí mismo me retracté y le pedí perdón. »
Pero la Señora no era mujer fácil de convencer. Y en aquellos agitados días, un inesperado suceso le hizo concebir nuevas esperanzas. El desorden en la tranquila población y las maniobras de los zelotas movieron a un rico judío de Caná a intervenir en el problema. A instancia de los guerrilleros, el tal Isaac, que había amasado una fortuna concediendo préstamos a los genti- les, se presentó en Nazaret, proponiendo una solución difícil de rechazar: él correría con todos los gastos de manuten ción de la familia del carpintero si éste, a cambio, aceptaba ponerse al frente de los patriotas de la población. La posición de Jesús ante sus vecino s se vio dramáticamente comprometi- da. Y el cerco se vio espesado cuando, al saber las intenciones de Isaac, su madre, su hermano Santiago y uno de sus tíos -Simón, hermano de María,
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que simpatizaba con los zelotas y que algún tiempo después formaría parte activa del grupo volvieron a presionarle para que «inaugurara su destino». - La oportunidad -recordó la Señora- er a magnífica. Y de común acuerdo le hicimos ver que quedaba gustosamente relevado de sus obligaciones como cabeza de familia. Y Jesús, según su costumbre, se retiró a la colina. «Tenía que meditar (dijo) y conocer la voluntad de su Padre.» Y yo, Jasón, volví a vivir. Esta vez no podía negarse. Todo estaba de su lado. La oferta no se repetiría. Mi Hijo, al fin, abrazaría la causa nacionalista y se pondría al fren- te de los ejércitos, liberando a mi pu eblo de la opresión de los impíos. La hora del Hijo de la Promesa había llegado.
Aquélla fue otra decisión dolorosa. Jesú s tuvo que echar mano de toda su habilidad. El panorama creado a raíz de la aparición de los zelotas no resul- taba muy reconfortante: buena parte de la aldea -los jóvenes en particular- esperaba su determinación final. La propia familia, con la Señora a la cabe- za, le instaba para «alistarse» en un movimiento de índole política y reco- nocidamente sanguinario. Y el Hijo del Hombre tuvo que «maniobrar» con astucia, sin perder la brújula de la verdad. Tomara la postura que tomara sería igualmente criticado. Él lo supo y, por primera vez en su corta exis- tencia, actuó como un político. No tenía sentido hablarles de su futuro gran plan, de su sueño dorado. Así que, tras informar primero a los suyos, se re- unió de nuevo con el prestamista y lo s guerrilleros. Y se mantuvo en los principios iniciales:
-No era una cuestión de dinero (manifestó con una serenidad y cordura que conmovió a sus interlocutores). La responsabilidad de un buen padre va más allá de lo estrictamente económico.
Y la Señora prosiguió con la satisfacción reflejada en el rostr
o:
-Ahora me siento orgullosa de un Hijo así. «Ninguna causa (les dijo abier- tamente) puede justificar mi ausenc ia. Mi madre viuda y mis ocho herma- nos precisan del consuelo, del cariño y del consejo de un guía de su misma sangre. Y el dinero, amigos míos, no arropará a los más pequeños en las noches de invierno, ni consolará la soledad de María. Lo siento. La solemne promesa hecha a mi padre muerto no será rota. »
»Y después de agradecerles sus desvel os se retiró al taller. Desconsolada, asistí impotente a su irrevocable renuncia y, lo que fue peor, “a las criticas y maledicencias de los de siempre, con la víbora a la cabeza…
-No todos le criticaron -protestó Miriam.
-Sí, querida -reconoció. Maria, resignada-, pero «los de siempre» portaban veneno. ¿De qué sirvió que muchos de los vecinos elogiaran su honesto comportamiento? La familia es santa, de acuerdo, pero también lo era Is- rael.
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Y los zelotas, derrotados, abandonaron Nazaret. A decir verdad, este inci- dente no moriría con la salida de los guerrilleros. Aún restaba un
a no me- nos delicada segunda parte.
El regreso de Santiago -antes de lo previsto- cortó la palpitante confesión de la familia. A mi entender, una revelación bastante más destacad
a que la
del Jesús de doce años entre los doctores de la ley, única refe
rencia de los evangelistas a la infancia juventud del Maestro. Y cabe preguntarse algo. Si los responsables de la narración evan gélica supieron del incidente con los zelotas, ¿por qué lo ocultaron? Puede que la explicación sea su
mamente sencilla. Buena parte de esas «memorias» -llamadas después «
Evangelios»- fueron confeccionadas por judíos y para judíos. ¿Interesaba sacar a la luz la imagen de un Nazareno que se había atrevido a rechazar una causa nacio- nalista?
La entrada del hermano en el hogar me permitió comprobar que el ocaso, que debía producirse a las 18 horas y 39 minutos, aproximadamente, hacía tiempo que se había retirado de las calles de la aldea. La oscuridad en el exterior era total.
La familia aguardó impaciente a que se acomodara junto a la roca circular que servía de mesa. Todos exploramos su semblante. Traía la mirada opaca del frustrado. Y al verle peinar la barba, María, sentada a su izquierda, fue a posar su mano derecha sobre el hombro. Él la observó fugazmente. Y en un esfuerzo por aliviar el lastre de los suyos «peinó» también
la voz, restando
importancia a lo sucedido en la casa del saduceo.
-Me ha recibido, sí, y ha confirmado el envío de un mensajero al tribunal de Séforis.
-Y bien…
La impaciencia de Jacobo se estrelló contra el temple del galileo. Sencilla- mente, se encogió de hombros.
-¿Eso es todo? -preguntó incrédula la Señora.
-Sí y no. Cuando le he interrogado acerca de las acusaciones ha escupido a mis pies y, furioso, se ha limitado a responder que «al igual que el otro, yo también era pasto de la Gehena». Y me ha dado con las puertas en l
as na- rices.
-¡Malnacido! Esa víbora…
Las imprecaciones de Jacobo fueron ab ortadas por el autoritario gesto de María. Alzó su mano izquierda ordenando calma y, pasando por alto
el des- plante de Ismael, fue directamente al asunto que había llamado su ate
n- ción:
-¿Al igual que el otro? ¿Qué otro?
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El elocuente silencio de su hijo y su puntiaguda intuición bastaron y sobra- ron para que ella misma se respondiera:
-¡Juan!
Santiago asintió sin despegar los labios.
-¿Cómo lo sabes? -intervino su cuñado sin comprender.
-Dios misericordioso -explicó el hermano de Jesús ha guiado mis pa
sos…
-¿Tus pasos? ¿Hacia dónde?
Miriam, irritada ante las continuas in terrupciones de su marido, le ordenó que se callase. Y la Señora solicitó paz.
-Antes de regresar a vuestro lado he sentido el impulso de volver a mi c
asa. Esta, muy excitada, me ha comunicado que uno de los sirvientes del sadu- ceo, al igual que el viejo Jairo, había llegado secretamente, refiriéndole lo de Judá…, y algo más.
La buena voluntad de Santiago, que trataba de no preocupar inútilment
e a su familia, casi se vino abajo. Su v oz se cuarteó y la madre, lista como un halcón, lo percibió. Pero, ahorcando la rubia barba con los dedos, se domi- nó.
-El criado -manifestó escuetamente- di ce haber visto al Zebedeo. Entró en la casa del saduceo y supone que habló con él.
-¿Supone? ¿Qué quiere decir «supone»?
Santiago no pudo esclarecer las dudas de su hermana Miriam.
-Imagino que ésa pudo ser la intención de Juan. ¿Por qué si no iba a acudir a la casa de Ismael?
Ahí concluyeron las noticias del enviado de la familia. No sabía nada más. A pesar de haber recorrido la aldea por segunda vez, el paradero del discípulo seguía siendo un enigma. Si, como er a de suponer, había abandonado la mansión del saduceo después de la entrevista, ¿por qué no daba señales de vida? ¿Qué estaba pasando? Y la familia, olvidando por el momento el grave asunto de Séforis, discurrió hasta el ag otamiento acerca de la suerte de su amigo. La lógica se impuso y los allí reunidos, a excepción de la Señora, se inclinaron a creer que el Zebedeo, en uno de sus conocidos arrebatos, había tomado el camino de la capital, dispue sto a entrar en el pleito. Sin embar- go, aun admitiendo la crisis emocional por la que atravesaba Juan, habí
a un par de detalles que no encajaban. Y María, fría y calculadora, los expuso en un tono nada tranquilizador:
-Primero: si es cierto que ha llegado a hablar con el saduceo y conoce la in- tención de esa víbora, ¿por qué no se ha apresurado a darnos
cumplida cuenta?
»Y segundo: desde la casa de Ismael hasta el camino que lleva a Séforis hubiera tenido que cruzar el pueblo de un extremo a otro. ¿Por qué nadie le ha visto? ¿No será que no se ha movido de aquí?
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Los sagaces interrogantes tuvieron escaso eco. Sólo Miriam, intuitiva como su madre, se atrevió a llegar más allá:
-¿Qué insinúas, mamá María?
Pero la mujer, asustada ante sus pr opios pensamientos, hizo un gesto de renuncia, dando a entender que olvidá ramos cuanto había sugerido. Quien esto escribe, sin embargo, no pudo olvidarlo. Una vez más, el fino instinto femenino se reveló como el mejor de los «detectives». En aquellos momen- tos, la más «negra» de las pesadillas se cernía sobre el dis
cípulo. Y serían necesarios dos días para descubrirlo…
Respecto al delicado tema del tribunal de Séforis poco o nada pudo ha
blar- se. Alguien apuntó la posibilidad de viajar a la ciudad e interesarse
por la cuestión. Santiago, siempre prudente, se reafirmó en su idea de «recibir a los acontecimientos». En el supuesto de que la causa fuera aceptada, los jueces deberían movilizar a los testig os de una y otra parte. Eso requería tiempo. Resultaba más inteligente esperar y no obrar con precipitació
n.
-Después de todo -recordó el cabeza de familia con una ingenuidad conmo- vedora-, no he cometido blasfemia alguna. Sencillamente, me he limitado a repetir las palabras de mi Hermano y Maestro…
Jacobo no perdonó la sutileza:
-Repetir no. Querrás decir, ratificar.
Pero la Señora de la casa no estaba dispuesta a soportar otra batalla dialéc- tica. Y zanjando la borrasca con un imperativo «es hora de cenar», abando- nó mesa y conversación, seguida de su s hijas. Y este explorador, movido por un resorte, se puso igualmente en pie, dispuesto a regresar a la posa- da. Y cuando procedía a despedirme de los hombres, María suspendió
el ati-
zado del fogón y, señalando la masa de piedra con su dedo índice izquierdo, me suplicó que aceptara la hospitalidad de aquella humilde casa. Y an
tes de que pudiera reaccionar, exclamó pícara y oxigenante:
-He pensado darte una sorpresa… Siéntate, Jasón. Aquí eres bien venido. Y tú, Santiago, alegra esa cara. Y hazme un favor. este griego entrometido (a quien Dios bendiga) está empeñado en saber lo de los zelotas. Sig
ue tú…
El galileo abrió los ojos espantado.
-¿Los zelotas? ¿Están aquí?
Jacobo, sonriendo con benevolencia, pasó a explicarle de qué se trataba y en qué punto nos habíamos apeado de la conversación. Y con no d
emasiado entusiasmo, abrumado quizá por la incier ta suerte del Zebedeo, pasó a re- ferir la segunda parte de la historia de los guerrilleros.
Asumida la decisión de no participar en el movimiento de liberación, Jesús se vio envuelto en lo que podríamos definir como la «resaca de un tempo- ral». Sus enemigos -«los de siempre»- jamás le perdonaron el desplante. Y lejos de apaciguarse, los ánimos siguieron encontrados. Desde aquel año, el
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ambiente en la recóndita Nazaret fue enrareciéndose lenta pero inexora- blemente.
-Algunos, incluso -explicó Santiago- le retiraron el saludo. Otros, movidos por el odio de Ismael, pretendieron expulsarle de la sinagoga. Y durante un tiempo, hasta los encargos en el talle r escasearon. ¿Qué podíamos hacer? Mi Hermano se negaba a hablar del tema. Así que un día, cansado de tanta injusticia y comadreo, reuní a los jóvenes y, en presencia del saduceo y del resto del consejo, me aventuré a prom eter algo que, como bien sabes, ja- más llegaría a cumplir. Lleno de fervor patriótico aseguré que no debían preocuparse. «En el momento en que mi edad me permita asumir las res- ponsabilidades propias del cabeza de fa milia -les dije sin rodeos-, Jesús se pondrá al frente de los ejércitos de Israel. Entonces Nazaret contará con un jefe nacional y con otros cinco valientes soldados.»
-¿Cinco?
Y mostrándome su puño izquierdo fue extendiendo cada uno de los dedos, citando a los «cinco esforzados patriotas»:
Santiago, José, Simón, Judas y Amós.
En otras palabras, solicitó tiempo y pa ciencia. Y mal que bien, el discurso del joven Santiago, que apenas contaba trece años de edad, surtió efecto. Y la tempestad amainó, al menos durante una temporada. Pero, como decía, la herida estaba abierta y jamás llegaría a cicatrizar..
Y todo volvió a la normalidad. Santiago concluyó sus estudios elementales y, poco a poco, fue ocupan do el puesto del primogénito en el taller. Jesús, entonces, dio un nuevo paso, ampliando el negocio familiar. Su pasión por la ebanistería le indujo a trabajar en interiores y, según sus familiares, con notables resultados.
A mi pregunta sobre los pensamientos e íntimas inquietudes de aquel jo- ven, a lo largo de su diecisiete aniversario, ni Jacobo ni su cuñado supieron responder con precisión. Y pecando quizá de una extrema crudeza pl
anteé la cuestión de otra manera:
-¿Hubo algún comentario, una señal, cualquier indicio que le hiciera pensar que no era quien todos creían que era?
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